El encanto de Kafka
Se ha vuelto un lugar común leer a Franz Kafka en clave weberiana: el profeta del desencanto burocrático, el cartógrafo de una modernidad que reduce el misterio a procedimiento y vacía el mundo de sentido. Bajo esa lente, El proceso o El castillo narrarían la pesadilla de un universo administrado, regido por una racionalidad instrumental tan compulsivamente implacable como absurda. Es una interpretación que, tomada al pie de la letra, traiciona la experiencia real de leer a Kafka. Porque en sus ficciones no hay des encantamiento: hay un re‑encantamiento perverso que convierte cada situación en un puzzle donde ni siquiera se pueden distinguir las piezas de lo que no lo es. El personaje no encara un enigma cuyas reglas desconoce; se enfrenta a un mundo que se ha vuelto ontológicamente ilegible: carne y función, herramienta y ornamento, causa y coincidencia se confunden hasta tal punto que toda acción se degrada en ritual, en tanteo ciego a la espera de un desbloqueo milagroso. ...