La Ola que no rompe
"I will show you fear in a handful of dust"
(Te mostraré el miedo en un puñado de polvo)
--T.S. Eliot en "The Waste Land" (1922)
I.
Despiertas.
No hay razón para que este despertar sea distinto de cualquier otro. La luz se cuela por la rendija de la persiana con esa obstinación pálida de las mañanas sin urgencia. El techo está donde lo dejaste anoche. El cuerpo responde con su inventario silencioso: la espalda algo rígida, la boca pastosa, el calor de las sábanas que aún retienen la forma de tu sueño. Todo está en orden. Todo está como debería estar.
Afuera no hay guerra. Adentro no hay enfermedad. El teléfono no ha sonado con malas noticias. Nadie ha muerto mientras dormías, o si ha muerto, tú no lo sabes todavía. No hay depredador. No hay acreedor. No hay un diagnóstico sobre la mesa. El mundo, en este instante preciso, no te está pidiendo nada.
Y sin embargo.
Algo se ha instalado en el pecho sin pedir permiso. Algo que no es dolor ni es angustia ni tiene el nombre de ninguna emoción que puedas señalar con el dedo. No es tristeza, porque la tristeza siempre tiene un gatillaje: una pérdida, una ausencia, un rostro que falta. No es miedo, porque el miedo siempre tiene un objeto: algo que acecha, algo que amenaza, algo de lo que huir.
Esto no tiene contorno.
Es una presencia que no ocupa lugar pero que pesa y apresa. Un conocimiento que no tiene contenido pero insiste. Una certeza que no afirma nada en particular, y sin embargo, lo afirma todo.
Respiras hondo, como si el aire pudiera pulir lo que no tiene forma. Te giras hacia la mesilla. El reloj marca una hora cualquiera. El mundo sigue ahí, obediente y mudo, ofreciéndote su consistencia: la ropa sobre la silla, el vaso de agua a medio beber, el libro que anoche dejaste abierto boca abajo, con el lomo quejándose. Todo está en su sitio. Todo está como ayer. Todo está como estará mañana, si hay mañana.
Y ahí se detiene el pensamiento.
No porque lo hayas detenido tú, sino porque algo lo ha frenado en seco. Una sombra que no estaba en la habitación pero que ha cruzado por dentro. Un levísimo temblor, como el de un animal que ha olido algo en el viento pero no sabe qué.
Te incorporas. El suelo está frío. La luz sigue entrando por la ventana con esa indiferencia que tienen los días sin nombre, los que no guardan efeméride ni duelo, los que no le importan a nadie porque no cambian nada. Y sin embargo hoy no te parece un día cualquiera. Hoy te parece el día más extraño de tu vida, porque estás vivo y lo sabes, y saberlo duele de una manera que no debería doler.
Los antiguos conocían bien esta visita. La llamaban "el demonio meridiano", porque solía llegar cuando el sol estaba en lo alto y el mundo se volvía una evidencia insoportable. Los monjes del desierto, aquellos que lo habían dejado todo para buscar a Dios en el silencio de las dunas, describían una tristeza que sobrevenía sin motivo, una desolación que no respondía a ninguna pérdida, un temor que no señalaba a ningún enemigo. El demonio del mediodía no atacaba con garras ni con fuego. Atacaba con la claridad. Con la luz excesiva de un día perfectamente normal, perfectamente vacío, perfectamente igual a todos los demás.
Lo llamaban accidia. Lo llamaban taedium vitae. Lo llamaban el susurro que dice: nada de esto tiene sentido, levántate y huye, aunque no sepas hacia dónde ni de qué.
Nosotros hemos perdido ese nombre. Le hemos puesto otros más pequeños, más manejables, más clínicos. Ansiedad. Angustia. Crisis existencial. Palabras que intentan medicalizar lo que no es una enfermedad sino una estructura. Porque esto no es un fallo de la psique. No es un desajuste químico. No es un trastorno que pueda curarse con pastillas o con terapia. Es el precio de tener una psique. Es la factura que pasa la conciencia por el privilegio de saberse viva.
Lo curioso —lo terrible, si se mira bien— es que este temor no se parece en nada al miedo común. El miedo común es una flecha. Tiene una dirección. Tiene un blanco. Algo aparece en el mundo —un ruido en la noche, una sombra en el pasillo, un coche que se salta el semáforo— y el cuerpo responde antes que la mente: el corazón se acelera, las manos sudan, las piernas se tensan para huir o para luchar. El miedo común es un mecanismo. Un reflejo. Una herramienta que la evolución esculpió con el cincel de la supervivencia. Aquel que no temía al depredador era borrado del acervo genético sin miramientos. El miedo común es biología.
Pero esto no.
Esto no viene de fuera. No hay un ruido en la noche. No hay una sombra en el pasillo. No hay un coche que se salta el semáforo. No hay nada. Solo estás tú, de pie junto a la cama, con el suelo frío bajo los pies y el día entero por delante. Y sin embargo el corazón se acelera igual. Las manos sudan igual. Las piernas se tensan para huir o para luchar, pero no hay de qué huir ni contra qué luchar. El mecanismo se ha disparado solo. La alarma ha sonado sin incendio.
Eso es lo más desconcertante. Que el cuerpo responda como si hubiera una amenaza, pero la amenaza no esté en ninguna parte. O peor: que esté en todas. Que esté en la luz que entra por la ventana. En el reloj que marca la hora. En la ropa sobre la silla. En el libro abierto boca abajo. Que todo lo que tocas, todo lo que ves, todo lo que eres se haya vuelto de pronto el motivo de un temor que no sabes nombrar.
Y entonces, sin saber muy bien por qué, te acuerdas de algo que no tiene nada que ver. Te acuerdas de una tarde de infancia en que jugabas solo en el jardín y de pronto, sin motivo, sin aviso, te invadió la certeza absoluta de que tus padres iban a morir. No estaban enfermos. No estaban lejos. Estaban dentro de la casa, probablemente en la cocina, haciendo cosas de padres. Pero tú, con cinco o seis o siete años, dejaste de jugar y te quedaste inmóvil, mirando la hierba, y supiste —supiste sin que nadie te lo hubiera dicho, sin que nada en el mundo te lo estuviera mostrando— que algún día ellos no estarían. Y que tú tampoco.
Ese día no hubo horror. No hubo cadáver. No hubo depredador. Solo hubo un niño de pie en un jardín, en un día cualquiera, viendo la hierba y sabiendo lo que ningún animal puede saber.
Eso fue la primera visita.
Y ahora ha vuelto.
II.
Conviene detenerse aquí, antes de seguir, y preguntarse por el mecanismo. Porque no es obvio lo que acaba de ocurrir.
Miras por la ventana. Hay un árbol. Hay una farola. Hay un gato que cruza la calle con esa lentitud insolente de unos animales que no temen al tráfico porque el tráfico aún no ha despertado. La luz del sol rebota en el asfalto y llega a tus ojos. No hay misterio en esto. Hay una cadena física impecable, rastreable, continua. El sol emite fotones. Estos viajan ocho minutos y pico hasta la Tierra. Algunos rebotan en la hoja del árbol, en el metal de la farola, en el lomo del felino. Algunos atraviesan tu córnea, tu pupila, tu humor vítreo. Algunos excitan los conos y los bastones de tu retina. Todo esto puede medirse, calcularse, dibujarse en una pizarra con flechas y ecuaciones. Entre el sol y tu percepción del árbol hay una cadena de causas y efectos que no se rompe en ningún punto. Es física. Es contigüidad. Es el mundo tocándote como en un juego de canicas.
Pero ahora imagina otra cosa.
Imagina que hoy, al asomarte a la ventana, ves tu nombre escrito en las nubes. No una forma casual, no esa ilusión que los meteorólogos llaman pareidolia y que hace que a veces veamos dragones donde solo hay vapor. No. Imagina tu nombre completo, trazado con una caligrafía precisa, con caracteres chinos —pongamos que no sabes chino, pero lo reconoces como escritura—, y debajo, en la arena del parque, el mismo nombre, los mismos trazos, la misma firma. Es imposible, claro. Pero imagínalo.
¿Qué acontecimiento físico está gatillando tu comprensión?
Porque los fotones son los mismos. Las ondas de luz que rebotan en las nubes y llegan a tu retina no son distintas de las que rebotaban ayer, cuando las nubes eran solo nubes. La cadena física entre la nube y tu pupila es idéntica. Si hubiera un instrumento midiendo la longitud de onda, el flujo luminoso, la refracción atmosférica, los valores serían los mismos que los de cualquier otra mañana con nubes de ese tipo. No hay nada en los fotones que contenga la diferencia entre "nube" y "tu nombre". No hay nada en la física de la luz que distinga un trazo caligráfico de una forma aleatoria. La diferencia no está en el estímulo. Está en otra parte.
Está en ti.
Más exactamente: está en una competencia previa que el estímulo no causa, sino que despierta. Tú no aprendes a leer tu nombre en ese instante. No deduces de las formas de las nubes que aquello es un carácter, luego una palabra, luego tu identidad. Todo eso lo sabías ya. Lo traías contigo antes de asomarte a la ventana. La visión de las nubes no produce la comprensión: la dispara. Como una chispa que no crea la pólvora, pero la enciende.
En filosofía hay un nombre para esto. Se llama, a veces, la diferencia entre causa y razón. La causa es física: los fotones, la retina, el nervio óptico. La razón es hermenéutica: la estructura previa que te permite interpretar ciertos estímulos como signos y no como ruido. La causa va del mundo a ti. La razón va de ti al mundo. Y sin la razón, la causa es muda. Las nubes son solo nubes. La arena es solo arena. Los caracteres chinos son solo garabatos que el viento deshace.
Ahora bien. ¿Qué tiene que ver esto con la muerte?
No tanto como parece. Porque la muerte, a diferencia de un carácter chino en las nubes, sí es un acontecimiento físico. Perfectamente físico. El corazón se para. La respiración cesa. La temperatura corporal desciende. Las células dejan de dividirse. Todo esto es medible, rastreable, visible. Un animal lo ve. Lo ve perfectamente. Sabe —en el sentido en que un animal sabe las cosas, que no es un saber de palabras pero es un saber— que ese cuerpo que yace ya no es el compañero que corría. Sabe que algo ha cambiado. Sabe que ese algo es definitivo.
Tus gatos del jardín lo saben. Distinguen al moribundo del muerto. Al primero le dan calor, compañía, ese ronroneo que parece un ensalmo contra el frío. Al segundo lo evitan, lo rodean, lo desoyen. No es indiferencia. Es reconocimiento. El cuerpo ha pasado de ser alguien a ser algo. Y ellos lo saben. Lo saben con un saber que no necesita metafísica.
Los elefantes lo saben. Se detienen junto al cadáver de un compañero. Lo tocan con la trompa, largamente, como si esperaran una respuesta que no llega. A veces lo cubren con ramas. A veces se quedan en silencio. Hacen duelo. No es una metáfora: hacen duelo.
Los chimpancés lo saben. Guardan silencio cuando el grupo pasa junto al cuerpo caído. Las madres cargan durante días a sus crías muertas, incapaces de soltarlas, como si el hábito del abrazo pudiera más que la evidencia de la inmovilidad.
La muerte es un dato del mundo. El más físico de todos. Y los animales lo registran. Lo procesan. Lo viven. Lo sufren.
Pero hay algo que no hacen.
III.
Conviene detenerse antes en lo que los animales sí hacen. Porque sería un error —y un error grave, y un error además injusto— afirmar que los animales no saben nada de la muerte. Saben. Saben mucho. Saben con un saber que no es de palabras pero que es saber.
El perro Hachiko acudió cada tarde a la estación de Shibuya durante nueve años después de que su dueño muriera. No estaba esperando a un fantasma. No estaba confundiendo a un muerto con un vivo. Estaba cumpliendo un hábito que el dueño había inscrito en su cuerpo a fuerza de repetición, y ese hábito seguía activo aunque la estación devolviera siempre el mismo silencio. Cada tarde, el andén, la gente, el tren que se vaciaba. Y ninguna mano conocida. Ningún olor. Hachiko sabía que el dueño no volvía. Y sin embargo iba. Eso es duelo. Eso es memoria. Eso es horror, en el sentido preciso que daremos a esa palabra dentro de un momento.
Los elefantes recorren kilómetros para tocar los huesos de sus muertos. No los tocan al azar. Reconocen los cráneos de su propia especie, los acarician con la trompa, los hacen rodar suavemente, los dejan ir en paz. A veces los cubren con ramas. A veces se quedan en silencio, de pie, como si guardaran un minuto que nadie ha decretado. No es instinto ciego. Es un comportamiento que varía según el grupo, que se transmite, que tiene algo de ritual. Algo que, si no supiéramos que los elefantes no tienen lenguaje, llamaríamos ceremonia y que yo lo hago.
Los chimpancés guardan silencio cuando el grupo pasa junto al cuerpo de un compañero. Las madres cargan a sus crías muertas durante días, a veces semanas, hasta que el cuerpo se descompone y ya no es posible sostenerlo. No es que no sepan que la cría ha muerto. Lo saben. Lo saben con un saber que se parece mucho al nuestro: un saber que duele, que se resiste, que se niega a soltar.
Y los gatos. Los gatos se apartan de la camada cuando sienten que el fin se acerca. Buscan un rincón oscuro, un lugar donde no molesten, donde no los molesten. No es miedo. Es algo más antiguo. Es la biología dictando una última conducta: no atraer depredadores, no poner en riesgo a los tuyos. Pero es también, quizás, una forma de despedida. Una despedida sin palabras, sin testigos, sin conciencia de que sea una despedida. Una despedida que es solo cuerpo, solo instinto, solo el acto de retirarse.
Todo esto es muerte. Muerte sentida, muerte procesada, muerte sufrida. Y es animal.
Pero en todos estos casos —Hachiko, los elefantes, los chimpancés, los gatos, muchos otros más— hay un elemento común. Un requisito que comparten y que los distingue de lo que haremos nosotros en este texto. El estímulo está presente. La muerte está ahí, físicamente, sensorialmente, contiguamente. El andén sin el dueño. El hueso bajo la trompa. El cuerpo inerte de la cría. El dolor en el pecho que anuncia el fin. Más precisamente: hay siempre un dato del mundo que dispara la respuesta. Una causa materialmente rastreable. Un contacto físico.
Los animales reaccionan a la muerte como reaccionan a cualquier otro acontecimiento del entorno, vale decir, porque está ante ellos: porque la huelen, porque la tocan, porque la sienten en su propio cuerpo. No la convocan. No la anticipan. No la nombran. La muerte les llega y ellos responden. Y su respuesta es a veces tan profunda, tan compleja, tan cercana a lo que nosotros llamaríamos duelo, que dan ganas de decir: también ellos saben.
Y saben.
Pero saber no es solo responder.
Imaginemos una ola. Imaginemos que estar vivo es estar sumergido y emerger, una y otra vez, como un ritmo. Cada noche, el sueño nos sumerge. Cada mañana, salimos a flote. El sueño es una ola pequeña, una ola doméstica, una ola que nos devuelve. La muerte es una ola más grande. Una ola que también sumerge, pero que no devuelve. Una ola que no tiene mañana.
Un animal puede sentir esa ola. Puede sentir que el sueño que se acerca es más pesado que los otros. Puede sentir que el cansancio que lo tumba no es el cansancio de siempre. Puede sentir que esta ola es demasiado grande, que no hay vida que la levante, que no va a salir a flote. Eso lo siente el gato cuando se retira al rincón oscuro. Eso lo siente el elefante cuando su cuerpo ya no puede seguir a la manada. Eso es sentir la muerte. Sentir la ola que rompe. Sentir el terror de la ola cuando la ola ya está encima.
Pero hay otra cosa.
Lo que el animal no hace es lo siguiente: no sabe saber que la Ola vendrá aún cuando la Ola no está. No hay en su repertorio una conducta que corresponda a la anticipación sin estímulo. El animal responde al dolor presente, a la ausencia presente, al cadáver presente. Responde a lo que hay. No responde a lo que no hay.
Para responder a lo que no hay hace falta una operación distinta del sentir. Hace falta una operación que traiga lo ausente a la presencia sin mediación del estímulo. Esa operación es el lenguaje.
La Ola —la Ola con mayúscula, la Ola que no es este cansancio ni aquel dolor ni el cadáver de la cría, sino la posibilidad permanente del dejar de ser— no es un objeto del mundo. No puede ser vista ni oída ni olida. No comparece ante los sentidos. Pero comparece ante la lengua. La palabra «muerte» la nombra, y al nombrarla la trae. La hace presente en su ausencia. La incoa como experiencia sabida sin necesidad de que nada, fuera del lenguaje, la esté señalando.
Esto es lo que Mary sabe sin salir de su habitación. No lo sabe porque lo haya visto. Lo sabe porque la palabra «muerte» ha operado ya en ella, ha abierto el espacio donde la Ola puede ser pensada sin ser sentida. La palabra no le ha dado un dato nuevo. Le ha dado la Ola entera.
El animal, carente de esa palabra, carece de esa Ola. No carece del horror ni del terror. Carece de la posibilidad de saberse mortal en un día de calma. Su muerte es siempre una muerte que ya está ahí, golpeando el cuerpo o dejando el rastro del cuerpo golpeado. No es nunca la muerte que todavía no está y sin embargo pesa.
Ese peso es el lenguaje. O más exactamente: es lo que el lenguaje hace posible. Una presencia sin cosa. Una anticipación sin amenaza. Un saber sin estímulo. Eso es lo que separa al animal que siente la ola del ser que sabe de la Ola. Y esa separación es la que nos permite, a nosotros y no a ellos, la Despedida.
Y aquí es donde conviene introducir una distinción que no es mía pero que ilumina este territorio como un escalpelo.
Orson Scott Card, en el prólogo a su colección de relatos Mapas en un espejo, desglosó el miedo en tres momentos. Tres umbrales que se suceden según la distancia que nos separa de la amenaza.
El primero es el horror. El horror es lo que queda después. Es ver el cadáver, contemplar las ruinas, oler la sangre seca. Es el miembro amputado sobre la mesa. Es el silencio que deja una explosión cuando ya no hay gritos. El horror llega tarde, siempre tarde. No puede hacer nada. Solo mirar. Hachiko en la estación de Shibuya, cada tarde, recibiendo la ausencia del dueño como una bofetada que no termina de dejar de doler, eso es horror. La madre elefante que toca los huesos de su cría, eso es horror. La madre chimpancé que carga el cuerpo inerte durante días, eso es horror. El horror es la forma más animal de la muerte. La más física, la más sensorial, la más contigua. Y los animales la sienten. La sienten profundamente.
El segundo es el terror. El terror es el momento de la confrontación. Es ver al depredador que salta, sentir el suelo que cede, oír el disparo que aún no ha sonado pero va a sonar. El terror es presente. Ocurre ahora. Tiene la cara del enemigo. El gato que siente que esta ola es demasiado grande y que no va a salir a flote, eso es terror. El antílope que corre sabiendo que detrás está el león, eso es terror. El terror es sentir la muerte mientras está ocurriendo, en el instante mismo en que el cuerpo comprende lo que la mente no puede formular. Y los animales también lo sienten.
Y luego está el tercero. El que no tiene cara. El que no necesita estímulo. El que no llega tarde ni ocurre ahora, sino que está siempre, como un zumbido, como una niebla, como una presencia sin objeto, es una atmósfera.
Card lo llama dread. En español podemos traducirlo como pavor, o temor, o pánico.
El pánico es la anticipación pura. Mary lo sabe. Lo sabe sin salir de su habitación. Lo sabe con un saber que no depende de la contigüidad física, como la comprensión de la rúbrica en las nubes no depende de los fotones. Lo sabe porque tiene la palabra. Porque puede decir «mu-er-te» y traer la Ola a la conciencia sin que la Ola esté presente. Porque puede, en un día claro y limpio, mirar el horizonte vacío y ver lo que hay aún donde no hay.
IV.
Hemos dicho que los animales sienten el horror. Sienten el terror. No sienten pánico. Conviene ahora mirar esto de cerca, no desde la abstracción, sino desde la escena concreta. Porque el primer plano está ahí, esperando, y tiene la forma de una madre y un río.
La madre elefante tiene un cachorro impetuoso. El cachorro, cada vez que la manada se acerca al agua, corre más deprisa que los demás. Se adelanta. Rompe la fila. La madre, en cada vez, lo amonesta: un barrito, un aviso, una corrección que devuelve al cachorro al redil. El hábito se inscribe en el cuerpo de la madre a fuerza de repetición. Tanto, que un día cualquiera, sin que el cachorro se haya adelantado, el barrito se dispara igual. La memoria muscular ha fijado el circuito. El río desencadena la respuesta aunque el peligro no esté. La madre barrita a un hijo que ya va en fila. Podemos imaginarlo sin esfuerzo. Hasta podemos sonreír por el despiste a fuer de un gesto que ha abierto paso en la memoria muscular.
Un día la madre se despista, el cachorro se adelanta más de la cuenta y no hay aviso que llegue a tiempo: lo embosca una manada de leonas. La madre corre, barrita, tarde. El horror se instala: el cuerpo de la cría, el silencio, la ausencia que ya es definitiva. A partir de entonces, cada vez que la manada se acerca a un río, el barrito vuelve. No es un recuerdo en el sentido humano de la palabra. Es un miembro fantasma del hábito. Es el circuito que se activa sin objeto, como Hachiko en la estación, como la madre chimpancé que carga el cuerpo inerte. Es horror. Y es animal.
Shakespeare lo supo antes que nosotros. En El rey Juan, Constanza ha perdido a su hijo Arturo. Los que la rodean le piden que modere su pena. Ella responde con una de las definiciones más precisas que se hayan dado nunca del duelo como presencia de la ausencia:
La pena llena el espacio de mi hijo ausente,
se acuesta en su cama, camina de un lado a otro conmigo,
adopta sus hermosos gestos, repite sus palabras,
me recuerda todas sus gracias,
rellena sus ropas vacías con su forma;
¿no tengo entonces motivos para amar mi dolor?
Constanza habla de un miembro fantasma. La pena ocupa el lugar del hijo, repite sus gestos, rellena su ropa. No es una metáfora. Es una descripción exacta de lo que ocurre cuando el hábito sobrevive a su objeto. La madre elefante, ante el río, ante cualquier río, siente eso. El barrito es la ropa vacía que la pena rellena. Es horror. Y es animal.
Pero hay otra figura en la escena. La leona.
La leona ha comido. El cachorro de elefante está en sus tripas. Se lame las patas, se acicala, siente el calor del sol sobre el lomo. Puede ver —supongámoslo— a la madre elefante barritar en la distancia. Puede oler el duelo. Puede incluso sentir una forma rudimentaria de empatía, un contagio emocional, una inquietud que no sabe nombrar.
Y la madre elefante, por su parte, barrita. Pero no siempre hacia fuera. Con el tiempo, el barrito se ha internalizado. Lo que antes era un llamado que corregía al cachorro impetuoso, lo que después fue un grito que llegó tarde a la emboscada, es ahora un movimiento que no siempre alcanza la trompa. A veces se queda dentro. Una contracción del diafragma. Un temblor en el pecho. El río ya no necesita estar delante para que el circuito se active. Basta el olor del agua. Basta la hora del día en que la manada solía acercarse a beber. Basta, quizás, un sueño. La madre elefante barrita por dentro, y ese barrito silencioso es ya un miembro fantasma del hábito. Es horror internalizado. Es memoria muscular vuelta duelo.
La leona observa. La leona puede ver a la elefanta detenerse. Puede ver el leve temblor del flanco. Puede, tal vez, sentir en su propio cuerpo un eco de ese temblor. No sería extraño. La empatía animal existe. Existe el contagio del bostezo, existe la inquietud que se propaga por la manada sin que nadie haya visto al depredador, existe el consuelo —los elefantes que se tocan unos a otros después de una pérdida, los chimpancés que abrazan al que ha sido derrotado—. La leona puede sentir algo. Una sombra. Una disonancia. El bienestar de la tripa llena y, al mismo tiempo, la visión de aquel flanco que tiembla.
Pero aquí viene la pregunta.
¿Puede la leona recrear imaginativamente el duelo de la madre elefante como estamos haciendo tú y yo ahora?
No verlo. No olerlo. No responder al estímulo presente. Sino traerlo a la conciencia en ausencia. Cerrar los ojos —si las leonas cerraran los ojos para imaginar— y componer la escena entera: el río, el cachorro que corre, la emboscada, el barrito que llega tarde, el peso del sol sobre el lomo que ahora es también el peso de una ausencia. ¿Puede la leona hacer eso?
Y más aún: ¿puede, con la tripa llena, detenerse y preguntar? No preguntar con palabras, no formular en silogismos, pero sí sentir el vértigo de la pregunta:
¿Cuánta muerte he traído al mundo para tener la tripa llena?
Eso no es empatía. La empatía es sentir lo que el otro siente cuando el otro está delante. Esto es otra cosa. Esto es quebrar la cuarta pared de la propia vida y mirarse desde fuera. Esto es interrumpir la digestión, el sol, la saciedad, y abrir en medio de todo eso una brecha por la que entra, no el horror de lo que ya ha pasado, no el terror de lo que está pasando, sino la sospecha. La sospecha de que la propia existencia tiene un peso que no se agota en el presente. La sospecha de que estar vivo es, de algún modo, responder a una pregunta que no se ha formulado todavía.
La leona no puede hacerlo.
No porque sea un animal. No porque le falte inteligencia. Le falta el instrumento. Le falta la palabra que despega la conciencia del estímulo. Le falta la noción que no necesita contacto, la presencia sin cosa, la Ola que no rompe. Le falta el pánico.
Nosotros, en cambio, estamos haciéndolo ahora. Tú que lees, yo que escribo. Estamos recreando a la leona y a la elefante y al río. Estamos preguntándonos por el peso de la tripa llena. Y al hacerlo, estamos ejerciendo eso que ningún animal ejerce: la posibilidad de detener el flujo de lo inmediato y preguntarse, sin que nada nos obligue, sin que ningún estímulo nos apremie, si la vida que vivimos es la vida que deberíamos vivir.
Esa posibilidad es el pánico. No el horror. No el terror. El pánico de estar vivos y saberlo.
V.
Eso es la muerte.
No el cadáver. No el último aliento. No el rincón oscuro donde el gato se retira. Eso es horror y es terror, y ambos son ciertos, y ambos son reales, y ambos nos pertenecen igual que a los animales. La carne que se enfría no distingue. La respiración que cesa no distingue. Nuestra muerte es mortal tal cual.
Pero hay algo que no es igual.
Vivo hoy. Muerto algún día. Esa es la cuenta. Y entre el hoy y el algún día hubo horror, sí, y hubo terror, sí, pero sobre todo esto: la sospecha de no haber vivido a cabalidad. El pánico de haber estado vivos sin saberlo. De haber gastado los días como quien gasta monedas sin contar. De haber dicho adiós sin saber que aquel río era el Aqueronte.
La leona no puede sentir esto. La leona, con la tripa llena, digiere. Y al digerir, no sabe que hay una madre elefante barritando sola en algún río. No porque sea cruel. Porque es completa. Su saciedad es todo su mundo. No hay grieta por la que entre lo que no está.
Nosotros tenemos la grieta.
Y no es empatía. La empatía es sentir al otro cuando el otro está delante. Esto es otra cosa. Esto es quebrar la cuarta pared de la propia vida y encontrar, al otro lado, un saldo, una cuenta que no cuadra. La certeza de que hemos dicho adiós sin saber que aquel río era el Aqueronte. Que hemos cerrado puertas sin saber que no volveríamos. Que hemos desayunado, caminado, hablado, mirado por la ventana, y todo eso era la vida, y la vida pasaba, y nosotros estábamos en ella sin estar.
La Muerte no es lo que viene. Es lo que permite esta operación: la de mirar atrás antes de que haya atrás. De ver el despilfarro en el momento del despilfarro. De saber, mientras la moneda aún está en la mano, que ya se gastó.
Eso es el pánico. No el miedo a dejar de ser. El miedo a haber sido, sin haber sido ser.
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