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El flogisto de la narratología

  § Hay libros que irritan por lo que dicen y otros por lo que prometen e incumplen. La teoría de la bolsa de la ficción , de Ursula K. Le Guin, pertenece a la segunda especie, que es la peor. El título promete una teoría: un sistema de proposiciones, una explicación, algo que se sostenga más allá de un párrafo. Lo que entrega es una metáfora con pretensiones antropológicas y una genealogía ajena: Elizabeth Fisher había especulado que la primera herramienta humana no fue el arma sino el recipiente, y Le Guin adopta esa primicia como si la primicia de la herramienta fuera la esencia del relato. Nadie le explica por qué. Nadie le demuestra qué se gana con que los relatos sean bolsas en lugar de lanzas. Se da la primicia por naturaleza, y se da la naturaleza por norma, y se da la norma por denuncia. Tres tránsitos sin peaje, y el lector que protesta es machista. El panfleto viene, además, con prólogo de Donna Haraway: un ejercicio yo-mi-me-conmigo donde la bolsa es souvenir autobiog...

Crítica literaria de...La subasta del lote 49 [Thomas Pynchon]

  La subasta del lote 49 no es una simple meditación existencialista sobre el vacío, sino una feroz crítica a la estandarización fordista y homogeneización de la sociedad contemporánea. En esta obra, Thomas Pynchon cartografía cómo el capitalismo corporativo pule y tritura la individualidad para forzarla a encajar en un mobiliario social prefabricado. Bajo esta óptica, el laberinto de sospechas y el terror a la entropía no nacen de una crisis metafísica, sino de la desesperación de un sujeto alienado que busca desesperadamente un significado alternativo frente a un sistema tecnocrático y cerrado que lo ha despojado de toda humanidad.   El motor que impulsa a la protagonista, Oedipa Maas, el verdadero macguffin –en el sentido hitchcockiano puro– es el testamento de Pierce Inverarity. Es este documento legal, el nombramiento de Oedipa como albacea de la fortuna de su exnovio millonario, lo que la arranca de su apatía burguesa en San Narciso y la lanza a la búsqueda. Pero a medid...

El almacén sin museo: John Keel y la imposibilidad de distinguir el hecho del ruido

  I Existen libros que no se limitan a informar, sino que transforman irreversiblemente la manera en que percibimos una cuestión. La octava torre de John Keel pertenece a esa estirpe incómoda de obras que, una vez leídas, imposibilitan volver a contemplar el fenómeno ovni con la inocencia epistemológica de quien busca simplemente "naves de otros mundos". Publicada en 1975, esta obra representa la culminación filosófica de un autor que había pasado más de dos décadas persiguiendo sombras por las carreteras secundarias de Estados Unidos, entrevistando testigos, acumulando expedientes y, sobre todo, desmontando meticulosamente las certezas que él mismo había ayudado a construir. Para comprender la singularidad de Keel dentro del panorama ufológico, resulta imprescindible situarlo en su contexto. Las décadas de 1950 y 1960 constituyeron la edad dorada de la hipótesis extraterrestre: la idea de que los ovnis eran naves físicas procedentes de otros planetas, tripuladas por seres b...