miércoles 2 de diciembre de 2009

La ilusión del vivir

Un pez que distingue una lombriz cuando en realidad un cebo.

Un hombre perdido en el desierto que vislumbra un oasis en donde un espejismo.

Un manco que siente dolor en un brazo ya que momentáneamente olvidado de su tullida condición.

El payaso que hace una gracia aunque la carcajada porque él es la gracia.

Todos estos hechos recién registrados nos transfieren la convicción que Maturana magistralmente explicita en el libro Construcciones de la experiencia humana, pág.58:

Más allá de la vía sensorial a través de la cual tiene lugar una experiencia, y más allá de las circunstancias bajo las cuales ocurre, su clasificación como una percepción o una ilusión es una caracterización de ella que un observador hace a través de una referencia a otra experiencia diferente que, otra vez, sólo puede ser clasificada como una percepción o como una ilusión a través de la referencia a otra experiencia sujeta a las mismas dudas.

En suma: ninguna experiencia por sí misma tiene la garantía de auténtica por lo que nuestra idea de autenticidad, de estar ante lo auténticamente real, se cimenta no en algún metafísico fundamento transubjetivo que pueda ser consultado, sino en un yo entretejido con el resto de experiencias vividas y presto, por qué no, a ser desgarrado.

martes 1 de diciembre de 2009

Metaexplicación

Imagina a un hombre con un ojo morado caminando por la calle. Imagina que se encuentra con un amigo. Imagina que, luego los rituales fácticos de rigor, es preguntado por su moratón.

El hombre responde que fue con un cenicero. Pero el amigo no consigue explicarse cómo sucedió aquello por lo que prosigue en sus indagaciones preguntando cómo fue que con un cenicero se hiciera tal cosa.

El hombre responde que el cenicero le hizo este moratón porque su mujer se lo tiró. Pero el amigo no consigue explicarse cómo sucedió aquello por lo que prosigue en sus indagaciones preguntando cómo fue que su esposa le hiciera tal cosa.

El hombre responderá entonces que se cabreó porque llegó demasiado tarde de una noche de juerga. Pero el amigo no consigue explicarse cómo sucedió aquello por lo que prosigue en sus indagaciones preguntando cómo fue que su esposa siempre tan calmada se pusiera aún así de tal guisa.

El hombre responderá entonces que desde que está embarazada tiene desequilibrios hormonales. Pero el amigo no consigue explicarse cómo sucedió aquello por lo que prosigue en sus indagaciones preguntando cómo fue que una persona aún embarazada puede tener tales desequilibrios hormonales.

Dejemos de imaginar esta improbable escena pues la conjunción de la seca parquedad del hombre con la viscosa curiosidad del amigo seguramente acabará por dar lugar a una conversación que se alarga ad infinitum.

Lo interesante sería averiguar si se pueden referir los hechos de un modo tal que a no dudar se deba considerar objetivamente una explicación y terminar de veras este diálogo.

Lo que Humberto Maturana comenta al respecto es que no, que el criterio de validación de una explicación, lo que consideramos como una explicación válida de una experiencia, es algo que subjetivamente consideramos como tal.

No faltará el lector que, en un ingenioso ejercicio de esgrima dialéctica, rechace desde su subjetivo parecer mi explicación de la explicación. Espero que entienda también que lo que le afirmo no es mi idea de la explicación sino que sin más le niego naturaleza impositiva a cualquiera de las suyas. ¿Me explico?