miércoles, 9 de marzo de 2011

La lotería en el Mercado

La Compañía, con modestia divina, elude toda publicidad. Sus agentes, como es natural, son secretos; las órdenes que imparte continuamente (quizá incesantemente) no difieren de las que prodigan los impostores. Además ¿quién podrá jactarse de ser un mero impostor? El ebrio que improvisa un mandato absurdo, el soñador que se despierta de golpe y ahoga con las manos a la mujer que duerme a su lado ¿no ejecutan, acaso, una secreta decisión de la Compañía? Ese funcionamiento silencioso, comparable al de Dios, provoca toda suerte de conjeturas. Alguna abominablemente insinúa que hace ya siglos que no existe la Compañía y que el sacro desorden de nuestras vidas es puramente hereditario, tradicional; otra la juzga eterna y enseña que perdurará hasta la última noche, cuando el último dios anonade el mundo. Otra declara que la Compañía es omnipotente, pero que sólo influye en cosas minúsculas: en el grito de un pájaro, en los matices de la herrumbre y del polvo, en los entresueños del alba. Otra, por boca de heresiarcas enmascarados, que no ha existido nunca y no existirá. Otra, no menos vil, razona que es indiferente afirmar o negar la realidad de la tenebrosa corporación, porque Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares.

La lotería en Babilonia, de Jorge Luis Borges, incluido en su libro Ficciones


Como en Babilonia también todo parece dictado por el Sistema, que algunos llaman el Capitalismo. En realidad, no sabemos bien si sigue existiendo o desapareció; ni si lo que tenemos son las consecuencias de un Sistema puesto a punto en el siglo XIX y que funciona por inercia pero que en realidad ha cambiado con la acción de los gobiernos, del Estado de bienestar, de la ONU, de individuos concretos como Soros y otros que tienen capacidad para quebrantar y hundir, aunque sea momentáneamente, el buen funcionamiento del Sistema. En el caso de que siga existiendo, no sabemos si el Sistema perdurará hasta el fin de la historia, que ya ha llegado al decir de un tal Fukuyama. También podría ser que el Sistema -como la Compañía- fuera omnipresente pero sólo a efectos de cosas insignificantes (los salarios, el ocio, los muebles, el coche), mientras que lo ensencial le escapara (el pensamiento, la voluntad, la libertad para decidir personalmente); o que también esto le dependa. En incluso algunos se atreven a decir que en realidad el Sistema no existe, que fue un invento de un tal Marx que vivió hace ya más de un siglo y que en realidad son otros principios aún por descubrir los que realmente gobiernan la economía y la vida de los hombres.

2 comentarios:

David dijo...

Empecé a leer el primer texto y pensé este tío escribe como Borges...

Interesante reflexión sobre el capitalismo del ¿arquitecto? Horacio Capel. Ya no sabemos lo que es, ni siquiera sí sigue siendo. Lo que no parece es que de fuera vaya a venir una alternativa a este sistema, como quiera que se llame. Los antiguos seguidores de Marx lo acogen hoy con la fe embravecida del converso. Sólo quedan trasnochados reductos del comunismo (Cuba o Corea del Norte) y no invitan precisamente a la imitación.

Con todo, si la meta es ser felices, el sistema fracasa. Los que quedan dentro de él, acaban por descubrir que lo material, la acumulación de posesiones (el motor de este sistema que no para de generar nuevas "necesidades"), no da la felicidad. Y los excluidos saben que es atroz, perverso, implacable. Destruye el medio. Nos aboca a la destrucción, pero nadie lo frena. Apenas tímidos esbozos de solución, pequeños parches.

Admite unas diferencias intolerables, las estimula incluso y ya nadie reclama la igualdad. Nadie cree que exista alternativa. Nos ha derrotado y cada cual trata de sacar la mejor tajada del statu quo y sobrevive sin siquiera plantearse si otro mundo es posible.

Héctor Meda dijo...

Ciertamente este Sistema tiene sus limitaciones pero yo destacaría que la mano invisible que le ha ido esculpiendo con el transcurrir de los tiempos le ha dejado una faz, sino irreconocible, sí al menos imposible de apercibir de un primer vistazo. Una reflexión, ésta, similar a la de Kundera sobre la burocracia