El barco sin timón: el vacío constructivo de Michael Oakeshott

 Abstract


Este artículo somete el escepticismo político de Michael Oakeshott a un examen crítico mediante tres líneas de argumentación analítica. En primer lugar, demuestra que su concepto central de "Disposición Conservadora" es lógicamente inestable: para evitar convertirse en una ideología más, debe resistir su propia codificación, lo que conduce a una paradoja performativa que la disuelve como guía práctica distintiva. En segundo lugar, se argumenta que su modelo asociativo del Estado es insuficiente, ya que ignora la condición competitiva y estratégica de la política interestatal, donde un know-that explicativo es previo y necesario para evaluar el know-how tradicional. En tercer lugar, se revela que su epistemología, al idealizar la tradición y rechazar marcos externos de evaluación, carece de recursos para diagnosticar tradiciones patológicas o para fundamentar la rendición de cuentas en sociedades complejas. Se concluye que, si bien la crítica oakeshottiana al racionalismo político conserva su vigencia, su propuesta positiva colapsa bajo el peso de sus propias contradicciones, dejando a la sociedad sin defensas institucionales contra la inercia y sin herramientas para la adaptación crítica.



I. El escepticismo político de Michael Oakeshott: Una defensa de la tradición frente a la ideología



En Ser conservador y otros ensayos escépticos Michael Oakeshott elabora una defensa elocuente de la política entendida como un arte práctico y tradicional. Su obra constituye un ataque sostenido a la arrogancia de planificadores, revolucionarios e ideólogos de todo signo. Estas figuras buscan remodelar la sociedad conforme a modelos abstractos. Oakeshott es un escéptico de la razón pura en los asuntos humanos. De este escepticismo deriva su defensa de una actitud conservadora. Esta actitud se entiende como prudencia, nunca como dogma. La obra es fundamental para comprender el conservadurismo filosófico del siglo XX, al cabo, una corriente distinta del neoliberalismo económico o del populismo.

El libro es una colección seminal que reúne sus ensayos más influyentes de dos décadas. Cuatro artículos forman su sustancia.

  1. En El racionalismo en la política (1947) critica la mentalidad del "racionalista". Esta figura cree que la política se reduce a técnicas universales extraídas de libros de texto abstractos. Oakeshott señala que tal postura ignora la sabiduría práctica, la tradición y el conocimiento tácito (concepto que toma de Michael Polanyi). Su metáfora clave es ilustrativa: el político racionalista se asemeja a quien, para construir un barco, solo sigue un manual de ingeniería naval. Desprecia así el conocimiento acumulado y las costumbres del puerto propias de los marineros experimentados.
  2. La torre de Babel (1948) explora los límites de la libertad individual en sociedad. Argumenta que ciertas actividades, como la economía, pueden florecer con reglas mínimas. No obstante, la vida moral y la asociación civil requieren un sustrato de tradiciones y creencias compartidas. Este sustrato no puede ser diseñado o impuesto racionalmente. La metáfora de la Torre advierte un riesgo. La sociedad moderna, al racionalizarlo todo y desdeñar sus tradiciones, puede convertirse en un proyecto arrogante. Este proyecto conduce a la confusión y la desintegración social.
  3. La educación política (1951) sostiene que la política no es la aplicación de ideologías preconstruidas. No se trata de aplicar socialismo o liberalismo como doctrinas cerradas. La política es más bien la actividad de atender los arreglos tradicionales de una sociedad. Implica hacer ajustes cuando surgen problemas concretos. Es una actividad práctica, no una ciencia deductiva. Su frase célebre lo encapsula: "en política los hombres navegan un mar sin límites y sin fondo. No hay ningún puerto de destino, sólo la tarea de mantenerse a flote".
  4. Finalmente, Ser conservador (1956) define el conservadurismo no como ideología, sino como una disposición o carácter. Es la preferencia por lo familiar sobre lo desconocido. Es la elección de lo probado sobre lo no probado, del presente sobre un futuro utópico. Implica un escepticismo hacia el cambio por el cambio mismo y una apreciación por el disfrute de lo que ya se posee. Es crucial notar que Oakeshott separa esta disposición por completo del neoliberalismo económico o del fundamentalismo religioso. Para él, es una actitud de moderación y preservación.

A continuación, vamos a tratar de armar una crítica inmanente de cada uno de ellos.



II. La Autodisolución de una Disposición



El ensayo "Ser conservador" (1956) de Michael Oakeshott constituye una de las defensas más sofisticadas y anti-ideológicas de la disposición conservadora. Lejos de un manifiesto partidista, Oakeshott la define como una preferencia por lo familiar, un escepticismo hacia la innovación abstracta y una valoración del orden como condición para la libertad. Su crítica central se dirige contra la "política de la fe" o ideológica, que antepone proyectos utópicos a la prudencia concreta.

Sin embargo, la propia solidez de este edificio conceptual invita a un examen riguroso. El siguiente análisis propone una crítica inmanente y formal del argumento oakeshottiano. Es decir, no se partirá de premisas externas, sino que se tomarán sus propios criterios fundamentales —su definición de ideología, su epistemología del conocimiento práctico y su advertencia sobre los peligros de la abstracción— para demostrar que, bajo ciertas condiciones, la "disposición conservadora" corre el riesgo de autocontradicción performativa.

Utilizaremos un marco analítico para reconstruir su lógica y exponer una paradoja estructural: la disposición que rechaza la ideología puede, cuando se la convierte en un principio de acción rígido, replicar los mismos vicios que denuncia. Esta no es una refutación superficial, sino un intento de llevar las premisas de Oakeshott hasta sus últimas consecuencias lógicas, explorando así los límites y las condiciones de coherencia de su pensamiento.


Proposición Central: La crítica que Michael Oakeshott dirige contra la guía ideológica en política —sosteniendo que esta substituye la complejidad contextual por modelos abstractos, generando consecuencias políticas distorsionadas— es formalmente isomorfa a una crítica que puede dirigirse contra su propia noción de una "disposición conservadora" cuando esta se hipostasia en un principio de acción rígido.


Desarrollo Analítico:


2.1. Reconstrucción del Argumento de Oakeshott contra la Ideología (OI):


P1 (Premisa Epistemológica): El conocimiento político válido es predominantemente know-how tácito, contextual y no completamente formalizable (conocimiento práctico), en oposición al know-that proposicional y abstracto (conocimiento técnico).


P2 (Premisa de Aplicación): Los sistemas ideológicos (I) operan priorizando el know-that abstracto (principios universales, fines últimos) sobre el know-how contextual.


P3 (Premisa de Consecuencia): La aplicación de I en un dominio complejo (la sociedad) donde el conocimiento relevante es predominantemente know-how conduce sistemáticamente a resultados disfuncionales y/o tiránicos (por incongruencia epistémica).


C1 (Conclusión OI): Por tanto, I es un guía inaceptable para la acción política.


2.2. Formalización de la "Disposición Conservadora" (DC) como Potencial Sistema Ideológico:


Definamos DC* como la transformación de la "disposición" oakeshottiana en un mandato operativo rígido. DC* prescribe como regla: 


En una situación de elección política S, privilegiar la opción que maximice la preservación de las prácticas e instituciones existentes (X), a menos que el cambio sea estrictamente necesario para mantener X.


DC* puede caracterizarse como un conjunto de principios de acción (ej.: "preferir lo familiar", "evitar innovaciones disruptivas") que son abstraídos de la actitud contextual original.


2.3. Aplicación del Argumento OI a DC (Crítica Inmanente):*


Verificación de P1: Se mantiene. Oakeshott aceptaría que el conocimiento político relevante sigue siendo know-how contextual.


Verificación de P2: DC* convierte la actitud prudencial (respuesta contextual) en un principio abstracto (know-that) aplicable de manera general. 

Ejemplo: "Defender la tradición" se vuelve una proposición operativa independiente de una evaluación concreta de si la tradición T en el contexto C está generando injusticias palpables.


Verificación de P3: La aplicación rígida de DC* puede generar consecuencias disfuncionales análogas a las de I:


a. Fallo Epistémico: Al seguir la regla DC, el agente puede ignorar know-how local específico que indicaría la necesidad de un cambio moderado pero significativo. Su juicio queda cegado por el mapa de su propio principio abstracto ("conservar").


b. Consecuencia Tiránica: DC puede servir para justificar la preservación coercitiva de un estado de cosas injusto o opresivo (Status Quo SQ) en nombre de la "estabilidad" o el "orden", que son abstracciones tan potentes como "igualdad" o "mercado perfecto". La tiranía aquí es la del inmovilismo justificado teóricamente.


C2 (Conclusión de la Crítica): Por tanto, si DC se transforma en DC, cae bajo la misma conclusión C1 que Oakeshott aplica a I. DC deviene inaceptable como guía única para la acción política.


2.4. Implicación Lógica y Salida Posible:


La crítica hasta ahora no refuta la DC per se, sino su reificación ideológica (DC*).

La salida coherente para un oakeshottiano sería reforzar que la DC es una meta-disposición (una actitud de segundo orden hacia la prudencia), no un algoritmo de primer orden para la toma de decisiones. Su valor reside precisamente en resistir su propia codificación en reglas.


Condición de Coherencia: Para que DC escape a la crítica OI, debe incluir un mecanismo de autolimitación que prevenga su cristalización en dogmas. Esto es, debe ser escéptica incluso respecto a sus propias preferencias por lo familiar cuando la evidencia contextual lo demande.

Mas aquí se encuentra la aporía central del proyecto oakeshottiano. La condición de coherencia que identificamos –que la Disposición Conservadora (DC) debe incluir un mecanismo de autolimitación para no dogmatizarse– parece conducirla a una contradicción performativa.

Desarrollemos el dilema: 


  1. Primer Cuerno del Dilema: Si la DC no posee un mecanismo interno explícito para cuestionar sus propias preferencias, se arriesga a convertirse en DC* (su versión ideologizada). Se volvería un mero hábito intelectual, una preferencia automatizada por el status quo. Esto la haría vulnerable a su propia crítica epistemológica, pues operaría como un principio abstracto ("conservar es siempre preferible") que suplanta el juicio contextual. Se autoconvierte (o degenera) en ideología.


  1. Segundo Cuerno del Dilema: Si la DC  incorpora un mecanismo explícito de autolimitación (por ejemplo, una regla como "cuestiona la preferencia por lo familiar cuando la evidencia práctica indique disfunción grave"), entonces se autosabotea. Porque:


A) Estaría introduciendo precisamente el tipo de know-that abstracto, de regla general, que su epistemología política desacredita. Estaría usando una herramienta racionalista (una regla de procedimiento) para proteger a la práctica de la racionalización.


B) Este mecanismo sería disolvente. Al instituir la duda sistemática sobre el núcleo de la disposición (el apego a lo familiar), la vaciaría de contenido estable. La "disposición" ya no sería una inclinación o un carácter, sino un cálculo permanente entre dos principios abstractos en conflicto: "conserva" vs. "cuestiona cuando haya evidencia". Esto destruye su naturaleza de disposition y la transforma en un algoritmo complejo, lo opuesto a lo que Oakeshott pretende.


Consecuencia: La DC parece quedar atrapada entre la fosilización (convertirse en dogma) y la disolución (autodestruirse mediante reglas racionalistas). Su coherencia depende de un equilibrio precario que su propio marco teórico no puede articular sin contradecirse.

Una posible salida oakeshottiana (y su problema):
Oakeshott podría argüir que el "mecanismo de autolimitación" no es una regla, sino parte constitutiva del propio know-how de la persona prudente. Es decir, el verdadero conservador no sigue la regla "cuestiona a veces", sino que posee, como parte de su conocimiento tácito, la habilidad de percibir cuándo el apego a lo familiar se ha vuelto miope o perjudicial. La autolimitación no sería un principio añadido, sino una dimensión de la prudencia misma.

Problema de esta salida: Si esto es así, entonces la "Disposición Conservadora" pierde su especificidad. Se diluye en la mera prudencia o phronesis aristotélica, que ya incluye la sensibilidad para saber cuándo mantener y cuándo cambiar. La DC ya no sería una disposición particular (conservadora), sino la disposición general para la buena práctica política. Esto socavaría el intento de Oakeshott de identificar una actitud distintivamente conservadora que no sea una ideología. Lo que habría defendido, en última instancia, no es el conservadurismo, sino la primacía de la prudencia sobre la ideología, algo que un no conservador (un reformista prudente, por ejemplo) también podría aceptar.

Conclusión del Dilema:
El intento de Oakeshott de definir un conservadurismo no ideológico tropieza con este escollo fundamental. Su filosofía, brillante para diagnosticar la enfermedad racionalista, parece carecer de los recursos internos para prescribir un antídoto sistemático que no caiga en la misma lógica que critica. La coherencia de la Disposición Conservadora depende de una paradoja insoluble dentro de su propio sistema: debe ser una regla para no seguir reglas, un principio que niega los principios. Su viabilidad queda confiada por completo a la virtud inefable e incomunicable del juicio práctico del individuo, lo que la hace teóricamente frágil y políticamente muda como guía para una comunidad.

Ciertamente, cabe preguntarse si Oakeshott no habría aceptado gustoso la DC como mera prudencia general articulada como phronesis. Quizás el conservadurismo oakeshottiano sea, precisamente, un anti-esencialismo sobre el conservadurismo. Es decir, que no haya una especificidad positiva del "ser conservador" más allá de la negatividad epistémica (el escepticismo hacia la fórmula abstracta).

Mas la paradoja es que, si aceptamos esta lectura, Oakeshott no ofrece una "doctrina conservadora" comparable al liberalismo clásico o al socialismo, sino una ontología de la práctica aplicable a cualquier agente prudente, sea revolucionario o reaccionario. El "conservador" sería así el que entiende que incluso la revolución, para tener éxito, debe operar como ajuste práctico y no como aplicación de saber-qué. Consecuentemente esto diluye el conservadurismo a un formalismo de la acción, no a un contenido particular.

Pero de aquí surge una pregunta adicional: si la DC se autodisuelve en prudencia pura, ¿no queda el texto Ser conservador como una pieza retórica dirigida a una audiencia específica: intelectuales que tienden al racionalismo ingenieril), más que como una contribución filosófica sustancial? Nuestra crítica sugeriría que la respuesta es afirmativa.


2.5. Conclusión Formal del Argumento:


El análisis demuestra que existe una isomorfía estructural irresoluble entre la crítica oakeshottiana a la ideología (OI) y la crítica a una versión dogmática de su propia Disposición Conservadora (DC*). Este isomorfismo genera un dilema que desestabiliza el proyecto fundamental de Oakeshott: definir un conservadurismo no ideológico. Para escapar a la fosilización en ideología, la DC requeriría un mecanismo de autolimitación que, al ser formalizado, la disolvería como disposición distintiva o la convertiría en el tipo de regla abstracta que su epistemología rechaza. Por tanto, la validez de la Disposición Conservadora en términos oakeshottianos depende de una condición imposible: ser un principio para no tener principios, un marco que debe resistir su propia codificación para no autodestruirse. 

La consecuencia es que su propuesta positiva colapsa, dejando en pie solo su poderosa crítica negativa al racionalismo político.



III. La Insuficiencia de la Analogía Asociativa



3.1.  El Marco Oakeshottiano: Asociación versus Empresa


Michael Oakeshott caracteriza la actividad política en una "sociedad civil" como "la actividad de atender los arreglos generales" de una asociación de personas que conviven bajo un gobierno. Esta actividad, afirma, es análoga a "atender los arreglos de un club, una sociedad científica o un vecindario". El modelo asociativo se define por oposición al modelo de "empresa", donde la asociación se subordina a la persecución de un fin sustantivo único. La metáfora complementaria es la del navegante en un "mar sin orillas", cuyo objetivo no es alcanzar un destino, sino mantener el barco a flote dentro de una "corriente de tradición". En este marco, el conocimiento político relevante es un saber práctico (know-how) tácito, heredado y no articulado formalmente, opuesto al saber técnico (know-that) racionalista.


3.2. La Tradición como Sujeto a Bifurcación (Fork), no como Corriente Continua


La noción de tradición como una "corriente" implica continuidad y transmisión orgánica. Contra esto, se puede argumentar que las tradiciones prácticas, incluidas las políticas, están sujetas a rupturas y bifurcaciones deliberadas que alteran su identidad funcional. Un ejemplo paradigmático es la evolución de los deportes reglados. El baloncesto, en su forma originaria (Naismith, 1891), no incorporaba el dribbling como acción legal. La innovación del bote no fue una adaptación marginal dentro de un know-how estable, sino una bifurcación (fork) en las reglas operativas del juego, generando un nuevo conjunto de habilidades prácticas (ejemplificadas en la maestría de Michael Jordan) incomprensibles para el diseñador original. Análogamente, la política institucional experimenta forks: la bifurcación entre el derecho consuetudinario y el derecho civil, o entre modelos de gobernanza, representa no un ajuste dentro de una corriente, sino la creación de nuevos caminos institucionales a partir de un nodo común. La metáfora correcta, por tanto, no es la del navegante en una corriente, sino la del arquitecto del Barco de Teseo, que debe decidir activamente qué componentes del sistema heredado sustituir, sabiendo que tales reemplazos alteran la identidad y capacidades del buque.


3.3. La Falla de la Analogía Asociativa: La Omisión de la Competencia Sistémica


La analogía entre un Estado y un club es falaz en un aspecto decisivo: presupone la ausencia de una competencia existencial externa. Mientras un club de lectura existe en un espacio de cooperación o indiferencia mutua con otros clubs, un Estado existe en un sistema interestatal que se aproxima a un estado de naturaleza hobbesiano o, al menos, a un juego de suma variable con competencia estratégica . Las reglas internas de un Estado (su sistema fiscal, educativo, de propiedad, militar) no son solo mecanismos de coordinación interna, antes bien, son herramientas de competencia relativa en la lucha por la seguridad, el crecimiento económico y la influencia internacional. Un Estado que optimize sus arreglos en aras únicamente de la armonía asociativa (como un club) se expone al riesgo de ser dominado por un otro Estado que los optimice para la eficacia competitiva (como una empresa en un mercado). 

Todavía más: mientras un club de lectura existe en un espacio de cooperación o indiferencia mutua con otros clubs, un Estado existe en un contexto de escasez material y presión entrópica quiero decir, incluso prescindiendo de un modelo hobbesiano de competencia interestatal, la mera lucha contra la entropía —la gestión de recursos finitos, las presiones poblacionales, la degradación ecológica, la contaminación o el agotamiento de bienes comunes— impone una lógica de eficiencia adaptativa que es constitutiva de la política estatal moderna

Por consiguiente, el político no puede permitirse la "modestia" epistemológica que Oakeshott prescribe: está obligado a adoptar una postura estratégica permanente y explícita.


3.4. El Know-That Estratégico como Condición del Know-How Político


Esto lleva a la refutación del privilegio oakeshottiano del know-how sobre el know-that. Oakeshott sostiene que el know-that (teórico, explícito) es subsidiario y deriva de un know-how práctico preexistente. Sin embargo, en el contexto de la competencia estatal, la relación se invierte. Para tomar decisiones sobre posibles forks institucionales (por ejemplo, reformar el sistema de pensiones, cambiar el modelo energético, alterar las reglas electorales), el político debe operar con un conocimiento explícito (know-that) de "lo que está en juego".

Este know-that incluye, como mínimo:


(C1) Un modelo de las reglas del sistema internacional (derecho, tratados, dinámicas de poder).

(C2) Un diagnóstico de la posición relativa del Estado en dimensiones clave (poderío, economía, demografía).

(C3) Una previsión de las consecuencias probables de las reformas institucionales.


Este know-that estratégico funciona como el "libro holandés" del político: un conjunto de constricciones externas que hacen insostenible (literalmente: que llevan a la ruina) cualquier conjunto de decisiones internas incoherentes con ellas. El político debe, por necesidad, comenzar con este know-that para determinar qué know-how tradicional es todavía viable, qué know-how debe ser creado, y qué aspectos de la tradición deben ser objeto de una bifurcación. En otras palabras, el know-that de las condiciones de competencia precede lógica y prácticamente a la aplicación o modificación de cualquier know-how de gobierno.


3.5. Conclusión: Más Allá de la Navegación, el Diseño Competitivo


La filosofía política de Oakeshott ofrece un correctivo valioso contra el racionalismo ingenieril. No obstante, su marco conceptual es insuficiente porque (a) trata la tradición como un flujo continuo y no como una estructura sujeta a bifurcaciones estratégicas, y (b) equipara la política estatal con la gestión de asociaciones cualesquiera, omitiendo la dimensión constitutiva de la competencia interestatal, en particular, y contra la entropía, en general. Una teoría adecuada de la actividad política debe reconocer que el estadista no opera en el barco inmutable de Oakeshott, sino a bordo del barco de Otto Neurath. Como en la famosa metáfora, el político debe reconstruir el barco (las instituciones, el know-how colectivo) en mar abierto, sin poder entrar en dique seco, y mientras compite en una regata. Su tarea no es la navegación pasiva, sino el diseño estratégico bajo coacción: decidir qué tablas (instituciones, prácticas) reemplazar, con qué materiales nuevos y con qué diseño, para que el barco no solo flote, algo en absoluto baladí, sino que además compita y persista. Su sabiduría, por tanto, no reside primariamente en la custodia de un know-how heredado, sino en la capacidad de aplicar un know-that estratégico y adaptativo para guiar las bifurcaciones institucionales necesarias con miras a la supervivencia y el éxito en un entorno competitivo y entrópico. La política, en última instancia, es menos análoga a dirigir un club y más a la ingeniería competitiva de un sistema complejo bajo amenaza constante.



IV. La Lógica del Empobrecimiento y la Contra-Tradición



4.1. El Marco Oakeshottiano: La Tradición como Conversación Libre


En "La Torre de Babel", Oakeshott despliega otra metáfora central: una sociedad libre no es un sistema diseñado para un fin, sino una "conversación" en curso. Esta conversación es el tejido de la tradición, un "hilo de sabiduría" heredado y no planificado, donde múltiples voces (la poesía, la historia, la ciencia, la práctica cotidiana) se entrelazan sin un propósito instrumental único. La libertad civil, para Oakeshott, consiste precisamente en la capacidad de participar en esta conversación infinitamente rica, infinitamente compleja. El racionalismo, en cambio, es el intento de "reconstruir Babel" –es decir, de sustituir la fluidez orgánica de la conversación por un lenguaje único, utilitario y planificado, empobreciendo así la experiencia humana. La tradición, en esta visión, es el antídoto contra la tiranía de la razón instrumental y la garantía de una libertad concreta, situada.


4.2. Contraejemplo: Kynódontas y la Tradición como Jaula Semántica


La tesis de Oakeshott presupone que toda tradición heredada es, por su carácter orgánico y no diseñado, un bien intrínseco, un espacio de libertad. El contraargumento se articula a partir de un escenario inverso: una "tradición" impuesta por tradición familiar ideada para parapetar una realidad exterior feral. En Kynódontas (la película Dogtooth (2009) de Yorgos Lanthimos), un matrimonio aísla a sus tres hijos adultos en una propiedad vallada, creando un microcosmos social completo con su propio lenguaje. Este lenguaje es un sistema semántico trastornado y empobrecido: "zombie" significa "una pequeña flor amarilla"; "el mar" designa un sillón. Etcétera. La tradición familiar aquí no es un hilo de sabiduría, sino un programa de intoxicación expresiva que tiene como efecto directo un empobrecimiento cognitivo radical. Los hijos no solo ignoran el mundo exterior, antes bien, su marco conceptual los hace incapaces de concebirlo fuera del marco cognitivo heredado. La "libertad" dentro de esta tradición es una parodia: es la libertad de moverse dentro de los límites de una celda cuyas paredes son palabras emparentadas.


4.3. La Falacia de la Benevolencia Tradicional
Kynódontas funciona como una refutación por caso posible de la presuposición oakeshottiana de la benevolencia intrínseca de la tradición. Demuestra que:


(P1) Una "tradición" (un conjunto de prácticas, significados y normas heredadas y compartidas) puede ser sistemáticamente construida para servir a un fin instrumental de dominación interfamiliar.

(P2) Dicha tradición no es estática, sino que se transmite y se vive como "lo dado", exactamente como Oakeshott describe la tradición política.

(P3) Sin embargo, su efecto es el opuesto a la libertad civil: es la negación de la agencia y el cierre hermético a la "conversación" más amplia y diversa de la humanidad.


Por lo tanto, la mera condición de ser una "tradición heredada" no es una garantía normativa suficiente. Todavía más: Oakeshott carece de un criterio interno para distinguir entre una tradición que es una "conversación liberadora" y una que es un "monólogo opresivo". Su teoría no puede explicar la tradición patológica.Y no puede porque el marco oakeshottiano adolece de una insuficiencia epistemológica constitutiva: carece de los recursos necesarios para diagnosticar, desde dentro, cuándo una tradición se ha tornado patológica o autodestructiva. El problema no es de caricaturización ("tu tradición es Kynódontas"), sino de criterio interno.

Desde la inmersión pura en el know-how de una tradición —ya sea la de Kynódontas, la de una sociedad que practica el infanticidio maltusiano, o la de un culto cargo—, no existe un punto de apoyo cognitivo para juzgar esa misma tradición. El sacerdote, el padre aislacionista y el creyente del culto operan todos con un know-how interno coherente y heredado. Sus prácticas "funcionan" dentro de su lógica cerrada y heredada. Por tanto, la pregunta crítica es: ¿con qué herramientas, dentro del purismo del know-how, se podría concluir que una práctica tradicional es moralmente abominable, adaptativamente catastrófica o actualmente obsoleta?

La respuesta es que no se puede. Tal juicio requiere inevitablemente un salto a un know-that externo y contrastante: datos comparativos, teorías científicas, principios éticos universalizables, o el simple contacto fáctico con otras formas de vida. Es decir, requiere un conocimiento explícito y a menudo trascendente que sirva de marco evaluativo. Al desacreditar este know-that como "racionalismo" y reducirlo todo a know-how contextual, Oakeshott desarma epistemológicamente a una sociedad, la vulnera, se podría decir, incapacitándola para criticar y reformar sus propias tradiciones cuando estas se vuelven opresivas o disfuncionales. Su filosofía, en su afán por proteger la tradición del racionalismo, en su intento de inmunizarla contra la crítica racional, termina por arriesgar una dinámica autoinmunitaria para la que no tiene herramientas de diagnóstico.


4.4. La Necesidad del Exterior y el Conflicto de Tradiciones


Precisamente porque una tradición no puede auto-diagnosticar su propia patología, la libertad depende de la existencia de un exterior crítico. La familia de Kynódontas es libre en términos oakeshottianos hasta que algo del exterior (un fallo en el suministro de agua, la intrusión de un extraño) irrumpe y revela la falsedad de su (Segis)mundo lingüístico. La verdadera libertad cognitiva y política, por tanto, no nace de la inmersión en una sola tradición, sino de la posibilidad de contrastar y elegir entre tradiciones rivales, o de acceder a marcos externos de crítica (la ciencia, el arte, el contacto con otros). Esto se alinea más con la alegoría de la Caverna de Platón: la libertad requiere un "giro" (periagogé) fuera del juego de lenguaje heredado, una ruptura con la tradición inmediata que Oakeshott teme pero que es condición de todo juicio crítico. La Torre de Babel bíblica, de hecho, no es solo una historia sobre la pérdida de un lenguaje único, sino sobre la génesis de una pluralidad irreductible de lenguajes. La libertad puede residir no en la preservación de una conversación particular, sino en la capacidad de traducir y navegar entre los fragmentos de Babel.


4.5. Conclusión: Más Allá de la Conversación, la Crítica de la Tradición


"La Torre de Babel" de Oakeshott es una defensa elocuente de la riqueza del mundo heredado frente al hiperfoco ideologista. Sin embargo, al hipostasiar la tradición como un bien incontestable, pasa por alto su potencial patológico y alienante. Kynódontas sirve como experimento mental que expone esta laguna: muestra que una tradición puede ser una cárcel lingüística diseñada para producir sumisión e ignorancia. Una teoría política adecuada, por tanto, no puede celebrar la mera inmersión en una "conversación", sino que debe incluir mecanismos para su crítica, su contrastación con otras y, en última instancia, su posible rechazo. La libertad no es solo la capacidad de hablar en la lengua materna, sino también la de sospechar de su vocabulario, aprender idiomas ajenos y, cuando sea necesario, nombrar el "mar" como mar y no como un sillón. La verdadera amenaza para la libertad no es solo la torre ideologista, sino también la cerca lingüística que, al tiempo que nos protege de vientos fríos, nos impide ver el horizonte y nos condena a no saber si lo que habitamos es un hogar o una celda. Pero una cosa está clara: de uno puedes salir y volver, de la otra no.



V. Más allá del conocimiento tácito: Reglas procedimentales y evaluación externa como antídoto a la falibilidad de la tradición



5.1. El argumento oakeshottiano: La primacía del conocimiento práctico y el peligro de la abstracción


En El racionalismo en la política, Oakeshott identifica como error cardinal de la modernidad la mentalidad racionalista. Esta concibe la política como la aplicación de principios abstractos (libertad, igualdad, utopía) a la sociedad, tratándola como una tabula rasa. Para Oakeshott, esta actitud desprecia e ignora el verdadero fundamento de la acción política: el conocimiento práctico (know-how o techne), un saber tácito, concreto, acumulado y transmitido dentro de una tradición de comportamiento. Este saber, que no puede reducirse a manuales ni fórmulas, es la sabiduría del navegante, del artesano o del estadista prudente. El racionalista, al imponer su diseño abstracto, destruye irremediablemente el tejido social orgánico, cuyo funcionamiento solo es comprensible a través de la participación en su práctica. La verdadera política, por tanto, es conservadora en sentido epistemológico: se trata de navegar dentro de una corriente de tradición, realizando ajustes menores desde dentro, no de reconstruir desde principios primeros.


5.2. Caso 1: El huesero tradicional y la falibilidad del know-how


La figura del huesero o curandero tradicional, como la de quien antiguamente "arreglaba huesos", parece encarnar el ideal oakeshottiano del know-how: un conocimiento anatómico profundo, adquirido tácitamente a través de la experiencia (el tacto de "cientos de lesiones"), eficaz en su contexto social y transmitido fuera de los cánones de la ciencia oficial. Su habilidad para realizar reducciones cerradas e inmovilizaciones con medios rudimentarios era real y resolvía una necesidad comunitaria urgente.

Sin embargo, este caso no refuerza, sino que problematiza la primacía del know-how. Plantea dos cuestiones críticas:


(a) El problema de la demarcación entre saber y error: El éxito del huesero (la soldadura del hueso) no era magia, sino el aprovechamiento de la capacidad regenerativa del cuerpo humano. Pero su know-how carecía de los medios para distinguir entre una fractura simple reducible y una fractura compleja que requiera intervención quirúrgica. Sus fracasos (infecciones, seudoartrosis, deformidades) no eran percibidos como fallos de su método, sino como fatalidades o males menores. Sin el marco externo de la radiografía (un know-that tecnológico) y la traumatología científica (un know-that teórico), no existe forma interna a su práctica para calibrar su fiabilidad, mejorar su técnica de manera sistemática o establecer sus límites. Una práctica que, al carecer de este marco crítico, no puede siquiera medir sistemáticamente y reducir su tasa de error, se convierte en un ritual estancado. Su funcionamiento interno, al ser opaco a la evaluación y al progreso, es a efectos epistémicos prácticos, indistinguible de la magia: se aplica un conjunto de acciones con la esperanza de un resultado, pero sin una comprensión causal que permita aislar y corregir las variables responsables del fracaso.


(b) El problema de la autoridad epistemológica: La comunidad confiaba en el huesero por necesidad y por la evidencia de sus éxitos. Pero esta confianza, basada en la tradición y el éxito aparente, es epistémicamente frágil. La legitimidad de Oakeshott para el huesero reside en que "siempre se ha hecho así" y "a muchos les ha ido bien". Este razonamiento confunde correlación con causalidad: el hecho de que la recuperación siga a la intervención no demuestra que sea por ella, tal como un reloj parado da la hora correcta dos veces al día sin por ello ser un instrumento fiable. Para distinguir la verdadera eficacia de la coincidencia fortuita, se requiere precisamente el elemento que Oakeshott desprecia: la sistematización racional, la explicitación de principios anatómicos y, crucialmente, la validación empírica controlada que proporciona la estadística moderna tal y como se aplica, por ejemplo, a la medicina. Esta validación implica, siguiendo los criterios de Bradford Hill, hipotetizar y contrastar mecanismos causales (plausibilidad biológica, gradiente dosis-respuesta, consistencia, etc.), algo que la mera repetición tradicional es incapaz de generar. La tradición, aquí, es un sustituto pobre e inseguro del conocimiento explícito.


5.3. Caso 2: La distinción de la niña: Legitimidad sin comprensión, evaluación sin know-how


La objeción a Oakeshott se refina y profundiza con un análisis basado en actitudes proposicionales y una analogía con la teoría de la complejidad computacional. Consideremos un Agente A (la niña) y un Agente B (el especialista: médico, huesero, gobernante). B posee un conocimiento práctico (que llamaremos know-how-B) para transformar un estado problemático S1 en un estado deseado S2 (e.g., de "dolor" a "sin dolor", de "confusión" a "claridad", etc.).

A es consciente de:


  1. P1 (Intención): B declara, verosímilmente para A, la intención de lograr S2.
  2. P2 (Rol): B ocupa un rol social R institucionalmente definido para esa transformación.
  3. P3 (Autorización): Una autoridad C reconocida para A delega en B la tarea.


La contribución decisiva de A es establecer una distinción lógica y epistémica entre dos capacidades:


  • Capacidad 1 (Evaluación de legitimidad y fin): A puede juzgar que la intervención de B está justificada (basándose en P1, P2, o P3) sin poseer know-how-B.
  • Capacidad 2 (Verificación del resultado): A puede determinar de manera fiable si el estado resultante es efectivamente S2 sin comprender los pasos intermedios de B.


Este segundo punto es crucial y conduce a la analogía computacional. En términos de teoría de la complejidad, el know-how-B es análogo a un algoritmo eficiente (clase P) para generar una solución correcta a partir de S1. A, en cambio, opera como un verificador eficiente (clase NP) que, dada una solución propuesta (el estado S2), puede comprobar en tiempo polinómico si es correcta. La asimetría es fundamental: verificar que un hueso está alineado o que un dolor ha cesado (NP) es computacional y epistémicamente más fácil que saber cómo alinear el hueso o curar el dolor (P).

La niña (A) no necesita resolver el problema (P), solo necesita poder reconocer la solución correcta (NP) cuando se le presenta. Su "no entiendo cómo" no sería una renuncia epistémica, sino la explicitación de su rol como verificadora dentro de una división del trabajo cognitivo. Su confianza no se basará en la comprensión del proceso realizado por B, sino en:


  1. La estructura de autorización que activa a B (P2, P3).
  2. La verificabilidad independiente del output S2.
  3. La existencia implícita de un protocolo de fallo: si S2 no se alcanza (el dolor persiste, el estado no mejora), la delegación en B puede revocarse, independientemente de la opacidad de su know-how-B.


Este análisis refuta la premisa oakeshottiana de que la autoridad y su evaluación requieren una comunidad de know-how compartido. Por el contrario, demuestra que la legitimidad en sociedades complejas descansa en estructuras de verificación de resultados y de autorización procedimental y no en la fusión de horizontes prácticos. La política, por tanto, no debe aspirar a ser un arte cuyo know-how solo los iniciados pueden juzgar (una cerrazón en la "clase P" del gobierno), sino que debe organizarse como un sistema que maximice la capacidad de los ciudadanos (los verificadores en "NP") para:


(a) Establecer los criterios públicos para S2 (los fines).

(b) Autorizar a quienes afirman poder lograr S2.

(c) Verificar de manera independiente si S2 se ha alcanzado.


El error de Oakeshott es suponer que sin compartir el know-how (P) no hay juicio posible. La niña muestra que el juicio se ejerce precisamente desde la posición del verificador (NP), y que una sociedad libre depende más de la robustez de sus mecanismos de verificación y autorización que de la sabiduría práctica arcana de sus gobernantes.

Ciertamente, Oakeshott podría aceptar nuestro modelo procedimental si se limita a medios, pero insistiría en que los fines (qué cuenta como "S2 deseado") no pueden ser determinados proceduralmente, sino que emergen del know-how tradicional.

La objeción asume una dicotomía falsa: que los fines o bien son determinados proceduralmente (lo que Oakeshott rechazaría), o bien emergen necesaria y tácitamente del know-how tradicional. Hay una tercera vía, que es la que revela nuestro caso: los fines pueden ser identificados, formulados y exigidos como estados del mundo públicamente verificables, sin necesidad de participar en el know-how que los produce o en la tradición que históricamente los ha perseguido.


  1. El fin como estado verificable, no como concepto técnico: Lo que la madre identifica como S2 ("mi hija ya no tiene dolor", "puede caminar", "la fiebre ha bajado") no es un fin médico en el sentido técnico de Oakeshott (p. ej., "restaurar la homeostasis osteoarticular"). Es un estado fenoménico y conductual accesible a cualquier observador competente en el lenguaje ordinario. La madre no necesita el know-how médico para saber qué cuenta como "curado" para su hija en los términos relevantes para ella, que son los términos que motivaron la búsqueda de ayuda. La medicina, de hecho, traduce sus fines técnicos a estos criterios verificables por el paciente ("el tratamiento ha sido exitoso si el dolor desaparece en X días").


  1. La formulación del fin es un acto de voluntad y lenguaje, no de know-how: Que la madre pueda explicitarlo ("quiero que ya no le duela") demuestra que el fin no reside en la práctica tácita, sino que puede ser objeto de un acto de habla directivo (una petición, una demanda). Es precisamente esta capacidad de explicitación la que permite la responsabilización (accountability). Si no pudiera articular S2, no podría demandar por negligencia. La tradición oakeshottiana, al mantener los fines implícitos en el flujo de la práctica, inmuniza contra la crítica y la exigencia de responsabilidad.


  1. El fin como punto de partida, no como resultado de la tradición: En el ejemplo, el fin (S2: aliviar el sufrimiento de la niña) es lógica y temporalmente anterior a la consulta al especialista B. No emerge de la tradición médica, antes bien, es lo que lleva a la madre a aprovechar esa tradición (o a cualquier otro recurso disponible). La tradición es un catálogo de medios potenciales para fines que le son externos. La política es análoga: los fines colectivos (seguridad, bienestar, justicia) son identificables como estados deseables con independencia de la tradición de gobierno. Lo que hace una tradición política no es crear esos fines, sino ofrecer un repertorio de know-how para alcanzarlos (o fracasar en el intento).


  1. El "consenso sobre fines" no es una fusión de know-how, sino un acuerdo lingüístico: Lo que permite la cooperación social no es que todos compartamos el know-how del gobernante, sino que podemos coordinar lenguaje y expectativas sobre estados del mundo deseables. "Queremos calles seguras" es un fin comprensible y evaluable sin saber nada de criminología o políticas urbanas. Su formulación y aceptación es un fenómeno lingüístico y deliberativo, no práctico-tradicional.


Conclusión: La figura de la madre/niña no es un accidente retórico, sino la personificación de un principio epistemológico y político fundamental: que la autoridad del experto (su know-how sobre medios) está subordinada y es juzgada por la capacidad de los legos para identificar fines en su propio lenguaje y verificar su consecución. Oakeshott invierte esta relación al hacer del know-how tradicional la fuente misma de los fines, lo que convierte a la política en un arte esotérico y a la ciudadanía en meros aprendices o súbditos. Nuestro modelo muestra que una sociedad sintrópica se basa en que los fines sean públicos, explicitables y verificables por aquellos que los sufren o disfrutan, no por aquellos que profesan el arte de gestionarlos.



5.4. Crítica sintética: La necesidad del know-that procedimental frente a la falibilidad y opacidad del know-how


Los dos casos convergen en una crítica unificada a la dicotomía oakeshottiana:

El huesero muestra que el know-how tradicional es falible y carece de mecanismos internos de autocorrección. Sin el know-that de la ciencia, su práctica permanece estancada en un equilibrio precario entre acierto y desastre.

La niña muestra que la legitimidad y la evaluación democrática no requieren compartir el know-how del gobernante, sino depender de un know-that procedimental (leyes, derechos, separación de poderes, transparencia).

La mentalidad racionalista que Oakeshott ataca —con su búsqueda de principios generales, derechos explícitos y procedimientos formalizados— no es el enemigo de la buena política, sino su condición de posibilidad en sociedades complejas y libres. Es este marco de know-that institucional el que:


  • Permite detectar y corregir los errores del know-how práctico (como la medicina corrige al huesero).
  • Protege al lego del abuso del experto, al someter la pericia a reglas de juego públicas (como la madre de la niña exige al médico).
  • Hace posible la crítica y el progreso, al ofrecer un patrón de medida externo a la tradición.


5.5. Conclusión: Hacia una política de reglas explícitas y pericia sometida a evaluación


La crítica desarrollada a lo largo de esta sección no busca negar la existencia o utilidad del conocimiento práctico tácito. Un huesero hábil o un estadista experimentado poseen indudablemente un know-how valioso. El error de Oakeshott, sin embargo, es epistemológico y por ende político: consiste en elevar ese know-how a criterio último de legitimidad y a fundamento exclusivo de la evaluación política, despreciando como "racionalista" cualquier marco externo de principios y procedimientos.

Los casos analizados demuestran que esta postura es insostenible. Primero, el know-how tradicional es inherentemente falible y opaco a su propia falibilidad, de hecho, carece de mecanismos internos para distinguir sistemáticamente el acierto del error a partir de cierto umbral, como muestra la práctica del huesero frente al estándar de la traumatología científica. Segundo, y más decisivo, la evaluación legítima de una autoridad especializada no requiere la comprensión de su know-how, sino la capacidad de verificar sus resultados desde un marco externo. La distinción lógica realizada por la niña –y formalizada en la asimetría entre generar una solución (P) y verificar su corrección (NP)– desmonta el núcleo de la argumentación oakeshottiana. La confianza no nace de una compenetración práctica, sino de una estructura de autorización transparente (roles, delegación) y de la verificabilidad independiente de los fines buscados.

Por tanto, la alternativa a la política racionalista no es una política de pura tradición y know-how, sino una política de diseño institucional inteligente. Esta política reconocería la división del trabajo cognitivo en sociedades complejas y se organizaría para:


  1. Explicitar los fines colectivos (los "S2" públicos) de manera que sean accesibles y evaluables por los no expertos.


  1. Establecer procedimientos claros de autorización y rendición de cuentas que sometan el know-how del gobernante (su "P") al escrutinio de los verificadores ciudadanos (su capacidad "NP").


  1. Institucionalizar marcos de know-that (científico, jurídico, de evidencia) que sirvan como patrón externo para corregir, mejorar o invalidar las prácticas tradicionales cuando estas sean ineficaces u opresivas.


En definitiva, el verdadero antídoto contra la arrogancia del ingeniero social no es la sumisión a la corriente de la tradición, sino la construcción de diques y compuertas –en forma de derechos, procedimientos y estándares de verificación– que permitan a una comunidad navegar críticamente entre la necesaria pericia de sus pilotos y el imperativo de que el rumbo y el puerto sean, en última instancia, decididos y evaluados por los viajeros. La sabiduría política no reside en abandonarse al flujo de un know-how heredado, sino en saber diseñar las instituciones que permitan distinguir, desde la cubierta y sin ser timonel, saber si el barco avanza o se hunde.



VI. Balance Final: El Legado Crítico y el Vacío Constructivo de Oakeshott



El escepticismo político de Michael Oakeshott constituye una crítica poderosa y perdurable contra la visión túnel de la ideología en los asuntos humanos. Su defensa del conocimiento práctico, la tradición como corriente y la política como un arte de navegación ofrece un correctivo esencial a las utopías abstractas y los proyectos de ingeniería social. Sin embargo, un examen analítico riguroso de sus premisas fundamentales revela limitaciones estructurales que socavan la coherencia y viabilidad de su propuesta positiva.

En primer lugar, la Disposición Conservadora, al ser sometida a una crítica inmanente, muestra una paradoja irresoluble. Para evitar convertirse en una ideología más (un know-that rígido), debe resistir su propia codificación. Pero este imperativo de autolimitación, si se formaliza, la disuelve como disposición distintiva, transformándola en la prudencia general (phronesis) que cualquier actor político podría invocar. Su conservadurismo no ideológico se revela, en el análisis final, como un formalismo vacío o una mera actitud escéptica incapaz de guiar la acción colectiva de manera específica.

En segundo lugar, su analogía entre el Estado y una asociación voluntaria (un club) omite dimensiones constitutivas de la política real. Ignora la condición de los estados en un sistema competitivo e interestatal, donde la necesidad estratégica y la gestión de la escasez imponen una lógica de eficacia adaptativa. En este contexto, el know-that estratégico (el diagnóstico de posición relativa, las reglas del sistema internacional) se vuelve prioritario para decidir qué elementos de la tradición preservar y qué bifurcaciones institucionales emprender. La política no es solo navegar una corriente heredada, sino rediseñar el barco en alta mar mientras se compite en una regata.

En tercer lugar, su idealización de la tradición como una conversación libre pasa por alto su potencial patológico. Como ilustra el experimento mental de Kynódontas, una tradición puede ser un mecanismo de empobrecimiento cognitivo y dominación. La epistemología oakeshottiana, al desacreditar todo know-that externo, carece de herramientas para diagnosticar desde dentro cuándo una tradición se vuelve opresiva o disfuncional, desarmando así a una sociedad para su autocrítica y reforma.

Finalmente, la dicotomía radical entre know-how tácito y know-that abstracto es insostenible. Casos como el del huesero tradicional muestran que el conocimiento práctico, sin los marcos de evaluación y corrección que provee el conocimiento explícito (la ciencia, los procedimientos), es falible y se estanca. Más aún, la legitimidad en sociedades complejas no depende de que los ciudadanos compartan el know-how de sus gobernantes, sino de estructuras de autorización, rendición de cuentas y verificación de resultados. La ciudadanía actúa como un verificador (en términos computacionales, en la clase NP) que puede juzgar fines y resultados sin necesidad de dominar los algoritmos (clase P) del gobierno.

En conclusión, mientras la crítica oakeshottiana a la ideología política mantiene su vigor y pertinencia, su filosofía positiva resulta insuficiente. Al rechazar todo principio, procedimiento y conocimiento explícito como "racionalista", Oakeshott deja a la sociedad sin defensas institucionales contra la tiranía del status quo, sin brújula para la adaptación estratégica y sin herramientas para la crítica racional de sus propias tradiciones. El verdadero antídoto contra la arrogancia del ingeniero social no es la sumisión a una corriente opaca, sino la construcción de instituciones robustas que, mediante reglas explícitas, separación de poderes y mecanismos de evaluación pública, sometan tanto el dogma revolucionario como la inercia tradicional al escrutinio de una ciudadanía informada y crítica. La sabiduría política, por tanto, reside menos en la custodia reverente de un know-how heredado que en el diseño de sistemas sintrópicos que nos permitan discernir, desde cubierta y sin ser timoneles, si el barco se hunde o navega hacia un puerto digno de ser alcanzado.

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