domingo, 24 de octubre de 2010

La humillación que nunca fue

Pág. 245 del libro El gato de Schrödinger en el árbol de Mandelbrot:
Nuestra primera mirada corresponde a la imagen helocéntrica del universo, sobre lo que hay trabajos aclaratorios desde hace mucho. Como vienen publicando desde los años setenta diversos historiadores de la ciencia, la posición central de la Tierra antes de Copérnico no representaba ninguna distinción, sino una "humillación del ser humano", en palabras del filósofo Rémi Brague.

En otro caso ¿cómo iba a aceptarla la Edad Media? (...) En la visión precopernicana del mundo, según Brague, si algo ocupa la posición central de la Tierra es justamente un lugar de honor, sino más bien en el estercolero (Nota del traductor: En alemán no se puede oír qué era para una Edad Media que hablaba en latín estar "in mundo", justamente aquello a lo que suena aún en castellano: estar en mondas y demás desperdicios).

En el ámbito de la astronomía, el centro representa el lugar más modesto de todos como admite el mismo Galileo Galilei en sus diálogos cuando hace decir al sabio Salviati: "En lo que atañe a la Tierra, devolviéndola a los cielos tratamos de ennoblecerla". En otras palabras, cuando Copérnico sacó a la Tierra del centro la llevó más cerca de lo divino, y a nosotros con ella. Y así lo entendieron también sus contemporáneos.
(...)
Además, una observación no del todo anecdótica: (...) desde los días de Immanuel Kant, ese giro retórico, la expresión "giro copernicano", tiene un sentido fijo, y uno que nada tiene que ver con el giro de la Tierra en torno al Sol, sino en torno a su propio eje: que no son las estrellas las que se mueven, sino nosotros (y con ello las estrellas).

Como no hay giro copernicano es precisamente desplazándose hacia algún lado, sino ocupando el centro y viendo y argumentando las cosas desde ahí. Y tal es precisamente el paso que da Kant en su giro metafísico, toda vez que no encontramos las leyes de la naturaleza en ella sino que la introducimos desde nuestro entendimiento.
(...)
Una idea semejante ofrece la evolución de Darwin (...). También ella deja al ser humano en donde estaba, en la cumbre de evolución, sólo que debiendo agradecer esa posición ya no a Dios, sino a sí mismo. (...) en adelante sabemos cómo hemos alcanzado nuestro posición y vemos lo que en nosotros es peculiar. Nos distinguimos por haber crecido por encima de la Biología. Por ejemplo, nos ocupamos de viejos, enfermos y desvalidos en vez de abandonarlos a la selección natural y, al menos a primera vista, no son los mejores de entre nosotros (los miembros de las clases altas) los que se ocupan de traer al mundo una descendencia numeros.

En otras palabras, lo que el pensamiento de Darwin señaló en los seres humanos es que supimos empezar una nueva evolución, cultural, y emanciparnos de la natural.

Somos cumbre, pero por obra nuestra.

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