El puenting emocional: individuación de la experiencia y crítica de la identidad psicofísica reductiva
Resumen
Este artículo examina la identidad reductiva entre un tipo de experiencia X y un tipo específico de proceso material N. Si ambos son idénticos, la reproducción exacta de N debería bastar para producir X, sin necesidad de transferir adicionalmente su significado. Para someter a prueba esa consecuencia se propone el puenting emocional: un experimento mental en el que una máquina induce en un usuario activaciones neuronales registradas en otro sujeto. Los casos de una llamada reconocida en un ruido, de una emoción biográficamente determinada y del motivo musical B-A-C-H muestran que el estímulo y la activación local no bastan para individuar la vivencia. La apelación a la plasticidad obliga entonces a sustituir N por N + H, donde H designa la organización histórica que hace posible la experiencia. Esta ampliación no conserva automáticamente la reducción: si H es una configuración material exacta, debe explicarse cómo mantiene la generalidad del tipo experiencial; si es una organización funcional, la propuesta abandona la identidad reductiva de tipos. El argumento no niega las condiciones físicas de la experiencia, sino que cuestiona el paso de su dependencia a su identificación con un correlato neuronal suficiente.
Palabras clave: identidad psicofísica; materialismo reductivo; individuación experiencial; puenting emocional; realización múltiple.
- De la dependencia a la identidad: qué afirma exactamente el materialismo reductivo
Antes de preguntar si la experiencia puede reducirse a un proceso físico conviene precisar qué clase de afirmación está en juego. La disputa no opone a quienes reconocen la importancia del cuerpo y a quienes la niegan. Nadie necesita convertir el dolor en una sustancia etérea para advertir que una herida, una inflamación o una lesión nerviosa modifican lo que sentimos. La cuestión comienza después de conceder todo eso: cuando de la dependencia causal se pasa a la identidad, y de la identidad se concluye que la descripción neurofisiológica agota aquello que la experiencia es.
La fórmula escolar según la cual «el dolor es la activación de las fibras C» debe entenderse, además, con cierta exactitud. No identifica la fibra, considerada como estructura anatómica, con la cualidad experimentada; identifica el dolor con determinado proceso de activación neuronal. Tampoco tiene por qué comprometerse con la idea de que toda forma de sufrimiento —una aflicción, una humillación, una pérdida— dependa específicamente de esas fibras. Su objeto inicial es el dolor corporal, y su pretensión consiste en ofrecer un modelo de reducción que pueda extenderse después a otras experiencias. Si queremos combatir la teoría, conviene no inflarla previamente hasta convertirla en una caricatura.
Ahora bien, entre la observación de un correlato y la afirmación de una identidad median tres tesis distintas.
La primera es una tesis de correlación: determinados episodios de dolor coinciden regularmente con determinados procesos neuronales. Esta regularidad puede tener valor diagnóstico y explicativo, pero no decide todavía qué relación existe entre ambos términos. Dos acontecimientos pueden concurrir porque uno produce al otro, porque ambos derivan de una causa común o porque forman parte de un proceso más amplio. La correlación documenta una concomitancia; no determina por sí sola su naturaleza.
La segunda es una tesis de dependencia: sin cierta organización física no habría experiencia, o esta no presentaría las características que presenta. Esta tesis es más fuerte que la anterior, pero todavía no equivale a una identidad. Reconocer que determinados procesos corporales son necesarios para que haya dolor no basta para demostrar que el dolor no sea más que esos procesos. La necesidad de una condición no la convierte automáticamente en idéntica a aquello que condiciona.
La tercera es la tesis de identidad. Según ella, el dolor no es un efecto adicional del proceso neuronal ni un acontecimiento que se limite a acompañarlo. El dolor es ese proceso. No habría dos realidades relacionadas, sino una misma realidad descrita de maneras diferentes. La identidad, por tanto, no es simplemente una correlación mejor confirmada. Una correlación puede hacerse cada vez más estrecha sin dejar de relacionar dos términos; la identidad suprime la dualidad.
Esta distinción permite formular la diana con precisión. No discutiremos que la experiencia tenga condiciones físicas, ni que ciertos procesos neuronales sean indispensables para su aparición. Tampoco afirmaremos que una descripción de la experiencia deba competir con la neurofisiología en la explicación de los mismos mecanismos. Lo que examinaremos es el paso desde esas dependencias hasta la afirmación de que el proceso neuronal y la experiencia son una misma cosa.
Ahora bien, ese paso no puede refutarse señalando únicamente que dolor y activación neuronal son expresiones diferentes o que una persona puede comprender la primera sin conocer la segunda. Una identidad no exige sinonimia. El agua y el H₂O pueden describirse mediante conceptos distintos sin que ello impida que sean idénticos. Del mismo modo, alguien puede saber perfectamente lo que significa sufrir sin poseer ningún conocimiento neurofisiológico. La diferencia entre nuestras maneras de hablar no basta para establecer una diferencia entre las realidades de las que hablamos.
Tampoco basta, en sentido contrario, con que dos fenómenos aparezcan juntos para declararlos idénticos. Si la reducción pretende ser algo más que una reforma del vocabulario, debe indicar qué proceso físico es la experiencia y sostener ese candidato con suficiente estabilidad como para que la identidad tenga contenido. No serviría decir primero que la experiencia es el estímulo, después que es su recepción, más tarde que es una activación local y, finalmente, que es cualquier estado físico en el que aquella aparezca. La identidad puede sobrevivir a las correcciones científicas, pero no a la sustitución indefinida de aquello que identifica.
Nuestra pregunta será, por tanto, una pregunta de individuación: ¿el proceso físico propuesto permite determinar qué experiencia tiene lugar y distinguirla de otras? No preguntaremos todavía si la experiencia es física o no física. Preguntaremos si el candidato ofrecido por la reducción basta para fijar aquello cuya identidad afirma. Si dos experiencias difieren de manera relevante, la explicación reductiva deberá poder situar esa diferencia en el proceso con el que las identifica o reconocer que el proceso considerado no basta, por sí solo, para individuarlas.
Esta exigencia no presupone todavía que la experiencia sea algo distinto de lo físico. Solo exige que la identidad no se dé por establecida antes de comprobar qué determina cada candidato. Si el correlato local resulta insuficiente, siempre será posible ampliarlo: incluir otras áreas del cerebro, el estado del organismo, su historia previa o su relación con el entorno. Nada de eso queda excluido de antemano. Pero cada ampliación deberá hacerse explícitamente, porque modifica la tesis inicial. No es lo mismo identificar una experiencia con una activación localizable que identificarla con un estado cuya especificación exige reconstruir toda una historia.
El argumento puede mantenerse, así, deliberadamente agnóstico sobre las cuestiones que no necesita resolver. No tendrá que negar que todo proceso experiencial dependa de condiciones físicas. No tendrá que postular una sustancia inmaterial. Ni siquiera tendrá que decidir de antemano si una descripción física suficientemente amplia podría corresponderse con todos los rasgos de la experiencia. Su objeto será más limitado: determinar qué trabajo explicativo realiza la identidad reductiva y qué debe añadir para no dejar fuera aquello que pretende identificar.
La primera prueba consistirá en examinar el candidato más externo y sencillo: el estímulo físico inmediato. Si un mismo estímulo puede dar lugar a experiencias distintas, su descripción no bastará para determinar lo experimentado. Ello no refutará todavía la identidad neuronal, pero obligará a desplazar el correlato hacia el sistema que procesa el estímulo. Solo entonces podremos preguntar si esa nueva localización resuelve el problema o si reproduce, en otro nivel, la misma insuficiencia.
2. El estímulo no determina lo experimentado: las manchas acústicas
Empecemos por el candidato más externo: el estímulo físico que llega al organismo. Si la experiencia auditiva pudiera individuarse mediante las propiedades físicas de ese estímulo, dos oyentes sometidos a la misma señal deberían oír, en lo que respecta al contenido de la experiencia, lo mismo. Bastaría con describir las vibraciones, sus frecuencias, amplitudes y sucesiones temporales para determinar qué se oye. El experimento de la casa abandonada pone a prueba esa suposición.
Imaginemos una casa deshabitada en un pueblo perdido de España. La lluvia golpea los restos del tejado; una tubería vibra; el viento atraviesa una rendija y produce chirridos intermitentes. Para el visitante que no conoce el chino, todo ello constituye una sucesión de ruidos. Puede distinguir unos de otros, percibir su intensidad o sentirse inquietado por ellos, pero no oye en ellos ninguna articulación verbal.
Supongamos ahora que Zhuangzi, nuestro pensador y poeta, pasa unas vacaciones en el mismo paraje. Las condiciones acústicas se mantienen. Sin embargo, él no oye solamente ruidos: oye que algo pronuncia su nombre. No necesitamos decidir si la casa produce realmente una psicofonía, si Zhuangzi interpreta una coincidencia acústica o si proyecta una voz donde solo hay lluvia. El experimento no exige resolver ese asunto. Basta con que, ante una misma señal, uno oiga ruido indeterminado y el otro oiga una llamada.
Podemos reforzar la escena eliminando las diferencias accidentales. No importa que los oyentes ocupen posiciones distintas ni que uno preste más atención que el otro. Imaginemos que registramos las vibraciones y las reproducimos posteriormente en condiciones controladas, de modo que ambos reciban una señal equivalente. La diferencia permanece: para uno, los sonidos no se agrupan en ninguna palabra reconocible; para el otro, se organizan como un nombre.
Lo que cambia no es la cantidad de sonido recibido. Zhuangzi no percibe una vibración adicional que nosotros hayamos dejado de registrar. Tampoco oye primero exactamente nuestro ruido y añade después, mediante una explicación independiente, la hipótesis de que alguien lo llama. Su experiencia presenta ya una organización distinta: aquello que para nosotros continúa siendo una mancha acústica adquiere para él la forma de una emisión significativa.
Este caso todavía no demuestra que haya una diferencia no física entre ambos oyentes. El defensor de la reducción puede señalar, con toda legitimidad, que sus sistemas auditivos y sus cerebros no se encuentran en el mismo estado. Zhuangzi ha aprendido chino; posee recuerdos, expectativas y disposiciones que el otro oyente no posee. Esas diferencias pueden tener condiciones físicas y producir efectos físicos. Nada en el experimento obliga a negarlo.
La conclusión es más limitada: la descripción del estímulo no basta para individuar la experiencia. Si solo conocemos las propiedades acústicas de la señal, todavía no sabemos si lo oído será ruido, palabra o llamada. El contenido de la experiencia no figura entre las propiedades que esa descripción determina. Por tanto, si alguien identificara simplemente la experiencia auditiva con el estímulo recibido, habría elegido un candidato insuficiente.
La pregunta «¿qué medio físico posibilitó esa intelección significativa?» debe recibir entonces una respuesta prudente. Puede haber un proceso físico que la posibilite; el argumento no necesita negarlo. Lo que la escena muestra es que ese proceso no puede confundirse con la señal externa considerada aisladamente. Para explicar la diferencia tendremos que incluir al oyente y, dentro de él, aquello que hace posible que una mancha acústica sea oída como palabra.
El contraste con una deficiencia auditiva ayuda a precisar este punto. Si una persona no puede oír porque existe una lesión en su aparato auditivo, podemos buscar una alteración local que explique la ausencia de la experiencia. Pero la diferencia entre oír ruido y oír una palabra no tiene por qué presentar la misma forma. No hay razón para suponer que la competencia lingüística deba localizarse como una pieza añadida al oído, ni que su ausencia sea comparable a una interrupción en un cable. Esto no la convierte en algo inmaterial; solo impide trasladar sin más el modelo de la lesión local al de la comprensión.
La distinción es importante porque evita dos conclusiones apresuradas. La primera sería: «La competencia no se localiza como una lesión; luego no es física». No se sigue. La segunda sería: «La competencia tiene condiciones físicas; luego el estímulo y la experiencia son idénticos». Tampoco se sigue. Entre ambas afirmaciones queda el espacio de nuestra investigación.
El reduccionista todavía dispone, por tanto, de un movimiento natural. Puede abandonar la identificación de la experiencia con el estímulo y desplazarla hacia el procesamiento interno. Dirá que la misma señal produce estados neuronales distintos porque los organismos son distintos, y que cada experiencia es idéntica no a las vibraciones externas, sino al estado neuronal resultante.
Ese movimiento no está refutado por la casa abandonada. Al contrario: conviene concederlo provisionalmente para examinarlo en su mejor versión. El experimento solo ha cerrado una salida, la más simple. La experiencia no puede individuarse por el estímulo inmediato porque este deja indeterminado aquello que se oye.
Pero el desplazamiento modifica la carga de la prueba. Ya no bastará con encontrar actividad neuronal asociada a la audición. Habrá que, además, preguntar si la activación propuesta determina el contenido de la experiencia o si, para hacerlo, deberá incorporar precisamente aquellos aprendizajes, recuerdos y relaciones que la descripción local había dejado fuera.
La casa "china" abandonada no demuestra, por supuesto, que la experiencia escape a toda explicación física. Pero sí demuestra algo previo y necesario para continuar: el significado de lo oído no está determinado por las manchas que llegan al oído. La reducción tendrá que buscar su candidato en otra parte.
3. El puenting emocional: reproducir una activación no equivale a transferir una vivencia
El experimento de la casa “china” abandonada obligó a desplazar la reducción desde el estímulo hacia el organismo. Una misma señal acústica podía ser oída como ruido o como llamada; sus propiedades físicas no bastaban, por tanto, para determinar el contenido de la experiencia. El reduccionista puede aceptar este resultado y desplazar su candidato: la experiencia no sería idéntica al estímulo, sino al estado interno que este produce. Para poner a prueba esa nueva propuesta, conviene imaginar una tecnología que no se limite a registrar correlatos, sino que prometa transferirlos.
Llamémosla puenting emocional.
Se trataría de un neuroentretenimiento basado en una interfaz cerebro-máquina. El usuario acudiría a experimentar temporalmente una emoción extraordinaria y, una vez terminada la sesión, sería devuelto a su vida cotidiana. Como en el puenting propiamente dicho, pagaría por descender hasta un abismo sin quedarse en él. La máquina le permitiría tocar una vivencia extrema y luego lo izaría de vuelta.
El experimento debe fijarse con precisión. El usuario no posee la biografía de la persona cuya emoción pretende experimentar. La máquina tampoco puede mostrarle una película, narrarle los hechos ni implantarle recuerdos, conceptos y relaciones personales. Su único instrumento es la inducción de una secuencia de activaciones neuronales previamente registrada en otro sujeto. El objetivo no es provocar una vaga angustia indeterminada, sino reproducir una vivencia muy concreta. La cuestión es si, bajo esas condiciones, la reproducción del patrón basta para transferirla.
Nuestro adversario no sostiene únicamente que la experiencia dependa de procesos físicos, sino que la experiencia X es idéntica al proceso neuronal N. De esa identidad se sigue una consecuencia precisa: donde se instancie exactamente N, debe instanciarse también X. No se trata de transmitir una experiencia de un cerebro a otro, como si viajara separada de su soporte, sino de reproducir aquello con lo que supuestamente es idéntica. El puenting emocional explota esa consecuencia. Si la máquina reproduce N y, con ello, no reproduce la vivencia del modelo, el reduccionista deberá reconocer que N no era la experiencia o que no había especificado N por completo. Y si para completarlo debe incorporar la biografía que hace posible comprender la escena, ya no podrá presentar la activación inicial como candidato suficiente.
Tomemos como contenido del salto una escena relatada por DrossRotzank en su video Top 7: Los Regalos Más Perturbadores De La Historia {Feliz Navidad} No necesitamos decidir aquí su exactitud histórica: la utilizamos como material para un experimento conceptual, no como prueba empírica. Pero su fuerza, como se verá, depende de la estructura de lo narrado.
Una mujer abandona a su marido narcotraficante, Héctor "El Güero" Palma, y se lleva consigo a sus dos hijos. Le deja una carta de despedida, pero no revela con quién se va. El marido sabe, por tanto, que su esposa lo ha abandonado y que sus hijos ya no están con él, pero todavía no conoce toda la trama. En breve la conocerá.
Después, en el día de su cumpleaños, recibe un paquete de su socio.
Lo abre y encuentra la cabeza decapitada de su esposa. Junto a ese hallazgo, un video le muestra a sus hijos, de cinco y seis años, arrojados por un barranco. Finalmente, la tarjeta: «Feliz cumpleaños, socio».
El saludo no añade un detalle ornamental a una emoción ya constituida. Revela que la destrucción procede de alguien vinculado al destinatario por la amistad y por los negocios, y que el asesinato ha sido organizado como una escena para él. La felicitación convierte el cumpleaños en escarnio; la palabra "socio" reactiva y deforma la confianza anterior; la infidelidad de la esposa, la desaparición de los hijos y la traición del amigo dejan de ser episodios yuxtapuestos para convertirse en una sola configuración.
El orden de las revelaciones importa. La esposa primero se fue; después aparece asesinada; luego se descubre la suerte de los hijos; finalmente, el mensaje recompone la autoría y la intención del conjunto. Cada revelación no se limita a aumentar una cantidad previa de dolor. Modifica lo que las anteriores significaban.
La emoción resultante no es, por tanto, un gradiente simple de angustia o ira. Su objeto puede describirse mediante una serie de determinaciones encajadas: el dolor por los hijos asesinados; la pérdida de la esposa adúltera, cuya partida adquiere retrospectivamente otro sentido; la traición del socio-amigo, que no solo engañó al destinatario, sino que convirtió su vida en el material de una representación cruel; y todo ello comprimido en la ironía de una felicitación. Cada término —hijos, esposa, socio, cumpleaños— opera sobre los demás. La emoción adquiere así una compenetrada gravedad experiencial que no puede expresarse mediante la suma de intensidades parciales.
El reto del puenting emocional consiste en reproducir esa vivencia concreta, no una perturbación que pueda parecérsele desde fuera.
La máquina podría, por hipótesis, inducir taquicardia, tensión, insomnio o una angustia extrema. Podría incluso reproducir una secuencia de cambios fisiológicos semejante a la observada en una persona sometida a un shock. Pero esa posibilidad no responde todavía a nuestra pregunta. Queremos saber si el usuario experimentaría la pérdida de sus hijos, la traición de su socio y la crueldad de esa felicitación sin haber recibido ninguna de las historias que permiten comprenderlas.
¿Qué chisporroteo debería producir la máquina para que el usuario tocara precisamente esa emoción al leer la nota y pudiera después ser devuelto a su vida normal? ¿Qué configuración de activaciones contendría no solo la intensidad del horror, sino la determinación recursiva de su objeto?
La dificultad no reside en que una secuencia física sea incapaz de expresar o implementar una estructura recursiva. Una sucesión de caracteres puede contener anidamientos, y un proceso material puede ejecutar operaciones recursivas. Nuestro argumento no necesita negarlo. La distinción decisiva es otra: una configuración puede codificar una estructura sin que, por ello, constituya la experiencia de esa estructura. Una serie de luces podría representar la escena entera si estableciéramos un código suficientemente rico. Podría representar los parentescos, la secuencia de las revelaciones y la ironía de la felicitación. Pero de que una configuración exprese esas relaciones para quien dispone del código no se sigue que el sistema configurado las experimente como su propia historia. La pregunta del puenting no es cuánta información pueden codificar las luces, sino qué autoriza a afirmar que su encendido sea la vivencia del Güero.
Un niño podría verse afectado por las imágenes, asustarse o sufrir una perturbación intensa sin experimentar esta vivencia concreta. No porque su activación fuera necesariamente menor, sino porque carecería de las relaciones conceptuales y biográficas que hacen que cada revelación tenga ese peso. Del mismo modo, un receptor del puenting emocional podría salir de la máquina profundamente angustiado y, aun así, no haber experimentado la situación del Güero.
La casa “china” abandonada ofrece aquí el contrapunto inverso. Allí las mismas manchas acústicas eran ruido para unos y llamada para Zhuangzi. Este no recibía una cantidad adicional de estímulo: su historia lingüística hacía que aquellas vibraciones adquirieran una determinación que para los demás no tenían. La impresión era muy concreta y muy suya —oía su nombre— precisamente porque no dependía únicamente del patrón físico recibido. En ambos casos aparece la misma exigencia: sin la trama pertinente, la activación no basta para producir el contenido; con tramas distintas, un mismo patrón tampoco garantiza un contenido idéntico. Transferir una impresión física no equivale a transferir la historia desde la cual esa impresión significa.
El fisicalista puede responder que la máquina tendría que reproducir mucho más que una descarga local: recuerdos, aprendizajes, disposiciones y estados distribuidos. Pero esa respuesta cambia las condiciones del experimento. Ya no estamos hablando de introducir al usuario en una emoción mediante la reproducción de un patrón y devolverlo después a su vida, sino de proporcionarle temporalmente la historia que hace posible esa emoción. Si para reproducir la vivencia hay que reproducir también al sujeto histórico que la comprende, el puenting ha dejado de ser una simple transferencia de activaciones.
Esto no demuestra que ninguna tecnología física pudiera reproducir una experiencia bajo cualesquiera condiciones. Tampoco demuestra que la emoción carezca de condiciones materiales. La conclusión se dirige contra una afirmación más concreta: no puede darse por supuesto que el patrón registrado en quien padece una vivencia especifique aquello que habría que inducir en otro sujeto para producir la misma vivencia.
La identidad reductiva queda así sometida a una exigencia precisa. Si la emoción no es más que un proceso neuronal N, el reduccionista debe poder identificar N y defender que su reproducción, bajo las condiciones estipuladas, reproduce también la experiencia. No le basta con registrar una activación en el cerebro del Güero y llamarla «su emoción». Esa denominación presupone la correspondencia que el experimento pretende examinar.
El puenting emocional no plantea, en última instancia, un problema de potencia tecnológica. Plantea un problema de identificación. La máquina podría administrar la chispa; lo que no puede dar por transferido con ella es la red que hace que la chispa incendie precisamente este mundo. Y si para transferir esa red necesita transferir también la biografía, entonces la vivencia no ha sido reducida a la chispa: se ha obligado a la chispa a cargar con todo aquello cuya reducción justamente estaba en discusión.
4. Oír como, ver como: B-A-C-H y la realización múltiple de la forma
El reduccionista todavía dispone de una réplica. Puede conceder que la vivencia del Güero posee una estructura biográfica compleja, pero sostener que esa complejidad pertenece a su interpretación, no a la experiencia propiamente dicha. Según esta respuesta, habría que distinguir dos planos: primero, una modificación afectiva desnuda, idéntica a determinado proceso neuronal; después, un conjunto de pensamientos, recuerdos y juicios que le proporcionarían objeto y significado. La neurofisiología se ocuparía del primer plano; la biografía, del segundo.
La distinción parece razonable porque hay casos en los que efectivamente sentimos algo antes de comprenderlo. Un sobresalto puede preceder al descubrimiento de su causa; una inquietud puede permanecer inicialmente sin objeto. Pero de que existan esos casos no se sigue que toda experiencia esté compuesta por un núcleo afectivo indeterminado y una interpretación posterior. Hay que examinar si esa separación describe adecuadamente las vivencias cuyo contenido participa en su propia textura.
Imaginemos que Bach acude a un concierto de su amigo Zelenka. En un momento de la obra, entre las demás voces, emerge el motivo B-A-C-H. En la notación musical alemana, las letras permiten formar el apellido Bach mediante cuatro notas: B designa si bemol; A, la; C, do; y H, si natural. Bach reconoce la secuencia y se sabe invocado. No oye simplemente una célula melódica: oye un guiño dirigido a él desde dentro de la música. No necesitamos decidir si Zelenka introdujo deliberadamente el motivo o si Bach descubre una invocación donde el compositor no pensó en ella. Incluso si la atribución fuera errónea, la experiencia seguiría teniendo ese contenido. Bach podría equivocarse acerca de la intención de su amigo, pero no por ello dejaría de haberse sentido nombrado. La cuestión no depende de la intención real de Zelenka, sino de la organización que la música adquiere en la experiencia de Bach.
Otro oyente puede recibir las mismas vibraciones y apreciar la belleza del motivo sin experimentar ninguna invocación. No le falta sensibilidad auditiva. Puede reconocer sus alturas, su ritmo y su función dentro de la obra. Le falta, en cambio, la trama en la que esas notas se convierten en nombre y en guiño personal. Para Bach, la secuencia no solo significa «Bach»: significa, al menos en su experiencia, «te nombro a ti».
La ondulación acústica es común, pero no determina por sí sola aquello que cada oyente oye.
Podemos conceder que existen componentes compartidos entre ambas experiencias. Los dos oyentes perciben las mismas notas y pueden coincidir en numerosos juicios musicales. Nuestro argumento no necesita negar ese nivel común. Basta con señalar que sus propiedades no agotan la experiencia de Bach. La invocación no está en las frecuencias como una nota adicional, pero tampoco necesita ser un comentario que él añada una vez terminada la audición. Bach no tiene por qué razonar: «Estoy oyendo cuatro notas; en la notación alemana estas letras forman mi apellido; Zelenka es mi amigo; luego probablemente me está dedicando un guiño». Puede hacerlo si posteriormente reconstruye lo sucedido, pero la experiencia inicial no exige esa cadena de inferencias. El motivo puede aparecerle inmediatamente como firma, y esa firma puede presentarse inmediatamente como dirigida a él.
La expresión «oír como» no introduce aquí una teoría adicional sobre la percepción. Designa una diferencia que la escena permite describir. El oyente que desconoce la convención oye una sucesión melódica; Bach oye su nombre. El primero podría aprender después que las notas pueden interpretarse como un monograma, pero ese conocimiento posterior no sería idéntico a la experiencia de quien ya las oye organizadas de ese modo.
Esto distingue dos descripciones posibles. La primera afirma que ambos oyentes tienen la misma experiencia musical completa y que solo Bach añade después una interpretación. La segunda afirma que comparten ciertos rasgos acústicos, pero no la misma organización experiencial. La primera confunde la posibilidad de aislar componentes con la suficiencia de esos componentes para individuar la vivencia. Que podamos abstraer las frecuencias no demuestra que la experiencia de Bach sea esa abstracción más un comentario.
El significado no se limita, pues, a decir algo sobre lo experimentado. Puede modificar cómo se experimenta aquello que significa.
La casa “china” abandonada mostraba una versión elemental de este fenómeno: las mismas manchas acústicas eran ruido para unos y llamada para Zhuangzi. La escena de Bach añade una determinación personal y afectiva. La competencia musical no se limita a clasificar el estímulo; permite que aparezca una comunicación que no estaba disponible para el otro oyente. Bach no solo identifica una estructura: se sabe alcanzado por ella.
Esto repercute en la réplica del núcleo afectivo desnudo. En la escena del Güero, la tarjeta tampoco funciona como un comentario externo a un dolor ya terminado. «Feliz cumpleaños, socio» transforma lo recibido en mensaje, la muerte en representación y la relación anterior en material de la crueldad. El significado de la fórmula no informa únicamente al destinatario acerca de lo sucedido; hace que lo sucedido se experimente de una manera determinada. Prescindir de esa determinación no nos deja con la misma emoción liberada de interpretaciones, sino con una descripción más pobre de otra cosa: una perturbación genérica.
Podemos llevar la misma pregunta a una cadena causal todavía más sencilla. Imaginemos que reconozco mi rúbrica en una nube iluminada por el Sol. Podemos reconstruir físicamente todo el trayecto de la luz: el fotón abandona la estrella, atraviesa el espacio, llega hasta la nube, se refleja en ella y termina activando mi retina. Cada eslabón puede ser descrito sin mencionar mi nombre. Pero si la mancha luminosa se me aparece como rúbrica, ¿qué elemento de ese trayecto determina que la vea de ese modo? ¿Qué propiedad del fotón convierte la configuración en nombre? La pregunta no busca un nombre oculto en la luz. Muestra que la cadena causal que explica cómo llega la señal no basta para determinar la organización bajo la cual esta se experimenta. El dedo puede recorrer todos los eslabones físicos sin encontrar en ninguno la rúbrica como tal.
Imaginemos ahora que esa misma rúbrica aparece dos veces: dibujada por una nube y trazada sobre la arena. Los soportes no comparten su materia, y las cadenas físicas que llevan ambas imágenes a mi retina son diferentes. Sin embargo, en ambos casos reconozco lo mismo: mi nombre. No se trata de idénticos estímulos físicos, sino de un mismo contenido reconocido.
¿Qué tienen en común cielo y arena para desembocar en ese reconocimiento? No una sustancia idéntica, sino una organización capaz de realizarse en materias distintas. La gestalt puede analizarse en partes, pero ninguna de esas partes, tomada aisladamente, conserva su identidad como rúbrica. Un fragmento de nube no es mi nombre; un trazo de arena tampoco. La forma depende de las relaciones entre los componentes, no de la suma de sus materias consideradas separadamente.
Esto, ciertamente, no obliga a concluir que la gestalt exista sin ninguna realización material. Siempre aparece en algún soporte. Pero tampoco permite identificarla con uno de ellos: si la rúbrica fuera simplemente la nube, no podría aparecer en la arena; si fuera simplemente la arena, no podría aparecer en el cielo. La misma forma admite múltiples materializaciones. No queda desmaterializada en sentido absoluto, pero sí liberada de su identidad con cualquier soporte particular.
El reduccionista puede responder que el elemento común no está en el cielo ni en la arena, sino en el procesamiento neuronal del espectador. También puede afirmar que las diferencias entre Bach y el otro oyente tienen una base en sus respectivos cerebros. Podemos conceder ambas cosas. El argumento no pretende demostrar que haya reconocimiento sin organización física. Su objeto es impedir que se identifique la experiencia con un correlato cuya descripción omita aquello que permite individuarla.
Si el correlato solo especifica la recepción común de las frecuencias, no basta para individuar la invocación oída por Bach. Si solo especifica las propiedades externas de la nube o de la arena, tampoco basta para individuar el reconocimiento de la rúbrica. El candidato tendrá que ampliarse. Pero esa ampliación deberá examinarse después: no podemos resolver el problema declarando accesorio todo aquello que no estaba incluido en la descripción inicial.
El reduccionista puede todavía responder que Bach reconoce su nombre por condicionamiento y que esa asociación tiene una base neuronal. Podemos concederlo. La cuestión no es cómo se formó la asociación, sino si su correlato puede transferirse aisladamente conservando la vivencia. Para decidirlo, basta con recuperar el puenting emocional.
Supongamos que la máquina de puenting emocional reproduce en un usuario la activación neuronal registrada en Bach cuando este oye el motivo B-A-C-H y por tanto se siente nombrado. Pero el usuario no se llama Bach. ¿Qué debería experimentar entonces? Si escucha B-A-C-H sin sentirse aludido, la activación no ha transferido la experiencia. Si oye el motivo y siente simultáneamente que ese nombre no es el suyo y que, sin embargo, lo están llamando, puede experimentar desorientación, luego no la vivencia de Bach. Este no oye su nombre como una denominación ajena que misteriosamente lo atraviesa: lo oye como nombre propio.
Podemos hacer el mismo contraste con una palabra. Si Pepito oye ser llamado «Juan», no basta con estimular en él el supuesto correlato del reconocimiento del nombre propio para que experimente exactamente lo que Juan experimenta cuando lo llaman. Si conserva intacta su identificación como Pepito, la situación será, cuando menos, incongruente: oirá «Juan» y sentirá que lo nombran a él. Pero esa incongruencia no formaba parte de la experiencia de Juan. La máquina habría producido otra vivencia, no transferido la original.
Para eliminar esa diferencia, la máquina tendría que modificar también la relación del usuario con su propio nombre: hacer que «Bach» o «Juan» le llegara como una designación de sí mismo. Pero entonces ya no estaría reproduciendo únicamente el correlato local del reconocimiento. Estaría interviniendo en aquello por lo que el sujeto se reconoce como quien es.
La experiencia de sentirse nombrado no puede separarse sin más de la identidad del nombre y de la identidad de quien lo recibe como propio. No hay un qualia intercambiable de «ser llamado» que pueda extraerse de Juan, insertarse en Pepito y conservar intacto su contenido. Si el usuario sigue siendo plenamente Pepito, la vivencia puede volverse desorientación; si deja de serlo en lo relevante, la máquina ha tenido que reproducir mucho más que la activación inicial.
Esto no afecta únicamente a la interpretación posterior de la música. Alcanza a la propuesta reductiva misma. Si la experiencia X fuera idéntica al proceso local N, la reproducción de N debería bastar para X. Pero aquí la reproducción del correlato no garantiza el contenido: para conservarlo hay que incluir también aquello por lo que el sujeto reconoce un nombre como el suyo. El candidato local no solo deja fuera una información acerca de la experiencia; deja fuera una relación que participa en su constitución.
El fisicalista puede todavía ampliar N hasta incluir esa organización. Pero entonces ya no sostendrá que la vivencia sea la activación aislada registrada en Bach. Habrá tenido que incorporar al propio sujeto histórico en la descripción del correlato. Y ésa es precisamente la ampliación cuyo coste queda por examinar.
5. La retirada del correlato: plasticidad, historia y cambio de teoría
Los experimentos anteriores someten a prueba una identidad local. Si la experiencia X es idéntica al proceso neuronal N, la reproducción exacta de N debería bastar para producir X. El puenting emocional no añade a esta exigencia una imposibilidad tecnológica imaginaria: hace explícita la consecuencia de la identidad. No habría que transferir además el significado de la experiencia, porque ese significado ya tendría que estar incluido en aquello con lo que la experiencia es idéntica.
El reduccionista puede responder que ninguna activación neuronal produce sus efectos aisladamente. Un mismo proceso N puede desembocar en resultados diferentes según la organización del sistema en el que tiene lugar. Los cerebros de Bach, de Zhuangzi o del Güero han sido esculpidos por historias distintas. Sus aprendizajes han modificado sus disposiciones; sus recuerdos y conceptos no son añadidos externos a su funcionamiento neuronal, sino parte de la organización mediante la cual responden al mundo.
Esta respuesta puede formularse mediante la plasticidad cerebral. La palabra socio no activa en cualquier sujeto la misma red de relaciones. En el Güero apunta a una historia concreta de amistad, negocios y confianza. Del mismo modo, el motivo B-A-C-H solo llega a Bach como nombre propio porque su organización mental permite reconocerlo y reconocerse en él. La activación local necesita esa trama para producir la vivencia que estamos examinando.
Podemos conceder que toda esta trama tenga condiciones físicas. No hace falta imaginar los recuerdos como archivos almacenados en pequeñas cajas ni los conceptos como piezas independientes. La organización pertinente puede ser distribuida, dinámica y dependiente de numerosos procesos. El argumento no depende de una representación simplista del cerebro. Depende únicamente de la función que esa organización desempeña en la explicación.
Llamemos H a la organización históricamente esculpida que permite que N desemboque en X. La réplica de la plasticidad afirma entonces que N produce la experiencia solo en presencia de H. Pero esta réplica concede precisamente lo que necesitábamos establecer: N no basta para individuar la experiencia.
Si X fuera idéntica a N, la presencia de N debería ser suficiente para X. Si resulta que N solo desemboca en X cuando participa en una organización H, la identidad inicial ya no puede mantenerse sin modificaciones. La plasticidad no salva la identidad local; explica por qué debe abandonarse.
El fisicalista puede, sin embargo, proponer una nueva identidad:
X = N + H.
La experiencia no sería la activación aislada, sino el proceso completo formado por esa activación y la organización que le permite producir determinado contenido. Esta salida no es contradictoria. Pero antes de conceder que salva la reducción debemos preguntar qué significa exactamente H y qué clase de teoría resulta de incorporarlo.
Nuestra diana no es aquí que cualquier doctrina que afirme que la experiencia depende de procesos físicos. Es el materialismo reductivo que identifica un tipo de experiencia con un tipo específico de proceso material. Si el miedo humano es la activación de la amígdala junto con determinados neurotransmisores, entonces solo donde aparezca esa configuración física pertinente podrá aparecer el miedo. La materia, la región y el proceso concreto no son detalles intercambiables: constituyen el candidato con el que la experiencia se identifica.
Esta posición debe distinguirse del funcionalismo. Para este último, una experiencia puede individuarse por su organización o por su papel dentro de un sistema, sin que todos sus realizadores tengan que compartir la misma materia o la misma configuración neuronal. El funcionalista puede ser fisicalista, pero no identifica el tipo mental con un único tipo material. Su salida no consiste en conservar la reducción inicial, sino en sustituir su criterio de individuación.
También debe distinguirse de quien se limita a afirmar que cada experiencia particular es idéntica a algún proceso físico particular. Esa posición puede admitir que dos episodios de miedo sean procesos materiales diferentes. Conserva así una ontología física, pero renuncia a establecer una identidad general entre un tipo de experiencia y un tipo específico de configuración neuronal.
La fórmula X = N + H no salva, por tanto, automáticamente la posición combatida. Todo depende de qué se ponga en H.
Si H designa una organización funcional susceptible de realizaciones materiales múltiples, el adversario se ha desplazado hacia el funcionalismo. Ya no afirma que la emoción sea esta materia activada en esta región, sino que se individúa por una organización que distintos sistemas pueden realizar. Puede seguir defendiendo una filosofía física de la mente, pero ha abandonado la identidad reductiva de tipos que estamos examinando.
Si H designa una configuración material exacta, el adversario puede conservar esa identidad, pero debe aceptar sus consecuencias. Los cerebros esculpidos por historias diferentes no compartirán necesariamente el mismo N + H. El estado que permite que el Güero experimente su traición puede no ser el mismo que permitiría a otro sujeto experimentar una traición distinta. La reducción tendría entonces que explicar cómo una identidad tan específica puede seguir individuando un tipo general de experiencia. Si cada biografía exige una configuración diferente, la emoción general ya no corresponde a un único N. El reduccionista puede intentar reunir las configuraciones en una lista, pero una lista de realizadores no es todavía la identidad simple prometida. Decir que la experiencia X es N₁, o N₂, o N₃, según el sujeto y su historia, plantea una pregunta que la enumeración no responde: qué hace que todos esos procesos sean realizaciones de la misma experiencia.
El puenting emocional permite ver que esta dificultad no es meramente terminológica. Si la experiencia es N + H, la máquina no puede limitarse a reproducir N. Tendría que reproducir también H, es decir, la organización que permite que socio apunte a esa relación concreta o que B-A-C-H sea recibido como nombre propio. Pero si el usuario carece de esa organización, la activación no producirá la vivencia original. Y si la máquina se la proporciona, ya no habrá transferido únicamente una emoción: habrá reproducido las condiciones históricas y conceptuales que hacen posible esa emoción.
El fisicalista puede responder que una reproducción física suficientemente completa incluiría todo lo necesario. No necesitamos negar que esa posibilidad sea concebible. Pero esa respuesta no demuestra que la experiencia sea idéntica al patrón local inicial. Al contrario: reconoce que el patrón no bastaba. La reducción solo se mantiene si el nuevo candidato puede especificarse con la precisión que la identidad exige.
Aquí aparece otra dificultad: ¿cómo se especifica H?
Si H se describe únicamente como «la organización que permite que N produzca la experiencia X», su introducción no ofrece todavía una identificación independiente. Se nombra el correlato por la función que debía explicar. Esto no demuestra que H no sea físico, ni que una investigación futura no pueda describirlo con mayor precisión. Solo muestra que la fórmula X = N + H todavía no establece qué proceso concreto es la experiencia.
La reducción gana así en amplitud, pero corre el riesgo de perder determinación. En su versión inicial, prometía una identificación precisa: esta experiencia es esta activación. En la versión ampliada, afirma que la experiencia es la activación junto con toda la organización necesaria para que aquella produzca esta vivencia. La segunda fórmula puede ser verdadera, pero su contenido depende de que podamos especificar esa organización sin limitarnos a repetir que es la requerida por la experiencia.
El fisicalista puede dar todavía un último paso y afirmar que la experiencia es idéntica al estado físico total pertinente, T. Esta propuesta evita por construcción que hayamos olvidado alguna condición necesaria. Pero también aquí debe declarar qué teoría está defendiendo.
Si T designa una configuración material exacta, la identidad sigue siendo reductiva, pero queda sometida a la exigencia de especificar ese estado y mostrar que el mismo tipo físico corresponde al mismo tipo experiencial. Si T cambia con cada biografía, la fórmula ya no identifica un tipo general de emoción con un tipo general de proceso físico. Si, en cambio, T designa una organización que puede realizarse en configuraciones materiales diferentes, la propuesta se ha desplazado hacia el funcionalismo y ha abandonado la identidad reductiva que servía de punto de partida.
La retirada hacia el estado total no conserva, pues, intacta la posición inicial. El adversario puede mantener el fisicalismo, pero no necesariamente el materialismo reductivo que estamos examinando. Para salvar este último no basta con repetir que la trama es física: hay que mostrar que la experiencia y determinado tipo de configuración material son idénticos. Si la trama se individúa funcionalmente, la materia y la región concreta han dejado de tener el monopolio que la reducción les asignaba.
Los experimentos anteriores estrechan así las salidas disponibles. Si el reduccionista conserva N como candidato local, el puenting muestra que su reproducción no basta para transferir la vivencia. Si añade H como configuración material exacta, debe explicar cómo una identidad tan específica puede seguir individuando un tipo general de experiencia. Y si añade H como organización abstracta, ha cambiado de programa: ya no afirma que la emoción sea esta materia activada en esta región, sino que es una organización susceptible de realizaciones múltiples.
La conclusión no es que el fisicalista carezca de respuestas. Es que esas respuestas no salvan automáticamente al materialista reductivo. La plasticidad puede explicar físicamente por qué el mismo estímulo produce experiencias distintas, pero no conserva por ello la identidad entre la emoción y una activación neuronal específica. La trama puede ser física; precisamente por eso el reduccionista debe decir si su identidad depende de la materia concreta que la realiza o de la organización que la hace posible. En el primer caso, debe exhibir la configuración exacta y aceptar sus restricciones. En el segundo, ha dejado de combatir desde la posición que habíamos puesto en la diana.
La discusión ya no consiste, por tanto, en preguntar si el cuerpo participa en la experiencia. Consiste en saber si la experiencia puede individuarse sin hacer referencia a la organización significativa que los casos examinados han puesto de manifiesto. El materialista reductivo necesita esa individuación material precisa. El funcionalista puede renunciar a ella. Pero ninguno de los dos salva su posición confundiendo la una con la otra
6. Conclusiones
Este artículo partía de una distinción, a saber: correlación, dependencia e identidad no afirman lo mismo. Que una experiencia coincida con un proceso neuronal, o que dependa de él para producirse, no basta para concluir que ambos sean idénticos. Nuestra diana no era la tesis general de que toda experiencia tiene condiciones físicas, sino la identidad reductiva entre un tipo de experiencia X y un tipo específico de proceso material N. De esa identidad se sigue una consecuencia exigible: donde se instancie exactamente N, debe instanciarse también X. Si N solo produce X cuando se acompaña de otras condiciones, esas condiciones no pueden tratarse como accesorias sin revisar la identidad propuesta.
El recorrido ha obligado a desplazar sucesivamente el candidato. La casa “china” abandonada mostró que el estímulo no determina lo experimentado: unas mismas manchas acústicas pueden ser ruido para unos y llamada para Zhuangzi. La escena del Güero mostró que una emoción no se individúa por su intensidad, porque cada revelación transforma el sentido de las anteriores y reorganiza la vivencia completa. Bach, al oír B-A-C-H en el concierto de Zelenka, no recibe únicamente cuatro notas: se oye nombrado. Y la rúbrica que aparece en la nube y en la arena muestra que una misma forma puede reconocerse en soportes materiales diferentes sin ser idéntica a ninguno de ellos.
El puenting emocional ha sometido estos casos a una misma prueba. No pretendía demostrar que ninguna tecnología física pueda reproducir una experiencia, sino examinar qué tendría que reproducir si la experiencia fuera idéntica a un proceso neuronal determinado. La máquina no puede contentarse con producir angustia cuando se le exige la vivencia del Güero, ni con provocar una sensación incongruente de ser llamado cuando se le exige la experiencia de Bach al ser llamado. Si la reproducción de N no produce X, el reduccionista debe reconocer que N no era la experiencia o que no lo había especificado por completo. Y si para completarlo necesita incorporar la historia desde la cual la escena significa, la activación inicial no bastaba.
La apelación a la plasticidad no salva esa activación local. Reconoce, por el contrario, que sus efectos dependen de una organización H esculpida por el aprendizaje, la memoria y la biografía. El nuevo candidato sería N + H. Pero esta ampliación obliga a declarar qué teoría se está defendiendo. Si H designa una configuración material exacta, hay que especificarla y mostrar que la identidad conserva su alcance: una configuración distinta para cada sujeto y cada historia no proporciona sin más un único correlato material para un tipo general de experiencia. Si H designa una organización funcional susceptible de realizaciones múltiples, la materia y la región concreta han dejado de individuar la experiencia, y la propuesta se ha desplazado hacia el funcionalismo. Si solo se afirma que cada vivencia particular es algún proceso físico particular, se conserva el fisicalismo, pero se renuncia a la identidad general entre tipos que daba contenido a la reducción.
La retirada hacia un estado físico total no altera esta disyuntiva. Podemos conceder que una reproducción suficientemente completa incluiría todas las condiciones físicas necesarias. Pero esa concesión no resucita la identidad local. Si el estado total se define como todo aquello que debe estar presente para que aparezca X, todavía habrá que especificar qué elementos lo constituyen y cómo permiten individuar la experiencia. Llamar «físico» al conjunto no demuestra que la reducción haya explicado su contenido. El adversario puede mantener una ontología física; lo que no puede hacer es presentar cada ampliación del correlato como si dejara intacta la tesis inicial.
Nuestro resultado no consiste, por tanto, en afirmar que la experiencia carezca de condiciones materiales, ni en postular una sustancia inmaterial, ni en negar que una investigación futura pueda descubrir procesos físicos cada vez más precisos. Consiste en señalar que esos procesos no se convierten en idénticos a la experiencia por el solo hecho de acompañarla. La identidad exige individuación. Y los casos examinados muestran que la individuación no puede prescindir de la organización que hace que una señal sea oída como nombre, que una sucesión de revelaciones sea padecida como esta traición o que una mancha sea reconocida como esta rúbrica.
Esto tampoco obliga a adoptar el funcionalismo como doctrina alternativa. Haber distinguido esa salida no compromete nuestro argumento con ella. Solo impide utilizarla subrepticiamente para salvar una teoría distinta. Del mismo modo, la realización múltiple de la gestalt no nos obliga a decidir si las formas pertenecen a un reino abstracto. Basta con haber mostrado que no son idénticas a la materia particular de cada soporte. El artículo no necesita resolver la naturaleza última de la experiencia para establecer que una identificación reductiva no puede darse por válida.
Queda, sin embargo, un resultado positivo. Las experiencias examinadas no son núcleos cualitativos a los que el lenguaje y la biografía añadan después un comentario. Su contenido participa en su textura: el motivo se oye como invocación, la felicitación se padece como crueldad, el ruido se oye como llamada. La comprensión no traduce desde fuera una impresión ya terminada; organiza la impresión misma. Por eso cualquier candidato físico que pretenda identificarse con la vivencia deberá dar cuenta de esa organización, y no simplemente registrar la activación que aparece cuando esta tiene lugar.
El reduccionista buscaba bajo la farola porque allí podía señalar una fibra, medir una intensidad y registrar una secuencia. Pero la experiencia no queda individuada por ese inventario. La chispa puede ser condición del incendio; no por ello determina qué mundo arde cuando se produce. Las emociones no son descargas a las que después se adosan recuerdos, nombres y relaciones: jalan de ellos. Y si para reproducir la vivencia hay que reproducir también la trama desde la cual significa, entonces la emoción no ha sido reducida a la chispa.
Las emociones jalan, no chispean.
Referencias
DrossRotzank. Top 7: Los Regalos Más Perturbadores De La Historia {Feliz Navidad}. YouTube. Fuente del relato utilizado como material narrativo en la sección 3.
Place, U. T. (1956). «Is Consciousness a Brain Process?». British Journal of Psychology, 47(1), 44–50.
Putnam, H. (1967). «Psychological Predicates». En W. H. Capitan y D. D. Merrill (eds.), Art, Mind, and Religion (pp. 37–48). Pittsburgh: University of Pittsburgh Press.
Smart, J. J. C. (1959). «Sensations and Brain Processes». The Philosophical Review, 68(2), 141–156.
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