Herejías de salón: del prestigio y el olvido filosófico
Hablemos, pues, tal y como se nos pide, de filósofos sobrevalorados e infra valorados. Para no desmedirnos, escogemos sólo tres de cada. I. Conviene aclarar, antes de que alguien saque la escopeta epistemológica, que esto no va de verdad ni de mentira. Si el criterio fuera quién dijo la verdad, la cuestión se despacharía en un párrafo: todos los filósofos habidos están sobrevalorados, excepto yo mismo. Y ya. No tiene gracia. La sobrevaloración, bien entendida, no mide la distancia entre una tesis y el mundo, sino entre la fama de un pensador y lo que su pensamiento efectivamente puede sostener sin que le echemos un capote. Es, por tanto, una operación de caja registradora: se compara el haber con el debe, el palmarés con la letra pequeña. Aquí podemos tomar prestada una jugada del periodismo deportivo, ese género donde la palabra «sobrevalorado» alcanza su máxima expresión de malevolencia refinada. Pongamos a Cristiano Ronaldo. Se dice que está sobrevalorado porque sus goles son ...