El mundo no está desencantado
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Se ha puesto de moda entre ciertos paleoconservadores despachar en bloque toda modernidad desde Trento en adelante. Son juicios sumarísimos, sin un solo zigzagueo, ya sea para prometernos una mejora continua —hola, Hegel— o para lamentar una empeora incesante —hola, Heidegger—. Abonan, me temo, la brocha gorda. Y sin embargo, siendo consciente de que desde la Edad Media ha habido mejoras (las más) y empeoramientos (los menos), me sorprende descubrirme de acuerdo con el lamento de fondo. La contemporaneidad rebosa desencantamiento y una problematización masiva de la vida. Comparto el diagnóstico de la herida, pero discrepo de raíz en cómo la nombran. Es más: lo dicen tan mal que la disonancia es inevitable, porque lo que realmente querrían lamentar, formulado con exactitud, sería justo lo contrario: por desgracia, este mundo actual ya no está desencantado ni problematizado. Si me concedes un poco de tiempo, te explico por qué es así y por qué ha de decirse precisamente de este modo.
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Para entender la gramática lúdica que rige nuestra existencia, conviene partir de una distinción clásica proveniente del diseño de videojuegos: la que separa el rompecabezas del problema. Un rompecabezas ofrece una solución fija y coloca todas las piezas sobre la mesa; su promesa íntima es un marco cerrado donde todo tiene sitio y una prueba que, al superarla, te regala la satisfacción de haberte sabido inteligente. Los mejores rompecabezas te muestran las partes, te dejan entenderlas y luego te exigen resolver. Tienen un solo itinerario; si no reconoces la pieza que desbloquea el paso, te quedas esperando a Beckett. Un problema, en cambio, es una situación abierta, con varias salidas posibles o incluso ninguna, pero que, ante todo, reserva un margen para innovar la respuesta. El puzzle te encierra en una solución prevista por el diseñador; el problema te convoca como agente libre ante un mundo que aún admite ser interpretado y transformado.
Pero hay un tercer escalón, más abajo aún, que es donde realmente habitamos hoy: el desbloqueo. Un desbloqueo no es ni siquiera un rompecabezas; es una caja negra que exige un input correcto para dejarte pasar, sin que comprendas —ni necesites comprender— por qué funciona. Y aquí es donde la ciencia cognitiva nos da una pista inquietante.
En 2007, Derek Lyons y su equipo en Yale replicaron un experimento clásico de Andrew Whiten con chimpancés. Construyeron una caja transparente con un premio en el fondo y dos mecanismos: uno irrelevante arriba (un cerrojo aislado que no servía para nada) y uno relevante abajo (una compuerta que daba acceso al premio). Un adulto mostraba la secuencia completa: golpear arriba, meter un palo por el orificio inútil, retirarlo, y solo entonces abrir la compuerta inferior. Los chimpancés, al ver que la caja era transparente y que los pasos superiores no tocaban el premio, los ignoraron: fueron directos al desbloqueo eficiente. Los niños humanos, en cambio, sobreimitaron: repitieron toda la secuencia, incluidos los gestos absurdos. Incluso cuando se les urgía a ir rápido o a no hacer tonterías, seguían golpeando arriba y metiendo el palo.
Los psicólogos evolutivos concluyeron que la sobreimitación (overimitation) no es un error de lógica, sino una ventaja adaptativa: los niños asumen que las acciones de los adultos esconden una "causalidad oculta" o un propósito social que aún no comprenden. Es el mecanismo que nos permite aprender tecnologías complejas, normas culturales y rituales sin reinventar la rueda en cada generación. Los chimpancés emulan; los humanos sobreimitamos. Y esa es, precisamente, la grieta por la que se cuela el desbloqueo contemporáneo: somos biológicamente propensos a copiar gestos cuyo sentido se nos escapa, confiando en que alguien, en algún lugar, sabe por qué funcionan.
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Esa propensión a la sobreimitación no es un mero tecnicismo cognitivo; es la traducción exacta de la alienación material. Para entenderlo basta recurrir a dos autores que, aunque contrastan en sus soluciones, coinciden en el diagnóstico: el trabajo abstracto de Karl Marx y la convivencialidad de Ivan Illich. Marx desmenuza cómo el capitalismo reduce la actividad humana a puro tiempo de reloj, medible y explotable; Illich, más pertinente para nuestra tesis, distingue entre herramientas conviviales (aquellas que amplifican la autonomía humana) y herramientas radicales o contraconviviales (aquellas que, al superar cierto umbral de escala y complejidad, devoran la autonomía y convierten al usuario en mero operador). Ambos coinciden en lo esencial: el desarrollo tecnológico sin control aliena a la sociedad y convierte al individuo —creador libre— en apéndice de un sistema macro-industrial que ya no controla ni comprende.
Desde finales de la Edad Media, con la invención del reloj mecánico —que Lewis Mumford señaló como el punto de inflexión—, fuimos sumergiéndonos en una lógica de rompecabezas. Pero al principio, al menos, el rompecabezas era mecánico. Lo mecánico posibilitaba el aprendizaje: el aparato podía desmontarse, sus engranajes eran legibles, y si fallaba, uno podía volver a comenzar. Había un diálogo con la materia, una transparencia física. El verdadero abismo, el salto definitivo a la caja negra, llega con lo electrónico y lo digital. Lo electrónico sumerge el mecanismo en lo microscópico, lo sella, lo vuelve hermético y hechicero. El útil ya no se rompe; colapsa. Y ante ese colapso, ya no hay destornillador ni comprensión posible; solo queda el ritual ciego del Ctrl+Alt+Suprimir. Sobreimitamos el gesto de reiniciar, sí, pero no es como rezar: a la máquina no puedes tutearla. No hay intimidad, no hay un "tú" al otro lado que acoja nuestro ruego, solo el reinicio forzoso de un entorno totalizador donde la herramienta ha dejado de ser objeto para volverse magia inescrutable.Ya no dialogamos con las cosas: mendigamos su funcionamiento.
Hoy, la frontera entre lo orgánico y lo mecánico ha colapsado más allá de lo problemático. Nuestras prótesis son digitales —el smartphone como órgano externo—, nuestros ritmos biológicos están mediados por algoritmos y las ciudades son flujos de datos. Vivimos en un entorno resbaladizo e inconmensurable donde ya no dialogamos con las cosas, sino que mendigamos su funcionamiento. Ya ni siquiera nos enfrentamos a rompecabezas transparentes. Encaramos cajas negras: sistemas opacos —burocráticos, algorítmicos, macro-industriales— donde no se busca la solución (que exigiría comprender el sistema), sino el desbloqueo: la contraseña, el trámite exacto, el input correcto para que la máquina nos deje pasar. Es la racionalidad instrumental llevada al absurdo: no puedes entender el mundo, no tienes tampoco por qué hacerlo, solo necesitas saber qué botón apretar para no ser expulsado. Sobreimitamos, sí, pero sin horizonte.
Ahí reside la impotencia del ciudadano contemporáneo. El sistema macro-industrial se ha vuelto tan complejo que escapa a la comprensión humana. El individuo, de creador libre, ha pasado a ser un apéndice que intenta adivinar las reglas de un juego cuyas piezas le han sido ocultadas. Acontece en consecuencia la parálisis: la acción se vacía de sentido en cuanto pierde transparencia. Y aquí conviene ser honestos: la transparencia completa es también una ilusión. Nunca entendimos del todo las catedrales góticas ni los relojes de péndulo; lo que reclamamos no es entenderlo todo, sino recuperar un margen de problematización —de agencia interpretativa— dentro de la opacidad. La acción se vacía entonces, no de utilidad —las cosas siguen funcionando, o al menos se dejan desbloquear—, sino de dirección. Pierde ese horizonte de sentido desde el cual el actuar tenía espesor. No se trata de encender todas las luces para someter la noche al entendimiento, sino de aprender a habitar la noche como camino al alba.
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Max Weber definió la modernidad como desencantamiento del mundo (Entzauberung). Según su relato, la Edad Media habitaba un cosmos encantado —mágico, misterioso, teleológico, con lo divino palpitando en cada rincón y las herramientas dotadas de alma—, y la modernidad —el reloj de Mumford, la ciencia, el capitalismo— vino a matar ese encanto para volverlo todo calculable, medible, convertible en un gigantesco sistema de puzzles y desbloqueos.
Sin embargo, Weber se equivocó de medio a medio. O, mejor dicho, se equivocó de registro. Es al revés: el mundo actual —y este es un problema gravísimo que su terminología confundió— se ha re-encantado. Lo expresó magníficamente Arthur C. Clarke: "Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia". Antaño vivíamos en un mundo donde el útil roto se nos presentaba como un problema que requería una solución; hoy se nos presenta como un puzzle que ritualizamos como mágica entrega a entidades-caja-negra. La progresiva desproblematización del mundo, su transformación en un rompecabezas gigante, no se entiende sin este re-encantamiento: hemos sometido nuestro entorno a una transmigración tecnológica tan hipercompleja que se nos ha vuelto magia.
"In the Beginning… Was the Command Line", el célebre ensayo de Neal Stephenson (1999), explora la evolución de los sistemas operativos precisamente para conjurar el aserto de Clarke. Desde entonces, la filosofía de la técnica repite una misma súplica: rompe el muro de la interfaz, transparenta su funcionamiento para que podamos conquistar una interactividad eficaz con el mundo. La "adicción a la automatización" —la preocupación por la pérdida de habilidades de vuelo manual— ilustra exactamente este peligro: el exceso de piloto automático erosiona la capacidad de reacción ante la emergencia.
Pero aquí está la clave que Weber no vio: la diferencia entre dos regímenes de sobreimitación. El hombre medieval sobreimitaba rituales —rezos, indulgencias, gestos litúrgicos— cuya eficacia no comprendía, pero lo hacía bajo un horizonte claro de trascendencia: cada gesto tenía una recompensa afectiva, la sensación de que alguien miraba y agradecía, aunque tú no entendieras por qué. La opacidad medieval se vivía con sentido. La opacidad moderna, en cambio, se presenta bajo el disfraz de la transparencia instrumental: promete ser un rompecabezas, pero esconde las piezas. Sobreimitamos gestos técnicos (introducir la contraseña, hacer clic en el botón correcto, completar el formulario) sin horizonte trascendente y sin recompensa afectiva. Damos palos de ciego o delegamos nuestros problemas en otros, confiando ciegamente en que la caja negra funcione.
Fruto de este re-encantamiento sin encanto, nuestra experiencia del mundo se ha empobrecido. El hombre antiguo se enfrentaba a problemas y a opacidades, sí, pero al menos reconocía el tablero y sabía que su sobreimitación tenía un destinatario. La nuestra se nos presenta como claridad total, pero no es sino la oscuridad más densa. Es magia técnica, pura y simple: nos desproblematiza, nos arrebata la pregunta, nos roba la capacidad de actuar desde nosotros mismos. Hoy ya no habitamos el mundo; yacemos en él como figuras que sobreimitan secuencias cuyo sentido se nos escapa, sin la promesa de que alguien, en algún lugar, nos agradezca el gesto.
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Eso es lo que los paleoconservadores intuyen sin alcanzar a formular. Porque la cuestión no es que la modernidad nos haya dejado sin misterio. Al contrario: nos ha dejado sin problemas, nos ha encerrado en un juego cuyas reglas desconocemos y nos ha reducido a apretar botones para que la maquinaria no nos expulse. No es que vivamos en un mundo sin vocación. Es que toda llamada que nos invoca sospechamos que no tiene más consistencia que la de un eco repetido. Nadie llama; solo reverbera. Sobreimitamos gestos cuya función ignoramos, sin horizonte que los justifique ni recompensa que los agrade. Las termitas se orientaban por la luna: una luz lejana, estable, inalcanzable. Sabían que no podían tocarla, y precisamente por eso les servía. La luz artificial, cercana y brillante, las desorienta y las mata. Trampa evolutiva. En la Edad Media sabíamos que la luna era inalcanzable. Hoy, el complejo de sobreimitación y la hipercomplejidad nos aseguran que de vez en cuando acabemos chamuscados por un ritual absurdo que nadie supo ni sabe deshacer.
Y a eso, exactamente a eso, no deberíamos llamarlo desencantamiento. Deberíamos llamarlo, con toda su carga de horror, lo que es: el re-encantamiento de la jaula, ahora desprovista de todo destinatario. Un mundo encantado, sí, pero donde ya nadie escucha del otro lado.
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