Escuchar con los ojos: el problema "duro" (hard) de la conciencia

 Acto I — El truco del matemático


Hay un chiste que los físicos cuentan de los matemáticos, o que los matemáticos cuentan de sí mismos, que es casi siempre la misma historia con dos actores. 


Un físico y un matemático asisten a una conferencia sobre teoría de supercuerdas en un espacio-tiempo de once dimensiones. Al terminar, el físico sale agotado, con dolor de cabeza, frotándose las sienes, y mira con envidia a su colega, fresco y sonriente como si acabara de pasear. 

—¿Cómo lo haces? —pregunta—. Yo, cuando el ponente llega a la cuarta o quinta dimensión, me pierdo por completo; soy incapaz de visualizar nada. ¿Cuál es tu secreto? 

El matemático se encoge de hombros: 

—Ah, es muy fácil. Primero me imagino el problema en un espacio de N dimensiones... y luego simplemente hago que N sea igual a once.


El chiste funciona porque describe, con la precisión de un aparato de laboratorio, la operación central de toda la ciencia moderna. El físico sufre de un mal real y antiguo: cree que entender algo consiste en poder verlo por dentro, recorrerlo con la imaginación, pasearse por sus pasillos. El matemático no padece ese mal porque nunca contrajo esa obligación. Él trabaja con símbolos, y los símbolos tienen una propiedad prodigiosa que los objetos no tienen: se dejan manipular sin necesidad de habitarlos. Nadie ha visto jamás una undécima dimensión, pero todos podemos escribir «once», sumarla, restarla, elevarla al cuadrado, y el aparato formal ni se inmuta. El matemático no visualiza once dimensiones: las opera. Y esa sustitución —ver por operar, habitar por manipular— es el truco que convirtió la física en ciencia exacta, la ingeniería en poder y la economía en estadística.


Deténgase un momento la escena para apreciar lo que acaba de pasar, porque todo lo que sigue depende de apreciarlo de verdad. El matemático no engaña al físico; le ofrece un método legítimo, y el método funciona. Funciona tan bien que la historia de la ciencia podría escribirse como la historia de sus conquistas sucesivas: los cuerpos que no podemos ver se dejan pesar; los átomos que no podemos tocar se dejan contar; los mercados que no podemos recorrer se dejan modelar. A cada territorio que la imaginación no alcanza a visitar, el formalismo levanta un puesto de avanzada y empieza a operar. N dimensiones, y luego N igual a once. El dolor de cabeza del físico era, en rigor, un dolor prescindible.


Pero fíjese en la condición que el truco exige, porque el truco no es gratuito. Para que «hacer N igual a once» funcione, hace falta que nadie tenga que vivir las once dimensiones. Basta con manipularlas. El símbolo es manso precisamente porque no hay nada dentro de él: operar once dimensiones sobre el papel cuesta exactamente lo mismo que operar tres, porque en ninguna de las dos hay nadie atrapado. La undécima dimensión es la habitación perfecta: se puede amueblar, medir y alquilar, y está garantizado que nadie duerme en ella. Todo el edificio de la ciencia moderna se sostiene sobre esa garantía, aunque casi nunca se la nombre: el objeto de estudio se deja estudiar porque no hay nadie dentro del estudio.


Es la condición más discreta y más estructural del conocimiento, y por eso la más fácil de olvidar. La anotamos aquí, sin dramatismo, como quien anota la hora de salida de un tren: el truco del matemático es invencible siempre que el espacio de N dimensiones no tenga un ocupante. Y ahora podemos plantear la pregunta que este texto quiere plantear, que no es si el truco funciona —funciona, y punto—, sino algo más incómodo: ¿qué ocurre cuando el objeto que queremos estudiar es, precisamente, el ocupante?


Acto II — El experimento que la naturaleza ya hizo


Volvamos a la pregunta con que cerramos: qué ocurre cuando el objeto de estudio tiene un ocupante. Antes de responderla, urge fijar la magnitud exacta de lo que se está pidiendo con esa pregunta, y para eso basta un dato que todos llevamos encima desde siempre y casi nadie se toma en serio: vivimos en cuatro dimensiones. Tres de espacio y una de tiempo. No es una hipótesis: es la casa. Y sin embargo, nadie la habita. Podemos recorrer las tres de espacio con los ojos cerrados, pero la cuarta —la que llevamos atravesando desde que nacemos a razón de un segundo por segundo— es exactamente el punto donde el físico del chiste empieza a frotarse las sienes. Nuestro caso no es el del matemático que opera once dimensiones sin vivirlas; es peor. Somos como un personaje de Flatland que ha leído la física y sabe que su plano se mueve por el tiempo, pero que no puede ponerse a vivir esa dirección, solo a sufrirla. La verdadera magnitud del problema no se ve pidiéndole a alguien que imagine once dimensiones, sino constatando que no sabemos vivir siquiera la cuarta, que es la nuestra.


Con esa medida en la mano, podemos pasar a las mariposas, que son el experimento decisivo por una razón que el lego suele pasar por alto: la naturaleza ha corrido el estudio de campo de subir n dentro de nuestra propia especie. Casi todos los humanos tenemos tres tipos de células receptoras del color en la retina; los perros, dos; y un pequeño porcentaje de mujeres —en torno al doce por ciento son portadoras de la variante genética— poseen un cuarto tipo de cono. Tras décadas de búsqueda, la investigadora Gabriele Jordan confirmó en 2010 el primer caso funcionalmente demostrado: una mujer capaz de distinguir mezclas cromáticas que para cualquier tricromático son exactamente el mismo color.


Aquí viene lo que el experimento enseña, y es más de lo que parece. Lo que la tetracrómata obtiene con su cuarto cono no es «los mismos colores que yo, más uno nuevo», del mismo modo que un triste profundo no es un triste leve con más unidades de tristeza: es otra organización del mundo cromático entero. Nuevas discriminaciones reparticionan las viejas; colores que para nosotros eran uno se dividen en dos; el espacio se rehace. El modelo de estudio del color —tres números por punto de luz, una base de tres vectores— hace el paso de tres a cuatro con un gesto de una línea: añade una coordenada. La mariposa, en cambio, paga el paso con un órgano. Hay especies con tres clases de fotorreceptores y otras, como la Graphium sarpedon, llega a quince; si bien, los investigadores creen que esta última usa apenas cuatro de las quince para el color cotidiano, reservando el resto para detectar movimientos y estímulos concretos. Y el camarón mantis, con dieciséis, resultó peor discriminando colores de lo que su equipaje prometía. La moraleja es doble y seca: el número n no se deja hacer pasar por parámetro del mundo vivo. Ni siquiera rastrea la riqueza funcional con fidelidad de uno a uno; y lo que es más importante para nosotros, nada de lo que el modelo pueda decirnos sobre el paso de n a n+1 nos dice qué es habitarlo. Para el modelo, sumar una dimensión es un incremento igual al anterior; para quien la vive —si alguien la vive—, es una reorganización desigual del todo. Incrementos iguales por fuera, saltos desiguales por dentro.


Y aquí la anécdota de las mariposas roza lo que nos interesa de frente, porque entre los portadores del cuarto cono humano y nosotros no media un abismo de especies sino una diferencia mínima de hardware. La tetracrómata no vive en otro planeta: vive en nuestro mundo con una ventana más. Conocemos todos los datos físicos de su retina, y sin embargo la pregunta más simple permanece abierta e irresoluble desde fuera: ¿qué ve? No «qué distingue» —eso lo sabemos, porque lo demuestra—, sino qué es, para ella, ver. La ciencia del color puede describir su ventana hasta el último fotorreceptor; lo que no puede hacer, ni con más datos ni con mejores aparatos, es cruzarla.


Notemos lo que acaba de pasar, porque fue rápido. Hemos encontrado un objeto de estudio que no se deja reducir al truco del matemático, y no por exótico sino por cotidiano: es un ojo. El truco funcionaba cuando nadie tenía que vivir las N dimensiones; pero aquí el espacio de N dimensiones —el espacio cromático de la tetracrómata— tiene una inquilina, y su caso demuestra que la diferencia entre operar una dimensión y habitarla no es un matiz poético sino el defecto estructural donde el modelo queda ciego. Todavía no sabemos si ese defecto es reparable; de momento solo sabemos dónde está. Y saber dónde está ya es mucho, porque permite formular la pregunta del resto del texto con precisión quirúrgica: si ni siquiera el paso de tres a cuatro —un paso que nuestra propia especie da, un paso que podemos medir en un laboratorio de óptica— puede ser cruzado por la descripción... ¿qué esperanza le queda a la descripción de una vida entera?


Acto III — El sordo que vio la música


Hay personas —se calcula que alrededor de un cuatro por ciento de la población— cuyo cableado perceptual está cruzado de fábrica: ven los sonidos, saborean las palabras, sienten colores en los números. Se llama sinestesia, y durante décadas la psicología la trató como curiosidad o impostura, hasta que los laboratorios empezaron a confirmarla: no es metáfora, es un fenómeno estable, medible, que se transmite en familias y que produce, en quien la tiene, por supuesto, una percepción genuina y constante. El caso nos interesa en su versión más radical, que es la de un experimento mental planteado aquí con toda su crudeza. 


Imaginen a dos personas escuchando la misma pieza de música. La primera la oye como la oímos todos. La segunda es sorda de nacimiento; pero tiene una sinestesia de tal intensidad y ha adiestrado tal correspondencia que la música le aparece como formas y colores en movimiento —y tan fiel es esa traducción, que su comportamiento resulta indistinguible del de la primera. Mueve la cabeza al mismo compás. Llora en el mismo pasaje. Anticipa el mismo final. Si le piden ordenar las mismas cien grabaciones por preferencia, produce el mismo ranking. No aproximadamente: el mismo.

Midamos ahora todo lo que se puede medir. Actividad cerebral, respuesta galvanica, tiempos de reacción, patrones de atención, preferencias, predicciones. No escatimen en aparatos: el resultado es idéntico. La lista de comprobables se cierra completa, y la lista dice: son la misma persona funcional.


Ahora la pregunta, y que sea formulada en voz alta y sin adornos: ¿han percibido lo mismo?


Nuestra primera tentación es responderla, y conviene resistirla, porque la pregunta es una trampa que solo funciona si se deja intacta. Fíjense en su ambigüedad exacta. «Percibieron lo mismo» puede querer decir: recibieron el mismo contenido. Puede querer decir: vivieron lo mismo por dentro. Ambas lecturas son legítimas, y cuesta al adversario lo mismo.


Si responde que no —que percibieron cosas distintas, uno un evento sonoro y el otro, un acontecimiento visual—, ha concedido lo esencial: que el inventario completo de lo comprobable es incompleto, que existe una diferencia real que la lista no contiene y que ningún aparato futuro podrá añadir, porque cada ítem nuevo sería, por construcción, otro comprobable más.


Si responde que sí, empero, que percibieron lo mismo entonces debe decir en qué sentido.  Concedámosle de entrada, sin metafísica ninguna y como premisa de partida, la parte que puede exigir con justicia: que ambos perciben el mismo fenómeno real, la misma pieza de música. No hay dos músicas, ni un mundo para los oídos y otro para los ojos: hay una pieza, ante ambos, y ambos están ante ella. Esto no es lo de lo que haremos disputa. Lo que se debate es el paso siguiente, que el adversario dará por obvio y que conviene exhibir con calma: el paso de «perciben el mismo fenómeno real» a «la percepción fue la misma». Percibir lo mismo real no convierte las percepciones en lo mismo: una misma ciudad puede recorrerse a pie y verse desde un avión, y nadie concluye de ahí que caminar y sobrevolar son la misma actividad por haber tenido el mismo objeto. Si el adversario quiere ese paso, debe pagarlo, y paga con los dos movimientos. 


El primero es el cambio de pregunta: ha definido percibir como recibir contenido, y eso es precisamente lo que está en disputa; la identidad entre el contenido y la experiencia es la hipoteca que ningún laboratorio ha pagado. El segundo es más hondo, y es el que la tradición escéptica no perdona: si la percepción de un ruido y la percepción de un colorido son la misma percepción, tiene que haber alguien para quien son lo mismo —un espectador situado tras los canales, indiferente al formato, por cierto, pues recibe el espectáculo tal cual ya sea proyectado en sonido o en luz. Y ese alguien es el fantasma de Ryle, el homúnculo que la filosofía del siglo XX se felicitó de haber expulsado, reintroducido por la puerta de atrás con el disfraz de «decodificación». El teatro cartesiano sigue abierto; solo cambiaron las pantallas.


En conclusión, la equivalencia funcional perfecta no decide la cuestión, y la pregunta sigue abierta por estructura y no por ignorancia transitoria, pues toda respuesta disponible para el adversario cuesta algo que él creía tener gratis —o la incompletud de su inventario, o un fantasma en su máquina. No es poco. Es, de hecho, el problema duro entero, encarnado en dos personas que se balancean al mismo ritmo.


Acto IV — El partido en excel


Al que aun diga que oír se intercambia por ver puesto que por cualquier canal le llega lo mismo, se le puede pedir una prueba pequeña. Aquí tiene una hoja de cálculo: la estadística completa de un partido de baloncesto —tiros, rebotes, posesiones, cada dato fielmente registrado—. Si percibir es recibir contenido, y el contenido está completo en la tabla, entonces el partido ya está visto en la tabla. No hace falta monitor: la traducción de la tabla a imagen sería redundante, porque no añadiría contenido alguno. El archivo, una vez escrito, ya ha visto el partido; el disco duro es un espectador. Y si alguien protesta que hay que poner un monitor, que alguien tiene que verlo, acaba de descubrir que el contenido no basta: que hay que mostrárselo a alguien. Ese alguien es, una vez más, el fantasma. No se libra de él con la protesta; se le da trabajo.


El neurocientífico escribe su hoja de cálculo con neuronas en lugar de con celdas, y el formato es más impresionante; la operación es la misma. Su descripción del cerebro es la tabla del partido, completa y fiel, y lo que la tabla no contiene no desaparece por estar escrito en sinapsis. Esto es lo que hay que entender del cuadro materialista en su totalidad: los hechos están figurados por la ciencia, poco importa cómo se configuren. Cualquier fenómeno se reglamenta, se asigna a un n —número de dimensiones, número de neuronas, haz n igual a algo— y ya está. Se creen. Y la fe es la misma del matemático del chiste, con una diferencia que todo este texto ha intentado medir: el matemático sabe que su undécima dimensión está vacía; el materialista cree que la suya está habitada, porque ha olvidado que la habitación es lo único que su notación jamás ha sabido escribir.


Acto V — El interruptor


Toda la discusión anterior puede parecer, a esta altura, una refinación de lujo: intercambios de canales, cuartas dimensiones, archivos que ven partidos. 

Se precisa entonces terminar donde todo problema serio termina cuando quiere probar que es serio: en un quirófano. Porque hay un fenómeno que ninguna de las dos tradiciones —ni la del matemático del chiste ni la del físico que sufre— puede eludir, y es el más cotidiano de todos: la anestesia.


Todo el mundo sabe lo que hace el gas anestésico, y todo el mundo sabe cómo se dice lo que hace. Nadie dice: «el paciente procesó menos información». Nadie dice: «la máquina redujo su actividad». Se dice: se apagó la luz. No había nadie en casa. Fíjense en lo extraordinario de esa frase corriente. Conocemos miles de máquinas, y en todas ellas hay una sola manera de apagarlas: pararlas. Apagar la licuadora es detener sus aspas; apagar el ordenador es detener sus cálculos. El cerebro es la única máquina conocida en la que existe un segundo interruptor, que no detiene nada: el corazón sigue, la respiración sigue, las neuronas siguen —las que el gas deja— haciendo lo suyo. Lo que se apaga no es la máquina. Es la habitación donde alguien estaba mirando. La ciencia sabe describir este hecho con precisión admirable: qué neuronas dejan de hablarse, qué circuitos se silencian, qué firmas desaparecen del electroencefalograma. Es la hoja de cálculo, completa y fiel, del apagón. Lo que ninguna hoja contiene es la primera mitad del hecho: que antes había alguien, y que ese alguien es lo que el interruptor apagó.


Ahora sí podemos nombrar lo que este texto ha estado rondando desde el chiste. A la pregunta de por qué hay alguien mirando —por qué el procesamiento va acompañado de presencia, por qué la máquina tiene, además de piezas y reglas, una habitación con luz— la filosofía contemporánea le ha dado un nombre sobrio: el problema duro de la consciencia. Duro no porque sea difícil de resolver como un teorema difícil, sino por otra razón que todo lo anterior ha intentado hacer ver: porque no es una dificultad de datos, sino de categoría. Cada caso que hemos recorrido es un corte distinto del mismo tejido. La undécima dimensión del chiste estaba vacía por construcción; la cuarta de la tetracrómata tiene inquilina y no se deja cruzar desde la descripción; el sordo y el oyente reciben el mismo fenómeno real sin que el inventario decida si perciben lo mismo; el archivo estadístico contiene el partido entero y, sin embargo, no lo ha visto nadie. La anestesia es la versión quirúrgica del mismo corte: la descripción del apagón es completa, y el testigo no está en ella.


El materialista tiene, frente a esto, una respuesta de una sola línea, y conviene dejar que la diga completa: lo que falta no falta; la consciencia es el procesamiento mismo; haz n igual al número de neuronas, de dimensiones, de lo que sea, y ya está. Se creen. Pero a estas alturas podemos ver exactamente qué hace esa línea, porque ya la hemos visto hacerse: es querer escuchar con los ojos. Es sostener que el canal es intercambiable porque el contenido es todo, lo cual solo puede decirlo quien ya está sentado tras los canales, para quien el espectáculo es el mismo venga proyectado en sonido, en luz o en sinapsis. El matemático del primer acto podía hacer n igual a once porque sabía que su dimensión estaba vacía y podía decirlo sin sonrojo. El materialista hace n igual a un número sobre el único objeto del universo que tiene ocupante, y cree que la habitación viene incluida en la cifra. No viene. La habitación es lo único que ningún n ha sabido escribir jamás.


Nada de esto es un argumento contra la ciencia, y sería una mala lectura del texto entero concluirlo así. La hoja de cálculo es admirable y necesaria; la descripción del apagón salva vidas cada día. La afirmación de este texto es más estrecha y, precisamente por estrecha, más difícil de esquivar: la ciencia puede explicar todo lo que la experiencia hace —cada tiroteo, cada rebote, cada neurona—, menos que haya alguien a quien le pasa. Borges, El jardín de senderos que se bifurcan (incluido en su libro Ficciones, 1941), lo escribió antes y mejor que todos nosotros, desde la inmediatez que la anestesia interrumpe: 


Después reflexioné que todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí…


El problema duro de la consciencia es, en el fondo, el problema de ese «mí» —la pregunta más corta que hay, y la única que ninguna tabla ha logrado todavía ni siquiera formular.

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