Anatomía de una Cristalización: Una crítica inmanente a Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt
Abstract / Resumen:
Este ensayo realiza una crítica inmanente y de tono analítico a la obra fundacional de Hannah Arendt. Tras reseñar su tesis central –que el totalitarismo emerge de la "cristalización" del antisemitismo político, la praxis imperial y la sociedad de masas–, la crítica se articula en tres niveles consecutivos. Primero, a nivel metodológico, se argumenta que su enfoque narrativo y fenomenológico genera una "historia pareidólica", donde las conexiones explicativas dependen de un montaje retórico y analógico que carece de un criterio interno para justificar sus cortes causales, dejando la narrativa infradeterminada. Segundo, a nivel epistemológico, se demuestra que su estrategia definitoria por atributos padece del efecto Forer (Barnum), ofreciendo descripciones vagas aplicables a otros fenómenos (como la Iglesia Católica), y no logra resolver la paradoja de la inducción para fundamentar la novedad radical del totalitarismo. Se contrasta con un enfoque alternativo contrafáctico y artefactual. Tercero, a nivel ético-ontológico, se revela la paradoja central: al caracterizar el régimen como un sistema de lógica autónoma y totalizante –un "Mal Atrópico" dentro de su propio "Horizonte de Sucesos"–, Arendt incurre en una monstruificación conceptual que, haciéndolo autotélico, amenaza con exonerarlo de responsabilidad moral. La conclusión sintetiza que, si bien la potencia diagnóstica de Arendt es innegable, su arquitectura conceptual adolece de tensiones internas que requieren de una utillería analítica más precisa para salvaguardar tanto la explicación histórica como la atribución de agencia y culpabilidad.
I. Resumen de la obra Los Orígenes del Totalitarismo
La obra Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt no constituye una narrativa histórica causal lineal. Su objetivo es, más bien, un análisis estructural de los elementos que, al converger en la primera mitad del siglo XX, posibilitaron la emergencia del fenómeno totalitario (nazismo y estalinismo). Arendt conceptualiza estos elementos como "cristalizaciones" preexistentes que, en un contexto de crisis de la modernidad occidental, adquirieron una nueva forma y función. El libro puede entenderse, por tanto, como una anatomía filosófico-política de dicha crisis.
- Antisemitismo: De Prejuicio a Instrumento Político
Arendt establece una distinción crucial entre el odio tradicional hacia los judíos (Judenhass) y el antisemitismo político moderno, al que identifica como un componente necesario —aunque no suficiente— del totalitarismo.
- Tesis central: El antisemitismo devino un instrumento político eficaz no debido a un odio perenne, sino como resultado de condiciones históricas específicas de los siglos XVIII y XIX.
- Argumentos clave:
- Función en el Estado-nación: Con el surgimiento del estado moderno, ciertas familias judías (los "judíos de corte") asumieron roles financieros clave, vinculándolos estrechamente con el poder estatal y el capital internacional en una era de ascenso del nacionalismo.
- Crisis y chivo expiatorio: La crisis del Estado-nación tras la Primera Guerra Mundial y las convulsiones económicas expuso la vulnerabilidad de los judíos, quienes, carentes de una base de poder político popular, se convirtieron en el chivo expiatorio funcional. Se les imputó simultáneamente ser agentes de un capitalismo parasitario y de conspiraciones bolcheviques internacionales.
- Culpa funcional y sustitución: Su posición social intermedia y su aparente "apoliticidad" los hicieron objetivos idóneos. El antisemitismo permitió canalizar el resentimiento social, sustituyendo la lucha de clases por una lucha racial maniquea.
- Conclusión arendtiana: El antisemitismo político operó como el "catalizador" que permitió movilizar masas mediante una lógica amigo/enemigo, esencial para la dinámica totalitaria.
2. Imperialismo: El Laboratorio de la Dominación
Arendt analiza la expansión imperial europea (1884-1914) como el campo donde se desarrollaron y normalizaron prácticas y conceptos laterales al totalitarismo.
- Tesis central: El imperialismo introdujo en la política principios ajenos a la comunidad política tradicional: la expansión como fin en sí mismo y la dominación racial como principio de organización.
- Argumentos clave:
- Alianza estructural: La burguesía, ante la saturación de los mercados nacionales, impulsó la expansión imperial aliándose con los sectores marginales ("la chusma"), quienes operaban en los confines del imperio con una brutalidad exenta de constricciones legales.
- Racismo como sustituto de la ley: En las colonias, la ideología de la superioridad racial se erigió en principio rector, suplantando el marco jurídico. Esto creó una ficción de ley "natural" que justificaba la violencia y el exterminio.
- Instrumentalización de la política: La experiencia colonial enseñó que la política podía ser utilizada como un instrumento puro para fines de dominación, al margen de toda moralidad convencional.
- Creación de lo apátrida: La producción masiva de personas sin Estado y refugiados fue una consecuencia de la mentalidad imperial, demostrando la inefectividad de los "derechos humanos" sin la protección de un estado soberano.
- Conclusión arendtiana: El imperialismo exportó y normalizó la violencia política y la ideología racial, erosionando los fundamentos ético-jurídicos de Occidente.
3. Totalitarismo: La Estructura de un Fenómeno Novo
Esta sección constituye el núcleo definitorio de la obra. Arendt caracteriza el régimen totalitario como una forma radicalmente nueva de gobierno.
- Tesis central: El totalitarismo busca el dominio total sobre la naturaleza humana y la transformación de la realidad conforme a una lógica ideológica autocontenida. No es una tiranía que busca perpetuarse en el poder, sino un proyecto de dominación global y permanente.
- Elementos constitutivos:
- Ideología: Entendida no como un conjunto de ideas, sino como una lógica deductiva total que pretende explicar exhaustivamente el pasado, el presente y el futuro. Proporciona una respuesta a todo y justifica cualquier medio para alcanzar su fin teleológico.
- Terror: No es un instrumento transitorio para eliminar opositores, sino el modo de gobierno permanente. Su función es operativizar la ideología, eliminar la espontaneidad humana (libertad) y mover a las masas según las pretendidas leyes de la Naturaleza o la Historia.
- Campos de concentración y exterminio: Son los "laboratorios" donde se prueba el dominio total. Su fin último no era solo el asesinato, sino la destrucción de la individualidad, la moralidad y la agencia, creando seres "superfluos" que confirmaran la premisa ideológica de que ciertas vidas carecen de valor.
- Organización como movimiento permanente: El partido totalitario se estructura como un "movimiento" que suplanta al Estado. Su organización en capas concéntricas ("cebolla") aísla al líder e impide la estabilidad institucional, fomentando una movilización y sospecha constantes.
- Las masas y la soledad: El totalitarismo triunfa en sociedades de masas atomizadas, donde los lazos sociales y políticos se han fracturado. La "soledad" (aislamiento político y desarraigo) hace a los individuos receptivos a la ideología, que les ofrece pertenencia a un movimiento omniexplicativo.
- Conclusión arendtiana: El totalitarismo es la negación de la pluralidad humana, condición fundamental de la política. Busca abolir la libertad y la acción, sometiendo toda realidad a la lógica de una sola ley (Natural o Histórica).
Síntesis de la Obra:
Arendt traza una trayectoria donde la decadencia del Estado-nación (y con él, de la ciudadanía efectiva) permite el ascenso del antisemitismo como fuerza movilizadora. Las prácticas y la mentalidad imperial (racismo, violencia burocratizada) proporcionan las herramientas y el marco conceptual. Finalmente, en el contexto de una sociedad de masas desarraigada, estos elementos cristalizan en la forma totalitaria: un régimen que, mediante la ideología y el terror sistemático, pretende dominar y transformar la propia naturaleza humana.
II.Crítica Metodológica: Narratividad, Montaje y el Problema del Corte Explicativo
El enfoque metodológico de Arendt en Los orígenes del totalitarismo se aleja deliberadamente de la construcción de un sistema filosófico cerrado o de una teoría causal lineal. Su estrategia es fundamentalmente narrativa y de carácter fenomenológico, buscando captar la esencia de una experiencia histórico-política a través de la acumulación de perspectivas, viñetas y paradojas. Sin embargo, este método genera una estructura analítica que puede caracterizarse como pareidólica: las conexiones entre elementos se aceptan en función de una impresión psicológica de familiaridad y de fuerza retórica, más que de una constricción lógica o empírica estricta. En una narración de este tipo, donde todo puede relacionarse con todo en distintos grados de abstracción y analogía, el riesgo es la falta de un criterio determinante para establecer límites explicativos.
Para ilustrar este problema, es útil recurrir a una analogía con la teoría del montaje cinematográfico. Alfred Hitchcock demostró cómo la interpretación de una imagen (por ejemplo, una sonrisa) cambia radicalmente según la imagen que se intercale antes en la secuencia. Una sonrisa tras el plano de una mujer resulta "pícara"; la misma sonrisa, tras el plano de una niña, se lee como "tierna". El montaje crea una conexión causal y emocional entre elementos que, en sí mismos, son neutros o ambiguos. La "realidad" narrativa es una construcción del encadenamiento.
Este fenómeno de "montaje" o "emparedamiento" es trasladable a la construcción de narrativas históricas. Consideremos el intento de asignar una causa principal a un evento complejo, como el inicio de un conflicto internacional. La atribución de responsabilidad ("culpable provisional") varía decisivamente según el punto de la secuencia cronológica en que se realice el corte analítico:
- Un corte en el estallido inmediato señala a un actor.
- Un corte que incluye provocaciones anteriores puede desplazar la culpa.
- Un corte que incorpora dinámicas estructurales de largo plazo (alianzas, ofertas económicas) puede apuntar a un tercero.
El punto no es la veracidad de cada eslabón, sino la demostración de que la elección del punto de corte en la secuencia narrativa determina la atribución de causalidad. El pasado como conjunto de eventos no cambia, pero su interpretación causal sí.
Arendt opera con un método análogo. Su selección de eventos como momentos fundantes o "cristalizadores" parece guiada en ocasiones por su potencia literaria o simbólica más que por un criterio estricto de necesidad histórica. Por ejemplo, sitúa un momento crucial del antisemitismo político moderno en la crisis del Canal de Panamá y el affaire Dreyfus. Sin embargo, cabría preguntar: ¿por qué este es el "momento fundante" y no otros episodios anteriores de similar estructura lógica?
- En el siglo XVII, Quevedo, en La Isla de los Monopantos, ya articulaba una narrativa de los judíos como agentes económicos sin lealtad, vinculados a conspiraciones con potencias enemigas.
- La figura de Rodrigo López, médico de Isabel I ejecutado por traición y cuya historia se cree que inspiró la creación de Shylock en El mercader de Venecia de Shakespeare, ofrece otro "fotograma" potente de acusación y estereotipo perdurable.
- La expulsión de los judíos de España en 1492 representa un "fotograma" anterior de limpieza política y religiosa.
- Etcétera.
Cada uno de estos puntos podría servir, en un montaje narrativo diferente, como origen de una explicación coherente del antisemitismo político moderno. La elección arendtiana puede ser persuasiva, pero el método narrativo-pareidólico no proporciona por sí solo un criterio interno para justificar por qué este corte es más válido o explicativamente más poderoso que otros posibles. El método se autopropulsa por asociaciones analógicas y una sensación subjetiva de pareidolia histórica, más que por la identificación de un cambio de fase endógeno o una ruptura estructural demostrable.
A modo de contraste ilustrativo, considérese el concepto de "biopoder". Una búsqueda de su esencia funcional –el control estatal de la salud y la reproducción poblacional– podría rastrearse en fenómenos históricos muy remotos, como los intercambios matrimoniales entre grupos del Paleolítico para evitar la endogamia. Sin embargo, tal rastreo analógico caería en la misma trampa pareidólica: ver la misma forma en todas partes. La aportación metodológica de Foucault reside precisamente en evitar esta analogía sustancialista. En lugar de ello, realiza una arqueología de tecnologías específicas del saber-poder (la estadística, los archivos, las instituciones de vigilancia). Estas tecnologías, como artefactos históricamente localizables, reconfiguran materialmente el campo de lo posible, modificando la "mesa de juego" misma y la manera en que los agentes de una época pueden concebir su presente y ser gobernados. Esta es una lectura artefactual, que identifica umbrales de transformación en las prácticas en base a la aparición de tecnologías cognitivas concretas, no una lectura pareidólica que proyecta similitudes abstractas a lo largo del tiempo.
Al final, el gran reto metodológico que Arendt no aborda es el de la infradeterminación de la narrativa histórica. Una misma serie de eventos admite múltiples narrativas coherentes, y el método debe ofrecer una brújula interna sólida para elegir entre ellas más allá de la persuasión estética o retórica. Esto nos lleva a la segunda crítica.
III.Crítica Epistemológica: La Definición por Atributos y el Problema de la Individuación Histórica
La estrategia de Arendt para definir fenómenos como los panmovimientos o el totalitarismo es de carácter atributivo. Identifica un conjunto de características (expansión por la expansión, sustitución de la realidad política por la ideología, movilización basada en la comunidad étnica, estructura de movimiento perpetuo) cuya conjunción describiría la esencia del fenómeno. Un examen epistemológico revela, sin embargo, que este método adolece de dos problemas fundamentales que comprometen su capacidad para individuar históricamente lo "nuevo".
1. El Problema de la Vaguedad y el Efecto Forer (Barnum):
La enumeración de atributos, a menudo presentada con un alto grado de generalidad, puede resultar aplicable a una gama de fenómenos históricos más amplia de lo pretendido, diluyendo así la supuesta singularidad del caso. Se puede cuestionar: ¿no comparte el cristianismo primitivo o el sionismo político ciertos rasgos con la definición de un panmovimiento (verdad revelada, comunidad de destino, movilización supranacional)? Asimismo, la caracterización arendtiana del totalitarismo (verdad absoluta, estructura jerárquica piramidal, código de conducta total, narrativa histórica totalizante) es estructuralmente análoga a la de una institución como la Iglesia Católica en el apogeo de su poder temporal y doctrinal.
Esto no implica una equiparación moral o histórica, sino que señala una debilidad epistemológica en el método definitorio. La descripción puede operar como un perfil de Forer: una lista de rasgos lo suficientemente vagos y generales como para ser confirmados por múltiples instancias distintas, gracias a la tendencia cognitiva a encontrar coherencia y validación en afirmaciones amplias. El criterio para distinguir lo "esencialmente nuevo" del totalitarismo de las "similitudes accidentales" con otros fenómenos de control total (como una teocracia) no surge con claridad de la mera acumulación atributiva.
2. El Problema de la Combinación y la Clausura Causal:
Aún si se concede que el totalitarismo posee los atributos X, Y, Z más A, B, C (a diferencia de la tiranía, que solo tendría X, Y, Z), la cuestión epistemológica persiste: ¿por qué esta combinación específica de rasgos constituye un novum radical, y no una mera variante compleja? El argumento arendtiano parece depender de una intuición a posteriori: "nunca antes se había visto esto". Pero esto enfrenta la paradoja de la inducción histórica: la ausencia de un fenómeno en el pasado no garantiza su imposibilidad o su carácter esencialmente diferente en el futuro. Puede ser un cisne negro histórico: una combinación de factores preexistentes que, al converger de un modo inédito, produce un efecto cualitativamente distinto. Sin embargo, la definición por atributos, por sí sola, no puede clausurar la explicación. No demuestra por qué la tupla {X,Y,Z,A,B,C} genera necesariamente el fenómeno Alfa (totalitarismo) y no, con la adición de otros atributos {G,H,I}, un fenómeno Omega diferente pero igualmente "novedoso" que aún no hemos presenciado.
Este dilema tiene raíces filosóficas profundas: si el juicio sobre la novedad es a posteriori, choca con el problema de la inducción (no podemos inferir necesidad de la contingencia). Si es a priori (como una definición conceptual cerrada), cae en la paradoja de la sinonimia o en el esencialismo, desconectándose de la complejidad histórica.
Una Alternativa Epistemológica: El Enfoque Contrafáctico y Artefactual
Frente a la caracterización fenomenológico-atributiva, una historiografía más robusta podría adoptar un enfoque contrafáctico y artefactual. En lugar de preguntar "¿qué es el totalitarismo?", preguntaría: "¿qué pudieron hacer los actores, con qué herramientas (conceptuales, burocráticas, tecnológicas) específicas, dentro de qué campo de posibilidades (el 'tablero de juego' histórico)?" Este enfoque desplaza el centro de la esencia a las capacidades de acción habilitadas por artefactos concretos.
Esta perspectiva no es una simple variante de los enfoques materialistas o historicistas ya existentes, sino una propuesta metodológica original que denominaré enfoque contrafáctico-artefactual. Su premisa central es que la individuación histórica de fenómenos complejos —como el totalitarismo— debe basarse no en la descripción de sus rasgos fenoménicos, sino en la reconstrucción de las capacidades de acción que ciertos artefactos cognitivos, burocráticos o tecnológicos hicieron posibles en un momento dado. En lugar de preguntar “¿qué es esto?”, pregunta: “¿qué pudo hacerse aquí y ahora que antes no era posible, y con qué herramientas?”. El componente contrafáctico radica en explorar explícitamente los márgenes de maniobra que los actores percibían (o podían haber percibido), mientras que el componente artefactual exige identificar los dispositivos concretos —archivos, estadísticas, protocolos, infraestructuras— que reconfiguraron el campo de lo políticamente imaginable y ejecutable.
Un ejemplo histórico ilumina esta diferencia. La decisión de Enrique V en Agincourt (1415) de ejecutar prisioneros franceses no se explica por una ideología totalizante, sino por un cálculo frío en un contexto de riesgo extremo: miedo a un contraataque y a la desproporción numérica. De modo análogo, Tucídides relata la masacre de Melos como un acto de realpolitik ateniense: los fuertes hacen lo que pueden, los débiles sufren lo que deben. No hay una ideología racial, sino una lógica de poder que identifica una amenaza (real o simbólica) y la elimina con los medios disponibles.
Desde esta perspectiva, el Holocausto puede analizarse no primariamente como la manifestación de una ideología racial sin precedentes (aunque ésta fuera su justificación), sino como la ejecución moderna y tecnificada de una lógica antigua: la eliminación física de un grupo percibido como amenaza existencial para la seguridad del poder. Los campos de exterminio serían la herramienta artefactual extrema dentro de un repertorio de opciones, seleccionada en un contexto de paranoia, guerra total y capacidades burocrático-industriales. Esto no "absuelve" ni relativiza, sino que reubica la explicación: del plano de la esencia ideológica al plano de la agencia instrumental dentro de un marco de posibilidades.
La fuerza de Arendt reside en identificar los elementos disponibles en el "tablero" (antisemitismo, imperialismo, sociedad de masas). Su debilidad epistemológica, según esta crítica, radica en que su método atributivo y narrativo no logra articular de manera rigurosa y no-pareidólica las reglas de combinación y el umbral de transformación que convierten esa disponibilidad de piezas en un nuevo juego. Para ello, se requiere una utillería analítica más precisa, capaz de especificar los mecanismos y las condiciones contrafácticas que su enfoque fenomenológico no logra capturar en toda su profundidad.
Y esto, como veremos en la siguiente sección, tiene consecuencias éticas.
IV. Crítica Ético-Ontológica: La Monstruificación y la Evasión de la Agencia. El Mal Atrópico.
La caracterización arendtiana del totalitarismo culmina en una paradoja ético-ontológica significativa. Al definirlo como un sistema que "totaliza toda impresión de la realidad" y que opera según una lógica ideológica autónoma y totalizante, Arendt corre el riesgo de construir una entidad monstruosa – en el sentido etimológico de monstrum, algo que se muestra como una advertencia, pero también como una anomalía que escapa a las categorías normales de comprensión. Esta teratología conceptual, aunque poderosa como imagen, introduce un problema fundamental para la atribución de responsabilidad moral y política.
La descripción arendtiana puede interpretarse como la pintura de un "Mal Atrópico" (del griego *a-* privativa y tropos, ‘incentivo’ o ‘giro’): un mal que no se mueve por incentivos pragmáticos, ni siquiera por la autoconservación o el placer perverso, sino que se autopropulsa según una lógica cerrada. Su lógica interna no es la de la contradicción pragmática, sino la de una coherencia sacrificial o nihilista que se sostiene a sí misma. Al imaginar que, a partir de un momento liminar (como la llegada de Hitler al poder), Alemania entra en un "Horizonte de Sucesos" totalitario – una suerte de singularidad política donde todo lo que acontece es producto de su lógica interna e inexorable –, Arendt efectivamente coloniza la agencia histórica concreta con una fuerza impersonal y omniabarcante.
Este proceso de monstruificación tiene una consecuencia ética corrosiva: la exoneración por ininteligibilidad. Para ilustrar este punto, considérense dos analogías:
- Los Juicios Medievales a Animales: Como documenta Jason Hribal en Fear of the Animal Planet, en la Europa medieval se juzgaba formalmente a animales (cerdos, lobos, ratas) por daños o asesinatos. La lógica subyacente era atribuirles una agencia moral comparable a la humana. Sin embargo, la defensa exitosa en estos casos a menudo consistía en demostrar precisamente lo contrario: que el animal actuaba por instinto ciego, fuera del ámbito de la ley y la intencionalidad humana (como el abogado que argumentó que las ratas, dispersas por el campo, no podían ser notificadas de la citación judicial). Monstruificar a un agente (convertirlo en una bestia o en una fuerza de la naturaleza) puede ser la antesala de declararlo no imputable. Un lobo no es juzgable; un hombre convertido en licántropo, tampoco.
- La Colonia de Hormigas de Putnam: En un experimento mental, una colonia de hormigas, guiada únicamente por sus feromonas y comportamientos instintivos, traza accidentalmente en la arena una figura reconocible como Winston Churchill. ¿Podríamos acusar a la colonia de apología a un genocida? Evidentemente, no. Su "Horizonte de Sucesos" – el mundo fenoménico y causal en el que existen – es radicalmente ajeno al nuestro. Carecen de la intencionalidad y la comprensión necesarias para que sus actos tengan significado moral en nuestro marco de referencia.
El riesgo de la construcción arendtiana es que, al llevar al extremo la novedad y la lógica autorreferencial del totalitarismo, lo coloca en una posición análoga a la de la colonia de hormigas o el animal juzgado: dentro de su propio "Horizonte de Sucesos" ideológico, sus actos son coherentes y necesarios. Si su maldad es "atrópica" y su realidad está totalmente mediada por una ideología que lo explica todo, entonces ¿sobre qué base podemos pedirle responsabilidades? ¿No sería como "echar fuego a una colonia de hormigas que hace propaganda de genocidas" – un acto de indignación pareidólica, proyectada sobre un proceso carente de la intencionalidad que hace que nuestra indignación sea moralmente pertinente?
La paradoja final es que, al intentar captar la magnitud del horror, el marco arendtiano podría absolverlo de su vileza específicamente humana al convertirlo en un fenómeno casi natural, una fuerza telúrica o un agujero negro político que simplemente "sucede" y del que no se puede exigir cuentas. Para reivindicar la indignidad del totalitarismo y la responsabilidad de sus perpetradores, es necesario, por tanto, recuperar su agencia ideológica como una representación de la realidad que, por muy distorsionada que fuera, no era omniabarcante. Debemos insistir en que sus actores, desde el líder hasta el burócrata, operaban en un mundo compartido, donde alternativas, conocimientos parciales y márgenes de acción – por estrechos que fueran – existían. Sólo negando que el totalitarismo estableciera un "Horizonte de Sucesos" del que era imposible escapar, y reafirmando que sus agentes podían, en algún nivel, entender y elegir, podemos pedirles responsabilidades morales y políticas. De lo contrario, los convertimos en monstruos o en fenómenos naturales, y en ambos casos, les concedemos la exoneración de lo que está más allá del juicio.
V. Conclusión
El análisis crítico desplegado revela que la potencia y la debilidad de Los orígenes del totalitarismo son dos caras de una misma moneda metodológica. La fuerza visionaria de Hannah Arendt reside en su capacidad para trazar conexiones profundas entre fenómenos aparentemente dispersos –el antisemitismo político, la lógica imperial, la sociedad de masas– y sintetizarlos en una anatomía del horror moderno. Su concepto de "cristalización" y su descripción del terror como esencia del régimen constituyen aportaciones reseñables.
Sin embargo, una evaluación inmanente y rigurosa expone las tensiones internas de este edificio conceptual. En el plano metodológico, su aproximación narrativa y fenomenológica, próxima a una "historia pareidólica", carece de un criterio interno sólido para justificar sus cortes explicativos, dejando la estructura causal infradeterminada por la fuerza retórica y la asociación analógica. En el plano epistemológico, su estrategia definitoria por atributos corre el riesgo del efecto Forer, generando descripciones tan generales que diluyen la pretendida singularidad del totalitarismo y enfrentan la paradoja de la inducción histórica. Finalmente, en el plano ético-ontológico, su énfasis en la lógica autónoma y totalizante del fenómeno conduce a una paradoja peligrosa: la monstruificación del totalitarismo como un "Mal Atrópico" dentro de su propio "Horizonte de Sucesos" amenaza con exonerarlo por ininteligibilidad, suspendiendo la posibilidad misma del juicio moral y político al situar sus actos fuera del marco de la agencia humana compartida.
En conjunto, estas críticas pretenden sino señalar que la ambición del proyecto arendtiano choca con los límites inherentes a su instrumental metodológico. Arendt identifica las piezas del tablero, pero su método no logra articular de manera plenamente convincente las reglas del juego que las combinó en una forma nueva y letal. Para avanzar más allá de este punto, es necesario complementar su intuición fenomenológica con una utillería analítica más precisa –de corte contrafáctico y artefactual– que, sin renunciar a la profundidad, permita especificar mecanismos, umbrales de transformación y, sobre todo, preservar la agencia y la responsabilidad en el corazón mismo de la explicación histórica. Sólo así se podrá honrar la magnitud del desastre sin absolverlo de su específica, y por tanto juzgable, vileza humana.
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