Herejías de salón: del prestigio y el olvido filosófico
Hablemos, pues, tal y como se nos pide, de filósofos sobrevalorados e infra valorados. Para no desmedirnos, escogemos sólo tres de cada.
I.
Conviene aclarar, antes de que alguien saque la escopeta epistemológica, que esto no va de verdad ni de mentira. Si el criterio fuera quién dijo la verdad, la cuestión se despacharía en un párrafo: todos los filósofos habidos están sobrevalorados, excepto yo mismo. Y ya. No tiene gracia. La sobrevaloración, bien entendida, no mide la distancia entre una tesis y el mundo, sino entre la fama de un pensador y lo que su pensamiento efectivamente puede sostener sin que le echemos un capote. Es, por tanto, una operación de caja registradora: se compara el haber con el debe, el palmarés con la letra pequeña.
Aquí podemos tomar prestada una jugada del periodismo deportivo, ese género donde la palabra «sobrevalorado» alcanza su máxima expresión de malevolencia refinada. Pongamos a Cristiano Ronaldo. Se dice que está sobrevalorado porque sus goles son de empujar el balón y porque exige que el equipo juegue para él. La jugada no consiste en negar los goles —ahí están, filmados, incontestables—, sino en mostrar que el palmarés le ha sobrevenido a base de azar o méritos ajenos. Es un movimiento de prestidigitación crítica: el mismo trofeo, contemplado bajo esta luz, encoge.
¿Quién hay en filosofía que tenga tanto palmarés y que, sin embargo, le haya venido, por así decirlo, regalado? Pues ya Hegel —y no, lo de filósofo oficial de Prusia más bien melló su aureola— anotaba en sus Lecciones sobre la filosofía de la historia universal que Aristóteles tuvo el supremo mérito de haber educado a Alejandro Magno. No hace falta listar la sucesión de azares que posibilitaron tal ayuntamiento, ni cómo el Monarca Macedonio, a la hora de la verdad, hizo caso omiso del Estagirita y no trató a los persas como plantas y animales —que era, al parecer, la recomendación aristotélica para lidiar con los bárbaros—. Pero aún más afortunado es el caso medieval.
Durante siglos, los católicos disfrutaron de un monopolio teológico-filosófico que, en la Alta Edad Media, empiezan a disputar los musulmanes. En función de ello, Ramón Llull busca zanjar de un zasca tales disputas calculándolo todo, finiquitando toda discusión racional de una vez por todas: un movimiento que inspira a Leibniz y que replica —¿inconscientemente?— Hilbert, por razones parecidas. Nace así la racionalización de la fe, y la escolástica encuentra un aliado. En parte por path dependence ideológico, en parte por path dependence bibliográfico —había manuscritos, se tradujo lo que había—, Aristóteles se eleva a Filósofo. Así, con mayúscula. Básicamente, un enchufado de los poderes eclesiásticos de la época.
La sustancialización de la filosofía en torno a las sustancias que el griego postula es un caso de libro de palmarés regalado. Soy plenamente consciente de que han pasado muchos siglos desde entonces, mucha secularización, mucho olvido de la escolástica, y de que los colegas siguen votando —ahí están los Leiter Reports— a Aristóteles como el filósofo favorito (aunque por los pelos). Pero una de las razones por las que sigue ajustándole la etiqueta de sobrevalorado, aunque solo sea porque su influencia medieval es ajena exclusivamente a sus textos, es porque arrastra una aureola de adjetivos que se ganó en la Edad Media y que, a todas luces y sin mayores polémicas, son patentemente falsos. El más ejemplar es el de «sistemático».
¿Sistemática es una Metafísica que, literalmente, es una colección de libros argamasados por criterios editoriales y no autorales? ¿Sistemático es alguien cuya ética no se coimplica con su teoría epistemológica, cuya distinción de acto y potencia corre en paralelo —sin tocarse— a su distinción de causas? Más bien es un reservorio de ideas, como puede ser un refranero o, si se quiere ser menos hiriente, como es la Biblia en relación con los relatos que la componen. Solo un empecinamiento interesado pudo ver en él a un arquitecto de una cosmovisión no lagunaria. Los escolásticos lo vieron porque lo necesitaban pero nosotros lo repetimos como loros.
II.
Vamos con el segundo.
Habíamos dicho que «sobrevalorado» no puede ser nunca sinónimo de «no tenía razón». Era nuestra cláusula de salida, el blindaje contra el dogmatismo. Pero hay otra connotación posible de la palabra, y para explicarla necesito un meme. Ya adivinarán cuál: se dibuja un paisaje genérico, anodino, y junto a él un observador impertérrito. En la viñeta de abajo, el mismo paisaje, el mismito, pero rotulado «Algún lugar de Japón»; el observador estalla entonces en júbilo y anonadamiento místico. El paisaje no ha cambiado. Cambió el marco. Cambió la firma.
¿Qué es la verdad?, preguntó Nietzsche en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, y se respondió: «Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias y antropomorfismos [...], las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible». Es una nota epigonal. Lo que Nietzsche escribe es la consecuencia extrema de lo que Kant ya había argüido: que la mente humana nunca puede conocer la cosa en sí, que traducimos estímulos a través de las capacidades de nuestra mente. Kant abrió el tajo; Nietzsche se pasea por la herida.
Quevedo, sin ir más lejos, hizo de la nada etérea un arte. Pero no llevan la firma japonesa. Nadie aplaude con las orejas. Imagínese, si la memoria cultural tuviera justicia poética, que el Buscón y el Zaratustra compartieran el mismo pedestal de mármol negro donde se adoran los íconos del pensamiento occidental. Ambos —Quevedo y Nietzsche— fueron cirujanos del alma humana con bisturí de palabra: el español desollaba con conceptismo afilado la hipocresía de falsos nobles y médicos charlatanes, mientras el alemán desgarraba con aforismos la moral cristiana y el conformismo burgués. Ambos entendieron que el ser humano es un fue y un será condenado a la agonía del presente: donde Quevedo gemía «¡Ah de la vida!», Nietzsche respondía con el eterno retorno del mismo. Ambos despreciaron la masa gregaria desde una aristocracia del espíritu —el Übermensch filosófico frente al hidalgo satírico—, y ambos supieron que detrás de toda máscara social solo pulula la corrupción.
Ambos autores rechazaban la palabrería y buscaban la máxima concentración de significado en el menor espacio posible.
Si en Quevedo su genialidad radicaba en condensar ideas complejas en metáforas fulminantes y dobles sentidos, por caso, su definición del amor como "es un hielo abrasador, es fuego helado" comprime toda la contradicción de la existencia en un solo verso, en el otro lado, Nietzsche diseñaba frases lapidarias concebidas para ser recordadas y desestabilizar. Su famosa sentencia "Lo que no me mata, me hace más fuerte" funciona con la misma precisión matemática que un concepto quevediano.
Y sin embargo, he aquí la paradoja lacerante: Nietzsche, que murió loco y olvidado en Weimar, fue resucitado por su hermana y convertido en faro del siglo XX, citado en bares universitarios y portadas de libros de autoayuda, mientras Quevedo —que fue el Nietzsche del Barroco español, que escribió con la misma violencia verbal, que desenmascaró con la misma ferocidad— yace recluido en el olvido casi exclusivo de Madrid, como un monumento provincial al que solo acuden turistas despistados y estudiantes de selectividad. Es como si el destino hubiera decidido que solo cabe un pesimista radical por hemisferio, y el sorteo le tocó al alemán. Quevedo, que ya sabía de la injusticia cósmica, no se habría sorprendido: «Ayer se fue, mañana no ha llegado», escribió, y hoy, su mañana nunca llegó.
Y si la paradoja anterior dolía, esta laceración espero la profundice hasta el hueso: a Quevedo se le crucifica con el cartel de misógino por sus mujeres de la vieja casta y sus romances de burlas, como si la sátira barroca no fuera, ante todo, un género de excesos retóricos donde nadie queda indemne —ni el pícaro, ni el médico, ni el falso noble, ni el propio poeta que se autoflagela en su Heráclito cristiano y segunda arpa a imitación de David)—, mientras que a Nietzsche en su acoso —vale decir: insistencia desmedida, propuestas repetitivas, despecho epistolar— a Lou Andreas-Salomé y que además dejó por escrito en Más allá del bien y del mal frases que no admiten interpretación filológica benigna —«¿No es de muy mal gusto que la mujer se proponga ser científica?», «Cuando una mujer tiene inclinaciones científicas, es que hay algo desordenado en su sexualidad», «En la mujer hay tanta pedantería, superficialidad, mezquindad, presunción y desenfreno...»—, se le ríen las gracias en los seminarios universitarios como si fuera una anécdota pintoresca de genio excéntrico y (él sí) exceso romántico. El mismo pensamiento que diagnosticó la ressentiment como motor de la moral cristiana, resulta incapaz de reconocer su propio ressentiment amoroso convertido en obsesión epistolar, ni su misoginia sistemática disfrazada de psicología filosófica.
Quevedo, que nunca pretendió ser modelo de virtud —su misoginia era pública, barroca, parte de su máscara satírica, inseparable de su autodesprecio cristiano—, paga con el olvido el precio de su honestidad retórica; Nietzsche, que envolvió su acoso en la seda del Übermensch y su misoginia en la apariencia de análisis cultural, sigue siendo el filósofo de moda en cafés de Brooklyn y portadas de camisetas: el efecto meme es el de siempre, esto es, lo mismo dicho por otro, con otra firma, produce el anonadamiento que a Kant se le concede con moderación de notario y a Quevedo directamente se le niega.
La cuestión es que Nietzsche se ha convertido en el Japón del meme.
Y no solo en esto. Cae siempre de pie. Insisto. ¿Que Hume, en una nota a pie de página de un libro menor, suelta una boutade racista que empieza con el verbo «sospecho»? Infamia para siempre. ¿Que Nietzsche en El Anticristo reclama que «los débiles y los fracasados deben perecer»? Ah, pero es que no entendemos su ironía, que filosofa como un martillo, que provoca como buen literato, y que desde luego no habla de razas como el torpe de Hume, por favor: habla de «débiles», así, en general, casi como dijéramos una postura filosófica del tipo «panenteístas» o «ultrafinitistas radicales».
«¡Muerte a los ultrafinitistas radicales! ¡Nadie nos sacará del Paraíso de Cantor!» Algo así quería comunicar Nietzsche, pero claro, hay que tener cultura y sutileza al leerlo, que si no, no sabemos de qué habla.
Y no nos confundamos: Nietzsche no se quedaba en la mera fruslería filosófica. Como solo Marx, dicen sus apologetas, despreciaba el trabajo industrial asalariado y lo consideraba una forma de esclavitud moderna. Si bien, los biógrafos no dudan en señalarnos que, al mismo tiempo, estaba en contra de los movimientos obreros y socialistas que exigían la reducción de la jornada laboral. Para él, las reformas sociales y el socialismo solo buscaban un «bienestar cómodo» que ablandaba al ser humano, en lugar de empujarlo a la verdadera autosuperación y la conquista de la libertad individual.
Y como los gatos: siempre cae de pie.
Nietzsche utilizó constantemente la metáfora del zoológico, la jaula y el corral para describir la cultura occidental y la moral cristiana. Pero no dejó ningún escrito —y mira que escribió y escribió— ni declaración directa sobre los «zoos humanos», las exhibiciones coloniales de personas indígenas populares en Europa a finales del siglo XIX. Vivió la época de mayor auge de estos lamentables espectáculos. Nunca dijo nada. Nunca.
Compárese, si no, con Heidegger. Su silencio sobre los campos de exterminio es el baldón que todo lector no iniciado le arroja a la cara antes incluso de abrir Ser y tiempo. Es un silencio que pesa, que condena, que obliga a sus exégetas a un trabajo defensivo perpetuo. Ahora bien, ¿alguien se escandaliza con el de Nietzsche? El mismo paisaje —un silencio estridente allí donde su propio vocabulario pedía a gritos una toma de posición—, firmas distintas. La de Heidegger, pringada para siempre, empero la de Nietzsche, bañada en esa luz japonesa que convierte la negligencia en enigma y la omisión en sutileza.
Se entiende, desde luego, que nadie está obligado a observar y conservar cada felonía de su tiempo para malpararla con un comentario ácido. No es eso lo que se le pide. Pero cuando tu pensamiento se articula precisamente con el concepto y la fraseología que parecen apuntalar ciertas prácticas sociales —cuando tu prosa se nutre de zoológicos, jaulas y corrales para diagnosticar la civilización—, la ausencia de un esfuerzo precisorio de desmarque es, como mínimo, una negligencia. Y como máximo, una forma de dejar que el símil haga en la sombra un trabajo que el autor no se atreve a firmar a plena luz.
En esto Nietzsche me recuerda a Foucault. También él escribió páginas y páginas sobre el poder y la sexualidad sin desmarcarse nunca con una condena clara de la pederastia. Investigue el lector su biografía si quiere sospechar por qué. El mecanismo es idéntico: el marco teórico se vuelve un equilibrista que nunca pisa el alambre sin red, vale decir, siempre hay un malentendido disponible para refugiarse en él si el aplauso se convierte en abucheo.
Podría seguir citando pasajes e ideas todo el día. No pido que lo ajusticien ni que dejen de leerlo. Solo pido que lo lean, por así decirlo, en un experimento de doble ciego. Como si no fuera él. Y hago una predicción: igual, y por primera vez desde que lo leían, se asustan de lo que ha pasado ante sus ojos.
III.
Sigamos con el tercero.
Completar el podio de los sobrevalorados exige hoy una herejía. Literalmente. Pero antes de declararla, preparemos el terreno, como venimos haciendo, preguntándonos qué juego de muñeca le vamos a sacar esta vez a la palabra «sobrevalorado». Hasta ahora hemos visto el palmarés regalado por la historia y el efecto meme de la firma japonesa. Queda un tercer mecanismo, quizá el más sutil: el prestigio por pánico.
¿Recuerdan aquel episodio (Mr. Monk and the Leper, Temporada 5, Episodio 10) de la serie Monk? El detective tiene una memoria fotográfica impecable, una máquina de desenmascarar criminales. Pero sus antagonistas lo saben, y saben también que Monk siente un pavor absoluto a los gérmenes y a las enfermedades. Así que montan una escena: un bar a oscuras, un actor disfrazado de leproso con heridas falsas. Monk le da la mano por accidente. El pánico es instantáneo. Intenta lavarse desesperadamente, pide que le echen queroseno encima. Y lo más importante: debido al asco y al trauma, su mente bloquea activamente los recuerdos de aquella reunión. Monk, el hombre que todo lo ve, se vuelve ciego por autodefensa. Su memoria prodigiosa queda neutralizada no por un fallo, sino por un exceso de espanto. Debido al asco y al trauma psicológico del momento, Monk bloquea activamente los recuerdos visuales de la reunión, lo que les permite usarlo en un juicio como testigo manipulado sin que él pueda recordar o analizar los detalles del "leproso" con su claridad habitual.
Pues bien: Tomás de Aquino es el leproso de la filosofía occidental.
Me explico. ¿Alguien se cree de verdad que es valorado un pensador cuya obra señera está escrita en un latín jergático de hace ocho siglos, que encuadernada en tomos de veintitantos centímetros de alto ocuparía cinco volúmenes y rondaría las tres mil o cuatro mil páginas? Un pensador del que todo un Étienne Gilson —nada sospechoso, por cierto— dice que no era un filósofo, sino un teólogo que usó herramientas filosóficas para acuñar su pensamiento. Tomás de Aquino es un escritor al que solo ha leído entero alguien que ha hecho voto de castidad y aspira a repartir hostias el resto de su vida: todo un profesional. Cualquier otro lector que afirme valorarlo no hace sino usarlo de pasaporte para darse una dignidad que de otro modo no tendría cómo afrontar.
Y aquí entra Monk. La Summa Theologica es ese leproso en el bar oscuro. Su sola visión produce en el creyente —y en el no creyente, y en el estudiante de filosofía— un pánico reverencial que bloquea toda capacidad crítica. ¿Leerla? ¿Escalar ese macizo de argumentos encadenados? Imposible. El asco intelectual puede más. Y entonces ocurre lo mismo que en el episodio: la mente, para protegerse del trauma, borra activamente el recuerdo. No hace falta leer a Tomás. Basta con saber que está ahí, que es enorme, que es arquitectónico, que «todo encaja». El prestigio se hereda de generación en generación como una hostia sagrada que nadie mastica realmente. Se pasa de mano en mano, de catecismo en catecismo, de manual en manual: «Santo Tomás demostró la racionalidad de la fe». Y punto. A otra cosa.
Pero fijémonos en el detalle más sucio de la analogía. En Monk, el leproso no era real: era un actor disfrazado. Las heridas eran falsas. El montaje estaba diseñado para explotar la fobia del detective y convertirlo en un testigo inservible. Con Tomás ocurre algo parecido. La «racionalidad de la fe» que supuestamente demuestra no es algo que la comunidad de fieles haya verificado jamás por sí misma, antes bien, es un montaje erigido por una tradición que se pasa la afirmación de unos a otros sin que nadie se detenga a examinar las llagas. ¿Que Gödel no pudo demostrar la consistencia de las matemáticas? ¿Que la razón humana tropieza consigo misma en cuanto intenta fundamentarse? No importa: un fraile del siglo XIII, con las herramientas de la metafísica aristotélica y una confianza imperturbable en la analogía del ente, le tomó la delantera al siglo XX. Y si alguien lo duda, que lea la Summa. Ah, ¿que no la ha leído? Pues calle.
¿Y por qué este gesto? ¿Por qué esta insistencia en garantizar la racionalidad de la fe como quien blande un título de propiedad? Aquí es donde asoman los complejos. El catolicismo, en su núcleo más antiguo, no nació en un aula de metafísica sino en un cenáculo. Es una religión de confianza —de fides— en el testimonio de los Apóstoles, no una conclusión silogística. Pero eso, a la hora de la verdad, da miedo. Suena a fideísmo protestante. Suena a Islam y su inshallah. Suena a barbarie emocional. Y entonces aparece Tomás como un inmenso escudo apologético: nosotros no creemos porque sí, nosotros hemos demostrado que lo nuestro es racional, arquitectónico, necesario. El leproso se convierte en arma arrojadiza. Sirve para mirar por encima del hombro al protestante que cree por sentimiento, al musulmán que se abandona al designio divino, al ateo que se cree listo y no ha leído la Tercera Vía. «¿Que no has leído a Santo Tomás? Pues no sabes lo que dices.» Y quien así habla, por supuesto, tampoco lo ha leído. Pero no importa. El leproso está ahí, imponente, pustuloso, incontestado. Nadie va a acercarse a comprobar si las heridas son de verdad.
Y aquí, precisamente aquí, es donde la historia real supera a la ficción y la analogía del leproso se hace aún más propicia si cabe porque ocurre que en diciembre de 1273, tras una experiencia mística (o lo que él interpretó como tal) durante la misa, Tomás de Aquino dejó de escribir para siempre. Cuando su secretario y amigo Reginaldo de Piperno le instó a continuar con la Summa, Tomás le respondió con una frase que ha pasado a la historia como el mayor mea culpa intelectual de la cristiandad teológica: «Omnia quae scripsi videntur mihi palea» —todo lo que he escrito me parece paja, comparado con lo que he visto—. Murió pocos meses después, en marzo de 1274, en la abadía de Fossanova, sin haber escrito una línea más. Ni una. Si lo piensas, es el colmo del "prestigio por pánico". La Iglesia, que necesitaba el blindaje racional, agarró la Summa Theologica —precisamente la obra que su autor, en el momento de mayor lucidez espiritual, calificó de palea, de paja, de relleno, de desperdicio— y la convirtió en el monumento imperecedero del pensamiento católico. Es como si el arquitecto, al terminar la catedral, dijera "esto es cartón piedra, lo que yo he visto de verdad no cabe en piedras", y la institución respondiera asintiendo a cámara lenta: "Perfecto, pues lo declaramos dogma de fe y quien dude será excomulgado". La analogía del leproso se reitera: no solo es que las heridas sean falsas (un montaje apologético), sino que el propio "enfermo" confesó al final que todo era cosmética. Y la Iglesia, en lugar de escuchar al paciente, prefirió canonizar el maquillaje.
Como en Monk, el montaje funciona porque la fobia es más fuerte que la inteligencia. La memoria crítica queda bloqueada. La herida epistemológica no se cierra: se cronifica. Porque el cristianismo, al empeñarse en demostrar lo que pertenece al orden del testimonio, no resuelve la tensión entre fe y razón: la perpetúa, y de paso suministra a los fieles un garrote para despreciar al resto de los mortales pero el precio de tener una fe blindada es tener una fe que ya no confía: necesita demostrar. Y como nadie lee realmente la Summa, el blindaje es pura apariencia. Pero la apariencia, en el mercado de las valoraciones filosóficas, basta.
Tomás de Aquino no es el filósofo más leído de la historia. Es el más aducido. Y la diferencia entre leer y aducir es exactamente la diferencia que hay entre curar a un leproso y disfrazarse de uno para que nadie se te acerque.
1.
Es tentador, llegados a los infravalorados, hacer alarde de lecturas inhóspitas y underground. A mi juicio, eso sería trampa: ¿por qué mi gusto habría de erigirse en universal? Otro mal uso del concepto sería exigir un mayor despliegue de elogios allí donde solo hay una frialdad sumarísima. Fácil entonces: yo. ¿Qué pasa, que no se me adora con la suficiente devoción fuera de mi madre y de mi abuela? Sospecho, además, que —como con Aquino— no me han leído.
No. Ese sería un uso poco riguroso de la palabra «infravalorado». Piénsese en la célebre frase de Alfred North Whitehead: «La filosofía occidental es una serie de notas a pie de página de los diálogos de Platón». Tomada en serio, esa sentencia implicaría que cualquier pensador, en tanto que nota a pie de página, está infravalorado. Es decir, que cualquiera puede ser caracterizado arbitrariamente como nota a pie de página de cualquier otro: «oh, fulano no es tan original, fue mengano quien llegó antes». Un juego de salón.
Propongo, en cambio, un primer caso de uso. Infravalorado es aquel pensador al que no se le toma en serio, como al viejo en una fiesta familiar al que todos reverencian en escucha, asienten con la cabeza y del que educadamente se desprenden para no tener que escuchar la enésima batallita de la mili. Infravalorado es el atontado, el tronado, el que «sí, sí, pero no te hago ni caso». Aquel a quien se le trata cortésmente de manera irrespetuosa.
Y aquí viene un momento dramático que quiero recalcar. Si el lector ha concedido a todas las páginas anteriores el beneficio de la frivolidad, si ha juzgado fruslerías todo lo dicho y todo lo que queda por clasificar, se lo acepto con deportividad. Pero lo que a continuación voy a defender como injusto —lo que me gustaría que se grabase a fuego en todas las facultades de filosofía, porque su desobediencia está ocasionando un acto de soberbia que tendrá consecuencias— es precisamente esto:
Platón es el filósofo más infravalorado de la historia del pensamiento.
En la Enciclopedia Oxford de Filosofía editada por Ted Honderich —toda una biblia por su carácter de referencia— la entrada correspondiente empieza con los honores militares que no se pueden excluir: «El más conocido y más extensamente estudiado de todos los filósofos antiguos». Lo que es como decir: de todos los filósofos, punto. En la siguiente entrada, «Platonismo», después de pasar revista a todos los pensadores que lo pusieron en un pedestal, no se deja de anotar, casi al final, que «el platonismo a gran escala no es ya una opción viva».
Traduzcamos. El más conocido de todos los filósofos. Su doctrina, muerta. Nadie, por supuesto, quiere hoy ni siquiera plantearse que haya un reino de lo suprasensible donde more lo conceptual.
Se ve cuando entrevistan a matemáticos y se les pregunta si las matemáticas se inventan o se descubren. No pueden sino decir lo que verdaderamente sienten junto a lo que verdaderamente pueden conceptualizar según la folk philosophy: afirman que en parte se inventan, en parte se descubren. Lo cual es —ya podrían aprender los biólogos— una maravillosa forma de resolver el dilema de quién vino antes, el huevo o la gallina. Pero bromas aparte: ¿es que acaso hemos descubierto y podido enterrar la pregunta por la irrazonable eficacia de la matemática en las ciencias naturales? No. Lo que hemos enterrado, porque ya lo tenemos claro aunque no hayamos resuelto nada, es a Platón.
Y aquí la analogía con el viejo chocho se recupera con toda su fuerza. No le hacemos caso. No lo planteamos como alguien que dijo algo alguna vez que mereciera la pena escuchar. La mayoría lo descarta, no como un error lamentable y recurrente, sino como algo execrable. No se hace el esfuerzo de refutarlo. Simplemente se le cita como si uno, leyendo unas hojas, levantara la cabeza, dijera «y esto dijo Platón», mirara al auditorio y luego siguiera leyendo sin mayores distracciones.
¿Que Platón dijo que estaba en contra de la democracia? No verás a nadie por el rito de iniciación de pasar de ser un pensador a ser un filósofo tratando de defender la democracia frente a las críticas de Platón. Eso sería tomarlo en serio como pensador. Y eso no se hace ya.
¿Que Platón dijo que la Belleza o las Ideas —por ejemplo, las matemáticas— son reales? Podrás ver a Einstein o a Hardy defender la belleza de las teorías, y con ellos a la práctica totalidad de los matemáticos y científicos —al punto que Sabine Hossenfelder ha tenido que llamar a rebato—, pero por favor, que nadie recupere las barbas de Platón, que aquí somos serios en el pensamiento.
¿Que Platón dijo que la cognición superviene a lo físico? Desde luego eso está más que refutado por la neurociencia, y si bien todo lo intencional es un hueso duro de roer para los materialistas eliminativos, que por favor nadie se lea en serio una obra de un tipo que escribió hace dos mil cuatrocientos años, que luego en las otras facultades hablan de nosotros a base de cuchicheos.
¿Que Platón dijo que el mero conocimiento del Bien es garantía de no hacer el mal? Es obvio que la gente sabe que hace mal cuando hace mal y lo hace, así que ni nos molestamos en recordárselo al viejo que divaga. Ahora, eso sí: en Europa nada de pena de muerte, que creemos en la reinserción.
Pero no quieres más ejemplos. Quieres el mecanismo. Y el mecanismo es este: a Platón hace tiempo que no se le sienta en la mesa de los demás comensales.
No digo que Platón tuviera razón. Digo que no se le discute. Y eso, en filosofía, es peor que la refutación: es la indiferencia que se disfraza de respeto. Y además de ser un gesto estéril —pues el viejo no termina de caminar por su propio pie al cementerio y quedar enterrado—, aunque solo fuera por las apariencias, por el respeto, por el «tanto nos has dado», yo propongo, como mero juego de entrenamiento, para aprendices siquiera, probar a refutar, no a poner muecas, alguna idea del viejo y venerable Platón.
Ha avanzado una barbaridad la filosofía desde que aquel se puso a hacer dialoguillos literarios. Perfecto. El contraste podría ser hasta gracioso. La lectura disfrutona y el siempre estimulante ejercicio de pensar están asegurados. Pero que nadie se llame a engaño. El que ronda de verdad a Platón no sale ileso de la cercanía. Sale con una pregunta que no se hacía antes, y que no se la hace nadie que se haya quedado en la puerta haciendo muecas. La pregunta es esta: si el viejo era tan tonto, ¿por qué sigue ahí, esperando? Y si no lo era, ¿por qué tú sigues ahí, sin sentarte?
2.
Si con el primer infravalorado tensé la cuerda, con el segundo agoto tu paciencia y temo que me dejes caer estas líneas. Conforme si al menos te quedaste con que no debes tratar a Platón como a un tonto.
Platón y Aristóteles, maestro y discípulo, han constituido una diarquía solo trinarizada con la llegada copernicana de Kant. Cuando miras las encuestas a filósofos o cuando estableces una genealogía de los grandes movimientos, solo Kant está a la altura en influencia y respeto de los dos griegos. Así que haber metido al primero como infravalorado roza el insulto.
Ahora es cuando debo acudir al underground y sacar a colación en unos párrafos una lectura que toda la comunidad filosófica, en toda su estulticia, no ha sabido apreciar. Pero antes de hacer tal alarde celebratorio de mi inteligencia, me gustaría posar a otro filósofo que, como Platón, tal vez no esté a primera vista visto como infravalorado. De hecho, yo diría que ni siquiera está infravalorado en absoluto.
¿Entonces? ¿A qué viene la provocación?
Respeto y amor profundo por la filosofía. Y, por ende, por lo que implica para la sociedad.
Empecemos por Grothendieck. Alexander Grothendieck. Cuando el genio franco-alemán falleció en noviembre de 2014, titulares como el de The Independent lo describieron exactamente así: el científico más importante del que nunca habías oído hablar. ¿Y la Academia lo había valorado? Por supuesto. No solo está valorado: es considerado el arquitecto absoluto de las matemáticas modernas. En la Academia, hablar de él no es hablar de un matemático brillante más, sino del pensador que redefinió qué significa hacer matemáticas, equiparable a lo que supuso Einstein para la física. O el nuestro infravalorado para la filosofía.
Para entender el nivel de veneración y absoluto asombro que despierta en la comunidad matemática, hay que analizar cómo transformó la disciplina. La verdadera valoración de la Academia no está en sus medallas, sino en que los matemáticos actuales utilizan su lenguaje todos los días. Antes de él, los matemáticos eran solucionadores de problemas que usaban herramientas específicas para romper enigmas difíciles, como un martillo golpeando una nuez. Grothendieck introdujo un enfoque radicalmente distinto: para abrir una nuez, decía, no hay que golpearla, todo lo contrario, hay que sumergirla en el agua de la teoría general para que la cáscara se ablande y la nuez se abra sola, de forma natural. Inventó los conceptos de esquemas, topos y motivos. No resolvió problemas aislados sino que construyó un mapa del universo matemático completamente nuevo que unificó la geometría, el álgebra y la teoría de números.
En la Academia existe una profunda fascinación —y cierto misticismo— en torno a su figura. El hecho de que abandonara la civilización en su cúspide creativa no disminuyó su influencia, de hecho, la agigantó. Generaciones de matemáticos posteriores dedicaron décadas de su vida exclusivamente a descifrar, ordenar y demostrar las intuiciones que Grothendieck dejó anotadas a vuelapluma. Sus ideas fueron la base directa de hitos como la demostración de las Conjeturas de Weil por su alumno Pierre Deligne o el mismísimo Último Teorema de Fermat por Andrew Wiles. La Academia lo valora como al profeta de la era moderna: un hombre que vio estructuras tan profundas y abstractas que el resto del mundo aún está intentando asimilar del todo.
Pero tú nunca has oído hablar de él. Nunca.
Eso es algo que persigue a las matemáticas: esa sensación de no hacer nada útil, de que todos son castillos en el aire sin aplicación, de que mientras genios absolutos sacan la lengua y se convierten en paradigma de la inteligencia, lo son en tanto que han creado cosas explicables de manera trivial —que no triviales— como la relatividad o la evolución, de manera que entre la lista de los grandes genios pueden aparecer Darwin o Einstein, pero no Galois o Riemann.
Piensa un momento en esto: Karl Marx fue reconocido oficialmente como el mayor pensador del Milenio tras ganar una encuesta global realizada por la BBC en 1999. Superó a Einstein, Newton y Darwin. Todo el mundo ha oído hablar de Marx, de Einstein, Newton y Darwin. Todo el mundo sabe quienes eran. Y eso, precisamente, es el problema.
Porque cuando la gente piensa en «filosofía influyente», piensa en Marx. Piensa en nombres que aparecen en encuestas, en fotos con barba, en ideologías que se discuten en los periódicos. Pero la verdadera influencia no es esa. La verdadera influencia es invisible. Es el aire que respiras sin saber de dónde viene. Marx es el rostro. Pero los pulmones son otros.
Grothendieck murió siendo el científico más importante del que nadie había oído hablar. De ahí a preguntarse para qué sirven las matemáticas hay un paso. Y de ahí a preguntarse para qué sirve la filosofía, otro.
Pregúntale a cualquier divulgador mainstream de ciencia para qué sirve la filosofía, y el más generoso te dirá que para lavar las probetas —o algo así, en un gesto semejante al hecho en un discurso de agradecimiento al recoger un premio, esos de con saludos al apuntador incluido.
Ahora, coge a ese cualquier divulgador científico mainstream, o a cualquier persona culta y le preguntas si la ciencia puede alcanzar la verdad absoluta. Entonces te dirá que no, que solo puede ir acercándose tangencialmente porque al final somos simios que no hemos sido programados para alcanzar la verdad, sino para sobrevivir. Eso no estaba en el pensamiento griego. Eso llegó después.
Si le preguntas por qué hace divulgación y trata de hacer de nosotros personas informadas sobre cosas tan peregrinas como la esfericidad de la Tierra o el cambio climático, seguramente apelará a la autogénesis del hombre adulto, que no debe depender para su autonomía de fuentes externas autoritarias, sino de su sola razón.
Si apelas a la posibilidad de experimentar con humanos en fase terminal para probar medicamentos potencialmente disruptivos, seguramente proteste porque pretendamos enajenar la inalienable dignidad de cualquier ser humano, vale decir, que no puede ser utilizado como medio, sino como fin.
Si le preguntas por la religión, carraspeará un poco y te hablará de que son reinos que no se solapan. Entiende a la religión dentro de los límites de la mera razón.
Si le interpelas a ver si uno puede forzar una operación a un tercero o si cualquier persona, para posibilitarla, tiene que firmar un consentimiento... seguramente empezará a ponerte caras y a convencerse de que esta conversación se está volviendo muy rara.
Ni te molestes ya en preguntarle si un refugiado de guerra tiene derecho de asilo...
¿Quién le enseñó todo esto? Todo esto —todo— es de alguien. No Marx. Marx es la foto en el parlamento chino, la lengua de Einstein en versión barba. Marx es el rostro que todos reconocen y pocos leen. Todo esto es de alguien que es el aire que todos respiran y nadie nombra. Eso es estar infravalorado: no ser desconocido sino ser invisible a pesar de ser omnipresente.
Tienes razón, tienes razón. Tengo que ser razonable. Kant no está infravalorado. No lo está, no. ¿Quién no lo venera en la faculta de filosofía? Ese no es el problema de raíz. Kant no está infravalorado. No, no. Pero sí la filosofía. Y tenía que decirlo. Y lo dije.
3.
Es indignante, lo sé. Teniendo espacio y ocasión para hablar de filósofos infravalorados, no hago el esfuerzo dignatario de dejar dar un maldito nombre que cualquier persona interesada en la filosofía haya oído alguna vez. Mea culpa. Queda esta tercera y última bala. Vamos con ello.
En un reciente vídeo de YouTube vi a un alumno poniendo pros y contras de estudiar la carrera de filosofía. Uno de los contras era que no había estudiado a suficientes mujeres. Tal cual, oye. Esto es algo que con «la inclusión de» siempre pasa: siempre pierdes. Siempre estás en pecado. ¿Que oyes a Bach? ¿Y cómo no a Haendel o Vivaldi? ¿Que sí lo haces? Claro, son muy conocidos. ¿Y por qué no a Zelenka o Telemann? ¿Que los escuchas todos? ¿Y por qué solo música barroca? ¿Acaso crees que la música se apagó con Bach, con Beethoven, con Stravinsky, con Stockhausen? ¿Pero has escuchado a mujeres compositoras? ¿Sabes, verdad, que la música no empieza en el Renacimiento, sino que antes —pienso en Hildegard von Bingen— hay música también? Esto es como La Banca: siempre pierdes. Siempre estás en pecado.
Es curioso, además, que tenga una urgencia políticamente comprometida. No puede ser que veas pinturas solo de hombres como Caravaggio. ¡Te estás perdiendo a la otra mitad de la humanidad! Ah, vale, dime entonces. Entonces, cuando abren el foco y te van a dar a conocer a la otra mitad de la humanidad, te acaban presentando pinturas de —redoble de tambores— Artemisia Gentileschi (cuya pintura es soberbia, dicho sea de paso), que casualmente está como a dos cuadras en tiempo y espacio del pintor antes nombrado. Desde luego no van a irse a China a enseñarte pinturas, porque una cosa es humillarte y otra es que ellos se apliquen el cuento.
Y volviendo al vídeo: ¿por qué mujeres y no ciertas regiones? Quiero decir, ¿es posible que en su carrera aquel tipo de YouTube haya notado algún otro sesgo, por ejemplo geográfico, en el listado de los autores a estudiar?
Amicus Plato, sed magis amica veritas. «Soy amigo de Platón, pero más amigo de la verdad». Si te gusta la filosofía, si te gusta la filosofía de verdad, te gusta la verdad. Punto. La verdad. Así de simple. Todo lo demás es postureo. No hay más. Pero hay que entender bien qué clase de atractor es esta verdad: no es un deber moral que te señale con el dedo, todo el mundo sepa por intuición cuál, sino una gravedad que te arrastra. Leemos a Hegel porque antes leímos a Nietzsche, Marx, Kojève, pero porque antes leímos a Žižek, pero porque antes hemos tropezado con debates donde Hegel es nodo inevitable —no por el orden, que nunca es obligatorio, sino por la densidad. La verdad filosófica se transmite como condensado histórico, como conversación que ya está en marcha y a la que llegas, no como catálogo de opciones entre las que eliges por representatividad.
Aquí hay una diferencia decisiva con la estética, al menos a priori —y esto importa recalcarlo, pues estamos a falta de una teoría estética que lo fundamente—: la materialidad plástica de un Velázquez invita a ser vista, y una LaVelázquez con la misma materialidad plástica invitaría a ser vista con la misma urgencia. ¿Es que acaso no querrías una décima sinfonía de Beethoven aunque quien la compusiera fuera una LaBeethoven, es decir, un Beethoven con falda? En estética, el salto es legítimo y hasta conveniente en términos de culturalidad: el viaje a Oriente no es un deber, es una ampliación del paladar. Y cuando digo Oriente no me refiero necesariamente a la puerta de al lado solo si lleva falda. Al otro lado del Himalaya también hay belleza y verdades, y el descubrimiento gozoso de una pintura china o de una compositora olvidada puede ser un gesto de complicidad, no de rendición ante La Banca. Es invitación feliz, como cuando recomiendas Gojira a quien le gusta Pantera: sin apelación aristocrática, sin que siempre gane la casa.
Pero en el ejercicio de la docencia filosófica esto no cabe. LaHegel, con el mismo pensamiento y profundidad al alcance del mismo Hegel, sería una estafa curricular: a ella no le leyeron Feuerbach, Marx, Nietzsche, Kojève. ¿Qué tú, como filósofo, eres capaz de sacar petróleo de esa autora? Perfecto. Pero yo, como profesor, mientras nadie «abra» el canon —mientras no exista esa densidad receptiva, esa conversación en marcha— no puedo hacértela leer en igualdad de condiciones que a Hegel. Que luego tú vengas y hagas justicia, que la rescates de la oscuridad y le saques petróleo con tu propio trabajo de investigación: alabado sea el señor. Pero esa justicia se hace en la vanguardia, no en la educación. El aula no es lugar de martirio reparador.
Además, ¿qué desfachatez de acusación es esa que no ya tira la piedra y esconde la mano, sino que —yo me pregunto— ni siquiera sabe a quién se la tira? Imaginemos a la filósofa antes mencionada, llamémosla LaHegel, con pensamiento y profundidad al alcance del mismo Hegel. ¿Qué acusación concreta estaríamos lanzando contra los lectores de Hegel —Feuerbach, Marx, Nietzsche, Kojève— por el hecho de no haber leído a LaHegel? ¿La de ser machistas? ¿El que alguien prefiera a Ortega y Gasset sobre Zambrano, o a Heidegger sobre Hannah Arendt, o a Jack Halberstam sobre Judith Butler, está obligatoriamente posicionado por una suerte de misoginia inconfesa? Aquí la asimetría es brutal: si te gusta Beethoven por sus gestos expresivos, es lógico que te vaya a gustar LaBeethoven si no tienes prejuicios arbitrarios: es la típica operación por la que tus gustos se amplían y hasta haces comunidad. Pero en el canon filosófico no se trata de preferir. Feuerbach no «prefirió» a Hegel: lo necesitó, porque estaba dentro de una conversación que ya estaba en marcha. Si yo ahora te digo que debes anteponer a LaHegel sobre Hegel, ¿estoy diciendo que sé leer mejor que Feuerbach, Marx, Nietzsche, Kojève? ¿Que ellos no la leyeron porque eran algo que yo no soy? La acusación, para ser concreta, necesitaría un sujeto; al no tenerlo, no es acusación, es atmósfera moral. Y una atmósfera no se refuta: se respira, se impone, se impregna. Qué cómodo es insultar así, sin rostro, sin dirección, sin responsabilidad. Qué fácil es insultar la inteligencia de quienes leen, de quienes escuchan, de quienes simplemente están ahí, en el aula, sin haber elegido el canon que reciben.
Por eso pido que quien tenga la descortesía, digo bien: descortesía, de señalar una grava en la atención y recepción de un autor, le pido que justifique con mucho cuidado y respeto —al menos de entrada— por quienes tuvieron que ser sus lectores potenciales y no lo fueron realmente, señalando de manera argumentada y no injuriante ese porqué. Baste, como un experimento de control, mostrar que aquellos que leen a un filósofo tienen este atributo X y los que no, no; y entonces pedir explicaciones. Así, si por ejemplo resulta que todos los lectores de un filósofo comparten el atributo X y los que no se dignan a leerlo no, esos que no lo hacen deberán justificar por qué tienen un prejuicio con X; y mientras tanto, decir en verdad que ese filósofo está infravalorado.
Estas son mis palabras escritas en castellano. Habrá quien no pueda leerlas, pero espero que no sea porque, por estar escritas en castellano, alguien pueda pensar que no tienen forma de ser razonables. Si, por ejemplo, toda la comunidad hispanohablante —no es que me diera la razón, pero sí— dijera: «He ahí un pensador que argumenta y razona arquitectónicamente como un filósofo. No es un mero opinador. Hace filosofía», mas todos los que no hablan castellano no lo vieran tal, ahí sí que diría que hay una infravaloración hacia lo dicho.
Desde luego, eso no tiene por qué pasar con este texto. Pero sí que pasa con Gustavo Bueno.
Es para meditarlo, ojo.
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