La inmaculada concepción de la física

 Corría 2009. En el fragor del caso Gürtel, Manel Fontdevila publicó en el diario Público una viñeta que ha quedado como emblema. En ella, varios políticos del Partido Popular chapotean en una ciénaga de lodo, mientras Esperanza Aguirre camina a su vera, impecable en un traje blanco. Cuando uno de sus correligionarios, desesperado, le pregunta cómo logra mantenerse limpia, la política responde con ingenuo aplomo: «¿Lo qué?».

Evoco aquella imagen porque cifra con exactitud el regusto que me deja haber leído Perdidos en las matemáticas: Cómo la belleza confunde a los físicos, de Sabine Hossenfelder. Y no porque el libro sea exactamente una ciénaga, sino porque su autora parece no advertir el barro en el que ella misma chapotea.


Primero, por el retrato que traza de sus colegas. En su periplo de entrevistas a físicos sobre por qué emplean la belleza matemática como brújula heurística, se topa con una respuesta unánime que oscila entre el tartamudeo y el dogma: «aquí siempre se ha hecho así».


Segundo, la viñeta ilumina, acaso sin proponérselo, la propia ingenuidad filosófica de Hossenfelder. La autora se escandaliza ante la evidencia de que el celebérrimo hypothesis non fingo newtoniano fuera, en el fondo, un acto de prestidigitación. Se niega a aceptar que los científicos operan con pre-juicios filosóficos; esto es, que deben transitar caminos asimétricos —so pena de quedar paralizados como el asno de Buridan— en función de sus preconcepciones sobre qué es la realidad.


Aquí se deja entrever el que a mi juicio es el verdadero drama de la física moderna: la mecánica cuántica funciona inconcebiblemente bien. Literalmente. Por eso los físicos no tienen más remedio que tirar del hilo de las matemáticas y de los experimentos a modo de tanteo: no alcanzan a ver cómo es lo que es en el plano cuántico. Su belleza, si aún merece ese nombre, es ya sólo matemática.


A Sabine le aterra que los físicos puedan ser filósofos sin darse cuenta. A mí, en cambio, me aterra que los físicos no puedan dejar de ser filósofos y no se den cuenta.


Sin embargo, en su cruzada contra la búsqueda de la belleza, Hossenfelder confunde los términos. La frontera de la ciencia no se traza por ausencia de pruebas. En la inmensa mayoría de los casos, la naturaleza deposita el resultado del problema sobre la mesa del laboratorio. El verdadero trabajo científico —y allí donde radica la auténtica ignorancia— no consiste en descubrir que un fenómeno ocurre, sino qué fenómeno ocurre, vale decir, en descifrar el ingenioso procedimiento que el universo empleó para resolver la ecuación.


En la ciencia, «no saber» casi nunca equivale a estar a oscuras; significa, por lo común y por el contrario, poseer la descripción exacta de lo que ocurre, pero carecer de una idea clara de por qué o cómo está ocurriendo. Por caso, sabemos, gracias a la observación de supernovas lejanas, que el universo no sólo se expande, sino que lo hace de forma acelerada. Tenemos el número, la tasa, y sabemos que el 68 % del cosmos está compuesto por «eso» que empuja el espacio. El dato es sólido, medible. Llamamos a tal fenómeno «energía oscura» como mera etiqueta provisional. ¿Es la constante cosmológica de Einstein? ¿Un campo dinámico de quintaesencia? ¿O es que la Relatividad General colapsa a grandes escalas? Ahí es donde la ciencia «no sabe». ¿Y qué no sabe? Precisamente eso es lo que se fuerza a desentrañar, puesto que caminar a sabiendas de un dato no es saber qué camino pertenece a la hacienda de la Naturaleza.


La ciencia busca teorías para aunar el conocimiento. El genio de Newton no fructificó al medir cuánto cae la manzana o cuánto se aleja la Luna —esos datos, a la sazón, ya estaban recolectados—, sino en descubrir que ambos fenómenos obedecen a la misma ley. Newton tenía los datos. La manzana cae. La Luna orbita. Cualquiera con un reloj y un telescopio podía medir ambas cosas. Lo que Newton añadió no fue un dato: fue ver que la manzana y la Luna son lo mismo. Una sola ley, dos escalas. Eso es compresión. Eso es explicación. Eso es belleza. Si el status quo solo acepta datos, tiene que tirar a Newton. Si acepta a Newton, tiene que aceptar la compresión. No hay tercera vía. Y si tira a Newton, no le queda ciencia: le queda contabilidad. Y es que conviene precisar que no existe una inmiscibilidad radical entre teoría y datos. No existe una mera toma de datos. He aquí el quid. Si observamos hoy, ayer y antes de ayer que la Luna se aleja a una velocidad constante, ¿de qué nos sirve ese registro si carecemos de una teoría que ponga en perspectiva esa constancia? Por tanto, las teorías no se limitan a meramente hacinar datos: los ponen en valor. O, dicho de otro modo: sin teoría, el dato es un huérfano que no sabe de dónde procede ni a qué casa pertenece; o, más aún, es una historia que no se sabe a cuento de qué viene.


Y no se sabe a cuento de qué viene porque le falta eso que Chaitin llama comprender científicamente: comprensión es compresión, y una teoría no es sino un programa elegante, una descripción máximamente breve pero capaz también de generar la máxima multiplicidad de datos. La idea, por lo demás, es tan antigua como la filosofía: Giovanni Reale ha mostrado que para los griegos una verdadera explicación debía reunir, unificar y abarcar la multiplicidad de lo real bajo un solo principio, fuese el arjé, el logos o la ley. A esa potencia de unificación es a lo que, en su sentido fuerte, llamamos belleza. No hablo de la belleza ornamental o simétrica que Hossenfelder denuncia, sino de la belleza como economía descriptiva, como compresión, trasunto de comprensión. No es un adorno del conocimiento: es su condición. Sin ella se tiene un almacén, nunca un museo. Si Sabine niega que comprender es comprimir, no puede dar cuenta de la explicación científica; y si no puede dar cuenta de la explicación, no puede dar cuenta de la ciencia. Su posición no es una filosofía de la ciencia: es una contabilidad de datos. Puede tener el debe y el haber del universo entero, cada partícula, cada constante, y no habrá explicado nada. Habrá hecho inventario. La ciencia empieza cuando alguien mira ese inventario y dice: «esto y aquello son lo mismo». Negar la belleza es negar a Newton. Y negar a Newton es negar la física.


Acaso esta lectura mía de la obra pueda tacharse de psicologista, y más aún con lo que a continuación voy a decir, pero no pretendo que sea una confesión objetivamente legible en la superficie del texto. Se trata, más bien, de una inferencia inevitable desde mi propio acto hermenéutico: un diagnóstico de lo que el libro revela a pesar de sí mismo, en sus silencios y en sus giros defensivos. Subyace en Hossenfelder y en sus colegas una ansiedad latente, casi confesional: el temor de que la ciencia termine por defraudar los sueños mesiánicos que legitimaron su histórica usurpación de la filosofía y la teología, a saber, la promesa de otorgar todas las respuestas que la condición humana demanda. Ya se vaticinó un estancamiento similar a finales del siglo XIX, justo antes de los terremotos de la relatividad y la mecánica cuántica, por lo que soy agnóstico respecto a si esta vez el muro será realmente insuperable. Lo innegable, sin embargo, es el pánico sociológico que esta posibilidad desata en la física de partículas. Ante el riesgo de que su prestigio se desmorone —especialmente para una disciplina que se ufana de haber superado a una filosofía que, según su relato, lleva milenios dando vueltas en círculo sin resolver las preguntas últimas—, la reacción defensiva es previsible: comenzar a descalificar como «absurdas» o «carentes de sentido» ciertas indagaciones ontológicas. No es más que un mecanismo de protección para fingir que su labor no ha tocado techo, o al menos para convencerse de que su única tarea restante no es, tristemente, rellenar decimales.


Es aquí donde el círculo de la ingenuidad se cierra y la viñeta de Fontdevila hace rodar su fuerza definitiva. Al igual que Aguirre sorteando el lodo con su traje inmaculado, la física teórica pretende operar hoy en una suerte de asepsia metafísica. Resulta cuando menos paradójico —y hasta vergonzoso— que la propia autora haga un uso despectivo de la palabra «filosofía» a lo largo de su ensayo, y aún señala, si bien con fingido distanciamiento, cómo una nutrida cohorte de sus colegas la desprecia por considerarla una tarea inútil. Al parecer, a la física moderna de partículas le basta con acumular y yuxtaponer datos. Se presenta con el ropaje incontaminado de la pura matemática formal, jura que sólo atiende a los «datos» y a la «evidencia», mientras sus profesionales balbucean ante la pregunta incómoda de Hossenfelder sobre sus criterios estéticos. Pero el traje de Aguirre no estaba limpio por ausencia de fango, sino por una calculada ceguera selectiva ante el entorno. Del mismo modo, el físico que reniega de la filosofía no está libre de ella; simplemente es incapaz de ver los pre-juicios que viste.


La paradoja última de Perdidos en las matemáticas es que la propia Sabine cae en la trampa que denuncia. Al escandalizarse de que la belleza guíe la física contemporánea, cree defender una ciencia «limpia» y puramente empírica, sin reparar en que el dato desprovisto de marco conceptual no es sino un cadáver inerte. Medir que la Luna se aleja o que las galaxias huyen no termina la ciencia; es inventario. La ciencia comienza cuando decidimos arriesgar un juicio sobre la causa o la constancia de ese movimiento: un acto que nunca es neutral y siempre es valiente, y que a la postre da valor al valor tomado.


Despojar a la física de la belleza matemática sin ofrecer una alternativa metafísica no nos devuelve a la realidad objetiva; nos condena al inmovilismo del asno de Buridan. Al final, la física moderna comparte el aplomo ingenuo de aquella política madrileña: camina sumergida hasta el cuello en las aguas de la filosofía mientras se pregunta, con una inocencia casi cínica: «¿Lo qué?».

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