El almacén sin museo: John Keel y la imposibilidad de distinguir el hecho del ruido
I
Existen libros que no se limitan a informar, sino que transforman irreversiblemente la manera en que percibimos una cuestión. La octava torre de John Keel pertenece a esa estirpe incómoda de obras que, una vez leídas, imposibilitan volver a contemplar el fenómeno ovni con la inocencia epistemológica de quien busca simplemente "naves de otros mundos". Publicada en 1975, esta obra representa la culminación filosófica de un autor que había pasado más de dos décadas persiguiendo sombras por las carreteras secundarias de Estados Unidos, entrevistando testigos, acumulando expedientes y, sobre todo, desmontando meticulosamente las certezas que él mismo había ayudado a construir.
Para comprender la singularidad de Keel dentro del panorama ufológico, resulta imprescindible situarlo en su contexto. Las décadas de 1950 y 1960 constituyeron la edad dorada de la hipótesis extraterrestre: la idea de que los ovnis eran naves físicas procedentes de otros planetas, tripuladas por seres biológicos con intenciones científicas o diplomáticas. Esta narrativa, alimentada por el clima de la Guerra Fría y la carrera espacial, ofrecía un marco tranquilizadoramente materialista. Los platillos voladores eran, en el fondo, un problema de ingeniería: bastaba con capturar uno, analizar su tecnología y resolver el enigma. Keel, formado como periodista y dotado de un escepticismo genuino —no el escepticismo dogmático que niega por sistema, sino el que duda incluso de las propias hipótesis favoritas—, comenzó a advertir grietas profundas en este edificio conceptual.
Lo que Keel observó en sus investigaciones de campo, particularmente durante la oleada de avistamientos en Point Pleasant, Virginia Occidental, entre 1966 y 1967, era radicalmente incompatible con la narrativa extraterrestre. Los testigos no solo veían luces en el cielo; experimentaban llamadas telefónicas absurdas de voces metálicas, visitas de hombres vestidos de negro que parecían no saber comportarse como humanos, episodios de poltergeist en sus hogares, apariciones espectrales y, en algunos casos, encuentros con criaturas que desafiaban cualquier taxonomía biológica. La mayoría de los ufólogos descartaban estos elementos como "ruido", contaminación anecdótica que ensuciaba los datos puros del avistamiento. Keel hizo exactamente lo contrario: convirtió el ruido en señal. Si el fenómeno se manifestaba simultáneamente como ovni, fantasma, demonio y criptido, quizás la conclusión no era que existían cuatro fenómenos distintos ocurriendo a la vez, sino que había una única fuente detrás de todas esas máscaras.
La octava torre es la obra donde Keel desarrolla esta intuición hasta sus últimas consecuencias teóricas. A diferencia de La profecía del hombre polilla —crónica periodística de la oleada de Point Pleasant— o de Operación Caballo de Troya —análisis de casos y patrones—, este libro se eleva a un nivel de abstracción filosófica y especulativa que lo convierte en un texto único dentro de la literatura del género. No es un libro de casos ni un manual de investigación; es un intento de construir una cosmología alternativa, una metafísica de lo anómalo capaz de dar cuenta de la asombrosa plasticidad del fenómeno.
El título mismo encierra la clave de esta ambición. La octava torre no es un lugar físico, un planeta de origen o una instalación secreta. Es una metáfora espacial y dimensional: un plano de existencia que se superpone al nuestro, una frecuencia de realidad que no podemos medir con nuestros instrumentos actuales pero que, según Keel, interactúa constantemente con nosotros. La elección del número ocho no es casual; sugiere algo que está más allá de los siete cielos de la tradición esotérica, un nivel que trasciende incluso las jerarquías conocidas de lo sobrenatural. Es el "lugar" desde donde operan las entidades que Keel denominó ultraterrestres.
Este neologismo, acuñado por Keel y que constituye quizás su aportación más influyente al campo, merece una atención detenida. El término "extraterrestre" presupone un origen espacial: seres que vienen de otro planeta, que atraviesan el vacío interestelar en naves físicas. Keel propone que esta presuposición es precisamente el error fundamental. Los ultraterrestres no vienen de Marte ni de Zeta Reticuli; han estado siempre aquí, coexistiendo con la humanidad en un estado de materia o dimensión diferente. Son nativos de la Tierra en un sentido más profundo que nosotros mismos, habitantes de ese superespectro electromagnético del cual nuestro universo visible constituye solo una franja minúscula.
La idea del superespectro es central en la arquitectura conceptual de La octava torre. Keel sugiere que la realidad física que percibimos —la materia sólida, la luz visible, el espectro electromagnético mensurable— representa una fracción ínfima de lo que existe. Por encima y por debajo de nuestra percepción se extienden vastas regiones del espectro donde operan otras formas de existencia, otras inteligencias, otros tipos de materia. Los ultraterrestres no son visitantes de estas regiones; son sus habitantes naturales. Cuando interactúan con nosotros, no descienden de naves ni atraviesan portales dimensionales en el sentido de la ciencia ficción; simplemente "sintonizan" nuestra frecuencia, descendiendo o ascendiendo en el superespectro hasta manifestarse en el rango perceptible para nuestros sentidos y nuestros instrumentos.
Esta capacidad de sintonización explica, según Keel, la asombrosa variabilidad de las manifestaciones. Un ultraterrestre puede aparecer como un platillo volador metálico, como un monstruo peludo, como un ángel radiante o como un hombre de negro, dependiendo de qué frecuencia elija ocupar y de qué expectativas culturales tiene el testigo. No se trata de que existan distintas especies de entidades —extraterrestres por un lado, demonios por otro, hadas por un tercero—, sino de una única clase de seres con una capacidad camaleónica prácticamente ilimitada.
Es aquí donde la obra de Keel adquiere su tonalidad más oscura y perturbadora. Porque si los ultraterrestres no son exploradores científicos ni benefactores cósmicos, ¿qué son exactamente? La respuesta de Keel, desarrollada a lo largo de cientos de páginas con una erudición impresionante que abarca desde los grimorios medievales hasta los informes del Proyecto Libro Azul, es que se trata de tricksters: embaucadores cósmicos, entidades cuya relación con la humanidad es fundamentalmente parasitaria y manipuladora. No se alimentan de nuestra carne ni de nuestros recursos; se alimentan de nuestra atención, nuestro miedo, nuestra devoción. Son, en el sentido más literal del término, vampiros psíquicos.
Esta tesis permite a Keel establecer una continuidad histórica que ningún otro autor había articulado con tanta claridad. Las hadas del folclore celta, los demonios de la demonología cristiana, los súcubos e íncubos de la tradición medieval, los dioses del panteón griego con sus caprichos crueles y sus metamorfosis constantes, los ángeles de las visiones místicas, los visitantes de dormitorio de la era espacial: todos serían la misma cosa, el mismo tipo de entidad actuando bajo distintos disfraces según la época y la cultura. La tecnología y la apariencia cambian —de túnicas luminosas a trajes espaciales ajustados—, pero los actores y sus métodos de manipulación permanecen asombrosamente constantes a lo largo de milenios.
Keel lleva esta continuidad histórica a sus implicaciones más radicales al analizar la naturaleza de la "tecnología" ultraterrestre. Si los ovnis fueran naves físicas construidas en otro planeta, deberían comportarse según las leyes de la física newtoniana y einsteniana: deberían tener problemas de propulsión, limitaciones de velocidad, dificultades para maniobrar en la atmósfera. Pero los informes muestran exactamente lo contrario: objetos que cambian de forma ante los ojos de los testigos, que se desvanecen y reaparecen, que se dividen en múltiples objetos y se fusionan de nuevo, que alcanzan velocidades imposibles sin generar ondas de choque. Para Keel, esto no indica una tecnología superior a la nuestra; indica algo cualitativamente diferente, algo que nuestra categoría de "tecnología" no puede capturar. Lo que llamamos ovnis serían proyecciones, ilusiones, manifestaciones físicas creadas mediante la manipulación directa de la conciencia, la materia y el espacio-tiempo. Sería lo que nosotros llamaríamos "magia": la imposición de la voluntad sobre la realidad mediante principios que nuestra ciencia actual no reconoce.
Esta tesis tiene implicaciones epistemológicas que Keel no rehúye sino que abraza con un coraje intelectual notable. Si los ovnis son proyecciones de una inteligencia que manipula nuestra percepción, entonces el proyecto mismo de la ufología —investigar el fenómeno mediante cámaras, detectores de radiación, análisis de huellas físicas— está condenado al fracaso desde su misma formulación. No podemos estudiar un fenómeno que se adapta a nuestras expectativas, que se oculta cuando lo observamos demasiado de cerca, que cambia de máscara cuando le aplicamos un instrumento de medición. La inviabilidad epistémica de medir un fenómeno multidimensional con herramientas diseñadas solo para la materia física ordinaria no es una limitación temporal que el desarrollo tecnológico resolverá; es una limitación estructural, inscrita en la naturaleza misma del fenómeno.
Por supuesto, La octava torre se engarza de manera natural con la obra de Jacques Vallée, particularmente con Pasaporte a Magonia, publicada originalmente en francés en 1969. Vallée, con su formación dual como astrofísico y científico de la computación, llegó a conclusiones notablemente similares a las de Keel por vías independientes, lo que confiere a la convergencia de ambos una fuerza probatoria considerable. Si Keel era el periodista de campo, el investigador de gabardina que perseguía testigos por las carreteras de Virginia Occidental, Vallée era el académico riguroso, el analista de datos, el hombre que trabajó en los primeros sistemas informáticos de catalogación astronómica y que aplicó ese rigor a la cartografía del fenómeno ovni.
Lo que Vallée logró en Pasaporte a Magonia fue una proeza de erudición comparativa: la superposición sistemática de los informes ovni modernos sobre las estructuras narrativas del folclore histórico. Las apariciones marianas de Fátima o Lourdes, los relatos de abducciones por hadas en la Escocia medieval, los encuentros demoníacos documentados por los inquisidores, las experiencias chamánicas de las culturas indígenas: todos compartían una estructura profunda con los informes de platillos voladores y visitantes espaciales del siglo XX. La conclusión de Vallée era tan perturbadora como la de Keel: el fenómeno no era un visitante extraterrestre reciente, sino un "sistema de control" —así lo denominó— que interactúa con la conciencia humana desde tiempos inmemoriales, adaptando sus manifestaciones a las expectativas culturales y religiosas de cada época para modular nuestras creencias.
Este giro del paradigma extraterrestre al paradigma paraufológico constituye un caso de estudio excepcional en la historia de las ideas. Representa un cambio kuhniano radical: la pregunta deja de ser "¿De qué planeta vienen y cómo funciona su tecnología?" —una pregunta que asume un marco materialista newtoniano en el que los ovnis son objetos físicos que se desplazan por el espacio— para convertirse en "¿Qué función estructural, simbólica o psicológica cumple esta manifestación en la red de la realidad y la conciencia humana?". No es un simple cambio de respuesta; es un cambio de pregunta, una reconfiguración completa del marco teórico desde el cual se interroga el fenómeno.
Hay un sentido en el que Keel y Vallée hicieron algo valioso: desafiaron el paradigma dominante de la ufología, que era el de la hipótesis extraterrestre. Ese paradigma era, como bien sabes, igualmente pseudocientífico. Los ufólogos clásicos que hablaban de "naves nodrizas" y "bases en la Luna" no eran más rigurosos que Keel; simplemente vestían sus especulaciones con el ropaje de la ingeniería en lugar del de la metafísica. Keel tuvo el mérito de señalar las insuficiencias de ese paradigma y de proponer una alternativa que, al menos, reconocía la plasticidad y la complejidad del fenómeno. De hecho, la crítica de Keel a la hipótesis extraterrestre sigue siendo vigente: los ovnis no se comportan como naves físicas, y cualquier teoría que quiera dar cuenta del fenómeno debe explicar su naturaleza camaleónica, su aparente imposibilidad física, su relación con la conciencia del testigo. Esa es una contribución genuina, aunque el propio Keel no supiera qué hacer con ella.
La obra se cierra, sin embargo, con una nota que no es de desesperanza sino de lucidez. Si los ultraterrestres se alimentan de nuestra atención y nuestro miedo, si su poder sobre nosotros depende de nuestra credulidad y nuestra fascinación, entonces quizás la única defensa posible es el conocimiento: saber qué son, cómo operan, cuáles son sus métodos. Keel no propone que podemos derrotarlos o expulsarlos; propone algo más modesto y más radical a la vez: que podemos dejar de ser sus víctimas inconscientes, que podemos contemplar el cielo sin entregar nuestra voluntad a lo que allí se manifiesta. La ignorancia, sugiere, es la verdadera puerta de entrada de los tricksters a nuestras vidas; la claridad intelectual, aunque sea dolorosa, es la única torre desde la cual podemos resistir.
Pero esta lucidez final es también el punto donde la arquitectura de Keel empieza a resquebrajarse bajo el peso de sus propios métodos: la Octava Torre tiene grietas estructurales, y no en sus cimientos, sino en la manera de construir sus pisos.
II
Hasta aquí, la obra de Keel se nos presenta como una revolución intelectual, un salto valiente más allá de los límites del materialismo ufológico. Y en cierto sentido lo es: Keel y Vallée merecen crédito por haber identificado las insuficiencias de la hipótesis extraterrestre, por haber señalado la continuidad histórica del fenómeno y por haber intuido que la conciencia juega un papel central en estas manifestaciones. Sin embargo, es precisamente aquí, en el momento en que la paraufología reclama para sí el estatus de investigación rigurosa, donde debemos detenernos y examinar sus fundamentos con la misma severidad con la que ella examina los de la ufología clásica.
El reproche habitual y superficial que se dirige a la paraufología es que "no es científica porque se abandona a lo místico, ignora los hechos y huye de la comprobación empírica". Esta crítica, aunque popular, es profundamente errónea. La paraufología no es deplorable porque ignore lo empírico, sino precisamente porque intenta adherirse a ello de una manera espuria, degenerada y estrictamente a posteriori. Es justamente porque lo hacen —porque se aferran con celo enfermizo a una supuesta "estricta observancia empírica" de los hechos anecdóticos— que resultan filosóficamente deplorables y científicamente ineficaces. No son místicos que desprecian los datos; son positivistas degenerados que han corrompido la noción misma de "hecho".
Keel no dice "esto es magia y punto". Keel insiste en la estricta observancia
empírica del olor a azufre, del parabrisas roto, de la conmoción cerebral del contactado. Su error filosófico es confundir un almacén con arquitectura: haber acumulado relatos no es tener un museo de conocimiento. Al hacerlo, no está practicando la ciencia; está practicando una fetichización de lo anecdótico. Convierte el "hecho" en un fetiche aislado, desprovisto de su contexto ontológico, y luego espera, por ósmosis o por fuerza bruta retórica, que la acumulación de estos fetiches genere una verdad. Pero el plural de anécdota no es dato; es, en manos de Keel, la materia prima de un fraude epistémico.
Para observar este defecto en su forma más descarnada, basta con examinar el Capítulo 13 de La octava torre, un texto que resulta letal para las pretensiones teóricas de su autor. Keel quiere ser empírico. Quiere dar una causa física —cambios de presión, skyquakes o cielomotos, termodinámica del hielo seco— a fenómenos dispares. Pero lo hace estrictamente a posteriori, sin el menor intento de establecer una estructura teórica que preceda a la observación. La inanidad teórica de Keel brilla por su oscuridad cuando analizamos su cadena de asociaciones: Keel observa una conmoción cerebral, la asocia a un cambio de presión atmosférica, recuerda los 'skyquakes' de Fort, y de este salto triple concluye que ahí reside la causa de los parabrisas rotos. La cadena es tan frágil que cada eslabón desmiente al siguiente.
A continuación, toma cuenta de que en el folklore se habla del hedor en dragones, el hedor en ovnis, el hedor en fantasmas y esto lo asocia con hidrógeno y cambios de presión que generan ruido, como el de metal caliente sobre hielo seco y lo asocia a los gritos de las banshees, en las casas embrujadas y en los cementerios.
Esto no es una vía teórica: es pensamiento zigzagueante disfrazado de un peregrinaje de erudición. Keel no es un místico que niega la materia; es, más bien, un fetichista del dato aislado que quiere resolver toda incertidumbre de un solo fogonazo. Y en esa fetichización, e impaciencia epistémica, despoja al hecho de su dignidad ontológica. Es el intento desesperado de una mente que, al no poder explicar el fenómeno A ni el fenómeno B, decide que tienen que ser el mismo fenómeno.
La paraufología, en definitiva, parte de la casa por el tejado. Asume la conclusión —el folclore, los ovnis, los fantasmas y los demonios son el mismo fenómeno ultraterrestre— y luego busca los ingredientes para justificarla. Pero al intentar emulsionar materia (física, biológica, psicológica) con antimateria (mitología, proyección, alucinación, fraude), el resultado no es una nueva física. El resultado es una neblina epistémica.
La asociación no es solo incorrecta; es inabordable. No sutura los fenómenos, sino que aplaza el cierre teórico ad infinitum, siempre prometiendo que el próximo dato, el próximo testimonio, la próxima noche de vigilancia, completará el rompecabezas.
Para medir la profundidad de esta falla, basta con recordar qué distingue a un hecho científico de un hecho meramente acumulado. Porque el antídoto contra esta confusión no está en los datos, sino en la pregunta que los precede. Amonedar una serie de anécdotas hasta darle valor facial no es un ejercicio arbitrario de economía narrativa, ni tampoco un acto de pura acumulación observacional. En ciencia hay una expresión celebérrima que advierte precisamente esto: el plural de anécdota no es datos. La célebre frase de Ernesto Sábato lo formula con una elegancia insuperada:
Un genio es alguien que descubre que la piedra que cae y la luna que no cae representan un solo y mismo fenómeno.
Es la teoría de la gravitación newtoniana la que establece una ontología fáctica que, a continuación de haberse teorizado, se contrasta empíricamente para ver si se atiene a los hechos o no. Newton no se limitó a observar que la piedra y la luna "se comportaban raro" y decidió juntarlas en un mismo saco fenomenológico. Newton postuló a priori una ontología fáctica: la Ley de Gravitación Universal, el concepto de masa, la relación matemática entre distancia y atracción. La teoría precede al hecho; la teoría dicta qué hechos son relevantes y cómo deben contrastarse.
Por el contrario, Keel y los paraufólogos operan estrictamente a posteriori. No hay una hipótesis predictiva, no hay un marco ontológico previo. Solo hay una recolección trasera de fenómenos que, ante la falta de una teoría unificadora real, son pegados con alfileres retóricos. Al no haber teoría que suturar, el resultado es necesariamente abierto, infinito e inservible, siempre con proclamas de que se debe investigar más, se debe recopilar más datos, se debe más y más.
Cabría objetar, sin embargo, que esta comparación con Newton es injusta: ¿no es acaso la hipótesis ultraterrestre una teoría unificadora, un intento de descubrir que la piedra que cae y la luna que no cae son, en el fondo, un solo y mismo fenómeno? ¿No unifica Keel el ovni, el fantasma y el demonio bajo una sola categoría ontológica? ¿No es eso, precisamente, lo que hace un genio? Y no: no lo es. La diferencia no es de grado sino de naturaleza, y merece ser nombrada con precisión quirúrgica. La unificación newtoniana es discriminativa; la paraufología es absorbente. Newton no se limitó a decir "la piedra y la luna son lo mismo"; dijo "la piedra y la luna obedecen a la misma ley, y esta ley me permite distinguir lo gravitatorio de lo no gravitatorio, lo que cae dentro del dominio de la atracción de masas y lo que cae fuera de él". La teoría de Newton establece una ontología de la facticidad: determina qué observación cuenta como hecho dentro de su dominio, y qué observación queda excluida, explicada por otra causa o desestimada como error. La ley de gravitación excluye: dice esto es atracción de masas, aquello es fricción aerodinámica, aquello otro es ilusión óptica. Y precisamente porque excluye, incluye con precisión. Su sí tiene contenido porque su no es posible.
La paraufología no puede decir no. Y no por obstinación, sino por arquitectura. Su tesis central —que el fenómeno es un trickster de plasticidad ilimitada— le prohíbe estructuralmente trazar línea alguna entre el hecho y su falsificación. Si el ultraterrestre puede manifestarse como nave, como fantasma, como demonio, como alucinación inducida, como fraude deliberado y como coincidencia estadística, entonces todo es el fenómeno. Y cuando todo es el fenómeno, nada lo es. El fraude confeso no refuta la teoría: la confirma, porque el trickster ha querido que parezca fraude para despistar. El testigo que se retracta no invalida el caso: es el trickster silenciando a un testigo incómodo. El avistamiento explicado como Venus no cierra el expediente: es el trickster usando a Venus como pantalla. La hipótesis ultraterrestre es un agujero negro epistémico: toda evidencia que se le arroja, incluida la evidencia de su propia invalidez, es absorbida y devuelta como confirmación.
Y esto nos lleva al núcleo de la cuestión, al punto de quiebre que los paraufólogos obvian con una naturalidad pasmosa. Los propios Keel, Vallée, Freixedo, y sus epígonos actuales como Caravaca reconocen —no pueden no reconocerlo— que el fenómeno de la abducción abunda en el absurdo deliberado, en la farsa pero también en el fraude confeso. Reconocen que hay testigos que mienten o relatos que se desmoronan bajo el escrutinio, renocen que hay casos que se explican como fenómenos atmosféricos o errores de percepción. Y, sin embargo, no extraen de este reconocimiento la consecuencia que se impone: la necesidad de establecer una ontología de la facticidad, un criterio que permita separar el hecho ufológico de lo que no lo es; lo que exige explicación paraufológica de lo que exige explicación psicológica, meteorológica o criminalística. Por el contrario, absorben el fraude y la farsa en la teoría misma: el absurdo deliberado es la marca de autenticidad del trickster. Y al hacerlo, se ciegan voluntariamente a la distinción que toda teoría verdadera debe poder trazar: qué cuenta como evidencia y qué no.
Es aquí donde el reproche habitual —"no es una teoría porque no tiene predictividad"— yerra el tiro. No es la ausencia de modelización matemática lo que descalifica a la paraufología. Es la imposibilidad de establecer una ontología de la facticidad. No es que les falte la herramienta; es que su premisa fundacional les prohíbe usarla. No pueden decir qué es un hecho ufológico y qué es un fraude, o una manifestación, una alucinación, vale decir, qué es el fenómeno y qué es ruido. Y sin esa capacidad de discriminación, no hay teoría que valga: hay solo una colección de relatos unidos por la misma neblina, un archivo sin criterio, un museo sin catálogo.
Los defensores de la paraufología podrían argüir que esta fase de acumulación es necesaria, que antes de Newton alguien tuvo que catalogar las manzanas que caían y los planetas que orbitaban. Pero esta defensa ignora una distinción capital: en la ciencia normal, la acumulación está guiada por preguntas; en la paraufología, la acumulación está guiada por el asombro. Recopilar mil testimonios de hombres de negro no es preparar el terreno para una teoría; es, simplemente, acumular mil testimonios. Sin el tamiz de una ontología previa, el archivo no madura en paradigma; se pudre en laberinto.
Su problema de pseudociencia por lo tanto no es la falsación; al cabo, el criterio de demarcación es difícil y poroso. Su problema tiene que ver con su filosofía de investigación, con su estrategia inquisitiva: un ejercicio de bricolaje literario y especulativo, donde la asociatividad ante el misterio es solo la máscara que oculta la incapacidad para construir una teoría que, al menos, intente sostenerse en pie por sí misma. La paraufología no es deplorable porque ignore los hechos; es deplorable porque traiciona la naturaleza misma del pensamiento teórico que precede a los hechos y que nos dice además cómo proceder con los hechos.
Podría argumentarse que Jacques Vallée, con su formación en astrofísica y ciencias de la computación, escapa a esta condena y que su Pasaporte a Magonia goza de un rigor metodológico del que Keel carece. Es una ilusión óptica. La credencial científica de Vallée no remedia su déficit filosófico. Al igual que Keel, Vallée opera mediante la yuxtaposición enciclopédica: superpone folclore medieval y avistamientos modernos no porque una teoría a priori lo exija, sino porque la similitud superficial lo seduce. Su célebre concepto de 'sistema de control' no es una hipótesis mecánica o cibernética falsable; es una metáfora literaria disfrazada de taxonomía. La paraufología, con o sin el aval académico de Vallée, sigue siendo, en el fondo, mala filosofía.
Keel no es un mal científico; es un mal filósofo. No falla por falta de datos; falla por una incomprensión radical de lo que es explicar. Su obra es un monumento a la confusión entre asombro y conocimiento, entre acumulación y comprensión, entre asociación y causalidad.
Y sin embargo, hay que decirlo: su fracaso es también un síntoma de su época y de su audiencia. La paraufología prospera porque satisface una necesidad humana: la de un mundo donde todo está conectado, donde el misterio es omnipresente, donde la realidad es un jeroglífico esperando ser descifrado. Y aquí reside la ironía definitiva, el giro de tuerca final que el propio Keel, con toda su lucidez, no supo ver: si los ultraterrestres son tricksters que se alimentan de nuestra fascinación y nuestra necesidad de misterio, entonces la paraufología no es la cura contra ellos, sino su principal mecanismo de alimentación. Al insistir en que todo está conectado, en que cada ruido es un mensaje y cada sombra un ente, el paraufólogo no está desvelando la verdad del fenómeno; está ofreciendo el banquete perfecto a los embaucadores. Su fracaso como filósofo es, precisamente, su éxito como anfitrión.
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