miércoles, 28 de enero de 2009

La falacia naturalista

En un sentido trivial se suele considerar la falacia naturalista de Moore como aquella que nos recuerda que es falaz asociar todo lo natural, pongamos un alimento cualquiera, con lo bueno. De hecho la línea divisoria entre lo natural y artificial puede llegar a ser bastante arbitraria.

En un sentido más filosófico de implicaciones más profundas, la falacia recoge una idea ya señalada por Hume cuando dijo que de una serie de enunciados descriptivos no se puede justificar el colegir una serie de enunciados prescriptivos o normativos. En lema: No hay justificación para pasar del "es" al "debe". ¿Consecuencias? No se puede rebajar una propiedad no natural, como es lo bueno, definiéndola en términos naturales, materiales. Para Moore, bueno no es definible.

En esta anotación intentaré decir por qué se equivoca Moore e incluso cuál es la definición de bueno.

Empezaré señalando que la distinción entre hechos normativos y hechos descriptivos resulta absurdo aplicado al ámbito de los animales o si te parece que no, desde luego que sí a nivel molecular, no digamos atómico, y si nos parece aplicable a los humanos sólo se debe en un última instancia a que nos juzgamos libres, poseedores de libre albedrío; mas este aserto no concuerda con una visión naturalista o materialista de la realidad. Si la falacia naturalista es real lo es a despecho de un mundo natural.

De este modo siguiendo la lógica naturalista, la creencia de que el mundo –nosotros incluidos- es natural, habrá que coincidir con el dictamen dado por E.O Wilson en el libro Consiliencia, y decir que la falacia naturalista es en sí misma una falacia ya que, en sus propias palabras (pág. 365):

si debe no es es, ¿qué es? Traducir es en debe tiene sentido si nos atenemos al significado objetivo de los preceptos éticos. Es muy improbable que sean mensajes etéreos fuera de la humanidad a la espera de la revelación, o verdades independientes que vibren en una dimensión inmaterial de la mente. Es más probable que sean productos físicos del cerebro y de la cultura. Desde la perspectiva consiliente de las ciencias naturales, no son más que principios del contrato social solidificados en reglas y preceptos, los códigos de comportamiento que los miembros de una sociedad desean fervientemente que otros sigan y que ellos mismos están dispuestos a aceptar por el bien común.

(...)

Si la visión empirista del mundo es correcta, debe es sólo la taquigrafía de un tipo de afirmación objetiva, una palabra que denota lo que la sociedad eligió hacer primero y que después se codificó. La falacia naturalista se reduce con ello al dilema naturalista. La solución del dilema no es difícil. Es ésta: debe es el producto material. La solución señala el camino a una comprensión objetiva de la ética.

A decir verdad ni siquiera creo que necesitemos de un aval tan metafísico para buscarle inconsistencias al argumento de Moore y si no, veamos cómo arriba a tal conclusión, a la existencia de tal falacia.

Para hacerlo lo que Moore despliega es lo que él llama la pregunta abierta. Un ejemplo: al definir bueno como legal se está definiendo, sin duda, en términos naturalistas, a la postre empíricos, el concepto de bueno pero la opinión de Moore era que ninguna de esas definiciones expresaba el verdadero significado de bueno.

¿Por qué? Aquí aparece el argumento de la pregunta abierta.

Esta consiste en afirmar lo siguiente: Si bueno significara legal, no tendría sentido preguntar Algo es legal, ¿pero es bueno? porque ello equivaldría a preguntar Algo es legal, ¿pero es legal? siendo esta última pregunta una pregunta absurda pero de hecho la primera pregunta sí que tiene sentido porque si alguien te pregunta Ser un adúltero es legal ¿pero es bueno?, está haciendo una pregunta razonable.

Con ello Moore pretendía demostrar que bueno no puede ser lo mismo que legal. Cambiando el concepto legal por cualquier otro –útil, placentero, etc.- y ceteris paribus, se demuestra que no es posible una definición del concepto bueno, esto es, no es factible extraer de ningún tipo de enunciado descriptivo algún tipo de enunciado prescriptivo y cuando esto se olvida se comete una falacia naturalista.

Empecemos la crítica. A mi juicio, la pregunta abierta, que es la que cimenta la veracidad de la existencia de la falacia naturalista, hace trampas, como si de un trilero al uso se tratase, en aras de alcanzar la respuesta deseada. Doy un ejemplo para ilustrarlo.

Si yo defino verde como el color de la luz cuya longitud de onda es 550nm entonces cabe preguntarse, aún así, si yo estoy percibiendo el rojo o el verde porque puedo ser daltónico.

Ahora hagamos la pregunta abierta: Tengo una onda de luz de 550nm y me pregunto ¿es verde? La pregunta aquí también tiene sentido porque puedo ser daltónico pero que la pregunta tenga sentido no invalida la definición porque aunque no percibiera el verde eso no anularía el hecho de que una onda de luz cuya longitud de onda es de 550nm es verde porque las leyes de la naturaleza así lo disponen, independientemente de mi subjetiva percepción.

Lo que una perspectiva naturalista de la realidad, de la moral y por ende del concepto de bueno dice es que unido a toda percepción del verdor está causalmente unido el evento de una onda de luz de tal y tal longitud. También afirma que sujeto a toda percepción de la, o juicio de bondad, está unido causalmente un evento mental, en concreto un instinto predeterminado por nuestra biología particular apareciéndose así una definición objetiva de bueno.

Un pequeño excurso teológico que puedes obviar si no tienes una visión religiosa, por extensión trascendentalista, de los valores y por tanto no quieres aferrarte a la idea de que debe haber algo por fuerza sobrenatural en ciertos principios éticos. En este excurso diré que el proponer una definición nominalista, no esencialista, de algo, en este caso del concepto bueno; no es más que una sensata estrategia de abordaje de la realidad que no implica, si nos fijamos bien, ningún tipo de cosmovisión sino que incluso, como recuerda Umberto Eco en un libro (aquí mi reseña), desde una perspectiva religiosa, sobrenaturalista de la realidad, es decir, desde la convicción de que la realidad está sujeta a una teleología es comprable la idea de que hay que basar los principios de una ética en un hecho natural porque incluso tal hecho sería para un creyente resultado también de un proyecto divino. En ese sentido, es más coherente creer, parafraseando a Einstein, que todo es un milagro, en última instancia comprensible sólo, sobrevenido desde, un ámbito sobrenatural, frente a creer que sólo ciertos hechos o valores lo son.

Al preponderar la definición naturalista frente a una perspectiva trascendentalista de los valores, habilitamos la posibilidad de que un concepto –v.gr: verde o bueno- se sustente en un hecho natural, empírico, por tanto objetivo.

Tal logro, empero, no se conseguiría si utilizásemos la pregunta abierta para definir los colores porque entonces el concepto de verde se prostituiría según las diferentes percepciones de los individuos, fueran daltónicos o no, y se perdería la condición sine qua non que toda palabra ha de tener, a saber, que haga referencia, al menos en última instancia, a hechos objetivos para así poder posibilitar una comunicación intersubjetiva.

Por el contrario, Moore, al plantear la pregunta abierta, ladinamente obliga a dotar más preponderancia a nuestra percepción subjetiva que a una definición natural de bueno, de este modo invalida de entrada todo intento de prescribir una definición objetiva del concepto. Es decir, Moore, comete con la pregunta abierta la falacia de la pregunta compleja al venir a decir algo así como que bueno no tiene una definición objetiva y utilizando para demostrarlo una argumentación en la que se obliga a definir bueno a través de una pregunta de una forma tal que en última instancia la definición sólo dependa de nuestra percepción subjetiva. En definitiva, hace trampa.

Especulemos posibles contraargumentaciones.

Tal vez haya quien crea que los daltónicos son minoría y por eso su percepción subjetiva no es socialmente relevante ya que en general nuestros órganos de percepción visual son similares pero no pasa lo mismo con nuestras percepciones morales pues de ellas no es posible una generalización. Falso, y una falsedad de la que una ingente literatura científica empieza a dar cuenta. Nuestros órganos morales son tan comunes e idénticos como los visuales y aunque la implementación cultural de los mismos nos arroje a una babelia de éticas, partimos de las mismas capacidades de percepción y juicio moral de la misma manera que todos los hablantes postbabélicos tienen incorporado una gramática universal.

También se puede argüir que basta con que una sola persona tenga diferente percepción de la moral para desechar un concepto objetivo de bueno de la misma manera que basta con que un átomo se comporte de forma distinta como para que los enunciados que describen su comportamiento no puedan ser universales. Pero, como ya dije en cierta ocasión,

la validez de una ley no queda impugnada a razón de una efectividad meramente estadística (basta pensar en la científica mecánica cuántica) sino cuando no es capaz de regularizar y por tanto describir el comportamiento de su objeto de estudio.

Puede seguir en pie, no obstante, la idea de preguntarse dónde radica la legitimidad de imponer, independientemente de su generalización, de su popularidad e incluso de su naturalidad, una perspectiva moral determinada a todo el mundo.

Pues bien, yo no defenderé la legitimidad de una u otra moral, es más, me resulta irrelevante. El auténtico quid de la cuestión, cuando de filosofía moral se trata, es dilucidar cuál nos conviene escoger. En cierto modo los enunciados normativos o prescriptivos no son más que los enunciados realmente descriptivos de nuestra naturaleza.

Para explicar este tema de la legitimidad, esta angustiante ignorancia a propósito de cómo construir correctamente enunciados normativos, me gusta ir al terreno de la política para mostrar cuan poco en serio nos lo tomamos -al menos algunos- fuera del terreno de la ética.

Pensemos en el Estado y en su legitimidad. En efecto, ¿qué legitimidad tiene una institución como el Estado para coaccionarnos? Realmente es algo que, en general, no nos preguntamos. Lo que nos preguntamos realmente en política no es si el estado es más o menos legítimo que la anarquía, sino cuál es la configuración política más estable dada nuestra naturaleza siendo la respuesta el Estado. No hay ningún enunciado normativo que legitime el Estado sino que este existe porque es el único que a la larga puede seguir existiendo y por eso decimos a los anarquistas que debe haber un Estado.

Así se ve que realmente los enunciados normativos no son más que, dentro de un abanico de enunciados descriptivos, aquellos enunciados descriptivos de los hechos más regulares.

Pensemos sino en que, según la mecánica cuántica, una pelota puede atravesar de repente una pared pero en general aunque es un comportamiento posible, susceptible de ser descrito, será improbable. El hecho de que se diera no invalida que lo probable, lo característico de la pelota es que no la atraviese.

Análogamente, una sociedad puede sobrevivir sin estado, es un comportamiento posible, susceptible de ser descrito, mas será improbable. El hecho de que se diera no invalida que lo probable, lo característico de las sociedades humanas es que tengan un Estado.

Es decir, los enunciados normativos no son cualitativamente distintos de los descriptivos sino cuantitativamente; no son más que, insisto, dentro de un abanico de enunciados descriptivos, aquellos enunciados descriptivos de los hechos más regulares.

Dicho esto es fácil acabar con la analogía pues si el Estado no es más que una ficción legal encaminada a dar solución a ciertos problemas sociales –free rider, vinculación efectiva de la ley, etc.- podremos decir de la moral lo mismo, así como del concepto de bueno pues este es y termino dando su definición que al contrario del parecer de Moore sí que existe: un constructo social que aparece en la sociedad porque nuestros instintos y emociones nos predisponen biológicamente a realizar determinadas acciones, que a su vez junto con las acciones de los otros individuos de la sociedad acaban imponiéndose, formándose un determinado precepto moral de igual modo a como gota a gota se forma una estalactita.

4 comentarios:

Carlos Suchowolski dijo...

Hola, creo que en lo que puedo disentir aquí ya lo estamos discutiendo en mi blog, pero me permito añadir que tú mismo caes en el naturalismo al dar por "positivos" los atributos biológicos que "por ende" conducirían a "la moral" más "adecuada" a "asumir". En esto pues sigues sin soltar lastre desde mi punto de vista. Y así es lógico (!) que deduzcas "prediseños" automáticamente inteligentes (que no cabría explicar por qué van en esa "inteligente" dirección...). Es obvio que yo me inclino por pensar que las cosas son como se van haciendo y al hacerse como se hacen, sus "unidades reflexivas" no pueden sino "verlas como buenas"... no en absoluto sino para sí mismas.

Héctor Meda dijo...

Hola Carlos,

es lógico (!) que deduzcas "prediseños" automáticamente inteligentes

Jaja, por un momento me has hecho pensar que soy como el proyecto SETI, un buscador de vida inteligente en el universo Jaja

Aunque sí tienes razón. La busco. :-P

Ya entrando en sustancia me defenderé diciendo que tú mismo lo dices las cosas son como se van haciendo y al hacerse como se hacen, sus "unidades reflexivas" no pueden sino "verlas como buenas"... no en absoluto sino para sí mismas, es decir, que una moral más adaptativa nos resultará buena aunque concedo que no en un sentido absoluto ya que tal hecho no es posible porque como decía ¿Protágoras? el hombre es la medida de todas las cosas y este aserto tan antropocéntrico el que me lleva a parecerme al SETI.

Por eso citaba a Eco si bien no es en absoluto obligatoria tal creencia para desechar como falaz la falacia naturalista

Saludos

Carlos Suchowolski dijo...

Justo, pero, ergo, si "se va haciendo", a trompicones, entre sus tendencias, entre lo que éstas producen, entre las novedades que entran constantemente en el "sistema"... ¿dónde está el prediseño?

En mi respuesta de tu "otro" comentario, dejé una cosa en el tintero: lo de la falta de meta, o de sentido, no es inaccesible sino... imposible (retrospectivamente imposible; como el Edén). Y por eso, descubrirlo o asumirlo por "no haber nada más sensato" (conciencia?) provoca "cierta" parálisis... Salvo... para quienes prefieran huir de la conciencia y ACTUAR... inventando mitos y "corrigiendo" el pasado con ellos para hacerlo más "digerible".
¿Touché de nouveaux? Bueno, es que me encanta "filosofar con el martillo" en tanto sea bien entendido!
Un abrazo.

Héctor Meda dijo...

donde está el prediseño?

lo de la falta de meta, o de sentido, no es inaccesible sino... imposible

En breve(+ ò -) voy a colgar una serie de textos de Freman Dyson donde se tratan esos temas. Como siempre estaré encantado, ¡no!, deseoso, de que comentes/contradigas algo.

Saludos