El Estado como nodo sintrópico: una ontología relacional del poder en redes geo-materiales

 Abstract


Este artículo propone una ontología relacional del Estado, rechazando su concepción como contrato, monopolio de la violencia o superestructura ideológica. En su lugar, se argumenta que el Estado es un nodo sintrópico: un subsistema que emerge en redes sociales complejas para gestionar la entropía generada por la fijación territorial, la interdependencia y la escala. Su función primaria no es proteger derechos pre-políticos, sino capturar, estabilizar y reinvertir flujos de energía, materia e información, convirtiendo desorden local en orden sistémico a largo plazo.

A partir del análisis de la transición neolítica —entendida no como progreso, sino como reconfiguración de flujos que genera una “paradoja sistémica”—, se muestra cómo tecnologías como el cereal actúan como protocolos materiales que hacen la subsistencia legible y, por tanto, gobernable. Esta lógica se escala hasta la era contemporánea, donde la plusvalía geopolítica —una ventaja posicional derivada de la topología de redes globales— sustituye al grano como materia prima de la gestión estatal. La soberanía se redefine así como seguridad topológica: la capacidad de un sistema político para mantener y optimizar su posición relacional frente a perturbaciones.

No obstante, el principio sintrópico es ambivalente: puede expresarse como sintropía reflexiva, que amplía la agencia de los nodos humanos, o como parasitismo entrópico, que concentra valor mediante la degradación de la periferia. Frente a esta tensión, se propone un criterio normativo inmanente: la legitimidad del Estado radica en su capacidad para hacer de la agencia distribuida el fin constitutivo de su propia persistencia.

El trabajo concluye que la gran disyuntiva política del siglo XXI no es “más o menos Estado”, sino qué tipo de nodo sintrópico debe ser el Estado en un mundo marcado por la competencia geoeconómica, los riesgos existenciales y la lucha por el control de los nuevos commons cognitivos. La respuesta exige instituciones con horizonte civilizatorio —como comités de x-risks o sistemas de previsión estratégica— capaces de actuar en nombre del todo, más allá del cortoplacismo democrático. En su forma más elevada, el Estado no es el enemigo de la libertad, sino su condición de posibilidad a escala sistémica: el arquitecto de ecologías de agencia donde cada nodo humano es, no un recurso, sino un anudador necesario del tiempo colectivo.



1.La paradoja neolítica como condición de posibilidad: de la fluencia a la fijación


Una ontología relacional del poder exige, como punto de partida metodológico, una ontología relacional de lo social. Por tanto, no podemos comenzar preguntando “¿qué es el Estado?” como si fuera una sustancia, sino: ¿bajo qué condiciones materiales y relacionales emerge una topología de red con las propiedades que posteriormente conceptualizamos como ‘Estado’?

En este sentido, la transición neolítica no es un episodio arqueológico, sino un Gedankenexperiment límite que revela una paradoja sistémica fundamental: una configuración que degrada los parámetros de bienestar individual puede ser, sin embargo, la única viable para la persistencia del sistema agregado que de ella emerge.

La evidencia bioarqueológica —la reducción de la estatura, la proliferación de anemias, la artrosis específica de los “molineros” de Çatalhöyük (Molleson)— no se invoca aquí para una narrativa de decadencia. Su valor filosófico es estructural: son marcadores materiales de una transición de fase ontológica.

El régimen de caza-recolección opera en un modo de fluencia adaptativa: baja densidad demográfica, alta movilidad, aprovechamiento oportunista de gradientes ecológicos diversos. Su “orden” es el de la trayectoria errática —altamente resiliente a nivel local, pero impredecible a escala colectiva.

El régimen agrícola, en cambio, impone un modo de fijación intensiva: ancla una población a un territorio definido por un paquete tecnológico específico —el cereal— y la somete a ciclos de trabajo repetitivo y verticalmente integrados. Esta no es una “mejora”, sino una reconfiguración de flujos. El sistema social deja de ser un conjunto de trayectorias discretas en un paisaje para convertirse en un circuito de transformación energética concentrado.

El cereal actúa, en la terminología de Kranzberg, como una tecnología no neutral. Su “éxito” no radica en su valor nutricional —de hecho, lo degrada—, sino en su capacidad de servir como interfaz para la medición, el almacenamiento y la captura de flujos biofísicos. Domesticar el trigo equivale, en un sentido lógico anterior al histórico, a crear un protocolo material que traduce la complejidad bioclimática (lluvia, sol, suelo) en un flujo estandarizado, acumulable y, sobre todo, legible. Como señala James C. Scott, esto constituye la gramaticalización de la subsistencia: hace la vida gobernable antes de que exista un gobernante.

La paradoja es, pues, doble: la fijación genera una entropía interna inmediata —enfermedad agregada, estrés laboral crónico, vulnerabilidad a crisis locales—, pero simultáneamente reduce la entropía sistémica a un nivel superior de agregación. Al convertir la subsistencia en un flujo predecible, el sistema agrícola permite la planificación demográfica, la acumulación de excedentes y la especialización funcional más allá del horizonte inmediato.

El sufrimiento del molinero no es un accidente; es la disipación local de energía necesaria para mantener un orden global de mayor complejidad. Y el individuo no “elige” esta condición: es capturado por una trampa demográfica (James C. Scott) —la sedentarización acorta los intervalos intergenésicos, multiplicando la población hasta hacer inviable el retorno al régimen nómada—.

Así, la condición de posibilidad de lo estatal no es un contrato ni una necesidad de protección, sino el cruce de un umbral de densidad y fijación en el que la gestión de la entropía interna deviene el problema central de la persistencia sistémica.

El “Estado” no resuelve la paradoja neolítica; es la forma que adopta su administración. Es la emergencia de un nodo sintrópico: un subsistema especializado en la captura, estabilización y reinversión de los flujos de energía, materia e información que la propia fijación agrícola hace posibles —y, a la vez, peligrosamente inestables—.

En Çatalhöyük vemos, en estado embrionario, el sacrificio de la salud ósea individual a la lógica acumulativa del almacén colectivo. Es el primer esbozo de una lógica que alcanzará su expresión formal en el Leviatán: la conversión de la aleatoriedad vital en estructura acumulativa, haciendo posible una civilización que perdura más allá del horizonte biológico de sus partes constituyentes.

Lo que sigue no es “historia”, sino la optimización de este nodo.


2. El grano como tecnología de gobernanza: topología, visibilidad y el bucle de la coordinación


La paradoja neolítica establece la condición necesaria para la emergencia estatal: un régimen de fijación que convierte la entropía demográfica y ecológica en un problema de gestión sistémica. Sin embargo, no especifica el mecanismo suficiente. No toda acumulación sedentaria genera un Estado —pensemos en sociedades horticultoras sin centralización fiscal—. El paso decisivo es la aparición de un protocolo material que haga posible la coordinación extractiva a distancia y a escala. Aquí, la filosofía de la tecnología de Kranzberg —“La tecnología no es buena, ni mala, ni neutral”— se vuelve operativa. El cereal, en particular, no es un alimento cualquiera; es, ante todo, una tecnología de gobernanza.

Desde una ontología relacional, la realidad no detenta una objetualidad estática, sino capacidades de afectación y conexión dentro de una red (symploké). En este entramado, el territorio no es un contenedor pasivo, sino una textura activa: un plano dinámico que, mediante su configuración material, histórica y ecológica, anuda selectivamente una panoplia de nodos —humanos, tecnológicos, energéticos, simbólicos— y modula su interacción. Esta textura opera, en cierto sentido, como un mecanismo atencional a escala civilizatoria: no registra todos los flujos por igual, sino que amplifica ciertas conexiones (por ejemplo, entre producción agrícola, moneda y logística) mientras suprime o dificulta otras (como la movilidad nómada o la autonomía local). El Estado, lejos de imponerse desde fuera, emerge como la cristalización de esta selectividad: el nombre que damos al subsistema capaz de leer, reproducir y optimizar la textura territorial en función de su propia persistencia sintrópica.

La “textura territorial” puede entenderse como el tensor de conectividad de una red geo-material: un campo de variación que asigna pesos diferenciales a los enlaces entre nodos en función de propiedades locales (topografía, clima, infraestructura, historia acumulada). Al igual que un mecanismo atencional en una red neuronal selecciona qué señales merecen propagación, la textura territorial filtra los flujos posibles, favoreciendo configuraciones que tienden a la acumulación sintrópica. El Estado es, entonces, el bucle recursivo que internaliza esta gramática de la textura y la convierte en política.

Las propiedades del grano —su divisibilidad, su almacenabilidad, su contabilidad y su relativa durabilidad— no son, por lo tanto, atributos nutricionales secundarios. Son propiedades topológicas primarias. Convierten el flujo biofísico de la fotosíntesis en un flujo de información legible y manipulable. Un tubérculo enterrado y perecedero es opaco a la fiscalización: una pila de sacos de trigo en un granero central es un banco de datos material. Como argumenta Scott, el cereal “domestica” al agricultor no por hambre, sino por lógica fiscal: produce un excedente que es, simultáneamente, un objeto de medición y un objeto de captura.

Esta legibilidad material permite la emergencia de un nodo especializado en la gestión de flujos: el proto-Estado. Este nodo no es un agente externo que impone su voluntad sobre una materia social amorfa. Es una función sistémica que cristaliza a partir de un bucle de retroalimentación positiva. El bucle puede modelarse en tres pasos recursivos:


  1. Concentración de información: El grano, al ser almacenable y contable en un punto central (el granero del templo, del jefe), genera un gradiente informativo. Quien controla el granero tiene, por primera vez, una imagen sinóptica de la producción total del sistema.


  1. Extracción coordinada: Este conocimiento permite una extracción regulada —no predatoria, pues una depredación colapsaría la fuente—, sino modulada para garantizar la reproducción del ciclo agrícola mientras se extrae un excedente sostenible. Se institucionaliza como “impuesto”: una fracción constante del flujo que sostiene a un estrato no productivo.


  1. Reinversión sintrópica: El excedente extraído se reinvierte en funciones que, a su vez, optimizan y protegen el circuito de extracción: una casta administrativa para refinar la contabilidad, una milicia para defender el granero y expandir la zona de cultivo, y una infraestructura (canales, silos) que incrementa la productividad futura.


En términos de teoría de redes, el grano opera como un modulador de la conductividad del sistema. Aumenta drásticamente la conductividad para flujos dirigidos hacia el nodo central —impuestos (materia), soldados (fuerza), decretos (información)—, mientras reduce la conductividad para flujos que escaparían a la lógica centralizadora: movilidad geográfica, autonomía local, diversificación autárquica. La red social se reconfigura de una topología plana y distribuida (bandas nómadas) a una topología radial (hub-and-spoke), donde el nodo central se convierte en el conector necesario para una porción crítica de las transacciones sistémicas.


Por tanto, el Estado no es el inventor de este bucle, sino su resultado estabilizado y su nombre. Es la forma que adopta la sinergia cuando la escala y la complejidad del circuito de fijación-extracción superan la capacidad de gestión de estructuras basadas en el parentesco o el carisma. “Estado” designa aquel subsistema diferenciado cuya función especializada es mantener y optimizar el gradiente de baja entropía que el propio régimen agrícola hace posible y necesario. No protege derechos pre-políticos; gestiona la viabilidad de un metabolismo social basado en la concentración. Su aparición no es un pacto, sino un umbral de complejidad en la gestión de flujos.

El grano no fue el único camino, pero su gramática material lo convirtió en el protocolo más eficiente para la emergencia de este tipo de nodo en la red geo-material.

Esta conceptualización nos permite superar la ontología liberal del individuo posesivo. La “propiedad” sobre el grano no es un dato primitivo, sino una relación funcional dentro del bucle estatal: es la asignación de responsabilidad sobre un nodo productivo en la red, a fin de hacer predecible y maximizar el flujo hacia el centro. Locke, al partir del individuo y su trabajo mezclado con la tierra, invierte el orden lógico. La red de interdependencias productivas —clima, suelo, conocimiento agrícola colectivo, infraestructura— precede y posibilita cualquier acto de apropiación individual. El Estado, entonces, no surge para proteger una propiedad ya constituida, sino para reconfigurar y estabilizar la red de tal modo que la apropiación privada se convierta en el mecanismo óptimo para la extracción centralizada.

La crítica a esta inversión ontológica —y a la ilusión de la apropiación originaria— será el objeto de la siguiente sección.


3. La ilusión del individuo fundador: crítica ontológica a la apropiación originaria


La filosofía política liberal erige su arquitectura conceptual sobre un postulado ontológico fundamental: la primacía del individuo autoposesivo y la legitimidad de la apropiación originaria mediante el trabajo. Esta narrativa, desde Locke hasta sus herederos contemporáneos, propone una secuencia genealógica: individuo propiedad contrato Estado. Sin embargo, desde la ontología relacional desarrollada en las secciones precedentes, esta secuencia constituye una inversión categorial. No son individuos los que, previamente constituidos, fundan un orden político, sino que es una red geo-material de cierta complejidad la que genera, como efectos funcionales de su propia estabilización sintrópica, los nodos que denominamos "individuos propietarios" y la institución que llamamos "Estado". La crítica que sigue, por tanto, no es moral ni histórica, sino lógico-ontológica: busca exponer las condiciones de posibilidad no reconocidas en el acto de apropiación originaria.


3.1. La premisa no examinada: el trabajo como transformación unívoca

La doctrina lockeana de la apropiación establece que un individuo adquiere un derecho de propiedad sobre un recurso "cuando mezcla su trabajo con él", siempre que quede "suficiente y de igual calidad para los demás" (§27). La premisa operativa aquí es que el trabajo constituye un criterio ontológicamente neutro y universalmente reconocible para transformar lo res nullius en propiedad. Sin embargo, esta premisa contiene una presuposición no examinada: que el trabajo relevante para la apropiación es aquel que produce una transformación fija, visible y acumulativa del recurso, tipificada en el modelo agrícola (cercar, arar, cultivar).

Este presupuesto se revela problemático al considerar modos de vida alternativos cuya relación con el territorio no se ajusta a este patrón. Considérese el caso teórico (e histórico) de una forma de vida nómada-pastoral, cuya viabilidad depende no de la fijación y transformación intensiva de un locus específico, sino de la movilidad adaptativa a través de un territorio extenso, manteniendo su integridad ecológica. Para este sistema, el "trabajo" no se manifiesta como una huella permanente en un punto, sino como el conocimiento ecológico, la coordinación logística y las prácticas de sostenibilidad que permiten el uso recurrente sin agotamiento.

Desde la perspectiva lockeana, el pastoreo nómada podría no calificar como "trabajo mezclado" en el sentido fuerte, al no dejar una marca apropiable de "mejora". El criterio lockeano, por lo tanto, no es neutral entre regímenes de uso. En cambio, privilegia ontológicamente el régimen de fijación intensiva —del cual el cereal es el paradigma— sobre el régimen de fluencia adaptativa. La "mejora" que Locke toma por universal es, en realidad, la optimización de la textura territorial para la acumulación centralizada, tal como se describió en la Sección 2.

La consecuencia lógica es que el principio de apropiación originaria no puede funcionar como un árbitro neutral en conflictos entre regímenes de uso incompatibles. Cuando un agente del régimen fijativo (el agricultor) cerca una porción de tierra utilizada por un agente del régimen fluente (el nómada), no está aplicando un derecho natural preexistente. Está, de hecho, imponiendo la métrica de valor de un sistema socio-técnico sobre otro. La disputa no es entre un propietario y un no-propietario, sino entre dos gramáticas relacionales con el territorio, cada una produciendo sus propias condiciones de legibilidad, uso y "trabajo".

Por lo tanto, la aparente autoevidencia del criterio lockeano se disuelve al exponer su dependencia de un trasfondo relacional específico: la red agrícola sedentaria que hace inteligible y valiosa la transformación fija. Lejos de ser un fundamento pre-político, el derecho de propiedad lockeano es un artefacto funcional que emerge dentro y para la estabilización de dicha red. Presupone la textura territorial que el Estado sintrópico vendrá a administrar. Locke, en este sentido, no descubrió un derecho natural, codificó retroactivamente la lógica operativa del nodo estatal en el lenguaje de la filosofía moral.


3.2. La autopropiedad como categoría emergente, no originaria

La crítica relacional alcanza su punto más radical al examinar el concepto de autopropiedad, postulado por teóricos como Rothbard como el axioma fundamental del cual se deriva toda propiedad externa. La tesis es que cada individuo es el dueño absoluto de su propio cuerpo y capacidades por derecho natural. Sin embargo, desde una perspectiva ontológico-relacional, esta afirmación enfrenta una dificultad insuperable: no existe un momento lógico o empírico no arbitrario en el cual un ente pueda ser considerado como habiéndose adquirido a sí mismo de manera originaria.

Cualquier intento de identificar tal momento —la concepción, el nacimiento, el logro de la madurez racional— tropieza con el hecho de la radical dependencia constitutiva. El organismo humano, desde su estado embrionario hasta su plena agencia, es un nodo sostenido y definido por una densa red de flujos materiales, energéticos, afectivos y simbólicos. La noción de un "sí mismo" preexistente a estas relaciones, y que luego las emplea, es una abstracción posterior. La capacidad de actuar como si uno fuera un propietario de sí mismo es un logro de la socialización, no su premisa.

La categoría de "autopropiedad", por tanto, no describe un hecho metafísico primordial. Es, más bien, una ficción jurídico-operativa de alto rendimiento que emerge en redes sociales de complejidad sintrópica avanzada. Su función no es fundar el orden, sino estabilizar la interfaz de agencia dentro de un sistema que ya ha internalizado la lógica de la contabilidad, la responsabilidad y la transferencia de derechos. La autopropiedad es el correlato subjetivo de la propiedad sobre objetos externos, y ambas son efectos coordinados de una textura territorial que ha aprendido a individuar centros de imputación para optimizar la gestión de flujos.

En consecuencia, la secuencia liberal se invierte por completo. No es la autopropiedad del individuo la que justifica y precede a la formación de la red política y económica. Es la red, al alcanzar un umbral de complejidad que requiere la demarcación clara de responsabilidades y la circulación fluida de derechos, la que desbloquea la categoría del individuo autopropietario como uno de sus nodos funcionales, como una realidad a tener en cuenta (si se me permite el juego de palabras).


3.3. La textura territorial como matriz de individuación

Esta inversión categorial encuentra su fundamento último en el concepto de textura territorial. La aparente autonomía del individuo propietario no surge en el vacío, sino en el contexto de una textura que ha sido densamente reconfigurada por prácticas de fijación, medición y acumulación. El régimen agrícola, con su gramática material basada en el grano, no solo hizo posible la propiedad de la tierra, también hizo pensable la propiedad del sí mismo al crear un mundo de objetos claramente delimitados, contables y transferibles.

El Estado, en tanto que nodo sintrópico, no es el protector de esta autonomía preexistente. Es el arquitecto y regulador de la textura que la hace posible. Su función es mantener la coherencia del sistema de demarcaciones —entre lo mío y lo tuyo, entre lo público y lo privado, entre las personas y las cosas— que sostiene el metabolismo de la red compleja. El "ciudadano" del contrato social es, así, un producto terminal de este proceso de individuación sistémica, no su agente originario.

La conclusión de esta sección es que la ontología política liberal comete un error de categoría al hipostasiar como sustancias primitivas —el ciudadano, la propiedad— lo que son, en rigor, relaciones funcionales estabilizadas dentro de una red geo-material. El Estado no emerge para salvaguardar una esfera pre-política, sino como la condición de persistencia de una forma específica de vida colectiva que, para mantenerse, debe generar la ilusión de haber sido fundada por los mismos nodos que ella produce. Comprender esto es el paso previo necesario para analizar la lógica dinámica de este nodo sintrópico, lo que haremos en la siguiente sección examinando su principio operativo fundamental: la gestión de la entropía.


3.4  La Individuación como Co-construcción Mímica en una Textura Pre-existente

La crítica a la ontología liberal del individuo autofundante podría malinterpretarse como si defendiera lo opuesto: que el Estado o la red social crean al individuo ex nihilo. Esto sería incurrir en la misma falacia circular que se le atribuye a Platón: si los Guardianes son formados por los Guardianes, ¿quién formó a los primeros? ¿De dónde surge el primer impulso normativo o la primera gramática de la agencia?

La respuesta de una ontología relacional consecuente debe evitar ambos extremos: ni el individuo como átomo pre-social, ni el individuo como tabula rasa moldeada unilateralmente por una estructura. En su lugar, propone un proceso de co-constitución mimética dentro de una textura que siempre lo precede. Sin embargo, esta textura no es solo material o simbólica; es, de manera constitutiva, técnico-cognitiva.

El ser humano llega al mundo no como Atenea, brotada ya armada de la cabeza de Zeus, sino como un organismo dotado de una capacidad mimética radical —una propensión neurobiológica a imitar gestos, sonidos, patrones de atención e intencionalidad. Pero esta mímesis no se ejerce en el vacío. Se ejerce hacia y contra los Asideros (Affordances) que ofrece una cultura ya en curso. Y estos Asideros son, en sustrato último, tecnologías constitutivas.

Esta afirmación se sostiene sobre la Tesis del Transhumanismo Constituyente (Por qué seguiré siendo posthumano de mayor,Héctor Meda, 2025): la tecnología no es un mero instrumento externo, sino un componente constitutivo de la identidad y la cognición humanas. Desde el externalismo semántico (Putnam) y la cognición extendida (Clark & Chalmers), hasta el principio de identidad por equivalencia funcional (Univalencia de Voevodsky), se deduce que el ser humano es un sistema híbrido biológico-tecnológico. El lenguaje, la escritura, las herramientas simbólicas y materiales no son prótesis añadidas a una mente ya formada, antes bien, son los sustratos mismos a través de los cuales la mente emerge y se define. No usamos herramientas para pensar: pensamos con y a través de ellas como partes de nuestro sistema cognitivo.

Por tanto, la textura territorial que precede al Estado y al individuo es, en realidad, un ecosistema de tecnologías constitutivas. Estos son los "agarres" materiales, simbólicos y relacionales que canalizan la mímesis fundacional: un lenguaje gramaticalizado, un ritual, una herramienta, una historia narrada, una medida estandarizada, melodías. No hay un "afuera" de esta técnica desde el cual el individuo pudiera emerger de forma pura, por el contrario, solo existe un "adentro" técnico-cognitivo que siempre nos ha constituido y nos tiene en constitución.

El Estado, en tanto que nodo sintrópico, no inventa estos Asideros desde la nada. Más bien, surge de la cristalización y optimización a gran escala de este ecosistema técnico-cognitivo pre-existente. Lo que el Estado hace —especialmente en su forma moderna— es "jalar" de manera sistemática ciertos hilos de esta red de tecnologías constitutivas, intensificando y estabilizando unas "jugabilidades" sobre otras. Define los juegos sociales principales (ciudadano, contribuyente, soldado, profesional) y estandariza sus reglas, recompensas y tableros. Al hacerlo, no crea la capacidad de jugar, pero canaliza y formaliza enormemente la mímesis, ofreciendo roles de alta definición y trayectorias legibles construidos sobre sustratos técnicos específicos (el formulario burocrático, el sistema educativo nacional, la moneda fiduciaria, la infraestructura digital).

Así, el "individuo propietario" de Locke no es una invención estatal, pero sí es un personaje tipo que la textura territorial agrícola-mercantil —un ecosistema técnico específico— logró "jalar" y que el Estado liberal elevó a protagonista obligatorio del drama social, proporcionando y controlando los sustratos técnicos que lo hacen real (catastro, documentos de identidad, sistema legal escrito). La cultura (incluyendo sus dimensiones estatales) da juego al ser de uno precisamente porque ofrece un repertorio limitado pero estructurado de formas de ser, de "personajes imaginarios y reales" con los que dialogar, fusionarse o rebelarse, pero todos ellos interpretables solo a través de las tecnologías constitutivas disponibles.

Respecto a la realidad metafísica del "tiro" que nos jala, podemos —y debemos— permanecer agnósticos para los fines de este análisis funcional. No es necesario resolver si hay un "sí mismo" nouménico bajo la mímesis. Basta con observar que:


  1. Existe una textura técnico-cognitiva pre-existente (lenguaje, prácticas materiales, instituciones incipientes) que precede a todo individuo concreto y a todo Estado formal.
  2. El Estado emerge como un subsistema especializado de esa textura cuando alcanza un umbral de complejidad, especializándose en la gestión sintrópica de sus flujos.
  3. Una vez emergido, el Estado retroalimenta la textura, reconfigurando los Asideros técnico-cognitivos disponibles y, por tanto, los caminos probables de la individuación mimética.
  4. El "individuo" que percibimos es el nudo singular y siempre inacabado de este proceso: el resultado de una mímesis biográfica ejercida sobre los Asideros de una textura que, a su vez, ha sido parcialmente configurada por la acción sintrópica del Estado sobre el sustrato técnico que nos constituye.


Esta precisión, enriquecida por la Tesis del Transhumanismo Constituyente, disuelve definitivamente la objeción circular. No hay un primer Guardián educado por un Estado ya formado. Hay un proceso co-evolutivo donde tecnologías constitutivas, instituciones y subjetividades se van constituyendo mutuamente, en un ciclo de retroalimentación que acelera y se formaliza con la emergencia del nodo sintrópico. El Estado no es el autor único del guión, pero sí su principal director, productor y arquitecto de los sustratos técnicos, que selecciona, amplifica y estandariza ciertos libretos de la cultura disponible, haciendo que ciertas formas de ser (el ciudadano propietario, el súbdito leal, el profesional competitivo) se vuelvan los caminos de menor resistencia para la mímesis humana al controlar las mismas tecnologías a través de las cuales pensamos y existimos. La lucha política del siglo XXI será, en consecuencia, una lucha por el control de estos nuevos commons cognitivos y técnicos, al fin y al cabo, la lucha por la libertad es también, siempre ha sido, una lucha por el acceso, el diseño y el control de las tecnologías cognitivas que nos hacen posibles.


4. El principio sintrópico del Estado: soberanía como seguridad topológica


Las secciones precedentes han establecido que el Estado emerge como un nodo especializado en la gestión de la entropía producida por la transición a la fijación agrícola. Su principio operativo es sintrópico: convierte desorden local (entropía) en orden sistémico a mayor escala. Esta sección sostiene que este principio no es una reliquia arqueológica, sino la lógica fundamental de la soberanía estatal en un mundo de redes globales. Para demostrarlo, procederemos en tres pasos: (1) generalizar el principio sintrópico a dominios abstractos; (2) analizar, mediante un experimento mental, su manifestación contemporánea en la forma de plusvalía geopolítica; y (3) derivar de ello una redefinición de la soberanía como seguridad topológica.


4.1. Generalización del principio: el Estado como gestor de gradientes
Formalicemos el principio sintrópico en términos funcionales. En un sistema complejo, un nodo sintrópico N (el Estado) ejecuta la función:


F(N) = capturar(flujo_entrópico) transformar(orden_local) reinvertir(orden_sistémico)


En el neolítico, el flujo entrópico era la imprevisibilidad demográfica y ecológica. El orden local era el sufrimiento físico canalizado (molineros). El orden sistémico, la reserva acumulada de grano.
En la modernidad, el flujo entrópico adopta formas abstractas pero igualmente constitutivas: la fuga de valor monetario, la disipación de capacidades tecnológicas y la erosión de la autonomía estratégica. La función del Estado sintrópico sigue siendo isomórfica: interceptar esos flujos disipativos y reconvertirlos en resiliencia colectiva. Fallar en esta función no es un error político, antes bien, es la definición de un Estado fallido en términos relacionales: un nodo que no logra mantener el gradiente de baja entropía de su red.


4.2. La plusvalía geopolítica: un experimento mental sobre la fuente del poder moderno
¿Cuál es, entonces, la materia prima de esta gestión sintrópica contemporánea? Proponemos que es la plusvalía geopolítica: una ventaja posicional, no merecida a nivel micro, que ciertos nodos o subgrafos obtienen por su ubicación en la topología global. Para aislar este concepto de nociones morales o de eficiencia, recurrimos a un experimento mental.


Experimento mental (EM): Isomorfismo productivo, poder adquisitivo dispar.


Considérense dos empresas, Alpha y Beta. Por construcción, son idénticas en eficiencia técnica, estructura de costos y volumen de negocio. Alpha opera en la zona euro, Beta en una economía emergente. Ambas obtienen un beneficio anual de 1 millón de sus respectivas unidades monetarias. Ambas deben comprar un insumo crítico —por ejemplo, chips de alta gama— en el mercado global, denominado en dólares.
Resultado necesario: Con 1 millón de euros, Alpha accederá a una cantidad sustancialmente mayor de chips que Beta con el equivalente nominal en su moneda local.


Análisis filosófico-político del EM:

Negación del mérito individual: La diferencia no se origina en ningún atributo de Alpha o Beta como agentes. Es externa a ellos.

Identificación de la fuente relacional: La ventaja emana de la posición de la moneda de Alpha en la jerarquía monetaria global. El euro es un bien público producido y mantenido por la red político-económica europea.

Carácter político de la ventaja: Esta posición monetaria es el resultado histórico de decisiones políticas de escala (integración, estandarización, inversión en infraestructura de red) y de la capacidad de un nodo sintrópico (el Estado, o el bloque estatal europeo) para defender ese lugar en la topología.

Definición resultante: 


Plusvalía geopolítica (PG) es el excedente de poder —adquisitivo, negociador, resiliente— que un nodo (agente, empresa, Estado) obtiene en virtud de su posición dentro de un subgrafo de la red global. Este excedente es una externalidad de red: no se deriva de atributos intrínsecos del nodo, sino de la topología y la calidad de los flujos en su entorno.

Críticamente, la PG puede tener dos signos dinámicos opuestos:


PG sintrópica surge de y retroalimenta una arquitectura de red que aumenta la conectividad, la diversidad y las capacidades endógenas de los nodos del subgrafo. Su distribución, aunque asimétrica, es parcialmente redistributiva hacia la periferia.


PG entrópica surge de y retroalimenta una arquitectura de red basada en cuellos de botella, dependencia monofuncional y extracción unidireccional. Su distribución es netamente extractiva, concentrando la PG en el centro a expensas de la degradación posicional de la periferia.


El experimento mental de las empresas Alpha y Beta aísla el fenómeno de la PG, pero no su signo. Determinar si la PG del euro es sintrópica o entrópica para, digamos, Eslovaquia, requiere analizar si la pertenencia a la zona euro ha aumentado o disminuido los grados de libertad estratégicos y la complejidad económica eslovaca a largo plazo


Este EM revela que la riqueza y el poder en la globalización no son primariamente el producto de intercambios justos entre agentes libres e iguales, sino que están preformateados por asimetrías topológicas heredadas y gestionadas políticamente. La filosofía política liberal que parte del individuo posesivo es ciega a este estrato constitutivo del poder.


4.3. Soberanía como seguridad topológica: una redefinición sintrópica
Si el poder material fluye de ventajas posicionales (plusvalía geopolítica), entonces la tarea fundamental del Estado deja de ser la mera protección de fronteras o derechos. Su tarea primordial es garantizar la seguridad topológica del subgrafo que gestiona. La soberanía, por tanto, debe redefinirse como la capacidad de un sistema político para mantener y mejorar su posición relacional en la red global, asegurando la persistencia de sus flujos críticos frente a perturbaciones y estrangulamientos.

Un Estado soberano en este sentido es aquel que ejecuta eficazmente la función sintrópica sobre sus gradientes de plusvalía geopolítica. Esto implica:


  1. Conversión de plusvalía en capacidades: Reinvertir el excedente posicional no en consumo, sino en nodos que aumenten la complejidad y la conectividad interna del subgrafo (I+D, infraestructura crítica, educación).
  2. Diversificación de dependencias: Evitar topologías de cuello de botella (hub-and-spoke) que lo sometan a coerción externa, promoviendo una conectividad redundante y multipolar.
  3. Protección del metabolismo de red: Defender los protocolos, estándares y monedas que estructuran sus flujos vitales, entendiendo que un ataque a su moneda es un ataque a su textura territorial tan grave como una invasión militar.


Conclusión de la sección: La continuidad del principio sintrópico.
La lógica que en Çatalhöyük obligaba a sacrificar el bienestar osteológico del molinero para asegurar el almacén colectivo es formalmente idéntica a la que obliga hoy a un Estado a sacrificar ciertos "óptimos de mercado" a corto plazo —por ejemplo, mediante políticas industriales o controles de capital— para asegurar su cadena de suministro de semiconductores o la fortaleza de su moneda. En ambos casos, el horizonte temporal del nodo sintrópico (el Estado) trasciende el de sus partes constituyentes y actúa para contrarrestar la tendencia entrópica del sistema.

La filosofía política que ignore este principio, aferrándose a ontologías de individuos o estados como sustancias aisladas, será incapaz de comprender —y mucho menos de diseñar— las instituciones necesarias para navegar la complejidad del siglo XXI. La tarea no es rechazar el Estado, sino comprenderlo como arquitecto de gradientes, y preguntarse, en consecuencia, cómo diseñar uno cuyos efectos sintrópicos maximicen la agencia de todos sus nodos humanos. Esta es la pregunta que guía la sección final.


4.4. Límites y riesgos: la eficiencia entrópica versus la resiliencia sintrópica

La redefinición de la soberanía como seguridad topológica conlleva un riesgo conceptual y práctico: confundir la concentración centralizada de flujos con la optimización sintrópica. Es necesario, por tanto, establecer un criterio discriminatorio. Proponemos la siguiente distinción:

Un nodo central ejerce eficiencia entrópica cuando maximiza la captura de flujos de valor de la periferia, pero minimiza o externaliza el costo de mantener la complejidad y resiliencia de la red periférica. En cambio, ejerce gestión sintrópica cuando dicha captura está acoplada a una reinversión sistémica que aumenta los grados de libertad y la capacidad adaptativa de los nodos periféricos.

Ilustremos esto con un modelo hipotético derivado del experimento mental anterior. Imagine una unión política ("Europa-país") donde las decisiones de localización industrial obedecen únicamente a métricas de eficiencia microeconómica a corto plazo. El resultado previsible es la hiperconcentración de capacidades productivas de alto valor en una metrópolis central (por ejemplo, el eje renano), y la conversión de la periferia (por ejemplo, la Península Ibérica) en un conjunto de nodos proveedores de servicios estacionales, turismo y residencia de bajo coste.

En este modelo, la plusvalía geopolítica generada por la escala integrada se acumula abrumadoramente en el centro. La "eficiencia" agregada del sistema puede incluso aumentar en indicadores macroeconómicos (PIB total). Sin embargo, desde una óptica de teoría de redes, este sistema sufre de entropía estructural: la periferia experimenta una pérdida neta de capacidades endógenas (know-how industrial, tejido de PYMEs innovadoras, capital humano especializado) y una reducción de su conectividad diversificada (dependencia monofuncional del centro). La aparente eficiencia global se sustenta en la degradación controlada de partes del sistema. Esto no es sinergia, sino parasitismo estabilizado: el centro depende de la descomposición ordenada de la periferia para su propio crecimiento.

La consecuencia es una pérdida de resiliencia de la red completa. Un sistema con una periferia empobrecida en capacidades es extraordinariamente vulnerable: a shocks que afecten al centro (una crisis financiera metropolitana), a la ruptura de los flujos de suministro (una disrupción logística), o a la simple fuga demográfica y cognitiva de la periferia. Su orden es rígido y frágil.

Por tanto, la cuestión política crucial que se deriva del principio sintrópico no es si debe haber concentración y jerarquía —en redes complejas, es inevitable—, sino cuál es el destino de la plusvalía geopolítica generada por esa jerarquía. La prueba de fuego para un nodo estatal sintrópico es si canaliza ese excedente hacia:

  1. Reinversión en capacidades periféricas (diversificación productiva, soberanía tecnológica local).
  2. Construcción de conectividad redundante (infraestructuras que permitan flujos alternativos intra-periféricos).
  3. Mecanismos de compensación fiscal que no sean meras subvenciones al consumo, sino inversiones en complejidad.


Conclusión de la Sección 4: La Sintropía como Problema Político Fundamental

El análisis desarrollado demuestra que el principio sintrópico —desde su origen neolítico hasta su expresión contemporánea en la gestión de la plusvalía geopolítica— proporciona una descripción robusta y relacional de la función estatal. El Estado emerge y persiste como el nodo especializado en convertir entropía local en orden sistémico, garantizando la seguridad topológica de la red que gestiona.

Sin embargo, esta descripción funcional, por sí sola, es incompleta. Define la lógica de la eficacia del poder estatal, pero deja sin respuesta la pregunta por su lógica de legitimidad. Al revelar al Estado como un gestor de gradientes entrópicos, el modelo ilumina con nueva crudeza el dilema político central de toda arquitectura sintrópica: ¿cómo se distribuyen los costos y beneficios de esta gestión? ¿Qué impide que el imperativo de la eficiencia sistémica justifique el sacrificio de aquellos nodos considerados menos "valiosos" para la red?

La descripción de la máquina, en otras palabras, nos obliga a preguntarnos por su manual de uso ético. La siguiente sección asume este desafío. Se propone demostrar que la propia ontología relacional y sintrópica contiene los elementos para derivar un principio homeostático interno: que la única sintropía estable y legítima en una red de nodos conscientes es aquella que tiene como fin constitutivo la ampliación de la agencia de sus partes. De la descripción de la máquina pasamos, así, a la crítica de sus posibles disfunciones y a la fundamentación de su buen funcionamiento.



5. Límites Éticos y Condiciones de Legitimidad: La Agencia como Fin de la Sintropía


Hasta aquí, el modelo ha descrito la lógica sintrópica del Estado: su función de gestionar entropía para garantizar la persistencia sistémica. Sin embargo, una ontología que toma en serio la naturaleza de sus nodos constituyentes —seres humanos conscientes— debe confrontar una pregunta ineludible: ¿Puede una lógica puramente funcionalista, centrada en la supervivencia del agregado, legitimar acciones que traten a estos nodos como medios prescindibles? Esta sección argumenta que la respuesta es negativa, y que la preservación y ampliación de la agencia humana no es un añadido moral externo, sino la condición interna de posibilidad para una sintropía estable y legítima.


5.1. Dos experimentos límite: la falacia de la eficiencia entrópica disfrazada
Para probar los límites del modelo, sometámoslo a dos Gedankenexperimente extremos que aíslan la tensión entre eficacia sistémica y valor nodal.


Experimento Límite 1: El Senicidio Funcionalista.
Imagine una sociedad cuyos parámetros demográficos y de recursos la colocan en un estado de entropía crítica. Un cálculo puramente sintrópico podría sugerir la eliminación o el abandono de la cohorte anciana, consumidora neta de recursos sin contribuir a la producción material. Este acto, sin embargo, comete un error categorial sistémico. Confunde valor productivo inmediato con valor relacional estructural. Los nodos ancianos son portadores de conocimiento tácito, memoria institucional y estabilidad temporal; son estabilizadores de la identidad de la red en el tiempo. Su eliminación no solo aumenta la entropía moral (un concepto que el modelo debe incorporar), sino que debilita la capacidad adaptativa del sistema al privarlo de su memoria a largo plazo y de la complejidad intergeneracional. La "eficiencia" ganada es ilusoria y autodestructiva.


Experimento Límite 2: El Control Natalicio Coercitivo Maltusiano.
Frente a una curva demográfica exponencial que amenaza con colapsar los flujos de recursos, un nodo sintrópico podría verse tentado a imponer un control reproductivo coercitivo y centralizado. Si bien el objetivo —evitar el colapso entrópico— es legítimo desde la lógica de la red, el medio lo corrompe. Al tratar el cuerpo y la capacidad reproductiva como un parámetro ajustable por decreto, el Estado transforma la relación sintrópica en una relación puramente entrópica para los nodos individuales: les niega agencia sobre una dimensión constitutiva de su existencia. La "estabilidad" así lograda se paga con una erosión masiva de legitimidad y la generación de un resentimiento estructural que vuelve al sistema frágil ante crisis futuras.


El principio de asimetría estructural y el costo entrópico moral.
La lección conjunta de estos experimentos revela un principio de asimetría estructural fundamental para una ética de sistemas complejos. Ciertas acciones —como la eliminación instrumental de un grupo o la negación coercitiva de la agencia corporal— se sitúan en lo que podríamos denominar el núcleo de baja entropía moral del sistema. Su violación no es una transgresión normativa trivial, todo lo contrario, genera una entropía moral de alto grado: una disipación masiva y difícilmente reversible de legitimidad, confianza y cohesión identitaria.
Para que tal violación no resulte en un colapso de la red, se requeriría la concurrencia estable de un conjunto prohibitivo de condiciones compensatorias: una amenaza existencial incontrovertible, un consenso unánime, la ausencia absoluta de alternativas no coercitivas. La probabilidad de que este conjunto de condiciones se satisfaga de manera perdurable es ínfima, haciendo de tales acciones estructuralmente inestables como políticas sintrópicas. Por el contrario, el principio de respetar la agencia básica posee un costo de implementación entrópica inherentemente bajo, funciona como un estabilizador nativo de la red social. Así, la instrumentalización o prescindibilidad de un nodo humano consciente no es una variable a optimizar, sino un parámetro cercano a una constante estructural cuya alteración conlleva un riesgo de entropía sistémica que ningún cálculo sintrópico racional puede ignorar.



5.2. El Principio Corrector: De la Homeostasis a la Autopoiesis con Agencia
La lección de estos experimentos límite no es que la gestión sintrópica sea inválida, sino que debe estar sujeta a una restricción constitutiva. Proponemos el siguiente principio:


Un nodo sintrópico legítimo es aquel cuya gestión de los flujos de la red tiene como fin interno y condición de éxito la maximización de la agencia efectiva de sus nodos humanos constituyentes.


Esto no es un imperativo kantiano transplantado. Es una exigencia derivada de la propia ontología de sistemas complejos conscientes. Un sistema cuyos nodos son agentes reflexivos obtiene su resiliencia y capacidad de innovación no de la obediencia pasiva, sino de la diversidad de perspectivas, la disonancia creativa y la generación de sentido compartido. Tratar a los nodos como medios prescindibles aniquila estas fuentes de complejidad. Por tanto, la agencia no es un lujo moral: es el combustible de alta densidad para la sintropía a largo plazo.


5.3. Implicación para la Teoría del Estado: Legitimidad como Sintropía Reflexiva
Este principio corrige la posible deriva tecnocrática del modelo. La legitimidad del Estado como nodo sintrópico ya no puede medirse solo por métricas de eficiencia (PIB, resiliencia infraestructural). Debe incluir indicadores de agencia distribuida:


  1. Grado en que las decisiones sintrópicas (política industrial, control de fronteras, gestión demográfica) generan aquiescencia pública. 


  1. Capacidad de los nodos periféricos o subalternos para influir en la reconfiguración de la red que los afecta.


  1. Existencia de mecanismos que protejan formas de vida "ineficientes" en el corto plazo pero portadoras de diversidad sistémica valiosa (lenguas minoritarias, prácticas ecológicas tradicionales, etc.).


En definitiva, el Estado deja de ser un ingeniero de sistemas para devenir un arquitecto de ecologías de agencia. Su tarea suprema es orquestar los gradientes de poder (la necesaria jerarquía funcional) de tal modo que, paradójicamente, habiliten la contestación de esa misma jerarquía. Una sintropía que silencia a sus nodos para perpetuarse es, en última instancia, una entropía disfrazada: un orden que, al petrificarse, se condena a la obsolescencia.


Conclusión de la sección:
Así, la pregunta "¿es prescindible el nodo humano?" encuentra su respuesta en la lógica más profunda del modelo. En una red de agentes conscientes, ningún nodo es prescindible mas no por un dictado moral externo, sino porque la prescindibilidad es un cálculo entrópico. La verdadera sinergia —aquella que persiste adaptándose— surge solo cuando la perpetuación del sistema está indisolublemente ligada al florecimiento de la agencia que lo compone. La filosofía política del Estado como nodo sintrópico alcanza aquí su criterio normativo último: la legitimidad como sintropía reflexiva.


6. Implicaciones Contemporáneas: La Lucha por la Sintropía en la Red Global


El principio sintrópico no es una reliquia teórica, sino la lógica operativa en tiempo real de la competencia geopolítica del siglo XXI. En un mundo definido por la interdependencia asimétrica, la soberanía ha dejado de ser una cualidad jurídica estática para convertirse en una capacidad dinámica de gestión de flujos críticos. Esta sección aplica el marco teórico desarrollado —la ontología del nodo sintrópico y el criterio de legitimidad como sintropía reflexiva— para analizar tres arquitecturas de poder contemporáneas: el Estado-nación moderno rediseñado (China), el bloque político-económico integrado (UE) y el actor no estatal de escala sistémica (la corporación tecnológica). El objetivo es demostrar que la disputa por el futuro del orden global es, en esencia, una disputa entre proyectos sintrópicos rivales, cuyos diseños de red generan efectos radicalmente distintos en términos de entropía y agencia.


6.1. China: La Sintropía como Imperativo Civilizatorio y su Ciclo Hiperestable

Para comprender el proyecto sintrópico chino contemporáneo, es necesario verlo no como una innovación, sino como la última iteración de una lógica hiperestable: la de una civilización que ha hecho de la gestión sintrópica de su heterogeneidad geo-material el núcleo de su identidad política. Su historia es la de una dialéctica recurrente entre la entropía de la división y la síntesis de la unificación, magistralmente capturada en la cita inicial del Romance de los Tres Reinos


El imperio, dividido durante mucho tiempo, debe unirse; unido durante mucho tiempo, debe dividirse. Así ha sido siempre.


Este ciclo no es un accidente sino la expresión de una condición topológica permanente. La ecúmene china se extiende entre el desierto de Gobi y el Mar de la China Meridional, entre las cuencas del Yangtsé y el río Amarillo. Esta geografía genera una textura territorial intrínsecamente entrópica: provincias costeras volcadas al comercio marítimo frente a regiones interiores continentales como también cuencas fluviales fértiles enfrentadas a territorios áridos. La historia política de China puede leerse como la lucha por convertir esta entropía geográfica en estructura sintrópica.

Los hitos de esta lucha son las grandes tecnologías de unificación sintrópica:


  • La escritura ideográfica: Un protocolo de información que trascendió la fragmentación dialectal, creando un espacio cognitivo común que sobrevivió a dinastías y divisiones. Fue el primer "nodo sintrópico" de información, centralizando el significado y permitiendo la administración a distancia.


  • La Gran Muralla y el Gran Canal: No fueron meras obras de defensa o transporte. Fueron infraestructuras de reconfiguración territorial. La Muralla estableció una frontera metabólica entre la ecúmene agrícola y la estepa nómada, definiendo el "dentro" y el "fuera" del sistema. El Canal, al conectar el Yangtsé con el Río Amarillo, fusionó las cuencas económicas del sur y del norte, permitiendo el flujo de grano (riqueza) y soldados (poder) que sostenían la unidad imperial. Fueron los equivalentes materiales del granero estatal neolítico, pero a escala continental.


Estos hitos fundacionales de esta lucha fueron las grandes tecnologías de unificación sintrópica impuestas por el Primer Emperador, Qin Shi Huang, tras tras un proceso de unificación forzosa y centralización autoritaria: la estandarización de la escritura, de los ejes de carreta y de la moneda, junto con el inicio de la Gran Muralla. Estas intervenciones generaron una entropía social masiva (represión, desarraigo) en el corto plazo, con el objetivo de crear un orden administrativo unificado a largo plazo. Que estas reformas sobrevivieran al colapso casi inmediato de la dinastía Qin y se consolidaran bajo los Han es testimonio de su eficacia sintrópica estructural: una vez establecidos, estos protocolos resultaron ser la única forma viable de gestionar la complejidad del territorio.

Hoy, el reto sintrópico del Estado chino se manifiesta en una línea invisible pero omnipresente: la Línea Heihe-Tengchong (o línea Hu Huanyong). Esta línea demográfica, trazada en los años 30, divide a China aproximadamente en dos mitades iguales en área, pero con una distribución poblacional abrumadoramente asimétrica: el 94% de la población vive al este de la línea, en apenas el 43% del territorio, mientras que el vasto oeste alberga solo al 6%. Esta no es una mera curiosidad geográfica sino la expresión más cruda de la textura territorial del país y representa el principal gradiente de entropía interna que el nodo estatal debe gestionar.

El proyecto sintrópico contemporáneo, por tanto, tiene un frente interno decisivo: evitar que esta línea se convierta en una condena o una fractura. Esto no implica borrarla —una tarea termodinámicamente imposible— sino gestionar estratégicamente su porosidad. Las políticas estatales actúan como una membrana sintrópica selectiva:


  1. Incentivando flujos de capital, infraestructura y talento hacia el oeste (iniciativas como "Desarrollar el Oeste") para incrementar su complejidad económica y fijar población.
  2. Manteniendo un control estricto sobre la movilidad poblacional no planificada (a través del sistema de registro residencial hukou), para evitar una entropía urbana descontrolada en las megaciudades del este y una desertificación humana en el oeste.
  3. Utilizando la conectividad digital para integrar administrativa y económicamente regiones remotas sin necesidad de una redistribución física masiva de la población.


La soberanía tecnológica en semiconductores o inteligencia artificial es, en este contexto interno, el equivalente moderno a estandarizar los ejes de carreta: se trata de controlar el protocolo material crítico que determinará la futura distribución de la riqueza y el poder dentro de la Línea Heihe-Tengchong, evitando que una nueva dependencia externa introduzca un vector de entropía inmanejable.

Así, el Estado chino actúa como el arquitecto de una sintropía interna a contracorriente de su propia geografía. Su éxito no se medirá exclusivamente por su proyección exterior, sino por su capacidad para convertir el mayor gradiente demográfico del planeta en una fuente de resiliencia, y no en el epicentro de su colapso. En esto, repite la hazaña del Primer Emperador, pero con herramientas de una precisión y una escala sin precedentes. El ciclo de unificación y división no ha terminado, todo lo contrario, se libra a diario en la gestión de este territorio.


6.2. La Unión Europea: La Sintropía Incompleta y la Ficción de la Unidad

La Unión Europea representa el experimento más avanzado de construcción de un nodo sintrópico por integración voluntaria. Sin embargo, su análisis revela los límites agudos de una sintropía que no logra trascender el nivel mercantil para alcanzar una gobernanza política plena. La UE opera bajo una tensión constitutiva: ha creado una red de interdependencia profunda (mercado único, moneda común) sin desarrollar el nivel superior de gestión sintrópica (unión fiscal, política social común) necesario para estabilizarla. El resultado es una arquitectura que, en ciertos aspectos, funciona como un sumidero entrópico para sus propias periferias.

La génesis de esta tensión puede entenderse como una estrategia de ocultamiento sintrópico. En la década de 1990, la creación del euro sin un Estado fiscal detrás equivalía a la ficción de tres niños apilados bajo un abrigo (una ficción institucional de soberanía sin soberano) pretendiendo ser un adulto para entrar en el casino de las finanzas globales. Era un acto de realpolitik diseñado para acumular la plusvalía geopolítica de una moneda de reserva sin provocar la reacción de un hegemón (Estados Unidos) ante el surgimiento de un verdadero contrapeso soberano. Como Hamlet (o Sun Bin), Europa simuló una locura —su propia fragmentación política— para avanzar su proyecto bajo el radar. El problema es que la ficción se institucionalizó: el euro nació como una moneda sin un soberano, un protocolo sintrópico sin un nodo claro que gestionara sus desequilibrios.

Esta falta de un nodo sintrópico político unificado tiene consecuencias materiales precisas, que pueden analizarse como flujos entrópicos dentro de la red europea:


  1. La fuga de capacidades como externalidad negativa sistémica: El libre movimiento de personas, acoplado a asimetrías económicas extremas y a la ausencia de un presupuesto federal compensatorio, genera un círculo vicioso entrópico. Cuando un ingeniero formado en España con inversión pública (educación, infraestructura, sanidad) emigra a Alemania, se produce una transferencia neta de capital humano sintrópico (un nodo de alta capacidad) de la periferia al centro. La periferia sufre una pérdida irreversible de su inversión social (entropía), mientras que el centro captura el beneficio sin incurrir en el costo de producción. Este no es un "intercambio justo"; es un drenaje de complejidad que debilita estructuralmente a partes de la red en beneficio de otras.


  1. La prohibición de la devaluación como estrangulamiento adaptativo: Al privar a los Estados miembros de la herramienta del tipo de cambio, la unión monetaria eliminó el principal mecanismo de ajuste ante shocks asimétricos. En un sistema sintrópico pleno, este ajuste se realizaría mediante transferencias fiscales automáticas (un "presupuesto de la eurozona"). Al carecer de él, el ajuste recae en una devaluación interna (reducción de salarios y prestaciones) que genera enorme entropía social y política, mientras se protege la competitividad exportadora del núcleo. Es el equivalente a prohibirle a una región afectada por una sequía que construya su propio pozo, mientras la región río arriba sigue utilizando el caudal común para sus cultivos de exportación.


En consecuencia, la UE se encuentra en una trampa: ha alcanzado un umbral de integración que hace inviable la vuelta atrás (la "trampa demográfica" de Scott, pero a escala institucional), pero no ha cruzado el umbral de unificación política necesario para que su sintropía sea legítima y estable. Su futuro depende de su capacidad para resolver esta paradoja: o bien desarrolla las instituciones de una sintropía reflexiva a escala continental (unión fiscal, democratización real de sus mecanismos de decisión), o bien se consolidará como una arquitectura de eficiencia entrópica, donde la cohesión del centro se financia con la degradación controlada de su periferia, sembrando las semillas de su propia desintegración.


6.3. Las Corporaciones Tecnológicas: El Nuevo Cercamiento y la Emergencia de Para-Estados Extractivos

El tercer tipo de nodo sintrópico contemporáneo no es estatal, pero ejerce un poder cuasi-soberano sobre dominios críticos de la vida social: la megacorporación tecnológica transnacional. Su análisis revela que estamos presenciando un proceso histórico isomórfico al cercamiento de las tierras comunales (enclosures) que fundó el capitalismo agrario e industrial, pero trasladado al ámbito de los comunes cognitivos y de red.

El cercamiento inglés de los siglos XVI al XVIII fue un acto fundamental de privatización sintrópica: convirtió la tierra comunal —un recurso de baja entropía gestionado colectivamente— en propiedad privada capitalista. Este proceso desposeyó a los campesinos, creando al mismo tiempo una reserva de mano de obra proletarizada para las ciudades *y* la materia prima (tierra) para una agricultura de mercado. Fue, en esencia, la conversión de un flujo ecológico-comunitario en un stock de capital apropiable, sentando las bases metabólicas del capitalismo

Las corporaciones tecnológicas ejecutan el nuevo cercamiento digital. Así como la textura territorial define quién controla el flujo de grano, la textura digital define quién controla el flujo de atención y conocimiento. Su "tierra común" a privatizar es el espacio de los comunes sintrópicos de la era informacional:


  1. El común lógico-matemático: La Máquina de Turing, los algoritmos fundacionales, son a la computación lo que la tierra fértil al arado. Son el sustrato.


  1. El común infraestructural: Los protocolos abiertos de Internet (TCP/IP, HTTP) y del software (Linux) son los nuevos "caminos y pastos" comunales de la esfera digital.


  1. El común social: La atención, los datos relacionales y la actividad creativa de los usuarios son la "fuerza de trabajo" y el "cultivo" que florece en esas tierras.


La privatización ocurre mediante patentes de software, términos de servicio excluyentes, control de APIs y ecosistemas cerrados. Actos como patentar variaciones de código abierto (ej. Microsoft y Linux) son el equivalente digital a poner una valla alrededor de una sección del bosque comunal y declararla de propiedad privada. El resultado es la misma dualidad que en el siglo XVIII: la creación de stock de capital intelectual privatizado (plataformas, algoritmos propietarios) y, simultáneamente, la producción de una nueva clase de "prosumidores" desposeídos —usuarios cuya atención, datos y trabajo de red son la materia prima extraída, pero que no poseen la plataforma ni controlan sus reglas.

Estas corporaciones actúan, por tanto, como para-Estados cuyo efecto neto sobre la red es marcadamente entrópico. Si bien ejecutan ciertas funciones de un nodo sintrópico —estabilizan flujos (datos) dentro de sus muros, emiten moneda (tokens), administran justicia (moderación)—, lo hacen sin el horizonte de legitimidad ni el mecanismo de reinversión sintrópica pública. Su lógica es extractiva y homeostática para sí mismas: optimizan el orden interno de su circuito de valor privado, pero lo logran externalizando entropía masiva (polarización social, inseguridad laboral, erosión fiscal, crisis de salud mental, fragmentación del conocimiento común) al tejido social circundante. Generan dependencia y luego extraen renta de ella, que es la definición misma de un efecto entrópico.

Así, representan una amenaza existencial para el Estado como nodo sintrópico legítimo. No son meros rivales. Son entidades cuyo poder se basa en generar y explotar asimetrías entrópicas, drenando la plusvalía geopolítica del común cognitivo y debilitando la capacidad del Estado para generar bienes públicos sintrópicos (salud, educación, cohesión). Su poder cuestiona una premisa central de la política moderna: que el monopolio de la gestión sintrópica a gran escala debe residir en una institución sometida a algún tipo de accountability política -- no necesariamente urnas mediante.

La pregunta decisiva, por tanto, no es tecnológica sino profundamente política: ¿quién controlará y gobernará los nuevos commons —la infraestructura digital, los datos, la inteligencia artificial— que definen el metabolismo del siglo XXI? Dejar esta respuesta en manos de accionistas privados supone aceptar una feudalización sintrópica donde los señores de la plataforma gobiernan dominios vitales fuera de cualquier contrato social. La supervivencia del Estado como garante de una sintropía reflexiva exige, como contramovimiento, el diseño y la reclamación política de estos nuevos commons, transformándolos de nuevo en base para una agencia colectiva, y no en el cercamiento final de la esfera pública.


Conclusión de la sección:

El recorrido por estos tres modelos —China, la Unión Europea y las corporaciones tecnológicas— revela que el principio sintrópico es la gramática oculta de la competencia geopolítica contemporánea. Sin embargo, cada caso despliega una combinación distinta de eficacia sintrópica y legitimidad política.


  1. China encarna la sintropía centralizada con memoria civilizatoria, demostrando una capacidad formidable para gestionar gradientes entrópicos internos (como la Línea Heihe-Tengchong) mediante herramientas antiguas y nuevas. Su desafío es si puede evolucionar hacia una sintropía reflexiva que incorpore la agencia distribuida.


  1. La Unión Europea personifica la sintropía incompleta, una arquitectura de red que genera orden mercantil pero carece del nodo político unificado necesario para convertir ese orden en legitimidad duradera y evitar los flujos entrópicos internos.


  1. Las corporaciones tecnológicas representan el cercamiento entrópico de los nuevos comunes, un poder parasitario que drena capacidades del espacio público para alimentar órdenes privados no sometidos a accountability.


La lucha por el siglo XXI no es, por tanto, entre Estados y no-Estados, sino entre diferentes proyectos de arquitectura de red que compiten por definir quién gestionará los flujos críticos (de datos, energía, personas, valor) y bajo qué principios. La gran disyuntiva política ya no es solo "más o menos Estado", sino ¿qué tipo de nodo agencial queremos que sea el Estado frente a estos rivales? ¿Será capaz de reconfigurarse, reclamando los commons cognitivos y desarrollando una sintropía reflexiva a escala, o será reducido a un administrador residual en un mundo feudalizado por poderes entrópicos privados y bloques geoeconómicos en tensión?

La respuesta a esta pregunta definirá si el orden emergente será meramente homeostático —y por tanto frágil y potencialmente opresivo— o si podrá alcanzar la sintropía legítima: un orden complejo, resiliente y fundado en la ampliación de la agencia de sus nodos humanos. Esta es la tarea última de la filosofía política en la era de la red.


7. Objeciones y Respuestas


7.1. Objeción del Funcionalismo Amoral

La objeción: Si el Estado es fundamentalmente un gestor de entropía, su valor parece reducirse a su eficacia técnica. Esto conduce a un funcionalismo peligroso: cualquier régimen, por brutal que sea, podría justificarse a sí mismo como "necesario" para la cohesión sistémica. El modelo, al privilegiar la persistencia del sistema, parece relegar la moralidad a un epifenómeno o incluso justificar atrocidades (limpiezas étnicas, eliminación de "cargas" demográficas) en nombre de la "optimización sintrópica". Se acusa al modelo de ser, en el fondo, una apología tecnocrática del poder.

Respuesta: Esta objeción confunde la descripción de una lógica con su prescripción normativa y, crucialmente, pasa por alto la naturaleza dinámica y conflictiva del proceso sintrópico. El modelo identifica la gestión de la entropía como la función que explica la emergencia y persistencia del Estado, no como su justificación. De hecho, el análisis conduce a una crítica interna de gran potencia y a una explicación de la inestabilidad política.

Como se argumentó en la Sección 5, la propia ontología del sistema —compuesto por nodos que son agentes conscientes— genera un criterio normativo inmanente. Un régimen que trata a sus nodos como medios prescindibles no es "más sintrópico"; por el contrario, comete un error sistémico. La eliminación coercitiva de grupos, la negación de la agencia básica o la extracción predatoria generan lo que hemos denominado entropía moral: una disipación masiva de legitimidad, confianza y capital social que, aunque pueda ser suprimida temporalmente, constituye una inestabilidad estructural de largo plazo.

Más allá de esto, el modelo explica precisamente los fenómenos de rebelión, secesión y autodeterminación que la objeción cree omitir. El Estado no es un nodo dado, sino un proceso continuo de texturización territorial: forja una agencia colectiva ("el pueblo", "la nación") al integrar flujos materiales, simbólicos y administrativos. Sin embargo, esta forja puede ser fallida, parcial o percibida como ilegítima por subgrafos de la red. Cuando la gestión sintrópica del nodo central es experimentada como meramente extractiva y no generativa por una provincia, una región o un grupo étnico —cuando siente que su agencia no es ampliada, sino constreñida, y que la plusvalía geopolítica que ayuda a generar es sistemáticamente drenada—, emerge el impulso secesionista. La secesión no es, entonces, una negación de la lógica sintrópica, sino su aplicación a una escala diferente: la afirmación de que un subgrafo puede constituirse en un nodo sintrópico más legítimo y eficaz por sí mismo.

Por tanto, lejos de justificar la tiranía o ignorar el conflicto, el modelo lo sitúa en el corazón de la dinámica estatal. Predice que los regímenes meramente extractivos (de efecto entrópico) son intrínsecamente inestables, generando las condiciones para su propia contestación. Al mismo tiempo, proporciona un marco para entender las demandas de autodeterminación no como anomalías irracionales, sino como reivindicaciones de una sintropía más legítima y distribuida. La única sintropía sostenible en una red de agentes conscientes es, reiteramos, la sintropía reflexiva, aquella que internaliza la ampliación de la agencia como condición de su propia persistencia. La objeción, al señalar el riesgo, en realidad apunta hacia la principal contribución normativa y explicativa del modelo.


7.2. Objeción de la Falacia de la Escala o del Anacronismo

La objeción: El modelo comete una extrapolación abusiva al aplicar una lógica derivada de sociedades neolíticas y de la termodinámica a los Estados modernos y a la geopolítica del siglo XXI. Se trata de una falacia de escala que ignora las diferencias cualitativas introducidas por la Revolución Industrial, el capitalismo financiero, la democracia de masas y la tecnología digital. Hablar de "entropía" en el contexto de Çatalhöyük y en el de los mercados financieros globales es usar una metáfora poética, no una categoría analítica rigurosa.

Respuesta: La objeción asume que la isomorfía debe buscarse en la sustancia de los fenómenos (grano vs. chips), cuando la propuesta del modelo radica en la isomorfía de relaciones funcionales dentro de sistemas complejos.

El concepto clave es el de protocolo material. Tanto el grano neolítico como el dólar contemporáneo o el semiconductor son artefactos que cumplen una función análoga: son interfaces estandarizadas que traducen complejidad biofísica o social en flujos legibles, acumulables y gobernables. Del mismo modo, la textura territorial no es una metáfora, sino un concepto operativo que describe la distribución histórica y material de conectividades y fricciones que condicionan los flujos de poder. La teoría de sistemas complejos y la termodinámica de no-equilibrio proporcionan precisamente el marco matemático y conceptual para estudiar patrones abstractos de organización, flujo y estabilidad que son escala-invariantes. Lo que el modelo identifica es precisamente ese patrón recurrente: la emergencia de un subsistema especializado (el nodo sintrópico) cuando un sistema complejo alcanza un umbral de interdependencia donde la gestión coordinada de flujos se vuelve condición de supervivencia. La manifestación concreta del patrón varía, pero la lógica relacional subyacente permanece.


7.3. Objeción de la Circularidad y el Redescriptivismo

La objeción: El argumento parece circular: se define al Estado como un nodo sintrópico y luego se usa esa definición para explicar su origen y función. Además, el modelo podría acusarse de ser un mero redescriptivismo pretencioso: ¿no está simplemente renombrando fenómenos políticos ya conocidos —como la centralización del poder, la extracción de excedente, la burocracia o el imperialismo— con un vocabulario novedoso pero superfluo ("entropía", "sintropía", "plusvalía geopolítica")?

Respuesta: Respuesta: Esta objeción parte de una ontología implícita que el modelo precisamente rechaza: la del Estado como sustancia o esencia monolítica que surge de manera súbita y binaria (el "contrato social", la "conquista"). La fuerza del enfoque relacional y sintrópico reside en lo contrario: en disolver esa noción sustancialista a favor de un espectro de estatalidad.

Al describir al Estado como un nodo emergente dentro de una red multitextural de interacciones entre flujos territoriales, demográficos, económicos y tecnológicos, el modelo gana una potencia analítica crucial. Permite cartografiar un continuum que abarca desde:

  1. Proto-Estados o para-Estados con funciones sintrópicas parciales (como las corporaciones multinacionales que gestionan ecosistemas cerrados).
  2. Estados con soberanía limitada o compartida (como los miembros de la Unión Europea, que han cedido competencias monetarias y legales a un nodo supranacional).
  3. Hasta el Estado-nación westfaliano idealizado, que sería un caso particular —históricamente contingente— de nodo sintrópico que logró un alto grado de monopolio sobre los flujos dentro de un territorio demarcado.

Lejos de ser circular, el modelo proporciona una métrica común (el grado de centralización en la gestión de flujos entrópicos, la capacidad de generar y reinvertir plusvalía geopolítica) para situar y comparar estas formas diversas en un mismo espacio teórico. Lo que el vocabulario tradicional veía como categorías discretas y a menudo inconmensurables ("empresa", "Estado", "unión supranacional"), el modelo las ve como puntos diferentemente consolidados en un espectro de síntesis sintrópica.

Por tanto, el supuesto "redescriptivismo" es en realidad una reconceptualización radical. No se trata de poner nuevas etiquetas a objetos viejos, sino de mostrar que los "objetos" mismos (el Estado, la soberanía) son efectos secundarios de una dinámica relacional primaria. El léxico de la sintropía y la entropía no es decorativo, todo lo contrario, es el andamiaje necesario para pensar esta dinámica de manera no sustancialista. La prueba de su utilidad es la capacidad del modelo para iluminar, bajo una misma lógica, fenómenos tan aparentemente dispares como el almacén neolítico de Çatalhöyük, la política de cohesión de la UE y la estrategia de autosuficiencia china en semiconductores.


7.4. Objeción del Determinismo Sistémico

La objeción: Al enfatizar la lógica de redes y las presiones termodinámicas, el modelo deja un espacio ínfimo para la agencia humana, la contingencia histórica, el conflicto ideológico y la lucha política. Todo parece determinado por imperativos sistémicos impersonales. ¿Dónde queda en este marco la lucha de clases, el papel de las ideas, el carisma de un líder o el simple accidente? Parece una visión deshumanizada y determinista de la historia.

Respuesta: Esta objeción opone falsamente estructura y agencia. La ontología relacional aquí propuesta no suprime la agencia; le da un escenario y una gramática. Los actores (individuos, grupos, clases) no flotan en el vacío; sus objetivos, recursos y posibilidades de éxito están configurados por la textura territorial y la topología de la red en la que actúan.

La "lucha de clases", en este modelo, puede reformularse con mayor precisión como un conflicto por la dirección y los frutos de los flujos sintrópicos: ¿quién captura la plusvalía geopolítica? ¿Hacia qué nodos se reinvierten los excedentes? Las ideologías pueden entenderse como narrativas competidoras que buscan legitimar un diseño particular de la red (liberal, socialista, nacionalista). Un líder carismático es un nodo que, temporalmente, logra una alta centralidad y puede reconfigurar flujos. El accidente histórico es la perturbación externa que puede desestabilizar un equilibrio sintrópico y abrir una ventana de contingencia para un rediseño.

El modelo no dice que los actores sean títeres, sino que juegan un juego cuyas reglas están dadas por la estructura de la red. Su agencia consiste en navegar, contestar y, en momentos críticos, intentar reescribir esas reglas. El determinismo no es absoluto, pero la agencia está siempre condicionada (y a la vez es lo único que puede modificar) la arquitectura sintrópica que la hace posible. Reconocer estos condicionamientos no es negar la libertad, sino hacer su ejercicio más inteligente.


Conclusión de la sección: Estas objeciones, lejos de socavar el modelo, han servido para delimitar su alcance, aclarar sus compromisos ontológicos y demostrar su poder unificador. Lejos de ser amoral, el modelo funda una crítica inmanente del poder. Lejos de ser anacrónico, identifica patrones profundos. Lejos de ser circular o meramente redescriptivo, ofrece un nuevo conjunto de herramientas operativas. Y lejos de ser determinista, proporciona el mapa de las constricciones dentro del cual la lucha política —el reino de la agencia y la contingencia— adquiere su sentido y su urgencia.


8. Conclusión General: El Estado como Arquitecto y la Política como Ecología de Agencia


Este trabajo ha sostenido que el Estado no puede ser reducido a un contrato entre individuos, a un monopolio de la violencia legítima o a una superestructura ideológica. Su ontología fundamental es otra: el Estado es un nodo sintrópico. Emerge como un subsistema especializado dentro de redes sociales complejas cuando la entropía generada por la fijación, la interdependencia y la escala amenaza la persistencia del sistema en su conjunto. Su función primaria, por tanto, no es la protección de derechos pre-políticos, sino la gestión de gradientes de flujo —de energía, materia e información— para convertir el desorden local en orden sistémico a largo plazo.

En suma: el Estado no es ni un accidente histórico, ni un pacto moral, ni un simple mal necesario. Es la forma que adopta la cohesión sistémica cuando la escala exige la gestión sintrópica de la entropía. Rechazarlo en nombre de una arcadia nómada implica ignorar la lógica inmanente de los sistemas complejos. Sin embargo, comprenderlo como un nodo relacional —y no como un sujeto sustancial— permite repensar radicalmente su diseño: ya no como mero protector de ciudadanos preconstituidos, sino como arquitecto de redes que generan valor colectivo sin sacrificar irreversiblemente la viabilidad de sus nodos humanos constituyentes.

Desde Çatalhöyük hasta la Línea Heihe-Tengchong, desde el granero del templo sumerio hasta el algoritmo soberano de un sistema de pagos digital, la lógica operativa es isomórfica: la civilización, en tanto que proyecto de persistencia a gran escala, implica posponer ciertas optimizaciones locales inmediatas en favor de la duración del colectivo. No obstante, esta lógica es profundamente ambivalente. Puede cristalizar como sintropía reflexiva, que expande la agencia y las capacidades de los nodos de la red, o degenerar en parasitismo entrópico, que concentra valor mediante la degradación sistemática de su periferia. Esta diferencia no es meramente técnica; es de orden ético y, de manera crucial, también sistémica, ya que un orden que niega la agencia de sus partes fundamentales siembra en su interior las semillas de la fragilidad y el colapso de legitimidad.

La filosofía política liberal, al partir del individuo autoposesivo y del mercado como plano neutral de intercambio, resulta ciega a esta gramática profunda del poder. No logra ver que instituciones como la “propiedad”, la “moneda fiduciaria” o la métrica de “eficiencia” son, en realidad, protocolos materiales que estructuran la textura territorial y generan plusvalías geopolíticas asimétricas. Esta ceguera le impide diagnosticar por qué ciertas arquitecturas de integración (como un proyecto sintrópico genuino) fortalecen a todos sus miembros, mientras que otras —aun cuando incrementen agregados macroeconómicos— erosionan la resiliencia interna del sistema a través de flujos entrópicos de capacidades.

En la era de la competencia geoeconómica estratégica, los riesgos existenciales (x-risks) y las infraestructuras de inteligencia artificial, esta incapacidad analítica se vuelve peligrosa. La gran disyuntiva política del siglo XXI, por tanto, ya no es la dicotomía simplista de “más o menos Estado”. La pregunta decisiva es: ¿qué tipo de nodo sintrópico debe ser el Estado? ¿Uno que se resigna a ser un administrador residual en un mundo crecientemente feudalizado por para-Estados corporativos extractivos? ¿O uno que, reclamando y rediseñando los nuevos commons cognitivos y materiales, se reconfigura como arquitecto de ecologías de agencia, capaz de gestionar los flujos críticos con un horizonte de persistencia civilizatoria?

La respuesta a este interrogante no surgirá espontáneamente de los mercados, ni será deducida por algoritmos, ni podrá ser el mero resultado de la suma de preferencias individuales —todos ellos ciegos a los umbrales de fase y las dinámicas no lineales de los sistemas complejos. Dependerá, más bien, de la construcción deliberada de instituciones con capacidad de atención sistémica, diseñadas para deliberar y actuar en nombre del todo, trascendiendo el cortoplacismo del ciclo electoral y la lógica del trimestre financiero. Mecanismos como comités de riesgos existenciales o sistemas de previsión estratégica no son fantasías tecnocráticas sino los órganos de autorreflexión colectiva que una red consciente necesita para evitar que su propia búsqueda de orden se convierta en la jaula de su agencia futura.

El Estado, en su forma más elevada y legítima, no es el enemigo histórico de la libertad. Es su condición de posibilidad a escala civilizatoria. Y su legitimidad última no reside únicamente en su eficacia técnica para gestionar la entropía, sino en su capacidad para hacer que cada nodo humano se sienta —y sea de hecho— no un mero recurso fungible, sino un anudador necesario del tiempo colectivo.

Comentarios