Monismo Infinitesimal: Identidad como límite procedimental en campos continuos

 Abstract


Este trabajo propone el Monismo Infinitesimal como solución metafísica al problema de la identidad que surge tras la constatación de la subdeterminación semántica (Quine) y los límites de la fundamentación finita (Gödel-Chaitin). Frente a la inescrutabilidad de la referencia, argumentamos que la realidad no está compuesta de objetos discretos, sino que constituye un campo continuo isomorfo a la densidad algorítmicamente irreductible del número Ω de Chaitin: una pluralidad infinita actual donde las identidades (de fronteras, conceptos o hechos científicos) emergen como límites impredicativos mediante procedimientos iterativos de discriminación. Formalizamos esta ontología mediante un juego de elección en el continuo (JDR-C), mostrando cómo la determinación es inherentemente relacional, procedimental y asintótica. Aplicamos el marco a la ontología social y la filosofía del lenguaje, demostrando su potencia unificadora. Concluimos proponiendo un realismo procesual de campos que, superando el reduccionismo materialista, el emergentismo trivial y la aporía kantiana, vindica la realidad constrictora del mundo a través de la convergencia regulada de nuestras prácticas de determinación.


Palabras clave: identidad, referencia, subdeterminación, ontología del continuo, límite impredicativo, procedimiento, realismo procesual, metafísica poscrítica, Quine, Wittgenstein, Monismo Infinitesimal, Gregory Chaitin, número Omega, incompletitud gödeliana, información algorítmica.



1. Introducción: El problema de la fijación de la referencia después de la subdeterminación


El problema clásico de la inescrutabilidad de la referencia, ejemplificado por el célebre caso de "gavagai" de Quine, expone una fisura fundamental en nuestra comprensión del lenguaje. Ante el estímulo de un conejo que pasa, el término "gavagai" podría significar, con igual coherencia con toda evidencia conductual, conejo, etapa temporal de conejo, parte no separada de conejo o incluso la instanciación de la conejidad. La indeterminación no se resuelve apelando a más estímulos; es radical. Esta inescrutabilidad no es un artefacto lingüístico exótico, sino el síntoma de una condición estructural: el lenguaje simbólico subdetermina lo empírico. Las palabras, en su abstracción constitutiva, nunca se acoplan de manera unívoca e isomórfica a la particularidad del mundo, salvo en el hipotético caso de un lenguaje privado y perfecto, una fantasía satirizada ya por Swift.

De esta subdeterminación semántica se sigue una consecuencia ontológica inmediata: la imposibilidad de la definición ostensiva pura. No podemos, mediante el mero señalamiento, fijar la referencia de un término de modo definitivo, pues el acto de señalar está a su vez sujeto a infinitas interpretaciones (¿señalo el objeto, su forma, su material, su ubicación presente?). El intento de anclar el significado directamente en la materia —pintar los átomos de una frontera, tocar la esencia de "gavagai"— está condenado al fracaso. Lo que este fracaso revela no es una limitación práctica, sino una brecha categorial entre el orden simbólico, discreto y general, y el orden empírico, continuo y particular.

Esta brecha nos confronta con una pregunta metafísica apremiante, que trasciende el ámbito de la filosofía del lenguaje para adentrarse en el de la ontología fundamental: si no podemos señalar la esencia material de un objeto —ya sea una frontera nacional, un concepto abstracto como la "inteligencia" o un referente natural—, ¿en qué consiste, entonces, su identidad? ¿Qué es lo que hace de Francia el mismo país a través de los siglos, a pesar de los cambios en su territorio y población? ¿Qué permite que el concepto "democracia" mantenga una identidad reconocible a través de sus diversas y a veces contradictorias instanciaciones históricas?

La tesis central de este trabajo es que la identidad de un objeto de discurso, una vez abandonado el modelo reduccionista y ostensivo, debe comprenderse como un límite impredicativo constituido por procedimientos en un dominio continuo. Sostenemos que los objetos a los que referimos no son entidades preexistentes y discretas que nuestro lenguaje simplemente etiqueta, sino puntos de determinación que emergen como el resultado estable de operaciones iterativas de discriminación aplicadas sobre un fondo continuo —sea este el espacio geográfico, el campo de las experiencias sensibles o el espectro de las posibilidades semánticas—. La identidad, en otras palabras, no es un dato que se descubre, sino un logro procedimental que se converge.

En lo que sigue, desarrollaremos esta ontología del continuo. Primero, conectaremos esta problemática con la epistemología de la ausencia desarrollada en el Realismo Convergente Regulativo, mostrando una isomorfía estructural. Luego, formalizaremos el núcleo del argumento mediante el Juego del Continuo (JDR-C). A partir de aquí, introduciremos la tesis central del trabajo: el Monismo Infinitesimal, donde el campo continuo se revela isomorfo a la densidad irreductible del número Ω de Chaitin. Procederemos a aplicar este marco a dos dominios ejemplares: la ontología de objetos sociales (fronteras) y la dinámica de la determinación conceptual. Finalmente, extraeremos las consecuencias metafísicas de este enfoque, argumentando que nos compromete con un realismo procesual de campos, una vía media rigurosa entre el reduccionismo materialista, el emergentismo trivial y la aporía kantiana.



2. De la epistemología de la ausencia a la ontología del continuo



El Realismo Convergente Regulativo (RCR) (Meda, 2025) ofrece una respuesta a la paradoja epistemológica clásica: cómo una secuencia finita de observaciones negativas –una ausencia de evidencia– puede transformarse legítimamente en un compromiso con una ausencia real. Su núcleo es la formalización del «torque estadístico»: la aplicación iterada y creciente de rigor metodológico (muestreo, control, precisión) que, bajo ciertos axiomas de convergencia, permite tratar la proposición «λ* = 0» –la inexistencia o no-ocurrencia de un fenómeno– no como un dato observable, sino como el límite impredicativo hacia el cual converge una sucesión monótona de cotas superiores (λ). La verdad de la ausencia no se descubre de manera ostensiva; se constituye como el punto fijo teleológico de un proceso de investigación regulado.

Esta epistemología de la ausencia descansa, sin embargo, en una presuposición ontológica crucial: que el espacio de posibilidades sobre el que opera el torque estadístico posee una estructura tal que admite convergencia. Dicho de otro modo, presupone que el parámetro λ* es un límite bien definido, no un fantasma metafísico. La justificación última del RCR, por tanto, exige trascender el plano puramente inferencial y preguntar: ¿qué tipo de realidad –qué estructura ontológica– hace posible que un proceso de aproximación sucesiva determine de manera única un resultado, aun cuando ese resultado nunca pueda ser señalado de antemano?

La respuesta se encuentra en la transición de una epistemología de la ausencia a una ontología del continuo. Existe una isomorfía estructural profunda entre la lógica del RCR y la naturaleza de la identidad en dominios densos o continuos. Lo que el torque estadístico es para la ausencia (evidencia de ausencia como límite de una sucesión), el operador de «cortadura conceptual» lo es para la presencia (identidad de un objeto como límite de un proceso de discriminación).

En el RCR, el torque (τ) actúa sobre un espacio de hipótesis para producir una sucesión encajada de intervalos (Λ) que converge a un valor real λ*. En la ontología del continuo, el sistema cognitivo y lingüístico aplica sucesivas «cortaduras» –distinciones, clasificaciones, mediciones– sobre un campo fenomenológico o semántico continuo. Cada cortadura aumenta la «resolución» de la discriminación, reduciendo el espacio de lo indeterminado (lo «inconmensurable») e instanciando distinciones más finas. La identidad estable de un objeto (una frontera, un referente, un concepto) no es el punto de partida de este proceso, sino su término regulativo: el límite relacional que emerge cuando la densidad de cortaduras satura el espacio de posibilidades, haciendo inevitable una determinación única.

Así, el torque estadístico y la cortadura conceptual son manifestaciones de un mismo principio metafísico: la determinación como fenómeno asintótico y procedimental. Ambos operan en espacios donde la relación parte/todo no es discreta, sino densa (entre dos puntos, siempre hay un tercero). Ambos renuncian a la definición ostensiva (señalar la esencia) y la sustituyen por la definición por convergencia (constituir el límite). Esta isomorfía no es una coincidencia, sino la clave para un realismo posterior al reduccionismo: un realismo que no se funda en átomos de sustancia, sino en la estructura dinámica de los campos y los procesos que, bajo constricciones iterativas, generan puntos fijos de referencia. La ausencia científica y la presencia cotidiana comparten, pues, un mismo molde ontológico: el del límite constituido por el procedimiento que lo apunta.



3. El juego del continuo: formalización de la identidad como límite relacional



El núcleo de nuestra propuesta ontológica puede ser capturado mediante una analogía formal precisa: un juego de elección en el dominio de los números reales. Esta analogía no es meramente ilustrativa; proporciona un modelo minimalista que revela la estructura lógica de la determinación de identidades en dominios continuos, exponiendo así los límites de la definición ostensiva y la naturaleza procedimental de la referencia.


3.1. Exposición del “juego del continuo”

Consideremos el siguiente juego, denominado Juego de la Determinación Relacional (JDR):


  1. Un árbitro (A) selecciona y anuncia un número real inicial, r0.


  1. Dos jugadores, J1 y J2, deben, en secreto y de manera simultánea, elegir un número real mayor que r0. Sus elecciones son x e y, respectivamente.


  1. Se comparan x e y. El jugador que haya elegido el número menor (pero aún mayor que r0) es declarado ganador. La regla de determinación es perfectamente clara: dado el conjunto de elecciones {x, y}, el ganador es aquel cuyo número sea el mínimo.


La elección del dominio numérico es lo que confiere al juego su poder analítico. Distinguimos dos modalidades fundamentales:


  • JDR en Dominio Discreto (JDR-D): Se restringe a los números naturales (N). Si r0 = 5, la estrategia ganadora es única y predicable: elegir 6. El ganador puede ser señalado antes de que el juego se ejecute. La identidad del ganador (el número 6) es ostensible y predicativa; existe como un objeto completo independientemente del proceso de jugar.


  • JDR en Dominio Continuo (JDR-C): Se juega en los números reales (R). Aquí, la lógica del juego sufre una mutación ontológica. Sabemos con certeza lógica que habrá un ganador, pues R es un orden total: para todo par de números reales distintos, uno es necesariamente menor que el otro. Sin embargo, su identidad concreta se vuelve radicalmente inostensible. No podemos nombrar, escribir o señalar de antemano el número ganador. Cualquier candidato propuesto c puede ser superado por otro número c' tal que r0 < c' < c (por ejemplo, tomando el punto medio: c' = (r0 + c)/2 ).


3.2. Dominios discretos vs. continuos: dos regímenes de identidad


Esta dicotomía formaliza dos regímenes ontológicos y semánticos irreductibles:

Dominio Discreto (ej.: números naturales N)

  • Naturaleza de la identidad: Predicativa / Sustancial. Los objetos son individuos separados por brechas. Su identidad es intrínseca y previa a la relación.
  • Definición: Ostensible. Un objeto puede ser señalado de manera única e inequívoca (señalar el "6").
  • Existencia del referente: Independiente del acto de referencia.
  • Metáfora: Un mosaico de teselas.


Dominio Continuo (ej.: números reales R, el mundo empírico, el espacio semántico)

  • Naturaleza de la identidad: Impredicativa / Relacional. Los objetos son posiciones o límites en un campo denso. Su identidad es constitutivamente relacional.
  • Definición: Procedimental. Solo puede ser determinado como el resultado de un acto de comparación, medición o cortadura.
  • Existencia del referente: Emergente del acto de determinación dentro del sistema de reglas.
  • Metáfora: Un gradiente de color, un continuum geométrico.


El mundo de la experiencia y del significado no se asemeja al mosaico discreto, sino al gradiente continuo. Entre cualquier dos puntos de color hay un tercero; entre cualquier dos interpretaciones de "gavagai", hay matices intermedios; entre cualquier dos trazados fronterizos posibles, hay una infinidad de líneas.


3.3. El “número ganador” como análogo formal de la identidad


En el JDR-C, el número ganador g = mínimo{x, y} es el análogo perfecto de una identidad determinada (el referente de "gavagai", la frontera de Francia, el significado de "justicia").

  1. Existe y es único: Está garantizado por la estructura del dominio (el orden total de R) y la regla del juego. No hay ambigüedad ex post.
  2. Es inostensible ex ante: No hay manera de exhibirlo antes de la ejecución del juego. Cualquier descripción finita que intentara fijarlo sería superada por otra.
  3. Es relacional y procedimental: Su ser como ganador no reside en una propiedad intrínseca del número en sí (el valor g podría ser cualquier real mayor que r0), sino exclusivamente en su posición relacional dentro del conjunto ordenado de elecciones, posición establecida por la ejecución de la regla de comparación.

Así, la identidad no es el "número en sí" (un hecho bruto), sino la posición de ser-el-menor-dentro-de-este-conjunto-específico-de-opciones. Esta posición es un límite relacional.


3.4. Formalización: identidad como punto fijo de un operador de discriminación


Podemos generalizar la lógica del JDR-C a una formalización más amplia. Sea:

  • C: Un campo o dominio continuo (el espacio geofísico, el espacio de similitudes semánticas, el devenir material).
  • P: Un procedimiento o operador de discriminación (una regla de comparación, un tratado fronterizo, un criterio de clasificación conceptual).
  • I_n: Una instanciación o aplicación concreta del procedimiento P a un subconjunto de C (una medición, una elección en el juego, una sentencia judicial).

La identidad de un objeto O en C se define entonces como el límite L hacia el cual converge la sucesión de instanciaciones I1, I2, I3,… bajo iteraciones de P, cuando estas son monótonas y consistentes.

O_identidad = L = límite (cuando n tiende a infinito) de I_n, sujeto a P.

Este límite L es un punto fijo impredicativo: se define en términos de la totalidad de la sucesión que tiende hacia él. Es análogo al número ganador, que solo se define una vez ejecutado el juego (aplicado el procedimiento de comparación). En la práctica científica, P es el método experimental (torque estadístico) y L es el parámetro real λ* (por ejemplo, riesgo = 0). En la ontología social, P es el conjunto de prácticas y acuerdos (cortaduras jurídicas, actos de habla) y L es la frontera estabilizada. En la semántica, P es el ajuste iterativo de criterios de aplicación (métrica de cortaduras) y L es la determinación progresiva del concepto.

Esta formalización captura la esencia de la propuesta: la identidad es un fenómeno de segundo orden. No es un constituyente primitivo del campo C, sino una propiedad emergente de la estructura relacional que el procedimiento P proyecta sobre C a través de sus iteraciones. El "objeto" es el polo de atracción de un proceso de determinación, no su premisa. De este modo, el juego del continuo desmonta la ilusión de la ostensión pura y revela la arquitectura procedimental, relacional y asintótica sobre la que se construye nuestro mundo de referentes estables.



4. Monismo Infinitesimal: Gödel, Chaitin y la génesis lógica de la cortadura



La ontología del continuo sostiene que el campo base carece de divisiones intrínsecas; su estructura es densa y relacional. El JDR-C, sin embargo, parece presuponer precisamente lo que pretende explicar: la existencia de agentes discretos (J1, J2) capaces de realizar una operación discreta (elegir un número real específico x). Esto genera una paradoja de circularidad o de regreso al infinito en el nivel agencial:

Si la identidad de todo objeto (incluido un agente) es un límite procedimental en un continuo entonces, para que exista un procedimiento (el juego), se requieren agentes ya constituidos (los jugadores).

Pero los agentes, a su vez, según la tesis, deberían ser el resultado de otros procedimientos (biológicos, sociales).

Esto parece conducir a un regreso infinito de juegos que requieren jugadores previos, o a una circularidad en la que el juego se presupone a sí mismo.

En otras palabras: ¿de dónde surge la primera cortadura en un campo puramente continuo? Si el campo es indiferenciado, ¿qué dentro de él puede ejercer la función de "cortar"? La elección discreta en el JDR-C parece introducir por la puerta trasera una discontinuidad agencial originaria que la ontología del continuo niega a nivel fundamental.

Esta objeción sobre el origen de la cortadura en un campo continuo nos obliga a descender al nivel más fundamental de toda determinación: el nivel lógico-matemático de lo decible, lo computable y lo fundable. La respuesta no se encuentra en la física de sistemas complejos, sino en una constricción metafísica previa revelada por los teoremas de limitación del siglo XX: no existe un fundamento finito, completo y autosuficiente. Esto nos conduce finalmente a la propuesta de un Monismo Infinitesimal, donde la realidad del campo continuo y la posibilidad misma de la determinación se sostienen en una estructura de complejidad irreducible e infinita en acto.


4.1. La lección de Gödel-Chaitin: Contra el cierre axiomático finito


El teorema de incompletitud de Gödel y, de manera aún más radical, el número Omega (Ω) de Chaitin, exponen el núcleo del problema. Chaitin demostró que Ω –la probabilidad de que un programa aleatorio se detenga– es un número real definido con precisión, cuyos dígitos en binario forman una secuencia algorítmicamente aleatoria e incompresible. La consecuencia ontológica es devastadora para cualquier proyecto de fundamentación discreta y finita:


  • Irreductibilidad infinita: No existe un sistema finito de axiomas (como ZFC) que pueda determinar todos los bits de Ω. Para conocer el bit N-ésimo, podríamos necesitar añadir precisamente ese bit como un nuevo axioma. El conocimiento completo de Ω exigiría un sistema axiomático infinito, donde cada bit de verdad es, en sí mismo, un axioma irreductible.


  • Interpretación dinámica de Gödel: La lección no es que haya verdades para siempre inalcanzables, sino que el conocimiento matemático es un proceso de expansión axiomática potencialmente infinito. No hay un "sistema final" que agote lo real matemático. Cada determinación (cada bit conocido) exige y reconstituye una ampliación del marco de lo decible.


4.2. El campo continuo como análogo ontológico de Omega


Esta estructura lógica es el isomorfismo más profundo de nuestra ontología. El campo continuo (C) es al orden ontológico lo que Omega (Ω) es al orden lógico-matemático:

  • Es perfectamente definido (existe como totalidad).
  • Es incompresible e irreductible en su densidad: no puede ser generado por un conjunto finito de reglas a partir de elementos discretos previos.
  • Cualquier "cortadura" que establezcamos en él –cualquier determinación de un límite, una identidad, un valor x– es análoga a fijar un bit de Omega. Es un axioma local, una decisión irreductible que no se deduce totalmente del campo, sino que se extrae de él mediante un acto de discriminación que, a su vez, modifica el sistema desde el cual se opera.

La elección del número x en el JDR-C deja de ser una misteriosa "discontinuidad agencial" introducida desde fuera. Es la instanciación mínima y necesaria de este principio de irreductibilidad. No hay un "jugador" previo y totalmente constituido que elija, más bien, el acto mismo de elección es el evento primordial que constituye al jugador como un nodo de determinación en la red. La capacidad de "cortar" no precede al campo sino que es la propiedad emergente de que el campo es, en sí mismo, un continuo del cual pueden extraerse –pero no deducirse completamente– determinaciones discretas.


4.3. Monismo Infinitesimal: La única sustancia es la densidad irreductible


Por tanto, respondemos a la paradoja con una tesis metafísica más radical: el Monismo Infinitesimal.


  • Monismo: Sólo hay una sustancia: el campo continuo de variación pura (el devenir, lo real pre-determinado).


  • Infinitesimal: Esta sustancia no está compuesta de átomos o partes últimas. Su estructura es la de una densidad o pluralidad infinita actual, análoga a la secuencia de bits de Ω. No es un todo homogéneo, sino un gradiente de singularidades potenciales, donde cada punto es un límite potencial y toda determinación es un proceso de actualización de una de estas singularidades.


  • La génesis de la cortadura: La "primera cortadura" no es un evento temporal en un vacío. Es la condición lógica de posibilidad de cualquier acceso a lo real. Ocurre siempre y en todas partes donde el campo es "sondeado" por cualquier forma de interacción, medición o distinción. El jugador J1 y su elección x no son previos al juego, antes bien, son abstracciones de un momento en el flujo del campo donde una constelación de relaciones alcanza una estabilidad suficiente para fijar un valor y, al hacerlo, se constituye a sí misma como un "sistema" diferenciado. Es un punto fijo que emerge de la dinámica iterativa del campo consigo mismo.


4.4. Consecuencia: Nuestros sistemas finitos como "métricas de cortadura" en lo infinito


Esto ilumina el estatus de nuestros "procedimientos" (torque, cortaduras conceptuales, leyes):


    • Son sistemas finitos de axiomas locales que proyectamos sobre el campo continuo/infinito (Ω-ontológico).


    • Su poder y su límite es el mismo: pueden determinar (fijar bits, establecer límites) sólo hasta un umbral de complejidad, más allá del cual requieren expansión.


    • La convergencia de la que habla el RCR y la ontología del continuo no es la convergencia a una verdad finita y estática. Es la convergencia asintótica de nuestro sistema siempre finito de cortaduras hacia una adecuación cada vez mayor con la estructura irreductiblemente infinita del campo. Es un proceso de "aumento de resolución" que, como el conocimiento de Ω, exige la continua y potencialmente infinita ampliación de nuestro aparato determinante.


Conclusión de la sección: La paradoja del origen se disuelve cuando entendemos que la "cortadura" no tiene un origen temporal en un mundo de objetos. Es la modalidad misma de existencia de lo finito en lo infinito. Somos –nuestras mentes, nuestras sociedades, nuestras ciencias– patrones de determinación finita, sistemas de cortadura en acto, nadando en y extrayendo nuestra identidad de un océano ontológico que es, como Omega, definido, denso e irreductiblemente infinito: Lo Real. El realismo procesual de campos se revela así como un realismo de la incompletitud fundacional: la realidad no está hecha de cosas, sino de un flujo cuya única "sustancia" es la potencialidad infinita de ser determinada, una potencialidad que se actualiza –se hace bit, se hace límite, se hace objeto– en el acto mismo de la discriminación procedimental. Jugar el JDR-C no es una anomalía: es el microcosmos de cómo lo finito habita y explora lo infinito.



5. Aplicación 1: Ontología de objetos sociales y geográficos (las fronteras)



La teoría de la identidad como límite procedimental en un continuo encuentra una de sus aplicaciones más claras y contundentes en el análisis de los objetos sociales y geográficos, siendo el caso paradigmático el de las fronteras nacionales. Este dominio revela con particular crudeza la insuficiencia de las ontologías sustancialistas y la necesidad de adoptar un marco relacional y procesual.


5.1. Crítica al reduccionismo materialista: la quimera de los "átomos del límite"


Una ontología reduccionista de corte materialista enfrentaría la proposición "la frontera entre Francia y España existe" intentando identificar su referente con un conjunto discreto de entidades físicas: los hitos fronterizos, una alambrada, el curso de un río, o incluso —en un ejercicio de reducción extrema— la colección específica de átomos que, en un instante t, ocupan la línea imaginaria del límite. Este intento fracasa por una doble vía.

Primero, por contingencia y perecibilidad: cualquier configuración material concreta es accidental y transitoria. Un hito puede ser desplazado, un río puede cambiar su cauce, los átomos en cuestión están en flujo constante. Si la identidad de la frontera dependiera de su composición material momentánea, se disolvería con cada cambio físico, por mínimo que fuera. Segundo, y más decisivo, por un error categorial: el conjunto físico, por estable que sea, no es la frontera. Es su marcación o representación contingente. La objeción "pero la frontera está ahí, en ese río" confunde el soporte físico con la función institucional. El río no es la frontera, antes bien, es el sustrato geofísico al que, mediante un acto de estipulación (un tratado), se le asigna la función de servir como delimitador.

Este fracaso señala que la frontera no pertenece al orden de los objetos físicos, vale decir, ostensivos, sino al de los límites relacionales constituidos por procedimientos.


5.2. La frontera como límite relacional emergente


¿Qué es, entonces, una frontera? Según nuestra ontología del continuo, es un límite impredicativo que emerge de la aplicación iterada y estabilizada de un procedimiento jurídico-político a un campo continuo geofísico.

El campo continuo es el territorio en sí: un continuum de materia, topografía y espacio que no contiene divisiones intrínsecas. El procedimiento es el conjunto de reglas, tratados, actos cartográficos y prácticas administrativas que establecen: "a partir de este conjunto de criterios (cumbres, ríos, coordenadas), se traza una línea de separación entre jurisdicciones". Este procedimiento no descubre una frontera preexistente; la instituye al proyectar una función de demarcación sobre el continuo.

La identidad de la frontera —su ser esta frontera y no otra— no reside, por tanto, en un sustrato material, sino en su posición relacional única dentro de una red normativa e histórica. Es análoga al "número ganador" en el juego del continuo: su determinación es el resultado necesario de aplicar unas reglas (los tratados, la geometría geodésica) a un espacio de posibilidades (el territorio). Es real, constriñe la acción (determina aduanas, jurisdicción), pero no es un objeto que pueda señalarse con independencia del juego procedimental que la define.


5.3. Las coordenadas GPS como índices en un proceso dinámico


Esta naturaleza procesual se manifiesta en la tecnología misma que usamos para localizar fronteras: el sistema de coordenadas GPS. Un par de coordenadas (latitud, longitud) que define un punto fronterizo no describe una esencia espacial eterna. Es un índice dentro de un marco de referencia geodésico (como WGS84), que a su vez es una construcción matemática y convencional ajustada a las mediciones de un planeta dinámico.

La Tierra no es una esfera estática. Su forma y orientación cambian (movimiento tectónico, deriva polar, subducción). Los marcos de referencia geodésicos deben ser actualizados periódicamente. Así, las coordenadas de un mismo punto físico pueden variar ligeramente entre distintas "épocas" del marco. Esto revela que las coordenadas no fijan una identidad espacial absoluta, sino que indexan una posición dentro de un proceso continuo de estabilización métrica. Son herramientas para seguir la pista a un límite relacional a través del tiempo y el cambio material, no para capturar su esencia inmutable.


5.4. Consecuencia metafísica: Del objeto al campo y la función


El caso de las fronteras conduce a una consecuencia metafísica radical que resuena con nuestra tesis central: lo "material" fundamental no son los objetos discretos, sino el campo continuo sobre el que proyectamos funciones de identidad.

Lo que existe de modo primario no es "Francia" como un objeto, sino:


  1. Un campo continuo: el flujo de materia, energía y espacio-tiempo en una región del planeta.


  1. Un procedimiento de discriminación: el complejo histórico, jurídico y cartográfico que establece una función de delimitación ("dentro/fuera", "nacional/extranjero").


  1. Un límite estabilizado: la frontera, que es el valor resultante de aplicar (2) a (1), y que se mantiene en el tiempo mediante la repetición ritual, administrativa y coercitiva del procedimiento.


La frontera es, por tanto, un patrón de estabilidad funcional en el continuo, no una cosa. Su realidad es innegable (tiene efectos causales: detiene a un viajero, obliga a un pago), pero es de un orden distinto al de las rocas y los ríos que, contingentemente, la materializan. Es un límite relacional en un juego de soberanía, cuyo tablero es el continuo geofísico y cuyas reglas son los procedimientos jurídico-políticos.

Esta aplicación no solo ilumina la naturaleza de los objetos sociales, sino que valida la potencia explicativa de la ontología del continuo. Muestra cómo entidades que parecen paradigmáticamente "sólidas" y "objetivas" son, en rigor, logros de determinación procedimental dentro de un dominio que, en sí mismo, carece de esas divisiones. La frontera es un ejemplo perfecto de cómo "lo material" no da agarre a la identidad, todo lo contrairo, es el procedimiento iterado el que, como un torque aplicado al continuo, produce el límite estable al que llamamos realidad.



6. Aplicación 2: Semántica y filosofía del lenguaje (la determinación conceptual)



Si la ontología de las fronteras mostraba cómo se constituyen los objetos sociales, el dominio del significado nos enfrenta a un problema más íntimo y fundamental: ¿cómo se fijan los límites de nuestros conceptos? Aquí, la teoría del continuo y el límite procedimental ofrece una salida poderosa a una aporía clásica: el problema de la vaguedad y la naturaleza de la "familiaridad" conceptual.


6.1. El problema de la vaguedad y el callejón sin salida de los "parecidos de familia"


Ludwig Wittgenstein, en sus Investigaciones Filosóficas, desmontó la idea de que los conceptos se definen por un conjunto de condiciones necesarias y suficientes. Tomemos el concepto "juego". No hay una esencia común a todos los juegos (competición, diversión, reglas). En su lugar, encontramos un complejo entramado de "parecidos de familia": el ajedrez se parece al póker en que tiene reglas estrictas; el póker se parece a una carrera de relevos en que hay competición; la carrera se parece al "juego" de un niño con una pelota en que hay actividad física. No hay un hilo único que una todo, sino una red de similitudes que se superponen y entrecruzan.

La solución wittgensteiniana es elegante, pero encierra una paradoja explicativa. Al afirmar que lo que guía el uso correcto es la "familiaridad" con la práctica lingüística, Wittgenstein describe el fenómeno, pero asume el costo de inexplicarlo. Si un aprendiz pregunta "¿por qué esto cuenta como juego y aquello no?", responder "por familiaridad" es, en el fondo, decir "porque así se usa". Esto traslada la carga explicativa a una suerte de je ne sais quoi comunitario, a un primitivo intuitivo que, en sí mismo, queda fuera del análisis. La "familiaridad" se convierte en un punto final de la explicación, no en su punto de partida. Nos deja, por así decirlo, contemplando la red de parecidos sin entender la lógica de su tejido.


6.2. La "métrica de cortaduras": Un modelo procedimental de la determinación


Frente a este callejón, proponemos un modelo constructivo: el espacio semántico de un concepto (como "juego", "belleza" o "libro bueno") no es un conjunto discreto de casos, sino un continuo de semejanza. En este continuo, los casos no están claramente etiquetados como "dentro" o "fuera"; ocupan posiciones con gradientes de proximidad a un núcleo prototípico y entre sí.

Nuestro acceso a este continuo es siempre mediado por lo que llamaremos una "métrica de cortaduras": un esquema de clasificación que impone divisiones discretas sobre el campo continuo de lo similar. El ejemplo de una biblioteca es útil para ilustrar esta progresión:


  • Cortadura binaria (N=2): "Pulgar arriba" / "Pulgar abajo". Esta es la métrica de resolución más baja. Forzamos una decisión drástica sobre un continuo de valoración. Muchos libros quedan en un limbo de inconmensurabilidad: no son claramente buenos ni claramente malos. La frontera entre las dos categorías es ancha y porosa.


  • Cortadura de cinco niveles (N=5): El sistema de "estrellas". Al introducir más cortaduras (entre 1 y 2, entre 2 y 3, etc.), logramos varios efectos:


    1. Reducimos la zona de inconmensurabilidad. Algunos libros que antes flotaban en el limbo binario ahora encuentran un hueco (quizás "2 estrellas").


    1. Aumentamos la resolución interna. Dos libros que antes eran ambos "pulgar arriba" ahora se distinguen: uno es de 3 estrellas (bueno) y otro de 5 (excelente). Hemos hecho visible una diferencia que la métrica anterior ocultaba.


    1. Desplazamos y afinamos la vaguedad. No eliminamos radicalmente las zonas grises: las multiplicamos y las hacemos más específicas, minimizándolas. Ahora la duda no es solo "¿arriba o abajo?", sino "¿es un 3 sólido o un 4 bajo?". La vaguedad persiste, pero a una escala de grano más fino.


6.3. Convergencia asintótica: La "familiaridad" como resultado, no como origen


Podemos iterar este proceso: pasar a 10 estrellas, a una escala del 1 al 100, etc. Cada incremento en el número de cortaduras (N) es un aumento de la resolución de nuestro aparato discriminador. Conforme N tiende a un gran número, ocurre algo crucial:

La posición relativa de cada libro en el continuo de semejanza (respecto a los demás y a los prototipos ideales) se especifica con creciente precisión. Nuestra capacidad para distinguir, comparar y ordenar se refina asintóticamente.

Es aquí donde la "familiaridad" recupera un estatus explicativo, pero no como un primitivo misterioso. La familiaridad con un concepto es el resultado cognitivo de haber operado, explícita o implícitamente, con una métrica de cortaduras de alta resolución dentro del espacio semántico correspondiente. El experto que "siente" que una novela es un 8.5 y no un 7 no está accediendo a una esencia oculta sino ejecutando, de forma internalizada y rápida, un complejo procedimiento de comparación y ajuste dentro de un continuo que conoce en detalle gracias a una larga práctica de discriminación (ha "hecho muchas cortaduras").

La familiaridad, por tanto, no es la causa de la determinación semántica, sino su consecuencia estabilizada. Es el hábito cognitivo que se forma cuando un proceso iterativo de discriminación converge hacia un esquema de clasificación suficientemente granular y estable para permitir un juicio rápido y consistente.


6.4. La holgura semántica como condición de posibilidad


Este modelo revela por qué la holgura semántica —la falta de una correspondencia biunívoca rígida entre signo y referente empírico— no es un defecto del lenguaje, sino su característica más preciosa. Es la condición de posibilidad que permite este proceso iterativo de ajuste y convergencia.

Un lenguaje perfectamente isomórfico con la realidad (como el de los Laputianos de Swift o el de una supuesta telepatía) sería análogo a una métrica con un número infinito y fijo de cortaduras, donde cada objeto tendría una etiqueta única e inmutable. En tal lenguaje, no habría vaguedad, pero tampoco habría aprendizaje, reinterpretación, debate ni refinamiento conceptual. Sería un sistema cerrado y predicativo.

La holgura, por el contrario, abre un espacio de maniobra. Es el "juego" en el mecanismo que nos permite probar diferentes métricas de cortaduras, refinar nuestras distinciones, y converger, a través del uso y la discusión, hacia esquemas de clasificación compartidos que son lo suficientemente estables para la comunicación, pero lo suficientemente flexibles para adaptarse a nuevos casos y nuevos conocimientos. La holgura es el aire que respira la determinación conceptual procedimental.


Conclusión de la aplicación: La filosofía del lenguaje, vista a través de la ontología del continuo, deja de buscar definiciones esenciales y acepta que la determinación del significado es un proceso abierto de aumento de resolución. Los "parecidos de familia" no son el final de la explicación, sino la descripción de un campo continuo sobre el que actuamos con nuestras "métricas de cortaduras". La claridad conceptual no es un punto de partida, sino un horizonte al que nos acercamos asintóticamente, cortadura a cortadura, en el juego siempre activo de significar.



7. Consecuencias metafísicas: Contra el reduccionismo y el emergentismo literario



La ontología del continuo y el modelo del límite procedimental no son meramente herramientas analíticas para casos específicos. Su adopción conlleva un reordenamiento metafísico radical, una superación de dos posturas insatisfactorias que dominan el debate contemporáneo: el reduccionismo materialista de objetos discretos y el emergentismo literario o débil. Esta sección explicita las consecuencias de nuestro marco, culminando en la propuesta positiva de un realismo de campos y procedimientos.


7.1. Refutación de la ontología reduccionista de objetos discretos y ostensibles


El reduccionismo materialista, en su versión más cruda pero influyente, sostiene que la realidad última está compuesta por entidades discretas, atómicas y pre-ensambladas —partículas fundamentales, átomos, moléculas— y que todos los objetos macroscópicos, incluidas las fronteras y los conceptos, son meros agregados o epifenómenos de estos constituyentes básicos. Su promesa es una ontología limpia: señalar el objeto es, en última instancia, señalar la colección de sus partes materiales.

Nuestra argumentación previa desmonta esta promesa en su raíz. El caso de la frontera demuestra que no hay agregado material que sea idéntico al objeto social. Cualquier conjunto de átomos que se proponga como el "ser" de la frontera es contingente, perecedero y, sobre todo, categorialmente distinto de la función demarcatoria que define la frontera. El reduccionista confunde el soporte contingente con la identidad funcional. Lo mismo ocurre en el dominio semántico: el significado de "gavagai" no se reduce a un conjunto discreto de estímulos sensoriales o conductas, pues esos mismos estímulos admiten infinitas interpretaciones (conejo, etapa de conejo, etc.). La identidad del referente escapa a la mera suma de sus correlatos empíricos puntuales.

El error profundo del reduccionismo es su compromiso con una ontología de dominio discreto. Opera bajo la ilusión de que el mundo, en su nivel fundamental, se parece al juego de números naturales (JDR-D), donde los objetos son individuos separados y ostensibles. Pero la experiencia, el significado y la propia materia en flujo se asemejan al continuo (JDR-C). En un continuo, no hay "átomos últimos" que señalar sino solo gradientes y campos. Intentar reducir una frontera o un concepto a sus partes discretas es como intentar reducir el número ganador en el JDR-C a uno de sus dígitos decimales por separado: se pierde por completo la relación de orden que constituye su identidad como límite. Por tanto, el reduccionismo no es una simplificación exitosa, sino un error categorial: aplica la lógica de lo discreto a un dominio que es esencialmente continuo y relacional; en suma, un dominio cuya determinación exige una lógica holista en el sentido fuerte de la impredicatividad: la identidad de las partes (los 'objetos') solo puede definirse en términos de la estructura total (el campo continuo y el procedimiento) a la que pertenecen, tal como el número ganador del juego se define por su posición en el conjunto total de elecciones.


7.2. Refutación del “emergencia” como explicación trivial (el je ne sais quoi)


Ante los fracasos del reduccionismo, una postura frecuente es recurrir a la noción de emergencia. Se afirma que los objetos complejos (la mente, la sociedad, el significado) "emergen" de lo físico de un modo tal que sus propiedades no son reducibles a las de sus partes, pero sin especificar el mecanismo de esta emergencia. En su versión más débil —lo que llamamos "emergencia literaria"—, el término se convierte en un lugar común explicativo, una forma elegante de decir je ne sais quoi. Se usa para marcar el lugar de un misterio ("la conciencia emerge del cerebro", "el significado emerge del uso"), pero sin aportar una estructura que permita entender cómo o bajo qué condiciones esa emergencia tiene lugar.

Nuestra ontología del continuo rechaza esta trivialización. No niega que haya fenómenos de nivel superior con propiedades distintivas, pero exige que su "emergencia" sea explicada, no simplemente invocada. El modelo del límite procedimental proporciona precisamente esa explicación. La "emergencia" de una frontera no es un misterioso salto cualitativo desde las piedras y los ríos. Es el resultado estabilizado de un procedimiento iterativo (tratados, cartografía, administración) aplicado a un campo continuo (el territorio). La "emergencia" de la determinación semántica no es una magia comunitaria, sino la convergencia asintótica de un proceso de ajuste de "cortaduras" conceptuales dentro de un espacio de similitud continua.

En otras palabras, lo que llamamos "propiedades emergentes" son, en rigor, límites relacionales constituidos. Su novedad y irreductibilidad no residen en una sustancia nueva que brota de la nada, sino en la instauración de una nueva relación de orden dentro del campo base, una relación que solo es definible a nivel del sistema total de interacciones (como el número ganador solo es definible en relación a las otras elecciones). La emergencia deja de ser un primitivo explicativo y se convierte en un fenómeno estructural analizable: el surgimiento de puntos fijos en procesos iterativos sobre dominios continuos.


7.3. Propuesta positiva: realismo de campos y procedimientos


Superados el reduccionismo y el emergentismo trivial, podemos formular la propuesta metafísica positiva que se desprende de todo lo anterior: un realismo de campos y procedimientos.


  • Lo fundamental son los campos continuos: La realidad de base no es una colección de objetos discretos, sino un conjunto de campos o dominios continuos. Esto incluye el campo físico (el continuo espacio-temporal y material en devenir), el campo fenomenológico (el flujo de la experiencia consciente) y el campo semántico (el espacio de similitudes y diferencias conceptuales). Estos campos son densos: entre cualquier dos estados o posiciones, existen estados intermedios.


  • Los operadores de discriminación: Sobre estos campos actúan sistemas (naturales o culturales) capaces de ejecutar operaciones de discriminación. En la naturaleza, son leyes físicas y procesos causales que "seleccionan" estados estables. En el ámbito cognitivo y social, son procedimientos: reglas de medición, algoritmos de clasificación, prácticas jurídicas, juegos de lenguaje. Estos operadores aplican "cortaduras" al continuo, es decir, crean distinciones, establecen umbrales, imponen valores discretos.


  • Los objetos como valores estables (límites): Lo que en el lenguaje cotidiano llamamos "objetos" —una piedra, una frontera, el concepto "democracia"— no son los constituyentes primitivos de la realidad. Son valores estables o límites que resultan de la aplicación iterada y consistente de operadores de discriminación a un campo continuo. Son análogos al número ganador en el JDR-C: posiciones relacionales fijadas por el procedimiento dentro del campo. Su identidad es la de un punto fijo en un proceso dinámico, no la de un bloque ontológico autónomo.


Este realismo es no reduccionista porque acepta la realidad irreductible de los límites constituidos (la frontera es real y tiene efectos). Es no emergentista trivial porque explica la génesis de esos límites a través de mecanismos procedimentales precisos. Y es robustamente realista porque los campos y los procedimientos existen y operan con independencia de cualquier observador particular, aunque la determinación de límites específicos pueda ser dependiente de esquemas conceptuales en el caso de los objetos sociales y semánticos.


7.4. Tesis provocadora: “Materialmente no existe nada”


A la luz de este realismo de campos y procedimientos, la afirmación provocadora con la que se inició esta subsección —"materialmente no existe nada"— adquiere un sentido técnico y riguroso, despojado de su aparente nihilismo.

La frase no significa que no haya realidad, sino que no existen objetos en el sentido de sustancias fijas, discretas e independientes de esquemas procedimentales. 

Más bien, 'materialmente no existe nada' equivale a decir: la ontología de la sustancia discreta es una ilusión generada por nuestro éxito en estabilizar límites procedimentales. Sin embargo, esta afirmación no debe entenderse como la postulación de un noumenon kantiano —un 'campo continuo en devenir' preexistente y amorfo—, pues conceptos como 'energía', 'espacio-tiempo' o 'materia' son ya el producto de cortaduras conceptuales sofisticadas dentro de nuestros esquemas teóricos, esquemas que, de hecho, generan sus propias zonas de inconmensurabilidad (como la dualidad onda-corpúsculo). La tesis es más sutil: la dinámica iterativa de nuestro 'ajuste de compresión' —el aumento progresivo y no aleatorio de 'cortaduras' que reducen la inconmensurabilidad y aumentan el poder resolutivo y predictivo de nuestros modelos— exhibe una convergencia asintótica. Esta convergencia no es mera correlación interna a un lenguaje; es el signo de que el proceso de discriminación está siendo constreñido regulativamente por aquello que, en el límite ideal, denominamos 'lo real' o 'el campo continuo'. Este 'campo' no es un dato, sino el límite impredicativo (análogo al número ganador inevitable en el juego del continuo) que se constituye como el polo teleológico de la investigación. En esto, nuestra posición se distingue radicalmente del relativismo paradigmático de Kuhn: la inconmensurabilidad no es un abismo estático, sino el motor que impulsa una sucesión de ajustes cuya dirección —capturada por la noción de convergencia procedimental— es la marca de un realismo débil pero ineludible. La piedra, la frontera, el electrón, son entonces patrones de estabilidad extremadamente robustos en este proceso de convergencia, no esencias pre-discursivas. Su eventual impugnación —como en las revoluciones científicas— no significa su reemplazo por un campo semántico radicalmente inmiscible, sino la adopción de un ajuste de com-presión de mayor granularidad, lo cual exige, precisamente, un cambio en el conjunto de cortaduras constituyentes que, no obstante, se orienta a capturar —de modo más fino y abarcador— la misma constricción real del que el esquema anterior intentaba hace comprensión.


Conclusión de la sección: El camino que se abre tras el abandono de la definición ostensiva no conduce al escepticismo ni a la magia emergentista, en definitiva. Conduce a una metafísica más austera y a la vez más rica: un realismo procesual donde la trama de lo real no está hecha de cosas, sino de campos que se pliegan en límites a través de la iteración de procedimientos. Nuestro mundo de objetos es el mundo de esos límites exitosamente estabilizados, un mundo que es tan real como el juego cuyas reglas lo constituyen. Nuestra tarea es comprenderlo. Una Súpertarea es haberlo llegado a comprender plenamente. Quiero decir, nuestra tarea, no es descubrir ostensibles esencias ocultas, sino cartografiar la dinámica de esos pliegues y comprender la gramática de los juegos que los generan. La Supertarea —en el sentido lógico de completar asintóticamente un proceso infinito de determinación— sería, precisamente, haber convergido en el límite impredicativo: haber estabilizado el mapa de cortaduras hasta su isomorfismo con la estructura del campo. Esta Supertarea es, por definición, inalcanzable en cualquier paso finito, pero funciona como el horizonte regulativo que confiere sentido y dirección a la infinita serie de ajustes y torques que constituyen la investigación racional. Comprender esto no es poseer la verdad, sino habitar correctamente la dinámica del juego que la constituye como su polo de atracción inagotable.



8. Conexión sistemática con la epistemología científica (RCR) y respuestas a objeciones



El análisis desarrollado no es una especulación metafísica aislada. Encuentra su validación y su contraparte necesaria en la epistemología concreta de la ciencia, particularmente en el marco del Realismo Convergente Regulativo (RCR). La ontología del continuo y la epistemología de la ausencia no son análogas por casualidad; son dos caras de una misma moneda filosófica, que muestran cómo la racionalidad humana —tanto para afirmar lo que no hay como para determinar lo que hay— opera bajo una lógica unificada del límite procedimental.

Síntesis estructural. La ciencia que, mediante torque estadístico, transforma una ausencia de evidencia en evidencia de ausencia (por ejemplo, "indetectable = intransmisible") no está descubriendo un hecho negativo bruto. Está constituyendo un límite impredicativo (λ* = 0) como el punto fijo de una sucesión monótona de aproximaciones (los intervalos Λ). Del mismo modo, el lenguaje que fija la referencia de "gavagai" o una comunidad que estabiliza la identidad de una frontera no están señalando una esencia. Están convergiendo hacia un límite relacional a través de la iteración de cortaduras conceptuales o prácticas institucionales. En ambos casos, la "verdad" o la "identidad" no es un punto de partida ostensible, sino un horizonte de constitución que emerge de la aplicación regulada de un procedimiento a un dominio continuo. El RCR es la teoría del torque que gira la moneda epistemológica; la ontología del continuo es la descripción del metal y la ley de la moneda sobre la que ese torque actúa.

Frente a esta síntesis, surgen objeciones naturales que es preciso despejar para consolidar el marco propuesto.


Objeción 1: ¿Idealismo?
Si la identidad de los objetos depende de procedimientos de discriminación (cortaduras, torque), ¿no estamos negando la realidad independiente del mundo, cayendo en una forma de idealismo o constructivismo radical?

Respuesta: No. La propuesta es un realismo relacional y procesual, que distingue con claridad entre el campo continuo y los límites que en él se instituyen. El campo continuo —el devenir, el espacio de posibilidades— es independiente de nuestros esquemas. Es aquello que constriñe y resiste nuestros procedimientos. Un procedimiento de medición torpe dará resultados inconsistentes y una cortadura conceptual arbitraria fracasará en estabilizar un uso comunicativo. La independencia del campo se manifiesta precisamente en esta capacidad de constricción, que fuerza la convergencia de nuestros ajustes. Nuestros procedimientos no crean el campo de Sentido, antes bien, son la interfaz cognitiva y práctica mediante la cual instanciamos —re-cortamos— identidades determinadas —límites estables— dentro de él. Es un realismo porque el campo es real y constriñe pero no es un realismo de "cosas dadas" y ostensibles porque las identidades específicas son propiedades relacionales reales de la red de interacciones del campo, de igual modo que la gravedad es una propiedad relacional real (una 'curvatura') de la red espacio-temporal. No las construimos sino que las instanciamos al operar dentro del campo, así como una masa instancia la gravedad al interactuar con el espacio-tiempo.


Objeción 2: ¿Regreso al infinito?
Para determinar cualquier identidad, según su modelo, necesitamos un proceso infinito de ajuste (cortaduras hacia N∞, torque hacia n∞). Esto parece condenarnos a un regreso al infinito epistemológico: nunca podríamos empezar a referirnos a nada, pues requeriríamos una precisión infinita.

Respuesta: Esta objeción confunde la estructura lógica del fundamento con la práctica efectiva de la determinación. No necesitamos ejecutar infinitas cortaduras para tener objetos operativos, sino que operamos dentro de esquemas de cortadura finitos cuya justificación reside en su capacidad de convergencia regulativa. El ejemplo del concepto de "inteligencia" y su métrica del Cociente Intelectual (CI) es paradigmático.

Intuitivamente, discriminamos gradientes de capacidad cognitiva. El test de CI constituye una cortadura unidimensional y finita que proyecta ese continuo multifactorial en una escala discreta. Esta cortadura es eficaz para ciertos propósitos: correlaciona con rendimiento académico, ciertos logros profesionales, etc. Sin embargo, genera inmediatamente zonas de inconmensurabilidad manifiesta: sabemos que un valor como "160 de CI" es una reducción grosera que no captura la genialidad singular de un Einstein, cuya contribución desborda por completo esa métrica. La cortadura del CI es, por tanto, simultáneamente útil y marginalmente insuficiente (que no radicalmente inmiscible).

Este no es un fracaso del modelo, sino su confirmación. La conciencia de la inconmensurabilidad (el genio irreducible al CI) no nos lleva a abandonar toda medición, sino que señala la necesidad de un ajuste de compresión de mayor granularidad: quizás añadir métricas de creatividad, persistencia, imaginación espacial, o cambiar por completo el esquema categorial. El proceso es convergente: cada nueva cortadura (o cambio de esquema) pretende capturar de modo más fiel la estructura del campo continuo que llamamos "inteligencia". No llegaremos nunca a una métrica final y exhaustiva (la Supertarea), pero la serie de ajustes se orienta asintóticamente hacia una determinación más precisa.

Por tanto, el "regreso al infinito" no es una barrera práctica, sino la estructura de garantía de que nuestras cortaduras finitas no son arbitrarias: son pasos en una aproximación regulada por la constricción de un campo real. Operamos con mapas de resolución finita, conscientes de que son simplificaciones, pero confiando en que el proceso de refinamiento cartográfico tiene una dirección inteligible: la de reducir la inconmensurabilidad entre el mapa y el territorio. La utilidad pragmática del CI y su insuficiencia ontológica no se contradicen; son las dos caras de una misma moneda: la de un realismo que opera mediante aproximaciones sucesivas.


Objeción 3: ¿Demasiado formal/abstracto?
El marco propuesto, con sus juegos de números reales, límites impredicativos y cortaduras, parece una construcción excesivamente abstracta y formal, alejada de la riqueza concreta y desordenada de la experiencia, la historia y la práctica científica real.

Respuesta: La abstracción no es un vicio aquí, sino la condición de la elucidación. El propósito de un marco filosófico no es reproducir el desorden de lo concreto, sino revelar la estructura invariante que lo hace inteligible. La potencia de la analogía con el continuo de los números reales reside precisamente en que captura, en un dominio formal nítido, la lógica relacional que subyace a dominios heterogéneos y aparentemente desconectados: la estabilización de un hecho científico (RCR), la fijación de una frontera política y la determinación del significado de un concepto. Esta abstracción nos permite ver que el esfuerzo del geógrafo por delimitar, el del físico por medir y el del hablante por precisar su lenguaje participan de una misma gramática de la determinación: la proyección de procedimientos iterativos sobre un fondo continuo para generar límites estables. Lejos de alejarnos de lo real, este formalismo nos proporciona las herramientas conceptuales para comprender cómo lo real llega a ser determinado para nosotros, sin reducir la ciencia al derecho, ni el derecho a la lingüística, pero mostrando la homología profunda que explica por qué todos ellos son, en última instancia, juegos de precisión contra el continuo del mundo.


Objeción 4: ¿No es el "campo continuo" un noumenon kantiano disfrazado?

Se objeta: si toda determinación (toda cortadura, todo concepto, incluso los de "continuo" o "densidad") es ya el resultado de un procedimiento de discriminación aplicado al campo, entonces el campo en sí, presupuesto como "independiente", se vuelve inaccesible e indemostrable. Atribuirle propiedades como "continuidad" o "capacidad de constricción" sería una contradicción performativa: estaríamos usando nuestras cortaduras conceptuales para hablar de lo que supuestamente está más allá de toda cortadura. ¿No estamos, pues, recreando el noumenon kantiano: una cosa-en-sí incognoscible que postulamos pero de la que nada podemos decir legítimamente?

Respuesta: La objeción presupone el dualismo insostenible que el Monismo Infinitesimal supera.

Esta objeción sólo tiene fuerza si aceptamos el marco dualista kantiano que opone fenómeno (accesible) a noumenon (inaccesible). Sin embargo, ese marco sufre de una contradicción performativa fatal, como demuestra el siguiente argumento:


  1. La tesis kantiana (T) es: "Ningún concepto puede aplicarse legítimamente a los noúmenos para obtener conocimiento factual".


  1. Pero para enunciar T como conocimiento válido, Kant debe aplicar precisamente las categorías (causalidad, sustancia, identidad) al noúmeno de la razón humana misma, tratándola como una cosa-en-sí con propiedades fijas (su limitación).


  1. Así, T se autorrefuta: si es cierta, no puede saberse legítimamente. El proyecto de trazar un límite absoluto al conocimiento presupone un conocimiento de lo que está más allá del límite (la estructura de la razón que lo impone).


Por tanto, la noción misma de "noumenon" como término coherente de una teoría del conocimiento se desmorona. La objeción pierde su terreno.

Nuestro "campo continuo" no es un sustituto del noumenon, porque opera en un marco monista radicalmente distinto:


  • No es un objeto trascendente, sino la estructura relacional inmanente que se infiere del carácter convergente y forzado de nuestros procedimientos de determinación.


  • No está "más allá" de las cortaduras; es el sustrato de potencialidad del cual emergen las cortaduras como actualizaciones. Llamarlo "continuo" no es atribuirle una propiedad sustancial oculta, sino describir la lógica de la constricción que experimentamos: que nuestras determinaciones son siempre refinables, que entre dos cortaduras siempre cabe otra.


  • Su estatus es isomórfico al número Ω de Chaitin: un objeto definido cuya esencia es ser determinable sólo mediante un proceso infinito de extracción de bits. No es incognoscible sino cognoscible de modo asintótico y procedimental.


En conclusión, la objeción del noumenon es un artefacto de un dualismo insostenible. Nuestro realismo procesual evade por completo esa dicotomía al:


  1. Rechazar la distinción fenómeno/noumenon como contradictoria.


  1. Postular en su lugar una ontología monista infinitesimal donde lo "real" no es un objeto detrás del velo, sino la dinámica de resistencia y convergencia del propio proceso de determinación.


  1. Identificar esa dinámica con la estructura de un dominio continuo o de información irreductible (Ω), accesible no por intuición sino por convergencia procedimental regulada.


El campo continuo no es lo incognoscible sino lo que se conoce precisamente como límite impredicativo de la investigación. Su realidad no es sustancial y trascendente respecto de un eje (como lo sería un noumenon detrás del fenómeno), sino relacional y procesual, y , en la medida en que postula potenciales infinitos ejes de determinación (la densidad infinita del continuo, los bits irreductibles de Ω), hace obsoleta la distinción misma entre lo inmanente y lo trascendente. Lo real no está más acá o más allá de un límite fijo, todo lo contrairo, se constituye como el horizonte móvil de una determinación siempre expandible a lo largo de infinitos vectores posibles.




9. Conclusión:



El recorrido emprendido nos ha llevado desde la fisura expuesta por Quine en el corazón de la referencia hasta los límites absolutos de lo formal establecidos por Gödel y Chaitin, y desde allí a la propuesta positiva de una ontología capaz de dar cuenta, sin contradicción, del mundo de identidades estables en el que habitamos. La investigación ha mostrado que el problema de la identidad —ya sea de un referente, un concepto o un hecho científico— no es un problema de acoplamiento entre símbolos discretos y objetos discretos, sino de constitución de límites determinados dentro de un sustrato que, en sí mismo, escapa a toda discretización finita.

La tesis del Monismo Infinitesimal —la idea de que lo real fundamental es un campo continuo isomorfo a la densidad algorítmicamente irreductible de Ω— no es una mera respuesta a la subdeterminación semántica. Es la condición de posibilidad metafísica que explica por qué nuestras prácticas de determinación pueden ser a la vez libres (holgura semántica, múltiples interpretaciones) y constreñidas (convergencia, resistencia, inevitabilidad de ciertos límites).

Esta comprensión conlleva una revolución en nuestra imagen del mundo. Nuestra ontología cotidiana, poblada de objetos discretos, no es falsa, pero es derivada y regional: es la interface estable que emerge cuando patrones de determinación alcanzan una robustez suficiente dentro del flujo infinitesimal. Los "objetos" son islas de determinación en el mar del devenir, pero islas que no flotan sobre el vacío: son pliegues del propio mar, estabilizados por la iteración de prácticas.

En este marco, el lenguaje y la ciencia recobran su estatus de tecnologías esenciales de la determinación. No son reflejos de un mundo pre-ordenado, sino los mecanismos generativos mediante los cuales el campo continuo —esa densidad infinita que llamamos lo real— se actualiza como mundo para nosotros. El lenguaje, con su holgura, es el juego de cortaduras que hace manejable la continuidad de lo similar; la ciencia, con su torque, es el procedimiento de precisión que constituye los hechos como límites impredicativos.

El realismo que aquí se esboza —un realismo procesual de campos fundamentado en el Monismo Infinitesimal— no ofrece la certeza tranquilizadora de las cosas dadas. Pero ofrece algo quizás más valioso: una comprensión rigurosa de cómo, en un mundo sin garantías ostensivas y sin fundamento finito, podemos, no obstante, construir un mundo común de referencias estables y conocimientos convergentes. Nos muestra que la racionalidad no es el intento de capturar esencias estáticas, sino el arte de navegar en la densidad infinita, extrayendo de ella, corte a corte, torque a torque, las determinaciones que nos permiten pensar, actuar y compartir un mundo granularmente cada vez más rico.

En última instancia, el Monismo Infinitesimal propone una metafísica poscrítica que es también una metafísica de la esperanza epistémica: asume la mediación radical de todo acceso, pero encuentra en la dinámica convergente de la mediación misma —en su constricción, en su capacidad de generar estabilidad asintótica— la huella inequívoca de un mundo que nos precede, nos excede y nos llama a una exploración infinita. Un mundo que es, en definitiva, tan real y tan exigente como el juego interminable de determinación que lo hace inteligible.

Explorar asintóticamente esta densidad infinita, extraer de ella islas de sentido mediante cortaduras finitas —no es la Supertarea (esa pertenecería al orden de lo posible sólo para una mente capaz de recorrer, en acto, la serie infinita), pero para una razón finita que opera en tiempo finito, orientarse hacia ella no es poca cosa.



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