miércoles, 15 de diciembre de 2010

Manifiesto Hartista

A continuación cuelgo un maniesto recién leído en esta página:
http://www.hartismo.com/trad/manifiesto.html
y proviniente de esta web
http://www.hartismo.com/

Me gustaría saber tu opinión al respecto

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A comienzos del siglo XX cada movimiento vanguardista nacía de la
inquietud de un grupo de artistas que lanzaba al mundo una serie de
intenciones, recogidas en un manifiesto.
Normalmente se mostraban HARTOS de su situación y hacían recuento de
sus filias y fobias, indicando así su ideario.


Hoy, un siglo después, en la época del supuesto triunfo de la Vanguardia,
los movimientos artísticos son cosa de los comisarios, que recorren galerías
y centros de estudio buscando “artistas emergentes” que ilustren su idea para
ese año de lo que debe ser la novedad en arte. Ya nadie cuenta con los artistas.
Hemos pasado de ser los que protestaban y revolucionaban el mundo a ser
sólo espectadores de un banquete ajeno,
del que sólo tenemos derecho a las migajas.


Hace años que los movimientos artísticos del arte oficial no nacen de la
inquietud de los artistas. Y hace años que los manifiestos artísticos se
consideran anacrónicos. Pero hoy, más que nunca, los artistas necesitamos
alzar la voz, y ¿por qué no? publicar manifiestos.


Nosotros, como antaño nuestros bisabuelos, estamos ya HARTOS de esta
situación absurda e injusta que en el mundo del arte se ha aceptado como
normal.
Hartos de que la pintura, el dibujo y la escultura, pese a vivir un momento
grandioso, se ignoren en los salones oficiales de hoy en día, como si no
existieran, como si hubiesen muerto.
Hartos de que la atención mediática y
los dineros públicos vayan a un tipo de arte y de artistas que suponen
una ínfima minoría, que no representa a la realidad de nuestra profesión.
Hartos de que el arte se haya convertido en un espectáculo de feria para millonarios.
Hartos del elitismo y la hipocresía.
Hartos del arte oficial.


Por eso fundamos hoy nuestro movimiento artístico llamado Hartismo.
Y como antaño,
los (H)artistas queremos presentarnos al mundo con este Manifiesto.

MANIFIESTO HARTISTA

Contra el anti-arte, el conceptualismo, la impostura y el culto al artista ególatra.

El arte es de todos.



1. Estamos HARTOS del arte oficial. Ese arte, sus artistas y su entorno se han vuelto tan
soberbios, tan vanidosos, que creen vivir por encima del mundo, ocupados sólo en mirarse el ombligo, y debatir sobre el sexo de los ángeles. Aquí abajo, los hartistas trabajamos con nuestras manos, en y para el mundo real, haciendo del arte nuestro día a día y buscando en él nuestro sustento. El Hartismo es una apuesta por la humildad, la honestidad y la sencillez. Para los hartistas el arte es una profesión más, ni divina ni especial, y como en cualquier otra profesión la excelencia se logra sólo tras años de práctica seria y continuada.

2. Estamos HARTOS de elitismo, de que el arte sea sólo para unos pocos privilegiados. Queremos que el arte sea devuelto al público, a las calles. Que salga de su encierro e impregne de nuevo la vida cotidiana, embelleciendo cornisas, farolas, rótulos... Rechazamos las galerías y museos elitistas del arte oficial, a los que nadie entra; salas vacías e impolutas, como templos de un dios inaccesible. Queremos salas acogedoras, con asientos cómodos donde ver los cuadros de cerca, charlando tranquilamente mientras se toma un café.

3. Estamos HARTOS de dejar que sólo opinen gurús y “expertos”. El Hartismo anima al público a que opine libre y sinceramente sobre arte, y más sobre el arte actual. Porque el arte es de todos, también de quienes lo pagamos con nuestros impuestos. La mayor parte de las personas se ríen en confianza de los estrambóticos montajes que el Poder presenta como arte. ¿Por qué hacerlo sólo en privado? Riámonos abiertamente del arte oficial, de las cosas pretenciosas, ridículas y huecas que las pretenciosas, ridículas y huecas mentes de comisarios, artistillas y políticos nos presentan como Arte con mayúsculas.

4. Estamos HARTOS de oír una y otra vez la consigna interesada de que el arte ha muerto, la pintura ha muerto. La evidencia es otra; lo que vive pese a todas las dificultades, pese al ninguneo de que es objeto, es la pintura. En cambio, lo que necesita inyecciones constantes de dinero público para sobrevivir son las “modernas” manifestaciones del arte oficial. Los hartistas estamos hartos de que el dinero público se destine a sufragar actividades extravagantes, propias de una atracción de feria, que avergüenzan a la mayoría de la población, que es quien las paga, y no gustan a nadie. Actividades y actitudes que están logrando desprestigiar al arte actual y a los artistas que queremos practicar nuestra profesión con seriedad.

5. Estamos HARTOS del anti-arte. Partiendo de una idea jocosa de Duchamp en determinado momento histórico, el anti-arte ha llegado a ser el nuevo academicismo, el nuevo arte oficial. Justo el enemigo contra el que se acuñó el término. El propio Duchamp rechazaba que sus Ready-Made se tomasen como arte... nosotros preferimos creer a Duchamp que a sus exégetas.

Nada tendríamos contra el anti-arte si no fuera por un pequeño detalle: el anti-arte no quiere convivir con el arte; tiene como propósito su negación, y necesita exterminarlo para poder ocupar su lugar. Los anti-artistas saben que si hay arte cerca nadie presta atención al anti-arte: ante un buen cuadro y una lata de caca la gente normal suele preferir el cuadro. Por eso, los anti-artistas necesitan a toda costa convencernos de que la pintura no vale, de que hay que despreciarla, exterminarla o al menos arrinconarla en un lugar olvidado para que así podamos valorar como si fuera arte lo que ellos “hacen”. Por eso gastan tanta tinta y saliva en discursos. Tienen largos y enrevesados discursos sobre muchos temas: sobre la muerte del arte, sobre lo desfasada que está la pintura, sobre lo superada que está la belleza... Tras casi un siglo desde su primera aparición, el anti-arte prácticamente ha monopolizado la atención mediática, invade las escuelas y desvía hacia sí la mayor parte del dinero público invertido en las artes. Poco a poco está logrando su objetivo: va arrinconando al arte, suplantándolo en todas sus facetas: artistas, obras, salas, críticos... todo tiene su versión anti-artística que sustituye a su equivalente artístico. Los hartistas estamos hartos de este crimen tolerado y hasta alentado por la oficialidad, y denunciamos esta suplantación parasitaria. El Hartismo es un movimiento anti-anti-arte. No es posible convivir armoniosamente con un cáncer agresivo, que te devora desde dentro; es necesario luchar contra él, encontrarlo, aislarlo y extirparlo para que no siga avanzando y llegue a matarnos. No obstante, el Hartismo, como muestra de buena voluntad, está abierto a recibir a los anti-artistas que quieran reciclarse, aprendiendo técnica e intentando ser sinceros por primera vez en su vida.

6. Estamos HARTOS del conceptualismo. Todo el mundo tiene miles de ideas cada día, muchas de ellas geniales. Nada más corriente que tener ideas. Lo que distingue al artista es la capacidad de sacar partido a las ideas creando obras valiosas de por sí. La idea es un pretexto para llegar a una obra, y no al revés.

7. Estamos HARTOS de que cualquier cosa se nos pueda presentar como arte. Si algo necesita estar expuesto en una galería y necesitamos que además nos expliquen una serie de ingeniosas historias para que podamos entenderla y considerarla como obra de arte, es que eso no era arte, sino una refinada tomadura de pelo. Una lata llena de caca es tan sólo una lata llena de caca, por más filosofías de andar por casa que la adornen.

También rechazamos enérgicamente la idea de que el proceso es más valioso que la obra, de que sólo el valor “performático” constituye el hecho artístico. Es evidente que todas las artes tienen un proceso, y hasta un rito. Incluso el dueño de un bar que, aburrido, hace una tortilla de patatas, sigue un proceso fascinante y no exento de ritual. Pero el proceso, el rito, sólo tiene sentido porque al final se llega a un resultado. Nadie se come el emocionante proceso de preparación de la tortilla, sino la tortilla.

8. Estamos HARTOS de que se utilice la originalidad, la novedad o “modernidad” como patrones con los que medir el valor de las obras de arte y los artistas. Conceptos entendidos de forma perversa y profundamente estúpida, como valores absolutos, cuando dependen totalmente de la cultura -o mejor, incultura- de quien observa. Pero a pesar de su obsesión por lo nuevo, paradójicamente, el arte oficial está llegando, como la moda, a una reiteración grotesca de formas, maneras e ideas que insulta a la inteligencia. Porque el arte de vanguardia es como una lengua muerta. Se inventa siguiendo reglas que ya no reciben el impulso vital de quienes la crearon. Una vanguardia de laboratorio, hecha por expertos a imagen de la que se conserva disecada en libros y museos. Los grandes gurús del arte oficial dan el certificado de novedoso, atrevido, transgresor o rupturista tan sólo lo que siga alguna fórmula vieja, comprobada infinitas veces, que respeta los cánones de lo que debe ser la vanguardia, sin apartarse de la norma ortodoxa.

9. Estamos HARTOS de la importancia que se le da a los estilos, a los -ismos. Pintar es un acto personal y cada persona es única. Las etiquetas son sólo una manera de ordenar el conocimiento que la Historia del Arte construye, y a los artistas deberían importarnos bien poco. Creemos que lo importante no es pintar según un estilo u otro, sino hacerlo “con estilo”, es decir, bien.

10. Estamos HARTOS de que los que no utilizan sus manos se autodenominen artistas. Para ser artista hay que pintar, esculpir, dibujar... no basta con pensar. Ya nos hemos cansado de los caraduras que no dan un palo al agua y se convierten en artistas por la Gracia Divina o por la del gurú de turno ¡El arte para quien lo trabaja!

11. Estamos HARTOS de trascendentalismos. Los hartistas pintamos porque pintar es lo importante. Pintar no necesita sesudas justificaciones ni excusas. Es una necesidad y un placer. Sólo dibujar y pintar día a día nos hace artistas. A los que tienen dudas sobre este particular los animamos a dedicarse a otra profesión, hay gran demanda de charlatanes entre los políticos y los vendedores.

12. Estamos HARTOS del desprecio a la tradición. Porque el ser humano construye siempre a partir de lo conocido. Rechazar la tradición artística es rechazar la posibilidad de innovación, al rechazar toda referencia, todo apoyo.
Nuestro movimiento no es una vanguardia, pero tampoco una contravanguardia. Los avances aportados por las vanguardias históricas ya han sido integrados en la tradición pictórica hace décadas, y por artistas de talento.
Esta tradición, enriquecida por aportaciones vanguardistas, constituye la base de nuestra cultura artística común y nuestro acervo técnico actual.

13. Estamos HARTOS de la visión sesgada que se está dando de la historia del arte del siglo XX (y XXI). Es necesario, por el bien del arte y la dignidad de la profesión del historiador del arte una revisión crítica y en profundidad de los postulados sobre los que descansa el relato histórico. Creemos que la Crítica de Arte, con sus teorías vistosas pero interesadas, ha logrado someter no sólo a los artistas, sino a la misma Historia del Arte: se sigue sobrevalorando la importancia de las vanguardias del siglo XX, minimizando el hecho de que se han agotado y muerto en seguida y han sido resucitadas y mantenidas con vida artificialmente. La evidencia documental es apabullante, tan sólo es preciso que los historiadores hagan el trabajo pendiente, registrando los cientos de maestros notables que han estado trabajando e influyendo en sucesivas generaciones de pintores hasta nuestros días, sin alinearse exactamente con vanguardia alguna.

La historiografía oficial, que se plantea el arte del siglo XX como una sucesión vertiginosa de movimientos vanguardistas cada vez más extremos es forzada, artificial. Se basa en una ideología (el vanguardismo) y no en la narración objetiva de los hechos. Hay tantos artistas “fuera de su época” que todo ese modelo teórico se desmorona: Ben Shahn, Hopper, Balthus, Guttuso, Hockney, Freud, Kitaj... son figuras muy influyentes, pero no encajan ni con calzador en una historia contada como una sucesión permanente de vanguardias cada vez más radicales.

14. Estamos HARTOS de que se desprecie y extirpe siempre la belleza de todo discurso pretendidamente artístico. Para el Hartismo la belleza es el objetivo último del arte. Rechazamos la pobreza formal del arte oficial, y el esteticismo inverso que hace del cutrerío y la fealdad infinita la máxima aspiración. Esto no significa que nuestro arte se base en viejos esteticismos revenidos, ñoños, cursis. Los temas crudos y desagradables también tienen cabida en el arte hartista. Es la preocupación por lograr una forma armónica, bien construida, lo que los hartistas consideramos principalmente búsqueda de la belleza.

15. Estamos HARTOS del rol asignado al artista de hoy. La pomposa gloria vana, los premios, las bienales, los catálogos y la adulación, constituyan el objetivo vital del artista oficial. Gente sin vocación, sin oficio, con una vida volcada en los actos sociales, lejos del placer de dibujar, del misterio de la pintura, del descubrimiento de nuevos mundos en su interior. Lejos, en definitiva, del olor y el tacto de los materiales del taller. Por el contrario, el éxito para un hartista es poder levantarse cada mañana y pintar.

16. Estamos HARTOS del sistema actual de enseñanza en muchas de las escuelas de arte oficiales. El aprendiz de artista necesita más la práctica que la teoría, pero a nuestros jóvenes se les llena la cabeza de palabrería hueca e inútil, descuidando sin querer -o a propósito- la enseñanza técnica y la práctica extensa que permitirían desarrollar sus habilidades. No entendemos que se niegue a los estudiantes ese derecho. Reivindicamos el valor del dibujo y específicamente el dibujo del natural como base de todas las artes visuales.

17. Estamos HARTOS de la fascinación por las nuevas tecnologías. Los nuevos materiales y técnicas, las tecnologías informáticas o audiovisuales no nos apabullan ni deslumbran, simplemente son parte de la realidad de nuestros recursos actuales, y los utilizamos con normalidad como una herramienta más. A más de un siglo de distancia de la primera película, a más de 40 años del primer ordenador, es una verdadera estupidez seguir babeando por descubrir que el vídeo o la informática existen. Estamos hartos de que esta fascinación bobalicona por el medio o la técnica utilizada cieguen el sentido crítico de todos, haciéndonos tragar bodrios infumables en aras de la supuesta novedad o ingeniosidad del medio utilizado.

18. Estamos HARTOS de que la pintura sea el cajón de sastre donde meter cualquier cosa. Continuamente se nos presenta como artes plásticas lo que en realidad son escenografías, obras de teatro, fotografías, cine... siempre que su calidad sea pobre o nula, pues cuando son buenos esas artes las reclaman, lógicamente, para sí. Con la excusa de que “hay que abrir fronteras”, nos hemos dejado robar el terreno y hasta el nombre: ¿cuántos concursos y salones de PINTURA han premiado instalaciones, performances, fotos, vídeos? Recuperemos para la pintura sus lugares y usos naturales.

19. Estamos HARTOS del abuso de las “nuevas propuestas”. El nacimiento de verdaderas nuevas artes será siempre bienvenido, pero no hay razón objetiva para multiplicar las categorías, creando nuevas artes como “performance”, “instalación” o “videoarte”: entes borrosos que nunca terminan de independizarse del seno de las artes plásticas tradicionales. Cuando algo realmente nuevo llega -como en el siglo pasado el cómic o el cine- se abre paso por sí mismo, con fuerza arrolladora, sin deber su existencia a una indefinición nebulosa. En su mayoría estas supuestas nuevas artes son maneras de esconder la incapacidad de crear buen teatro, buena escenografía, buen cine o en definitiva, buena pintura.

20. Estamos HARTOS de que se nos quiera tachar de minoría. Aunque los fundadores del Hartismo somos gallegos, el Hartismo es una tendencia con vocación universal. No somos cuatro locos aislados en el noroeste peninsular contra la tendencia general; realmente, la mayor parte de la gente piensa lo mismo que nosotros.

Nuestro movimiento está afiliado al Movimiento Stuckist (www.stuckism.com), que lleva desde el año 1999 contestando al arte oficial y hoy está presente en 40 países, con más de 180 sedes repartidas por todo el mundo. El hartismo incluye a todas las artes y a todos los aspectos de la cultura, aunque comience como la revuelta de unos pintores.

El Hartismo es un punto de partida pero también un objetivo. Queremos recuperar la normalidad, la sinceridad y la sencillez de nuestra profesión. Que pintar sea sólo pintar, sin extravagantes ropajes que disfrazan al arte de lo que no es.

Aspiramos a ser el niño en el cuento “El Traje Nuevo del Emperador”, diciendo a la sociedad lo que todos piensan pero nadie se atreve a decir.

21 comentarios:

Leandro dijo...

Estoy de acuerdo mientras haya buenas pinturas de parte de los hartistas, jeje.

Héctor Meda dijo...

Es curioso que yo me imagine una manifiesto así de "hartado" en áreas como la arquitectura (vs deconstruccionismo) o la música (vs atonalismo y cía) o la aquí mentada de la pintura pero no un manifiesto de la literatura pues si bien ha habido un posmodernismo contrario a la narrativa lineal tradicional (nudo, planteamiento y desenlace), finalmente me parece que la literatura ha quedado más encarrilada en la tradición canónica

Leandro dijo...

Bueno, la literatura ha sabido salir del laberinto de las vanguardias de principios de siglo XX, quizás en buena medida gracias a Kafka, que mostró que las innovaciones no necesariamente tenían que estar en el plano de la forma, y a Joyce, que llevó los cambios de la forma a tal extremo que ya no quedaba experimentación posible, jeje. La música (ya lo hemos hablado) llegó al callejón sin salida de las subversiones formales y nunca ha salido. La decadencia de las artes visuales en parte tuvo que ver con algo que el Hartismo deja pasar: la crítica fue asustada por los mismos artistas. Después de que los críticos dijeran que los pintores del Impresionismo no valían nada y que después resultara lo contrario, los artistas se subieron al podio a dictar, y los críticos a aplaudir cualquier cosa, por las dudas. Las teorías estéticas que se desarrollaron para justificar este problema en el siglo XX, como dice el manifiesto, sólo empeoraron el panorama y sirvieron de texto a bodrios injustificables de otra manera. Ahora (hace cincuenta años o sesenta años) los artistas ya no saben qué es bueno y qué es malo, y este caos es ciertamente aprovechado por toda la flora epífita del medio para hacer dinero con exposiciones incomprensibles. El arte contemporáneo es un desfile de disfraces, donde las novedades pasan por los medios, los materiales, lo estrafalario de una técnica y rara vez por la maestría de una técnica, por no hablar de un fondo que llegue a la gente por otro medio que no sea una explicación profusa y confusa en términos deconstructivistas. Pero no basta con estar hartos: alguien, un nuevo artista, tiene que reencarrilar las artes visuales en el canon con una obra incontestable. Lo mismo debería pasar en la música: sólo una obra indiscutible puede volver a los músicos a hablar de música y no de vanguardias, de emociones y no de teorías de sonido. Los manifiestos son expresiones de deseo.

Héctor Meda dijo...

Esa distinción de vertientes revolucionar ora en la forma, ora en el fondo la suscribo al cien por cien. Umberto Eco dijo en una ocasión que el tenía dos referencias principales en el s.XX y era dos revolucionarios uno de la forma lingüística (obviamente Joyce) y otro del contenido narrativo (y era Borges el otro, por lo demás bastante kafkiano en cierto modo (menos, eso sí, de lo que pretende H.Bloom))

Y es verdad la deuda real que tienen muchos con Kafka, desde Gabriel García Marquez (declarado) hasta Auster pasando por Beckett y es que de hecho es también a partir de lo kafkiano desde donde cabe el temor de cierto hartismo en la literatura por el sobreabuso de ciertos recursos literarios y basta para ello ver un manifiesto de cómo escribir un cuento breve en donde se ve cómo lo kafkiano es elevado a dogma de fe y cito:
[Queda] Prohibido escribir historias basadas en hechos reales.
2. La verosimilitud de un cuento no deberá apoyarse en su supuesta “semejanza” con la realidad, sino en la coherencia interna -discursiva y/o estructural- del texto. (Declaramos pieza de museo la narración figurativa. Escupimos sobre la tumba del realismo).


Un ejemplo de este afigurativismo lo tenemos en Eugenio Mandrini que -por lo demás y pretendiendo que conste en acta- me encanta sobremanera

Leandro dijo...

Creo que prácticamente ningún escritor posterior a Kafka y a Joyce salió indemne de ambos influjos. Borges, ciertamente, tiene una deuda reconocida con ambos. García Márquez, como tantos otros "magos realistas", como Vargas Llosa, como Onetti, recibió a Joyce a través de los libros de Faulkner, que a su vez le fueron presentados por Borges. La deuda con Kafka de cada uno de ellos es clara, también. Saramago es otro ejemplo de la fusión de la forma de Joyce y el fondo de Kafka. Se trata de fusiones parciales, por supuesto. El teatro del siglo XX le debe todo a Kafka, y a Joyce a través de Becket, claro. La síntesis perfecta de Kafka y de Joyce tamizado por Becket es Pinter. La literatura ha tenido una manera muy sana de enriquecerse con sus revoluciones en vez de quedar varada en ellas.

Héctor Meda dijo...

Es cierto. Dos revolucionarios que, a la manera de atractores, han mantenido en una compleja dinámica evolutiva a las corrientes literarias del siglo XX.

Si bien, y ahora que lo pienso, se nota un leve desplazamiento en el cannon tradicional aún no con la descortesía de otras artes pero es verdad que desde el influjo kafkiano el poder del personaje para salirse del libro ha desaparecido. Ya no estamos en el canon shakesperiano como lo bautizó Bloom y como lo entendí yo y de la misma opinión es Kundera -por lo que le voy leyendo en su Arte de la Novela- quien piensa que Kafka es el primer escritor posproustiano -Proust era eminentemente shakesperiano, aún- y el primer escritor, por tanto, en impugnar el realismo psicológico. (Totalmente de acuerdo en esta anotación histórica)

Kundera lo celebrará como un avance, y es cierto que la obra kafkiana tiene esplendor estético increíble pero creo lo tiene -y dada su estrategia textual se entiende su porqué- en las distancias cortas porque en extensiones de novela u obra de teatro -y esto para sus sucesores directos- creo que mi gusto, digamos, tal vez por haber sido educado en el clasicismo, no se siente plenamente satisfecho.
Brevemente: "Cien años de soledad" es una obra maestra mayúscula pero no me deja ningún amigo -por repetir las palabras de Borges- como sí lo hace el Quijote.

Queda especular también cuáles serán las vanguardias literarias del futuro que de verdad tengan arraigo y en este punto yo apuntaría tal vez a la hipertextualidad en la manera de la Rayuela de Cortázar, ¿no te parece?

Leandro dijo...

Es difícil saber qué de lo que hay hoy quedará. Auster parece ciertamente ser muy aplaudido en estos tiempos, al igual que Bolaño. Bolaño de alguna manera está cerca del Cortázar de Rayuela, de modo que quizás tengas razón: lo que yo vi como una vuelta a los años sesenta en Bolaño, tal vez sea el camino que otros seguirán. En cualquier caso Bolaño está muerto y Auster sólo está repitiéndose.
Como nota personal, sería muy triste para mí que se siguiera cualquiera de estos dos modelos, uno vacío y el otro agotado. Preferiría la primacía de un Sebald, deudor reconocido de Kafka y que trabajó a partir del monólogo interior joyceano: una literatura bien escrita, con fondo, con delicadeza, con emoción.

Héctor Meda dijo...

¿W.G Sebald? Nunca lo he leído, ¿alguna recomendación? sería interesante saber si en este autor hay "personajes"

Por cierto, no noto en ti mucho entusiasmo con Bolaño...

Auster, eso sí, me parece un gran autor pero repetitivo y en última instancia no tan profundo como para ser considerado un genio.

Leandro dijo...

Sebald: yo te recomendaría "Los emigrados", o, en plan más denso, "Austerlitz". Auster me parece mucho ruido y pocas nueces, y Bolaño... no logré que me gustara ningún libro todavía. Me parece muy "retro". Ambos creo que han sido demasiado alabados por gente que está ganosa de tener algún genio contemporáneo, desde distintos lugares, desde luego. Bolaño parece ser la última esperanza latinoamericana; Auster, la de los postmodernistas.

Héctor Meda dijo...

Gracias por la recomendación.

Y que conste que comparto tu misma opinión respecto a Bolaño y Auster. Me parecen algo sobrestimados...

Héctor Meda dijo...

Por cierto, Leandro, siento ser pesado pero no me dijiste y me interesaría saber, si es verdad que hay una cierta despreocupación contemporánea en el realismo psicológico y si sobre este pivote es desde donde se sustenta la literatura latifundista (novela, teatro) canónica.

Leandro dijo...

Bueno, es cierto que hay una despreocupación generalizada por el realismo psicológico, pero yo no diría que ha muerto del todo. Sebald, por ejemplo, o Thomas Bernhard, son dos escritores que ciertamente no lo rehuyen, aunque está transformado, no dejan "amigos". Son sin dudas kafkianos y joyceanos, pero también siguen el tronco abierto por Proust, que dudo que haya dejado algún amigo a alguien, jeje.

Héctor Meda dijo...

Justamente me compré hace poco el libro Austerlitz de Sebald. Lo voy a coger ganas...

(por cierto, también el último de Umberto Eco)

Leandro dijo...

El de Eco lo empecé a leer, pero me echó atrás nuevamente la traducción. El primer capítulo promete, sin embargo.

Espero ansioso tu opinión sobre Austerlitz.

pseudópodo dijo...

He leído con mucho retraso el post (en un principio me desanimó la longitud del manifiesto) y me ha entusiasmado. Además, es una idea fantástica usar aquí las haches como penicilina al cortazariano modo. A ver si oímos hablar más de estos (h)artistas.

Sobre Sebald, yo leí Los emigrados, que me pareció fantástico y Austerlitz, que me gustó también, aunque la elección de narrarlo en estilo indirecto lo hacía un tanto indigesto ("dijo Austerlitz" se repetía unas mil veces).

Héctor Meda dijo...

No me había dado cuenta del tic cortazariano, la verdad, ¡pero bien visto!

Irrumpo en la conversación para dejar registrado que finalmente me leí Austerlitz de Sebald y me gustó mucho (a pesar de las expectativas) y tal vez especialmente me gustó cuando la madre del prota tiene que hacer vida sin su hijo y sin su marido aunque bueno, también el principio, tan lento y divagador y a la vez tan interesante sean igual de memorables (creo que en esto es especialista Javier Marías pero hay gente que me echa pestes de él y nunca me ha atrevido a hincarle el diente a sus obras)

Desde luego el monólogo joyceano fluye con naturalidad y soltura en la obra si bien, le da un aire de epopeya lírica y por tanto monológica, no polifónica, por decirlo alla Bajtín; que me hace dudar de si verdaderamente seguirá siendo éste el modus operandi de los escritores futuros.

Leandro dijo...

Yo también dudo que el monólogo interior continúe; hoy más bien parece primar la cuestión coral de Auster y de Los detectives salvajes. Pero, bueno, me alegro mucho que te haya gustado; "epopeya lírica" le sienta perfecto. Joyce está claramente en la forma, y hay un fondo kafkiano. En un momento Sebald está describiendo a los alemanes que informan la deportación a los judíos, "que eran sorprendentemente semejantes y tenían un rostro impreciso y brillante"; a continuación describe su forma de vestir: "llevaban chaquetas con diversos pliegues, bolsillos, botones y un cinturón, que, sin que se pudiera saber con claridad para qué servían, parecían especialmente apropiados". Esto es una cita casi literal de El Proceso, cuando Kafka describe a los enviados de la Ley para detenerlo, al principio de la novela.
Si te gustó Austerlitz, te sugiero Los emigrados; yo acabo de terminar Historia natural de la destrucción (un libro de ensayo sobre la literatura alemana inmediata al fin de la Segunda Guerra), y me pareció excelente.

Héctor Meda dijo...

Es que el uso del monólogo en Sebald es interesante -sobre tood al combinarlo con el estilo indirecto- pero su tonalidad es difícilmente emulable.

Yo pienso que el monólogo, como semilla estructuradora de una novela, tuvo su doble ramificación y apogeo en Faulkner y Beckett, polifonía y expresionismo respectivamente y ya resulta muy difícil ir más allá de esas dos vías o inventar una tercera. Lo cual no significa que el monólogo joyceano no vaya a permanecer como recurso estilístico y lo cual no significa que, o al menos yo tampoco espero que, la "coralidad" de Bolaño triunfe.

Yo, insisto, en la vía de la hipertextualidad, camino intermedio -en cuanto a orden estructurados- de las historias arborescentes (tipo Bolaño) y las aleatorias. Recientemente leí que el "Stephen Hero" se debe leer como un ejercicio de hipertextualidad donde un texto remite a otro para que ambos se entiendan una vez conjugados y, de hecho, todo Joyce se podría leer así, quiero decir, como una exploración de la asociación...

A ver si algún día cuelgo un post sobre el tema pero, bueno, supongo que estas cosas no se podrán adivinar aparte de que en Literatura no están muy definidas y diferenciadas las corrientes aunque, por otro lado, también parece claro que todo s.XX se puede reducir a dos, a Joyce y Kafka, ¿no?

Y mira que mi preferido es Proust...pero este también era inimitable.

Leandro dijo...

La medida de toda hipertextualidad es, sin dudas, Finnegans wake. Stephen Hero + Ulysses parece la obra de un niño de jardín de infantes, en comparación ;)

Héctor Meda dijo...

En efecto, y así está admitido siendo eminentemente hipertextual la obra joyceana, aún lo es más el Finnegans por ser la summa de todas sus innovaciones literarias. Déjame, por favor, citarte un texto de Susana Pajares Tosca (profesora universitaria):

Joyce no es tanto un enemigo de la linealidad como un creador de una nueva linealidad. En efecto, su ruptura no es con lo lineal como tal, sino con los conceptos clásicos de argumento y estructura, ya que sus digresiones y conexiones dependen del formato lineal para cobrar sentido.

Si tuviéramos que elegir una palabra clave para caracterizar el interés que Joyce pueda tener para los estudiosos del hipertextom esta palabra sería "asociación". Sus más celebradas (y discutidas) innovaciones estilísiticas y formales están relacionadas con el concepto de asociación ampliamente concebido como la forma de conectar palabras e ideas. Y es que en Joyce las asociaciones son siempre sorprendentes, ya sea entre hechos e ideas (las epifanías del Portrait), pensamientos e impresiones (la "corriente de la conciencia" en el Ulysses) o palabras y conceptos (los juegos multilingües del Finnegans). Las asociaciones joyceanas rehúsan seguir los cauces hollados de la argumentación o la gramática tradicionales.


¿No es esta una perspectiva enriquecedora para ver a Joyce?

Sigo->

Héctor Meda dijo...

No obstante, estrictamente los textos joyceanos NO son hipertextuales porque no hay links, es decir, los enlaces entre textos existen pero son considerados "débiles", sutiles si se prefiere, en cualquier caso y este es el quid, NO están a la vista del lector (éste no pasa el puntero por una palabra y se le vuelve grisácea porque esconde un enlace) por lo que el lector tiene que descubrirlos y es justamente ese detestivesco proceso de descubrimiento lo que pone en marcha la maquinaria estética joyceana (U.Eco, por cierto, tiene un texto incluido en su Obra Abierta analizando precisamente estos mecanismos joyceanos).

El reto de un hipertexto poético es que siendo sus enlaces fuertes, visibles (pensemos en el Rayuela de Cortázar donde se manda ir a un capítulo o a otro pero los destinos siempre claros además de finitamente enumerables), aún así lograra algo nuevo.

No tengo dudas en cualquier caso de que toda obra de arte debe estar hiperenlazada (pensemos una sociedad futura fundada sobre nuestos restos que encontrara el David de Miguel Angel: sería incapaz de contextualizar la obra al haber perdido el hiperenlace al relato biblíco). La cuestión es si los hiperenlaces fuertes(visibles) aportan o pueden aportar algo más, estéticamente hablando, que la sucesión numerada de capítulos.

En última instancia, que conste que detrás de estos pensamientos no se esconde un afán clarividente sino lúdico, a la manera de Borges con, por ejemplo, Herbert Quinn.