La arquitectura es el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes reunidos bajo la luz
Erwin Schrödinger, en su libro, más bien librito, Mente y Materia, desarrolla una interesante neurofilosofía más especulativa que experimentalmente validada pero no por ello menos poblada de intuiciones sorprendentemente actuales.
Siquiera resumir gran parte de lo dicho en el libro resultaría imposible porque a pesar de su pequeño tamaño, ciento treinta páginas, en él se dan cita toda clase de temas desde si podemos esperar un desarrollo biológico del hombre hasta un breve paseo por la moral. De todos esos interesantes temas -que por alguna habilidad sólo conocida por un genio como Schrödinger es capaz de unificar de forma consistente- sólo recogeré lo que este insigne científico entendía era la mente.
Antes de nada, rompamos un innecesario suspense y demos la solución: lo en este libro propuesto es ni más ni menos que un pansiquismo.
Su alegoría-resumen será, pág.86:
La mente es, por un lado el artista que ha producido el todo; sin embargo, en la obra terminada no es sino un accesorio insignificante que puede omitirse sin que por ello el efecto total pierda el menor mérito.
Para empezar a justificar tal idea, hay que señalar que a Schrödinger no le tiembla el pulso a la hora de señalar las limitaciones de su actividad profesional, por extensión la ciencia y es que ésta tiene dos principios que él insiste que se establecen y no imponen y que se cifran en que 1) se puede comprender la naturaleza y 2) el principio de objetivización (Hipótesis del mundo real). Inciso: Curiosamente Schrödinger se muestra preocupado de que la -en parte su- mecánica cuántica haya herido de muerte tales principios.
Del primero pasa de puntillas, asumamos que el Tao se puede nombrar; del segundo dice que se cifra en conseguir ser un observador externo al mundo el cuál se convierte por este método en un mundo objetivo, dice también que es una simplificación que se adopta con el objetivo de (pág. 55) dominar el infinitamente intrincado problema de la Naturaleza de forma que esta sólo es una hipótesis pues de lo contrario excluiríamos al sujeto del conocimiento de la naturaleza por lo que, pág.57:
El mundo material se ha construido sólo a costa de extraer de él el yo, es decir, la mente; la mente no forma parte de él, por ello no puede, evidentemente, interaccionar ni con él ni con cualquier de sus partes.
Citando a Jung:
El aluvión de objetos externos de conocimiento ha arrinconado al sujeto; muchas veces hasta la aparente no existencia.
Es aquí cuando nuestro físico hace uso de las corrientes panteístas orientales y si se nos antojan indigeribles es porque llevamos milenios sujetos a una misma dieta filosófica de origen mediterráneo que nos ha hecho excretar una ciencia que se basa en la objetivización, que como siempre pasa cuando no hay suficiente diversidad en nuestros regímenes alimenticios ha traído consecuencias perniciosas para nuestra salud mental al privarnos (pág.74) a sí mismos de una comprensión adecuada del sujeto del conocimiento, de la mente.
Pero dichas limitaciones se resuelven si asimilamos la doctrina de la identidad oriental a nuestra ciencia occidental, pág.82:
La mente es, por su propia naturaleza, un singulare-tantum. Yo diría que todas las mentes son una sola. Me atrevo a considerarla indestructible, ya que tiene una peculiar tabla de tiempos, estoe es, para la mentes siempre es ahora. No existe en realidad, el antes y el después para la mente. Sólo existe un ahora que incluye memorias y expectativas. Pero doy por seguro que nuestro lenguaje es incapaz de expresar esta cuestión y también afirmo, por si alguien desea decirlo, que estoy hablando de religión, no de ciencia; pero de una religión que no se opone a la ciencia, sino que se sustenta en todo aquello que la investigación científica desinteresada ha traído a la palestra.
Con estos mimbres se muestra dispuesto a llegar a la mágica solución antes mentada no sin antes convocar a cierto trío de ilustres muertos: Platón, Kant, Einstein.
Del primero recoge su idea sobre las Ideas: una realidad fuera del tiempo, más real que nuestra auténtica experiencia siendo de hecho abrevadero de la misma.
Del célebre caminante de Königsberg recoge que el hecho de que algo se propague en el espacio, dure en el tiempo, no es una cualidad del mundo que percibimos, sino que pertenece a la mente perceptora que es incapaz de aprehender la realidad sino es bajo ese esquema causal.
El último recogimiento en la historia del pensamiento provendrá de Einstein de quien recoge las consecuencias respecto al tiempo que entrañan su teoría de la relatividad que simplificadamente afirma que de dos sucesos, B y B`, que estén fuera de una región del espacio-tiempo en donde sí está A, se puede decir que (pág.105) forman un solo tipo de hechos que no son ni anteriores ni posteriores a A.
Estos tres olímpicos pensadores que nos libraron de la tiranía de Cronos han conseguido revelarnos lo que Schrödinger no tiene pudor alguno en llamar la idea religiosa.
Es más, a juicio del célebre científico, la mecánica estadística de Boltzmann al postular una reversibilidad de la flecha del tiempo hace aún más mortales los golpes dados a Cronos a un punto que lleva a nuestro premio nobel de física a caer en un arrebato místico, pág.111:
Lo que construimos en nuestras mentes no puede tener (así lo siento) un poder dictatorial sobre nuestra mente, no puede cuestionarla ni aniquilarla.
Algunos de ustedes dirán, estoy seguro de que es misticismo. Así aún reconociendo que las teorías físicas son siempre relativas –por cuanto dependen de ciertas hipótesis básicas-, podemos afirmar, o así lo creo, que las teorías actuales de la físicas sugieren fuertemente la indestructibilidad de la Mente frente al Tiempo.
Un inciso para terminar, mejor dicho, para contemporizar las teorías de Schrödinger.
Recogíamos ayer las tesis neurobiológicas de Edelman en un trabajo estrictamente ametafísico en tanto en cuanto se circunscribía al ámbito biológico, por tanto natural. Lo sorprendente de lo dicho allí, que entonces no supe hacer ver, es que al establecerse que la consciencia se da cuando hay un diálogo interneuronal que cruza un cierto umbral de complejidad entonces lo que posibilita el que un ente sienta el mundo es ser un fenómeno físico de una gran complejidad. De hecho, Edelman dirá que nada hay en el universo tan complejo como el funcionamiento del cerebro.
Entendido así es fácil colegir de la teoría de Edelman, como de la de Schrödinger, que si bien la actividad cognitiva depende de una serie de estructuras construidas con material orgánico, con materia; la mente, la consciencia, el sentir el mundo, se debería entender como una suerte océano de Consciencia que permea todo lo real siendo lo que caracteriza a nuestras identidades el ser hechas mediante el concurso de la materia, una especie de icebergs, esas complejas arquitecturas de agua condensada, que cuando tienen una determinada complejidad son capaces de abrirse y recoger, secuestrando, dando forma como un edificio da forma a luz mediante sus elementos estructurales, a una Conciencia que es idéntica a todos de igual modo que una Luz que baña todas las ventanas de un edificio es, a pesar de ser para habitaciones separadas, la misma Luz que entrará por todas las ventanas.

