El Mito de la Habitación 1729

 Imagina, mi querido Glauco, que la realidad es una Gran Casa de proporciones infinitas: un palacio laberíntico, con alas que se pierden en la penumbra y sótanos que descienden hacia lo insondable.


Una noche, el Mayordomo de las Necesidades subió las mil escaleras de la torre septentrional, llevando su propia lámpara, porque le habían dicho que ardía una luz donde ningún Huésped tenía reserva.


En la cámara más alta —sobre la puerta, una cifra grabada en la piedra: 1729— encontró a un hombre alimentando la llama de una lámpara cuyo aceite nadie le había asignado.


—¡Hardo! —gritó—. ¿Qué haces aquí? El pergamino de hoy no señala ninguna habitación en esta torre. Los demás corren por las alas, encendiendo donde hay reserva: el comercio, la física, la maquinaria; cada lámpara sirve a un Huésped que llega con sus asuntos urgentes, y cada una se apaga cuando se marcha. Tú, en cambio, gastas el aceite de la Casa en una cámara que nadie ocupará jamás. ¿No sabes que el aceite es finito? Cada gota que quemas aquí es una alcoba de la ala sur que dormirá a oscuras esta noche, y en esa alcoba hay un anciano que no encontrará su lecho. Derrochas lo que no es tuyo. Tu trabajo es la vanidad de quien juega a ser profeta: solo enciendes aquí con la secreta esperanza de que, por accidente del destino, un viajero extraviado suba mañana y bendiga tu previsión. ¡Has olvidado a quién sirves!


Hardo, sin apartar la mirada de los arcos de piedra que la lámpara empezaba a revelar, respondió con voz serena:


—Te equivocas, Mayordomo, y me ofendes con tu alabanza tanto como con tu insulto. No enciendo esta lámpara porque espere a ningún viajero; no soy profeta de las necesidades ajenas. Si mañana alguien sube hasta aquí, será bienvenido, pero será un accidente, un eco casual de mi verdadera obra. Yo no alumbro para el Huésped.


—¿Entonces para quién enciendes la nada? —preguntó el Mayordomo, desconcertado—. ¿De qué sirve una habitación si no es para ser habitada?


—He ahí tu error —dijo Hardo, alzando la lámpara hasta que la llama reveló la proporción de la bóveda—, el error de todos los que valoran la Casa solo por sus huéspedes. Crees que una habitación se vuelve real cuando alguien la ocupa, cuando la huella de un Huésped la hace útil. Pero las paredes no necesitan ser habitadas para ser verdaderas: esta estancia es real porque es un lugar donde cabe la luz.


Hardo hizo un gesto hacia la inmensidad de la Gran Casa..


—Mira. Los ángulos de esta torre, sus sombras, sus arcos pertenecen a la verdad del edificio desde antes de que naciera el primer Huésped y permanecerán después de que se marche el último. Dejar esta torre a oscuras no es ahorrar aceite; es negar la arquitectura del todo. Porque si ignoro la forma de la torre vacía, tampoco comprenderé la forma de la habitación ocupada. El edificio es uno: no se enciende la luz para servir al que llega, sino para dejar ver la estructura de lo que es.


El Mayordomo bajó la mirada, confundido.


—Pero entonces… ¿qué eres tú, si no eres un servidor que atiende a los visitantes?


Hardo recogió su lámpara y sonrió con melancolía.


—El que sirve vive de espaldas a la Casa, mirando siempre la puerta, esperando al amo y a su necesidad. Yo no busco servir a un Huésped efímero. Soy un habitante de la Gran Casa; y enciendo los rincones más apartados no para preparar un lecho, sino para ver, al fin, qué lugar ocupo yo en este mundo inmenso que compartimos como Hogar.


Y dicho esto, echó a andar hacia la escalera que subía a la cámara siguiente.


Tú ya sabes, Glauco, cómo llamamos a los dos. A los que llevan la luz donde hay reserva, los llamamos los Camareros de la Antorcha. A los que la llevan donde hay paredes, los Geómetras de la Luz.





Comentarios